Apendicitis crónicas (las páginas colgantes)

Teoría de la prosa -irresponsabilidad del verso -imaginación del ensayo -incertidumbre de la reflexión

Nostalgia del edén





Cuanta borrasca inútil debilita el silencio
mientras crece la luz.

Abajo el mar es un titán que ronca
con su lengua de piedras
y aquí
amanece un espasmo de verde color aire.

Danza un espumarajo de quimeras
y se volatiliza
como si se quemaran, de repente, los niños y los pájaros.

Los antojos se escinden y las ensoñaciones
se transforman en cestos con culebras
que morderán las manos del encanto.

Abandonar el pálido deseo por un no vigoroso.
Dejarlo enternecerse como un viejo
que mira jugar nietos en la plaza.
Frenar su mandamiento de pañuelos.
Marcar en tanto mapa la distancia de lo que no será.

Recojo el equipaje de mi boca en unas cuantas letras
y me mudo de lucha,
me mudo de orificio con ratones,
emigro con mi gata y su redondo novio populoso
a la soledad plácida en esta calle de pueblito antiguo
con sus casas de cal
y sus jardines de derrumbes secretos.

Un ángel sin oficio
que surfea sobre sus alas rotas
a ras del mar que siempre lo separa
del Dios que lo ha olvidado en sus promesas.

Alguien le sueña un territorio impune
donde todo es posible por un rato.

Y luego suena el gong.

Vuelve el destino.

Enlace al poemario: Nostalgias del edén (poemas boca abajo)


Dolores divergentes






Sobre el dolor no se aconseja, porque el dolor es una circunstancia privada, íntima. Es una experiencia personal. No hay fórmulas que se puedan aplicar y que le vayan bien a todos. Cada dolor es personal y cada persona procesa el dolor a su modo. Entonces lo único que no se debe usar para acompañar el dolor, son fórmulas. No podemos ir avasallando las expresiones de dolor ajenas, tratando de que escuchen nuestras fórmulas o dándoles recetas de como sufrir o por qué o para qué sufrir.

La única forma de saber acompañar el dolor es observando el dolor, ver como el dolor se compone en cada ser humano y a partir de esa individualidad de cada dolor, aprender.

Solamente aprendiendo el dolor se puede acompañar el dolor ajeno. Pero nunca en base a fórmulas preconcebidas o a cuestiones casi deletéreas como que algunos se lo merecen en el camino de llegar al cielo .

El dolor es un hecho carnal. Es un trance carnal, visceral y personal. Solamente conociendo el propio se accede al dolor del prójimo. Solamente cuando uno se desangra aprende lo que es una hemorragia, por fuera de cualquier teoría sobre la extravasación sanguìnea.

Ese es mi punto. No hablar con supuestas fórmulas paliativas del dolor. Las fórmulas son siempre hipótesis teóricas para escribir en libros de autoayuda.

La mejor forma de acompañar el dolor es oírlo en la boca del dolorido y desprenderse de cualquier preconcepto.
Oír el dolor en la boca del dolorido.
Oírlo sin querer explicárselo a él (al dolorido), porque el dolor es dolor y no hay una "teoría del dolor". Hay práctica del dolor, solamente y para acompañarlo, es imposible ser un teórico de las fórmulas. Hay que ser un práctico de la condición humana.


Imagen: 3ª guerra del Congo - Campo de refugiados bajo fuego by Walter Astrada

Otros asuntos







Te traigo flores sirias mientras llego
del áspero estallido de la tierra
para arrasar tu vuelo dividido
mientras huyen tus alas de mi boca.

Lo mío no será la diplomacia
ni la vieja ortodoxia de los símbolos,
apenas llama antigua
humana y simple
que resuelve en mal sol
sobre lo mudo.

Más cerca del absurdo que del vuelo
enciendo luces húmedas de sombra
por detrás de las vallas y lo íconos.

Huye la voz de Dios entre los hombres
buscando el ejercicio del abrazo.
que prodigan las letras cuando dicen.

¿Qué escribirás de mí mientras me ausento
a los lugares de soñarme sano?

Cae la realidad de los contrastes
como una sucesión desordenada
para la que no existe una salida
sino una telaraña insobornable.

