La historia en desorden







Con mi abuelo no hablábamos de mi madre. Él no la mencionaba, como aquellas cosas a las que la  superstición consigna de mala suerte. 


Mi abuelo no nombraba a mi madre. 


Yo tampoco.


En ese pacto de silencio compartido habíamos aprendido a aludir sin explicar nada más, usando extraños eufemismos que servían igual para describir una perra, una araña, una víbora o una cosa deshecha. Aludíamos a mi madre sin nombrarla. Mi madre era un gesto que se ensombrecía en nuestros ojos.


Yo no le recordaba a ella porque él había decidido olvidarla tal como olvidó a la madre de mi madre y pensaba que mi abuelo sentía que su primera mujer lo había dejado solo, aislado en sus sueños. Lo abandonó en sus sueños y dejó alejar a ese esposo que soñaba pisar la tierra prometida, negándose a seguirlo.


Él había nacido al terminar la Primera Guerra Mundial y llevaba en el alma los pogroms. Era un húerfano de pogrom y así había crecido, como una cosa que rueda sin lugar fijo, desesperado por echar raíz. Mi abuelo decía que había nacido sionista, que nadie le había explicado nunca lo que era, que él ya lo sabía al nacer. Y como lo era de nacimiento, a serlo dedicó el resto de su vida y se fue a luchar por eso y en la Segunda Guerra integró las Brigadas Británicas que enrolaban valientes desde el Protectorado de Su Majestad. No hubo mujer ni hija que detuvieran su vocación.


A la madre de mi madre esas veleidades territoriales de su entonces marido le resultaban extravagantes y anecdóticas, casi como su propia vida.


Él la había reconocido en un prostíbulo regenteado por un “paisano de su amistad” que importaba al país polaquitas calladas. Ella y él habían viajado en el mismo barco, como dos jóvenes que intentan encontrarse un futuro más allá del mar y llegado así al país en el que yo nací. El destino de ella le pareció mal, decía mi abuelo y la sacó de ahí a punta de pistola, porque se le dio la gana, decía también y agregaba sin ninguna inflexión: pero no resultó. 


Mi abuelo y yo nos parecíamos. Éramos exilados y troncales, unipersonales, solitarios y todo desprendimiento. Haciendo juego con aquellas similitudes. el parecido físico era tan notable que producía escozor.


A mi abuelo le gustaba contar historias.


Sus amigos decían que cuando contaba una anécdota, jamás la contaba de la misma manera y siempre parecía una anécdota distinta aunque fuera la misma. También le gustaba cantar. 


No era un hombre que supiera acariciar a sus afectos porque su corazón se relacionaba de otras formas, pero sí era capaz de acariciar y confortar a un camarada.


Eso era yo para él en el momento en que estiró su larga mano llena de huesos y la apoyó en mi frente. 


Con una suavidad torpe y desconocida, enjugó mis lágrimas de dolor.


Resbalaban a pesar de mí desde las comisuras de mis ojos, pero yo estaba en silencio, esforzándome en un entregado estoicismo de soldado herido en combate que resiste calladamente el espeso dolor de sus heridas de metralla.


El abuelo estaba junto a mi cama cuando abrí los párpados pesados por la fiebre y una luz astillada penetró hacia el centro de mi cerebro, como si todo el dolor resplandeciera, bruscamente. Pero no me quejé más allá del gesto involuntario.


Mi abuelo me alentó a soportar como un hombre, mientras su mano seguía humedeciendo con un paño mi frente y su boca me cantaba una antigua nana en yiddish, como si yo no fuera un soldado sino un niño, su nieto.


( De: Fotografía de Von - Memorias del Licaón)


 Imagen: Abandoned shoe - Pallete Project

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