Edición limitada





La lluvia arrecia como una mano que no cesa el castigo y bajo ella nos tornamos lustrosos animales amarronados que batallan con la luz.

Largos jabalíes rabiosos, que gruñen vagamente, molestos con el mundo y perdidos a los lugares calmos.

Todo es un rebuzno agotador de idas y vueltas imprecisas, como el revoloteo de una polilla gruesa seducida por un bombillo eléctrico.

A veces me quito la vida a manotazos, igual que me arranco los mosquitos y los recuerdos que ya deberían pasar a ser olvidos.

Los demás hacen los mismos gestos que yo hago. Los observo luchar con los enjambres y las gotas de agua, como si dirigieran a varias manos, orquestas invisibles.

Llevo más de seis horas negociando y tengo hambre. Un hambre descompuesta, sin raíces, acodada en el fondo de mi estómago que se entumece lleno de pirañas con ganas de morder. De morder a esos que nos tienen aquí, corrige mi enojo la vocación de mi mente por darse a la digresión.

Todos aguardan como velando armas. Yo también.

Adentro deliberan con un murmullo que parece un rezo y yo levanto mis ojos y disipo la poca gana frágil de no entrar en acción.

Repaso con los ojos a mis snipers y los veo, serenos y efectivos, como gárgolas viejas a las que por fin un don del mal les concederá volverse móviles. 

Pienso que cada vez que edito algo de todo lo que escribo, lo que edito es mi piel. Que las hojas de los libros son como aquellos rollos de cuero de oveja, pero de mi piel, de este cuero a medio carcomer por la impaciencia y por esta otra sensación, voraz y perniciosa, de desgano vital.

Negocio una vez más la vida de varios seres humanos, como si regateara por un corral de gallinas o una piara de cerdos.

Negocio con cansada y profesional vaguedad. Con el oficio. Lejos de la expectativa o de la conmiseración por aquellos que negocio. Negocio imparcial, serenamente, de manera deshumanizada porque no hace falta humanizarse para el regateo. Es algo extrañamente maquinal y en cierta forma también algo intuitivo, como si la mente dictara una novela y yo solo tecleara en mi portátil.

Regateo con paciencia farisea las vidas de esa gente hasta que termino de pasear los ojos por la constancia dura de mis gárgolas.

Todos tienen visión. Oyen la orden. Y suena un ruido a quiebre en todo el aire.

Le dejo el asalto a los más jóvenes que entran a matar a los cadáveres.

Son esos jabalíes del comienzo hozando entre el escombro descompuesto. 

Se hileran los rehenes debajo de la lluvia, sollozando y gimiendo, como un terror que se desborda de agua igual que el día.

Radio Tanzania* cuenta el rescate como si fuera una proeza para un libro.

—No cantes tantas loas…perdí tres.– le digo señalando a los rehenes–Sobre 30 es el 10 por ciento.



(De: Poiesis de las barcas - ciertos diarios de Hyde)

*Radio Tanzania es el apodo del periodista holandés que nos acompaña. 

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