Apendicitis crónicas (las páginas colgantes)

Teoría de la prosa -irresponsabilidad del verso -imaginación del ensayo -incertidumbre de la reflexión

Porisma




A veces nos ponemos melancólicos como cartas. Permanecemos en silencio largos ratos de pánico en que nos olvidamos de vivir como si jamás hubiéramos vivido.

Nos acomodamos a la estupefacción de todo lo insólito y permitimos que esa cosa incomprensible nos envuelva el aliento, la respiración rítmica, la mirada que vaga, las manos en suspenso. Nos mudamos casi sin darnos cuenta, igual que una gota de sudor desliza y cae sobre una superficie de la cual  se evapora suavemente.

Este oficio te aleja de la vida, te la pone a distancia, como una de esas imágenes de Escher en la extraña perspectiva de su singularidad y ya no sabemos dónde queda “nosotros” si es que nosotros quedara en el sitio patético destinado a uno mismo.

La vida pierde interés. La vida propia y la vida ajena pierden ese interés que la sociedad quiere otorgarles y se vuelve tan sólo un hecho que ocurre en lo salvaje. No tiene otra solemnidad que la reflejada en los discursos que hablan de la vida y tratan de volverla un algo igualitario donde todo lo cierto es desigual.

Pero subyace aquello de que morir no es una opción que nos obstinemos en tomar ni aún en desventaja y eso implica soltar todo lo atávico que permite a la bestia su defensa, en la que sí, la muerte es no una opción sino un resultado que puede darse o no y hasta que no sucede, no se sabe si puede suceder.

Por eso hemos despedazado los barrotes y atacamos con furia a nuestros carceleros hasta hacerlos añicos con las manos.

Los hemos atacado cuando dormían su momento de seguridad y de victoria y el fotograma que registra el hecho parece de película. Una película llena de hombres lobo que han desatado una orgía desde el más iracundo de los márgenes.

Ahí vivimos nosotros. En un lugar oculto, tangencial, que queda siempre afuera de lo que el resto ve.

Vivir así te transforma en impío y te condiciona a una conducta herética para con la heredad del bien.

Se aprende que no existe. Que el bien es algo que no existe y que sólo existe el acto de amansar la fiera acorralada para atrofiarle el trance reaccionario. Todo es una sucesión de estímulos por sobrevivir a las catástrofes. Casi una mecánica vitalista condicionada a lo involuntario e igual de involuntaria que la respiración.

Entonces, todo es sangre y más sangre, ya no importa de quién porque todas las sangres se confunden en las tomas de clímax de películas gore.

El poder es de quien tiene la absoluta indecencia de ostentarlo desde el abuso, porque para eso se hizo el poder, para abusar de él, para no contemporizar con el sumido, para asentar la violencia de la supremacía y solamente lo hacen los que lo entienden así hasta la impunidad, aún en desventaja. 

El poder es una concepción de la libertad. Hago porque puedo y puedo porque nada me cohíbe ni restringe mi voluntad de poder. Hago porque no estoy dispuesto a juzgar mis actos y nadie me juzgará si yo mismo me absuelvo.

La lucha es en la niebla y en la niebla, nadie reclamará por los cesantes porque la niebla es justo eso, una cesantía de lo que se ve.

Estamos en la niebla. Sólo somos una desaparición más en este rango de la inexistencia que transmuta en una aparición abominable cuando se corporiza.

Somos abominables como los demonios y los engendros porque ninguno de nosotros tiene paz y dentro de nosotros todo es guerra.

Por fin, alrededor, no queda nadie.

Deberíamos soltar un aullido que llenara de bestias la espesura. Un aullido que estremeciera de horror a todos los pájaros del mundo y que hiciera encogerse a los hombres con armas en grutas muy pequeñas a las que no pudiéramos llegar.

Matar a mano, no matar de lejos; matar a mano, eso es poder, dicen mis ojos que pasean igual que una caricia por un alrededor lleno de cuerpos. 

Mis muchachos festejan como simios. 

Poder matar y no tener remordimiento…eso es poder, me digo, con soltura serena y victoriosa y casi una sonrisa plácida de calma.

El hombre frente a mí me observa con cuidado rabioso. Me observa como si no debiera ser yo el que esté allí parado frente a él y pintado como un brujo tribal con tierra y sangre.
Me tuvo a su merced y ahora está a la mía, lo que supone toda una paradoja.

—No les hice caso.– me dice, disgustado consigo mismo y con lo que ve– Me lo advirtieron, pero yo no les creí. Me lo dijeron: “Ten cuidado con él… se especializa en encontrar personas en lugares que ni siquiera existen y en sacarlas de allí sin que esos lugares puedan volver a existir jamás”. Negocia conmigo, jew… ¿Cuánto quieres para dejarme ir? 

Piensa en coltan el que está frente a mí, piensa en diamantes, piensa en armas y en las especies que lo enriquecieron sin ver que el verdadero poder está en no tener ambición. Cuando no hay ambición, nada perfora tu núcleo de poder y entonces el poder se transforma en poderío.

Dogu, Huarky y el alemán intercambian suspenso en las miradas.

