Apendicitis crónicas (las páginas colgantes)

TEORÍA DE LA PROSA - IRRESPONSABILIDAD DEL VERSO - IMAGINACIÓN DEL ENSAYO - INCERTIDUMBRE DE LA REFLEXIÓN

Romance ñu






“Qué extraña eres, bestia de corazón adormilado que escucha fados tristes en el fondo del alba.
Qué extraña eres, así pasiva, en una vigilia compuesta por lamentos.
Bestia que no te duermes en las sombras y no sales al sol cuando hay jolgorio en los pies de los hombres con descanso en los dientes.
Bestia que vibras en esta necesidad por los añicos.
Bestia de síndrome exigente, temblorosa de avispas en quietud y feroz como un rayo que cae sobre un monte.
Bestia tenaz de singladura negra, que vas mascando carnes desde el desierto al mar y del mar al desierto, como un apocalipsis.
Bestia que vas y vuelves por la sangre, dando gritos de enfermo de psiquiátrico, tratando de matar con un filo de olvido, a todos los recuerdos de otra bestia que tiene huesos largos y manos de llover.
Duérmete bestia que estás tan sola en tu tumulto hecho todo de una misma bestia, mientras las drogas para no sufrir apagan tu rescate de la furia.”

Hay algo tardío en el hombre que la mujer mira. Algo que viene retrasado en él. Algo que se demora en algún sitio.

Lo observa y no ve un hombre. No sabe lo que ve.

El la observa también, o piensa que la observa, y tampoco sabe lo que ve.

Se miran de manera intermitente como los animales que no forman manada se buscan solo para el apareamiento. O como dos aves, que jamás harán nido pero exhiben, como el pergolero, sus desesperadas construcciones en paja libertaria.

Ella no se queja.

Él trata de imitarla, porque imitarla le parece honrarla.

No hay demasiado que ofrecer más que el silencio de la sedición. O es de rebelión ese silencio, que ambos ofrecen casi alternativo, pero sólido. Un silencio extraordinariamente sólido que ningún ruido quiebra.

Un silencio que la sangre que va mojando manos, cuerpo, polvo, no quiebra.
Un silencio que el dolor que va rompiendo todo no quiebra.

Un silencio que ha enmudecido de pavor al silencio. O quizás lo haya enmudecido de vergüenza.

Ella mira a veces al hombre. Él tiene largos ojos de ñu despavorido.

Él también, alcanza a verla a veces. Ella tiene largos ojos de ñu despavorido.

Pero no pueden correr ni huir de ese espacio en que se miran uno a otro. No pueden escapar mas que con sus ojos de ñu despavorido.

Por momentos dejan de mirarse. Se centran en sí mismos. Buscan su propio eje en la tragedia y no el eje del otro.

Entonces él siente que claudica en su carne y en sus ojos de ñu despavorido y que es ella, con sus ojos de ñu despavorido, quién le alecciona sobre resistencia.

El silencio les trepa por la furia. El silencio es una pobre furia que se arrastra. La única furia que los mantiene vivos. 

Él recuerda músicas que casi no recuerda y se aferra a esas músicas que casi no recuerda. Se aferra, con su espanto de ñu despavorido.

A qué se aferra ella, él no lo sabe. 

Mientras mira sus ojos –cuando puede recobrar los suyos y mirar de nuevo los de ella– piensa que ella ya se fue de ahí. Que se ha ido tan lejos que sus ojos no pueden seguirla ni alcanzarla.

Ella es un ñu hembra que ha huído del guepardo que se la devora.

Nada sucede, más que la evasión.

Ella lo mira. Él canta. Los guepardos que los devoran, rugen, insatisfechos y terribles.

Él canta vaya a saber qué.

Ella sonríe un poco porque él canta, como si los dos vivieran otro mundo que no les queda ahí, en sus ojos de ñus despavoridos, con que siguen mirándose.

Luego sucede algo y regresa el silencio.

Ella mira la sangre con sus ojos de ñu. Él no la mira más. Parece muerto.

Los guepardos se alejan del festín. Hay carne destrozada en todas partes y los guepardos se alejan del festín. 

La manada ha escapado de las garras que ellos, ñus de ojos despavoridos y voluntad extraña, han enfrentado.

Ella rompe la soga como si rompiera su condición hembruna y se arrastra para mirar a través del ventanuco. 

Desde el exterior que ha analizado, regresa su mirada hacia la carne rota sobre el suelo.

