De las cartas cerradas y otras incoherencias (toma XVI)



                                                                                                   De mi historia con Virgo

Mientras en tus suposiciones fuimos novios, el mundo era un resumen de amarguras longevas y frustraciones varias. Le contabas historias a este escritor de miedos y yo las aceptaba como a un libro de Bradbury.
Creo que te probaste todo el guardarropas, a ver con qué vestido desatabas el nudo de mis ojos. Desde el sexo hasta el llanto que se volvió insolentemente griego, se llenó de artimañas nuestra vida, igual que una película espesa y decadente.

No sé qué te pasó conmigo, pero supongo que te pasó lo mismo que con todos: ratones y a la cama. El problema fui yo, seguramente, que me tiento difícil y que no siento celos de que me cuenten experiencias con otros hombres anteriores a mí, aunque me saturaras con historias de ojos que te comían el pelo y la cadera, mientras marchabas calentando hormonas como una frígida piel invulnerable. “Se mira y no se toca” era el lema que pretendías imponer en el terreno de mi credulidad de desconfiado.

Yo sin embargo pensé en vos como si fueras de una sed más honda, de una búsqueda íntima casi propia de la espeleología. Eras a toda hora una carcajada que terminaba en llanto, porque en realidad, jamás reías aunque intentabas que creyera que sí.

Inventabas, supongo, o recreabas escenarios que se parecieran a los míos, con una alteración disciplinada en que se me clavaran tus tragedias en medio de los ojos y cuando las alzara, me dolieran las manos. Te inventabas una y otra vez, habitadora de una sala de espejos en que fuera imposible lo real y se hablara en francés.

Me decías que yo nunca fui joven, que ya nací gastado y que querías explorar mis luga-res de llorar como si se tratara de mis zonas erógenas pero que ibas despacio, por respeto y para no invadir porque todas esas zonas mías eran vírgenes.
Ahora pienso que no sea que fuera a consolarme repentinamente y perdiera ese atractivo que tiene una herida abierta que palpita para esa vos que gusta lamer tinta.

No sé si esos días en que fuiste tan tierna fueron ciertos o se te escaparon de las manos como las otras cosas que se te escaparon. Pero es la ley del juego de reemplazos que jugás tan a gusto. Siempre habrá otra sota, otro caballo, otro rey en la baraja, porque tu compulsión no es ganar el juego, sino jugarlo así, a veces haciendo trampas diminutas disfrazadas con flores de un papel que esté escrito.

Hoy escuché tu voz una vez más. Sigue gustándome tu voz, aunque tu boca se haya deteriorado para el beso y el tiempo se haya vuelto pequeño y arrugado. Supongo que soy yo el que me fui lejos y no tuviste más remedio que alejarte detrás de cualquier sombra que oliera igual de bien.

Y supongo que a tu pesar o no, nunca se sabe, recuperé la vida que un día, hace ya mucho, te conté que soñaba y de la que estás fuera.


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