Cartas pasionales (toma I)


La carta en la lluvia



Puedo quedarme el resto de la vida debajo de la lluvia.

Tú sabes –si alguna vez supiste algo de mí– que tengo vocación de silencio. El silencio es para mí un modus vivendi, como la soledad que no interrumpo o esta especie de melancolía sin pájaros y con algunos ríos.

Añoro el mar cada una de todas mis mañanas con pocos ríos y sin ningún mar.

Añoro el mar como si nunca hubiera naufragado y todavía existieran esos tesoros mansos, abocados a un tiempo de reliquias que el mismo tiempo se ha encargado de olvidar en desiertos profundos.

Ya sabes…me he dejado tentar por la parte impronunciable de los alfabetos y en esa parte escribo, por esta vocación de incomprensible de la que todos me acusan, aunque a veces lo hagan suavemente. 

El mundo está siempre de espaldas, pajarita. El mundo está de espaldas a su pecho.

Han comenzado los días de la lluvia. 

En esta época llueve por aquí y aparecen en mi paisaje pequeñas venas húmedas como si sobre esta tierra avasallada hubieran llorado demasiados hombres.

Se me ha llagado la boca de demonio por tanto tener sed y ahora que llueve sobre esta plenitud de la congoja, me impongo no beber como una penitencia multitudinaria para todas mis bestias de uñas gruesas y dientes que rechinan. 

El corral de mi piel tiene ventanas y a veces creo que es tu silueta de ave transparente la que dibuja plumas en mis vidrios con polvo, pero como todo en el sol es espejismo en las latitudes más desérticas, cuando llego no estás o ya te has ido igual que los fantasmas que empujo al inconsciente.

Ya sabes…divago entre los mosquitos que ha levantado el agua de la lluvia y este calor hecho de luces plenas que ha conseguido verdecer las plantas para aroma. 

La cocinera ya no está tan flaca como cuando llegó y usa las plantas en todos sus potajes. Ella le habla a las plantas que se han puesto verdes como si las palabras de su boca fueran letra por letra las gotas de esta lluvia que ha terminado por acampar en mi silencio, ese silencio en el que te hablé siempre y que en verdad es sólo una expresión de mis palabras cuando se han olvidado de morir.


(De: Regreso de las aves)
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