Cartas pasionales (toma III)



La carta de la tierra

El hombre de las palomas está tieso como un niño de barro. Permanece en la ausencia. 
Las palomas que lo parasitan devoran los ásperos mendrugos de su pan. Él lo declina porque no tiene dientes y debe chuparlo un largo rato como si fuera un pezón de harina hasta que su saliva lo disgregue.

Las palomas que acompañan al hombre atacan los mendrugos con enérgica entrega alimenticia. Luego vuelven al hombre y se quedan con él como si fueran perros.

Nosotros, lejos ya del hombre que nos mira, parecemos grandes buitres de barro. Buitres rotos y rojos, también pulverulentos, desplumados de sol, con los músculos torvos de cansancio y un sudor pegajoso que empapa con su oscuridad las camisetas.
En realidad somos grandes buitres de barro presumido, que saben masticar los esqueletos de su propia historia. Buitres con dientes, casi pterodáctilos, que regresan a pie desde el íntimo fondo de los sismos.

La gente de la aldea nos ve curiosamente. Nos miran como se mira un circo que aparece con el atardecer.
Debemos semejar grandes juguetes a cuerda para los niños que nos rodean y no nos abandonan. 

Desde la última tragedia han nacido muchos niños aquí, porque la vida se justifica en la premura de su propia multiplicación. Esta, ya no es una tierra sin humanos, pienso, aunque suene tal vez a un eufemismo un tanto desgraciado o desagradecido.

En esta aldea sola en su paisaje, hay un maestro alegre que tiene un aula alegre en la que enseña a la infancia a ser alegre. Sus alumnos abarcan todas las edades y los alfabetos.
Afuera de su aula, también hay niños que no estudian porque sus padres se han quedado atrás, en las costumbres clánicas, donde la hija mujer sirve y ayuda en su casa hasta que un marido se la lleva y el hijo varón se encarga del ganado macilento que conduce a buscar un pasto que no existe.

Aquí la vida es un hecho melosamente lento que nos va embadurnando como el polvo y el sol. Y nos ponemos dulces, como en gracia.

Cuando las manos de cavar me duelen mucho, me voy con el maestro y conversamos de educación como de sueños. Aquí se sueña en pródigo. Es como vivir en una ensoñación, en un milagro, en una maravilla.

Ya no se oye la guerra. Se ha calmado ese tronar difuso y esa repetición inacabable se ha acabado.

Hay un silencio en libertad ahora. Se puede oír al hombre y su trajín, la risa de los niños, el poder de la broca tumultuosa que busca el agua con un temblor violento y rotativo, el manso hacer de todas las mujeres, el mugir y el balar, la cacofónica batalla de gallinas.
Quizás todo eso escucha el hombre al que parasita un mundo de palomas. 

Es una antigua estatua de la tierra, cuando en ella todavía había lugar para anidar.


(De: La pasión triste)

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