—Están en un corral.– le dice a él, pero sus ojos de macho ñu ya no responden a sus ojos de ñu despavorida y Kioni insiste– No es hora de morirte ¿me oyes bien? Esta no es tu hora de morirte.

Se acerca y habla alguna cosa sobre hienas. Sobre la hiena alfa. Sobre el licaón alfa. Conversaciones que recuerda que ellos tuvieron antes. Las repite con fruición y énfasis. Algo dice también sobre los ñus. Dice “yo nunca seré un ñu”.

—Ponte de pie…Vamos, ponte de pie…–le grita a él que se ha demorado en otra parte que casualmente no está allí.

Kione solloza encima de la sangre y lava el coágulo que tapona la vida.

—Mírame…y por favor, muérete después.– dice con suavidad y de sus ojos de ñu despavorido, apenas cae un río, todo lágrimas, sobre los labios de él– Levántate, levántate, levántate… Tienes que levantarte…Te he visto hacer cosas peores. Te las he visto hacer.– se aferra a los recuerdos.

Luego Kioni regresa al ventanuco estrecho y otea ese alrededor que está en silencio. Analiza con sus ojos de ñu y su olfato de ñu, el viento del verano. 

Él entreabre el ojo que le queda y ve ese cuerpo de madera ardida, de árbol alcanzado por un rayo, de talla en algún recio mineral oscuro, que agazapado observa el exterior.
Se le antoja brutalmente pantérico, prístino, absoluto. La piedra que se mueve y se transforma en vida, como un golem de savia.

Él, de repente, se olvida de su cuerpo. Olvida allí su cuerpo en el dolor y es una voluntad apenas que se acerca al ventanuco. Es una voluntad casi incorpórea.

Luego sucede todo, pero él casi no sabe que sucede.

Los muertos se resbalan de sus brazos desnudos y de sus manos que ya casi no están. Manos, cuchillo, dientes, todo es una vorágine tremenda y repentina hecha toda de ñus que sobreviven, comiéndose violenta y desesperadamente a los guepardos.

Él mira a Kioni que es un ser veloz igual que un río. Es un ser veloz igual que el Tana, que corre vida abajo y vida arriba como un desborde oscuro que devora.

Y él desborda con ella y la manada, hasta que la estampida arrasa todo.

Solo quedan los ñus, en el ancho esqueleto de la sangre.

Sólo quedan los ñus.

Han destrozado a cornadas al guepardo.

Él se sienta por fin, tuerto y patético, tan patético y manco y desdentado y pobre. Se sienta, miserable, encima de un cadáver de guepardo, como en un sillón cómodo mientras la hembra absoluta se pasea como la mejor bestia de la tribu.

Le deja el final de la rutina, porque su plenitud de hembra combatiente es superior en ese momento a la de él. Le deja a ella el final, porque la decisión final hace a la honra en el mundo difícil de los líderes.

En realidad, le deja la venganza. "Nada es superior a una hembra que decide ajustar cuentas", piensa. Y jamás será él quién impìda que la cuenta de la vida acabe en orden.

—Ialâ, guys. Ya no nos queda nada por hacer– les dice a los demás ñus que ha vuelto a liderar.

El médico corre y lo sostiene para emprender la marcha.

Kioni se lleva la mano hasta el cabello con ademán marcial pero lo último que él ve, es su sonrisa.




(De: El pájaro de seda - fragmento de la tercera parte) 



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Hubo algo de eso de quedarse petrificado, cuando vi este video. Así, petrificado como en las películas en las que el protagonista se mira al espejo y aparece otro, que también es él o un calco de él o él es ese otro al que mira y lo mira, en un espejo que no tiene vueltas. Y realmente me agarré tal trauma de verme ahí a los dieciseis años, con la cara de otro que repetía lo que yo dije tal y como yo lo dije cuarenta años antes, que me superó el ataque de sollozos de esos que uno no mide. Cómo habrá sido, que mi asistente entró corriendo asustado, preguntándome si estaba teniendo un infarto. A mi edad, haber sido ese pendejo y ser este hombre, es un descubrimiento pavoroso, porque sé, fehacientemente, que morí en alguna parte del trayecto.

Poema 2



"Empapado de abejas
en el viento asediado de vacío
vivo como una rama,
y en medio de enemigos sonrientes
mis manos tejen la leyenda,
crean el mundo espléndido,
esa vela tendida."

Julio Cortázar

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1a. edición - bilingüe