¿Qué dirá tu periódico del hombre
y la deconstrucción de los silencios?

No olvides la verdad mientras escribes
estas viejas noticias inhumanas. 

Trae flores de paja a la frontera.

La tierra desasida


"Quien salva a un hombre, salva al mundo".
(Talmud)





“No tenés paz, hermano” me dijo la persona a la que ahora que conseguí un poco de banda cerca de la frontera, miro mandar una foto desde un Madrid del que opina para todos sus contactos del google+ que Madrid es una metrópolis ruidosa en el centro, con gente muy bien vestida y nos cuenta que además ha visto una boda y también un funeral. Dice que en Madrid se come y se bebe mucho pero está todo carísimo. Y agrega que lo que tienen en El Prado no tiene precio, para terminar el posteo de google+ con un fuerte abrazo, para todos.


Pensé en mandarle un saludo desde Siria, pero luego también pensé que podía tomarlo como una ironía o que mi saludo podía refrendar sus palabras y hacer cierto eso de que “no tengo paz”.

“No tenés paz, hermano”.  

Sin duda me busco mis porqués y acá ando.

De mi última incursión a los infiernos por esta adicción tan mía a no tener paz, he regresado ciego. Mis ojos se han quedado entre las ruinas y me han vuelto este ciego ruinoso, demolido, que conoce ese Madrid ruidoso y provocativo que a ella la deslumbra y este país deshecho, donde todo lo humano resulta una derrota.

Siquiera tengo ganas de escribir y me pregunto si tener un poco de paz en esta puta tierra significa tener que mudarse a un pedo que nos exima de la responsabilidad de ver al resto de los hombres muriendo por causas que no lo justifican. Sin embargo, no soy quién para juzgar las otras miradas. La mía es ésta que ve ésto. Es la forma que elegí para mirar alrededor de mí. Los demás han elegido otras.

“Si vas a entrar no pienses que vas a poder salir. Se entra. No se sale.”  te dicen en cualquiera de los pasos fronterizos.

Lo que quiere decir que te morís adentro y aún así llegan Médicos sin Fronteras y voluntarios que se mimetizan y tratan de ayudar (“porque no tienen familia que cuidar y mantener y por eso se les da por ahí”, me dijo la persona que viajó a Madrid en un alarde de no sé qué cosa que no sea la más pura y dura ignorancia). Y hay sacerdotes, como el católico de Alepo, que le harían honor a cualquier Dios que sirvieran o que en realidad, le hacen honor al Dios de todos los hombres, porque dictada su sentencia de muerte, ahí se queda a morir. Yo he visto huir a otros del Congo. Este chileno se queda aquí a morir.

Gente que salva gente. Gente que ayuda gente. Gente que mete las manos en un mundo en que otra gente mete ideas idiotas como ésta:

“No tenés paz, hermano”

en un mundo sin paz y sin hermanos.





El agobio se ha impostado a mis gestos aunque trato de mantenerme verosímil.
Anda conmigo el caos.
Hice mi teshuvâ y llegué a mis mitzvot, pero sigo estancado en esta paradoja de mí mismo, mientras nacen las 5 de una nueva mañana y seguimos sin agua después de un Iom Kipur que guardamos callados y obedientes.
Ari entonó muy bajo el Kol Nidre y lo escuchamos y seguimos su voz. Luego, el silencio. Tuvimos que hacerlo en esta tierra extraña y enemiga, porque no conseguimos volver a nuestras casas.
Aún estamos aquí, como una isla a la que ha rodeado un huracán.

*

Es la tercera vez que fallamos en llegar al objetivo. Contrarreloj, la vida.
Todos sabemos que a esta altura lo más probable es que cuando hagamos contacto, sea con cadáveres.
El escenario cambia vertiginosamente, como si el constante sonido de la artillería fuera modificando lentamente la tierra a medida que nos internamos en un camino que se borra detrás de nuestra vida conforme avanzamos por él.

