La lengua de la lágrima

“La muerte también es un estado del alma”
(Cuadernos de Lahyani)


Con cara de póker escuchó a los Testigos de Jehová un buen rato, mientras desde adentro se preguntaban qué diablos hacía Lahyani ahí, hablando con el anciano rubicundo y la señora ancha y traspasada ya por varias generaciones de mulatos (palabra horrible que debería desterrarse del idioma de todos, porque es una palabra vergonzosa que a nadie le hace bien)”.

Hablaron de Babel, quizás de Dios, desde el germen de Dios hasta las guerras y de allí se fueron del shabat al Papa, como si de repente hubiera demasiadas religiones y ellos solamente fueran tres intrigados en cómo no es posible arreglar este mundo.
Hablaron del Corán, de la Torâ, cuando el hombre rubicundo confesó –por culpa del profeta Jeremías– que su origen era realmente judío y Lahyani le dijo que no importaba cuál era el origen si él, a partir de Dios, iba orgulloso del brazo de su señora (omitió lo de negra porque eso lo habría dicho un racista) y además llegaba a ser feliz haciendo lo que hacía,“porque la felicidad del espíritu solamente te alcanza siendo fiel a ese espíritu”.

Cuando cerró la puerta, la eternidad de Paloma estaba allí.

La acorraló contra una pared como se acorrala y sentencia a un enemigo.

—¿Es la encargada de vigilarme, Officer Hanver?¿Está aquí para ver que yo “haga todo en orden y según el protocolo”?

Paloma se dejó asaltar por el hombre iracundo que se le vino encima y respetó el brazo cruzado sobre el cuello y la llave en que el cuerpo dolido y estragado la inmovilizaba.
Pujaron un momento en que ella no opuso resistencia ante el castigo.
Luego él se serenó.

—Yo sólo estoy intentando conocerlo.– dijo, casi con dulzura, después de que él la liberó– Es sólo eso. Estoy intentando conocerlo.

—No le voy a gustar. Ahórrese dilemas.– fue la respuesta que Paloma escuchó.

—Ya sé que usted es el que manda, pero… permítame decidir algo en mi vida ¿le parece? Y quiero conocerlo aunque a usted no le guste, porque quiero saber quién me comanda.

Lahyani recordaba eso cuando la sombra emergió a través de una puerta que él pensaba cerrada y lo quitó del sueño que jamás conseguía conciliar.

Entonces, la sombra le sorprendió el salto repentino, el salto táctico con pistola en mano, ignorante ese salto de todo pudor o desnudez, por defender la vida. Solamente saltó empuñando el arma a punto de disparo, cuando la voz le dijo: “tengo que hablar contigo” y él se estremeció igual que se estremece todo animal que teme.

Bajó el arma y al mismo tiempo pospuso la actitud de sus nalgas que lentamente hallaron la resistencia húmeda del colchón encima del cual sudaba noche a noche.

Cuando quiso encender la luz oyó: “hablemos en la oscuridad, solo por hoy”.
Y la voz continuó, en la rara espesura de una noche que ha perdido la luna. Algo dijo después.

—¿Me repudiaste?

La palabra suena igual que un grito dentro de un laberinto. La palabra en sí es un laberinto.

—¿Me repudiaste, verdad?– insiste la voz trémula que va hendiendo los negros nocturnos en esa habitación de aire estancado, para abrirse camino hacia un Lahyani que la escucha atónito–Sólo dímelo si es así. Quiero que me lo digas con tu lengua.

Lahyani ha devuelto el arma a su lugar y se acomoda mejor sobre la cama, mientras cruje la voz en lo nocturno y su esqueleto cruje como hecho de madera envejecida.

—¿Cómo se te ocurre algo así?– opta por responder.

La figura con la que habla está de pie y desde el plácido exterior a través de la puerta que ha quedado apenas entornada, un resplandor pequeño la ilumina.

—Sólo dilo. Quiero oírtelo decir.