—Estoy sobrevaluado.– le respondo–Hazte la fama, diría mi abuelita. Demoraste demasiado. No se puede demorar el matar, porque se pierde el poder.– señalo el alrededor con un gesto de mi mano sana– Esto…es poderío.

—Pon un precio.– insiste, persuasivo, mi interlocutor– Sólo pon un precio.

—Tu vida no vale nada.– le contesto– Lo mismo que la mía. No valen nada. Por eso nos dedicamos a estas cosas. Nos divierte apostar la vida, ver cuantas manos dura, hasta regatearla alguna vez. Elegimos un bando y nos debemos a él sin fanatismo. El juego se trata de cuántas piezas se le pueden quitar al otro bando…y demoraste. Yo no demoré.

A mis compañeros no les gusta cuando filosofo, pero ninguno opina. Continúan detrás de mí, silenciosos y sucios. Parecen una galería de tristes estatuas con óxido.

Mis muchachos festejan como simios mientras se hacen felices con las armas.

Sé que tuvieron miedo, un miedo ronco a morir de rodillas, con las manos atadas a la espalda, golpeados e indefensos y sin chances de un futuro mejor. 

De repente, dar vuelta un resultado a mano limpia, sin ayuda de nadie más que la de uno mismo, los emborracha de inconsciencia. Tampoco piensan mucho mis muchachos. Se conforman con ser los vencedores de una partida que ya estaba perdida para ellos.

Ahora resta volar el arsenal.

Miro a la teniente Zayda un instante tan breve como intenso.

Los ojos grises del hombre que tengo frente a mí también la miran con una lascivia pastosa que se extingue en una mueca triste porque la violación es otra arma de guerra. Y ahora, el tablero está al revés.

—El prisionero es suyo teniente…A su criterio.– digo, impersonalmente– Alcánceme en la aldea cuando termine aquí.

Zayda es marcial como una fiera elástica que juega a devorar crías sin plumas.

Nos vamos del lugar y la teniente se queda con sus hombres. Durante varios minutos se escucha el chac-chac de los machetes cuando cortan la carne expuesta al sacrificio, sobrepuesto al chac-chac de nuestras botas sobre el suelo.

Largo rato después un trueno se propaga por el aire y tumba la floresta con sus ecos.

—Game over.– dice Huarky sin desviar los ojos hacia el fondo violento del estruendo.

Mis muchachos se han transformado en simios felices que festejan una hazaña con dientes. Hacen piruetas y dan gritos de niños que relatan una película de acción donde se hizo justicia.

Hemos sobrevivido a la experiencia de tener enemigos implacables con los que hemos sido implacables, también, en cuanto avizoramos la oportunidad de la sobrevivencia. 

Sólo los que nacen para sobrevivir entienden que no se puede dar ventaja al oponente en una vida hecha de oponentes.

Sobrevivir es una gradación en la intensidad del alma y mientras nuestro médico intenta remediar mi mano rota me pregunto y le pregunto si ellos, por ellos mismos, estos jóvenes feroces que conduzco, hubieran hecho lo que yo me animo a hacer sin siquiera hesitar.

—No lo creo.– opina el médico– Sinceramente no lo creo. Yo nunca trabajé con alguien como usted… al mismo tiempo tan anormal y tan romántico… lo de anormal dicho en el buen sentido de “salido de la norma”. Por favor, no me malinterprete.

Cierro los ojos y le permito que cure mi mano como un perro salvaje permite a un hombre restañar sus heridas sin enseñar los dientes.



Chocolate bombón

Participan en este sitio sólo escasas mentes amplias

En tu cuarto hay un pájaro (de Pájaros de Ionit)

Un video de Mirella Santoro

SER ISRAELÍ ES UN ORGULLO, JAMÁS UNA VERGÜENZA

Sencillamente saber lo que se es. Sencillamente saber lo que se hace. A pesar del mundo, saber lo que se es y saber lo que se hace, en el orgullo del silencio.

Valor de la palabra

Hombres dignos de buscan. Por favor, dar un paso adelante.

No a mi costado. En mí.

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Feria del Libro de Jerusalem - 2013

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Acto de fe

Necesito perdonar a los que te odiaron y ofendieron a vos. Ya cargo demasiado odio contra los que dijeron que me amaban a mí.

Irse muriendo (lástima que el reportaje sea de Víctor Hugo Morales)

Hubo algo de eso de quedarse petrificado, cuando vi este video. Así, petrificado como en las películas en las que el protagonista se mira al espejo y aparece otro, que también es él o un calco de él o él es ese otro al que mira y lo mira, en un espejo que no tiene vueltas. Y realmente me agarré tal trauma de verme ahí a los dieciseis años, con la cara de otro que repetía lo que yo dije tal y como yo lo dije cuarenta años antes, que me superó el ataque de sollozos de esos que uno no mide. Cómo habrá sido, que mi asistente entró corriendo asustado, preguntándome si estaba teniendo un infarto. A mi edad, haber sido ese pendejo y ser este hombre, es un descubrimiento pavoroso, porque sé, fehacientemente, que morí en alguna parte del trayecto.

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.
edición bilingüe 1a. edición

and...me

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Porque todos los cuervos alguna vez fuimos solamente pichones y durante cuarenta días volamos debajo del diluvio yendo y viniendo de la tormenta al Arca, los laureles siempre se los llevan las palomas.