*

Seguimos atrapados. Atrapados e inmóviles. Inmóviles y atrapados. Seguimos escuchando ambos fuegos, viendo las columnas de humo, oyendo la vorágine.
Seguimos atrapados y sin agua. Seguimos atrapados. Contrarreloj la vida.
“El objetivo ya debe estar muerto”, digo en voz alta. Los otros hacen como que no me escuchan. Yo pienso que igual vamos a seguir hasta encontrarlo.

*

Sobre mi cabeza hay estrellas. Pueden verse por encima del humo. Avanzamos unos cuantos kilómetros de ruinas y de muertos. Sorteamos tumbas de escombro que se incendian. A los ojos les sobran los pedazos de tanto ser humano. Perdimos uno de los vehículos en el fuego cruzado entre dos grupos que luchan contra los regulares sin hablarse. Nadie se dirige la palabra porque cada uno tiene su propio objetivo y los objetivos no coinciden entre sí. Nada coincide, casi como en el mundo en el cuál la única coincidencia es ignorar.

*

—¿Por qué no terminas de retirarte?– quiere saber Avi, recostado junto a mí, que escribo.
Antes me preguntó la edad y sonrió con cierta sorpresa cuando se la dije, mientras murmuraba entre los dientes de su sonrisa “pareces más joven”.
Yo no lo sé. No sé por qué no termino de retirarme, como dice Avi. No sé por qué no me voy a mi casa a permitirle a mi suegra que me ponga gordo y a Ruth que regrese a tener un husband con el que pueda pelear todos los días como una buena esposa.
—Es lo que hice toda mi vida.– digo, por decir algo–Rescate.
Pienso, mientras pronuncio, la amplitud que tuvo en mi vida la palabra “rescate”.
El cielo resplandece atronador igual que si nos hubiera atrapado una tormenta.

*

No conseguimos agua. El aire está sostenidamente calmo. Mirar hacia atrás es saber que no podemos regresar, que la puerta de la vida se cerró a nuestras espaldas y que dependemos de la nada. Los escombros chirrían debajo de los pies. Oscurece con suavidad. La soledad se vuelve repentinamente tan grande como el mundo entero.
Dani quiere saber si es cierto que yo fui uno de los que fue a Somalia.
Ari le responde que también a Sudán.
Yo ni siquiera consigo hacer un gesto mientras el chico me mira como a un prócer de las causas perdidas.

*

Conseguimos conexión satelital a través de la banda del ejército. Avisamos a nuestras casas que estamos bien. Avisamos que todavía no pudimos hacer contacto. Que llevamos tres intentos fallidos. Nos responden que corre el reloj. Pienso en lo que leí. Pienso que quisiera discutir lo que leí. Estoy seguro que no sueno a héroe. O es esta antiheroicidad que me posee ¿Me pinto como un héroe cuando escribo? O en realidad, las causas en las que participa mi antihéroe son de por sí causas heroicas, como esta de aquí, hoy, bajo este cielo. Todas las causas perdidas son heroicas. 




Tantos muertos, pienso. Tantos y tantos muertos. Tantos y tantos muertos en pedazos que no se pueden enterrar porque todos alrededor son de esos muertos o porque nadie queda vivo alrededor.
—Parece Bosnia.– digo, casi para mí mismo.
Dani se asombra.
—¡¿También estuvo en Bosnia?!– exclama, fascinado.
Yo pienso que no sé dónde no estuve. Y me quedo callado.

*

Conseguimos un segundo vehículo. Ellos esperan mientras lo pongo en marcha como en mis buenas épocas de grasa y de motores. Me gustan los motores. Me gusta la mecánica bastante más que la carpintería, aunque como Pedroni, "cuando estoy triste lijo" (no mi cajita de música pero sí las maderas de mi biblioteca, para que se me pongan "las manos verdes en las noches de lluvia").
Ellos cubren los puntos cardinales mientras yo trato de revivir el vehículo muerto del que quitamos primero los cadáveres. Le pertenece a nadie.
—Mientras no sea del régimen.– susurra Ari, cuando escucha el motor.