—No voy a decir eso.– casi exclama Lahyani– Primero porque no es verdad y segundo porque yo sería incapaz de hacerte eso. Sería incapaz.– repite luego, en un tono más bajo–Absolutamente incapaz de hacerte eso.

—¿Y por qué has dejado de tocarme?

Mientras habla, la figura en la sombra da dos pasos sin obtener respuesta del hombre que sentado en el revoltijo de sábanas mojadas y calientes, hace silencio.

—Te humilla ¿verdad? Lo que ellos hicieron te humilla delante de tus hombres. Por eso no me tocas, casi no me miras, y solamente me hablas si tienes que ordenarme algo. Te avergüenzas de mí.

—No es de ti. Es de mí de quién me avergüenzo, Kioni. Es de mí. Tú no tienes nada que ver. Ni te miro ni te toco porque estoy avergonzado de mí.– susurra él como si se arrebujara hacia su propio adentro.

Ella hace un silencio estático y luego da dos pasos más. Se acuclilla al borde de la cama en la que el hombre ha bajado la cabeza y se cubre la cara con la mano inútil.

—No te entiendo.– dice la teniente–¿Por qué te avergüenzas de ti?

—¿Porque no pude defenderte?¿No te parece suficiente motivo? No pude defenderte. No pude evitar lo que pasó. Te pasó frente a mí y no pude defenderte.– insiste él– Y eso me avergüenza. Eso me corroe adentro y me avergüenza y siento ira para conmigo mismo.

—Bien dices…no pudiste. Porque en cuanto pudiste, no perdonaste a nadie.– saca las cuentas ella con una matemática simplista, lejos de convenciones.

—Eso me avergüenza, Kioni. Siento vergüenza de mirarte a los ojos, porque no pude defenderte en ese momento.– insiste el Comandante

—Te estaban matando ¿Esa parte se te olvida o qué? Te costó un mes del hospital ese “momento”.

—Debería haber muerto defendiéndote. Y eso no pasó. Pasó que me salvaste la vida. Que “nos” salvaste la vida a todos.

—Ah…te humilla eso. Que haya sido la mujer la que te salvó y no tú quién la salvaste a ella ¿eh, Comandante?– infiere Kioni, casi sonriendo– Ustedes los hombres…– gruñe luego– son como los niños. Las cosas no les salen como quieren y sienten que han fallado. En todo caso, no fui yo sola, fuimos los dos los que salvamos a los demás ¿también se te olvida? Fuimos tú y yo. Fue cuestión de quién se liberó primero las manos. Si no te hubieran desmayado, seguro hubieras sido tú, como siempre. Lo que te molesta es no poder acaparar todos los heroísmos…–bromea Kioni, luego– Acostúmbrate…Algunos hay que dejárselos a los demás.

—Yo sería incapaz de repudiarte. Jamás haría eso. Entendería que tú lo hicieras conmigo.– replica el Comandante– No estuve a tu altura. Es eso.

—Tú estás mucho más loco de lo que pareces, Comandante.– reflexiona Kioni, echándose suavemente hacia atrás para mirar mejor al hombre frente a ella– ¡Qué cosas se te ocurren! Me hablas como si yo no hubiera estado allí ni hubiera visto lo que te pasó frente a mí…En un momento me pregunté ¿por qué este hombre es capaz de soportar el dolor de esa manera? y no encontré respuesta. Creo que es tan grande tu dolor interior…que no te permite que sientas el del cuerpo…Entonces acabas así, todo deshecho y en tiritas.

Kioni ríe mientras alza las manos y acaricia el rostro de un Lahyani que permanece con la cabeza baja.

—¿Debo creerte que no estás avergonzado de mí?¿Debo creerte que no me has repudiado?– vuelve a preguntar. Los ojos negros y luminosos se aferran a los ojos que intentan no mirarla.

—Jamás lo haría.– le repite él.

—¿Puedo quedarme contigo entonces?

—Como siempre.

Kioni se acomoda en el abrazo brusco que la ciñe. Apoya la mejilla sobre el pecho del hombre y se duerme escuchando el corazón.

(De: El pájaro de seda)

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