De los epitafios



—Las historias de amor no saben de religiones ni de países. Son historias de amor entre personas que viven en el mismo mundo. Con eso alcanza…Si no, miren al Comandante. Es blanco y judío y tiene una mujer negra que además es musulmana… bueno, no sé ¿usted es musulmana, teniente?



Todos sabían que la pasión por los lucernarios y los relojes de arena era en él –con escasa diferencia– tan poderosa como la que le despertaban los botes y las mujeres. Una rara catarsis que desflecaba en luz la oscuridad y sus paisajes acababan siendo como los lucernarios, en un color cercano al amarillo que tienen las llamas de las velas, las mechas de las lámparas de aceite y los atardeceres. En ese punto, irrumpía su especial filosofía del color, con el azul.
Todo oscilaba entre el amarillo fuego y el azul, que simbolizaba la mayor de sus pasiones: el mar.
A veces se permitía una invasión del rojo porque lo seducía el rojo destellando sobre una gama gris. Sobre la vida, una gota de sangre.

Quitó los ojos de la pantalla alejando la laptop para observar a los que participaban de la conversación en la cual no se consideraba incluido, más allá de que se hiciera referencia a él.

Ellos continuaban conversando en una rutina amable, con esa cotidianidad ya establecida en el grupo a base de confianza y ensamble, lo mismo que una maquinaria bien engrasada, de encastre perfecto. Conversaban como si nada ocurriera alrededor y aquello fuera una excursión campestre en un mundo de boy scouts.

Quizás sus hombres la vivían así, con esa inconsciencia imprudente y altiva que proporciona la juventud. Porque todos sus hombres eran jóvenes y habían nacido con esa poca noción de los escrúpulos que le otorga a sus miembros la decadencia de la sociedad. Todos venían de mundos disociados, de dolores que se secaron encima de sus huesos, de la parte humanamente mísera del mundo. Venían con sus dones de matar y sus brazos montunos y sus ojos hechos en la acidez de la mirada cuando se ha visto de más en el hondo negro de la especie.

Él era igual o quizás era peor, porque ya no era un joven insolente abriéndose camino a machetazos por la enramada hostil. Ahora conocía la enramada y podía hablar de sus trampas, de sus bestias, de sus espinas, pero no renunciaba a habitarla. La enramada era su lugar porque le había atrapado las ganas de salir.


—No, sniper… Soy cristiana.
—Y yo ateo.



Los hombres oyeron la voz del comandante inmediatamente después de la respuesta que daba la teniente y seguidamente al sniper repitiendo: “es como yo digo, dos personas se encuentran en el mundo y todo lo demás deja de existir”.

A veces filosofaban. Todos filosofaban porque la explosión de la vida llevaba a analizar sus consecuencias y si bien no buscaban explicaciones rutilantes, las buscaban o se buscaban en ellas.

Estaban ahí, como una expresión de la lujuria que da la adrenalina y habitaban esa peligrosa felicidad del vértigo. La habitaban como se vive un gaffe dentro de una película o hacer saltar la banca en un casino. El comandante también. De otro modo, ya hubiera abandonado la enramada entregándose al mar.

Sin embargo, su condición de fiera se iba serenando con lentitud lejana, apaciguada, dativa, tal vez, como una consecuencia de los años. Se iba apaciguando y agrisando, encaneciéndole la piel con sus cenizas, mutándole los dientes y las mañas en esa especie de condescendencia andropáusica en la que caía sin esplendor.

Aunque él ya se viera como un león de mordida jubilada, sus hombres le temían como a lo metafísico, con una veneración extravagante propia de la que se profesa a las estatuillas de ídolos paganos. Temor y respeto se mezclaba en ellos y con él, como el humo de la fogata se mezclaba con la penumbrosa lividez del aire, allí, donde habían hecho alto para recuperar fuerza.

“El dinero ya no compra los muelles vacíos”, escribió mientras la tropa hablaba con el ánimo en alto, “ni la lluvia sobre el maderamen de esos muelles vacíos. El dinero de esta empresa de solos y alejados, no compra el resplandor del agua en los muelles vacíos. Porque al fin y al cabo somos eso: muelles vacíos a los que no se aproxima ningún barco.”


Después de poner el punto, pensó que había escrito una estupidez.


Imagen: A Rainy Perspective by Paul Jolicoeur

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