*

Es el cuarto intento. No hay dos sin tres y la tercera es la vencida, pero éste es el cuarto intento de llegar al objetivo.
El contacto es brutal. Así debe ser en estas circunstancias en que todos los fuegos se disculpan en un solo fuego, se disipan en un solo fuego, se transforman en el único fuego que replica un incesante tabletear.
—Pero…¿no eran dos?¿Por qué hay seis?– pregunta uno de los muchachos.
—Siete y seis…trece…Ialâ, ialâ.
Ahora solamente nos queda salir de aquí.
Mientras retrocedemos pienso en la canción de Serrat y escucho el fuego que nos acribilla: "No es que no vuelva porque me he olvidado. Es que perdí el camino de regreso".

*

Creo que no entienden qué pasa o quiénes somos. Nos miran aterrados, sin entender qué les decimos. No alcanzo a precisar si alguno de los seis nos escucha mientras les explicamos. Parecen las fotografías de un álbum de insanos con los rostros demudados por un espanto al que no consiguen acceder nuestras palabras, nuestras indicaciones. Sólo obedecen a nuestros empujones y se encogen como basuras mínimas cada vez que movemos nuestras armas en el radio que también ocupan sus cuerpos. Necesitamos que se basten a sí mismos, pero no lo hacen, como si de verdad fueran sólo fotografías de rehenes pero en tamaño natural.

*

Ni Ari ni yo nos planteamos por qué hay seis. Para el caso no es lo mismo, pero hay seis y no sólo los dos que vinimos a extraer. Sólo hay seis, punto. Seis conejos que corren entre una jauría de perros excitados que los cuida. Esa es la imagen que siento que damos mientras corremos y saltamos entre los escombros, buscando mantenernos a cubierto de los francotiradores hasta llegar a los vehículos.
Un animal monstruoso y epiléptico que arrastra entre las piedras una parte de su cuerpo paralítico.



Ya llevamos dos heridos de baja consideración pero heridos al fin. Y se refresca la idea: “Vas a entrar pero no vas a poder salir”.
“No, no, contra las aberturas, contra la pared a los lados de las aberturas”, les explico a los seis para los que todo es un ritual de obediencia que ejecutan temblando y sollozando. Seis ánimas que huyen a través del mundo de los muertos, ahora se enfilan acurrucadas contra las paredes de una ruina en la que conseguimos protegernos de la lucha exterior. No es nuestra lucha la que sucede afuera. La nuestra es otra lucha dentro de ella.
—Están deshidratados.– nos avisa el joven médico que viene con nosotros y usa gruesos anteojos de marco resistente atados alrededor de su cabeza con una banda elástica para que no se le deslicen mientras corre.
Pero nosotros no tenemos agua.
—Si dejan de llorar nos harán un favor. No desperdicien líquido.– les digo a esos seis rostros de ojos descompuestos que todavía no alcanzan a entender qué es lo que pasa.
Los míos se sonríen.
La respiración de todos, apretados contra las paredes casi como formando parte de ellas, es un hondo raspar, un sonido jadeante y superpuesto a los disparos.

*

En el aire se ha producido un espasmo de silencio. Flota un traje de humo entre las cosas. Todo parece incorpóreo.
Observamos desde nuestra posición la calle vacía.
La falta de estruendo resulta como un taponamiento en los oídos, una sordera momentánea y crucial.
Pasan varios minutos.
Afuera, sólo el humo, el polvo del escombro, un sol que va cayendo.
Mientras resbalo contra la pared que me protege, pienso en que tengo sed.

*


Salimos a conseguir un tercer vehículo porque no hay forma de mover tanta gente sin perecer en el intento.
Los conejos siguen aterrados. Inmóviles, obedientes, gemidores. Les hablamos y responden con gemidos. Ni siquiera usan palabras. O gimen o se callan. Cada vez que movemos las armas, se protegen.

*

Ahora que hay un poco de estatismo, Rofê los revisa con cuidado. Ellos se lo permiten. Establecieron un único vínculo con ese joven médico que les habla pausado y limpia sus heridas. Tiene una cara joven y armoniosa que con seguridad les transmite más humanidad que cualquiera de las nuestras.
—Parece que hubieran estado mejor antes.– protesta Dani– Deben haberse convertido, por eso nos tienen tanto miedo.
—Imagina que como cristiano corres entre francotiradores jihadistas acompañado por siete israelíes. No te verías muy contento tú tampoco.– le responde Rofê.
 —Bueno, soy un voluntario israelí que corre rescatando a seis cristianos mientras le dispara un batallón de jihadistas ¿Es lo mismo, verdad?
Todos reímos, menos los conejos.




Además del vehículo, conseguimos agua. Aprovechamos la oscuridad para desaparecer de este lugar.

La frontera está cerca. La paz no.


(Iton golani)

De las cartas cerradas y otras incoherencias (toma XV)



קורה ואני
 
Nuestras cosas son esas que han alcanzado un vigor rasposo.

Somos ríspidos por esa costumbre de acariciar lo áspero con que la vida nos ha agasajado las palmas de las manos.

Mi shviguer y yo, tenemos una aridez suave, despaciosamente desértica.

A veces fabricamos espejismos hacia los que otros corren. Espejismos que vibran igual que vibra la nota de una cuerda en la que se está probando afinación, un llamado en la víscera, la angustia del silencio.


Mis ojos son salvajes y terrestres. En ellos cavan los mares con que lloran sus ojos de antigua mujer firme. Con ambos formamos un planeta continental y acuático. Hemos acogido la vida y la muerte en nuestros ojos.


No tenemos estrellas.


Conseguimos acallar el plumerío de la sutileza y la vocación por quedar bien.

Caminamos en la oscuridad, casi iniciáticos.


Toda herida se ha vuelto cicatriz. Aun las heridas que no nos infligieron ya son en nosotros una cicatriz vieja sobre la que poder hablarle al que pregunte por nuestra descripción de fortaleza.


Nos transformamos en una oscura soledad que reverbera.

De vez en vez, cantamos.


Lengua de señas


sobre un poema de Morgana de Palacios


Chocolate bombón

Participan en este sitio sólo escasas mentes amplias

En tu cuarto hay un pájaro (de Pájaros de Ionit)

Un video de Mirella Santoro

SER ISRAELÍ ES UN ORGULLO, JAMÁS UNA VERGÜENZA

Sencillamente saber lo que se es. Sencillamente saber lo que se hace. A pesar del mundo, saber lo que se es y saber lo que se hace, en el orgullo del silencio.

Valor de la palabra

Hombres dignos de buscan. Por favor, dar un paso adelante.

No a mi costado. En mí.

Poema de Morgana de Palacios - Videomontaje de Isabel Reyes

Historia viva - ¿Tanto van a chillar por un spot publicitario?

Las Malvinas fueron, son y serán argentinas mientras haya un argentino para nombrarlas.
El hundimiento del buque escuela Crucero Ara General Belgrano, fue un crimen de guerra que aún continúa sin condena.

Porque la buena amistad también es amor.

Asombro de lo sombrío

Memoria AMIA

Sólo el amor - Silvio Rodríguez

Aves migrantes

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Feria del Libro de Jerusalem - 2013

Feria del Libro de Jerusalem - 2013
Café literario - Centro de convenciones de Jerusalem

Acto de fe

Necesito perdonar a los que te odiaron y ofendieron a vos. Ya cargo demasiado odio contra los que dijeron que me amaban a mí.

Irse muriendo (lástima que el reportaje sea de Víctor Hugo Morales)

Hubo algo de eso de quedarse petrificado, cuando vi este video. Así, petrificado como en las películas en las que el protagonista se mira al espejo y aparece otro, que también es él o un calco de él o él es ese otro al que mira y lo mira, en un espejo que no tiene vueltas. Y realmente me agarré tal trauma de verme ahí a los dieciseis años, con la cara de otro que repetía lo que yo dije tal y como yo lo dije cuarenta años antes, que me superó el ataque de sollozos de esos que uno no mide. Cómo habrá sido, que mi asistente entró corriendo asustado, preguntándome si estaba teniendo un infarto. A mi edad, haber sido ese pendejo y ser este hombre, es un descubrimiento pavoroso, porque sé, fehacientemente, que morí en alguna parte del trayecto.

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.
edición bilingüe 1a. edición

and...me

and...me
Porque todos los cuervos alguna vez fuimos solamente pichones y durante cuarenta días volamos debajo del diluvio yendo y viniendo de la tormenta al Arca, los laureles siempre se los llevan las palomas.