Apendicitis crónicas (las páginas colgantes)

Teoría de la prosa -irresponsabilidad del verso -imaginación del ensayo -incertidumbre de la reflexión

Metal nuboso


 


A veces los domingos aparecen nublados como esos rincones de los que Idân nunca se decide a quitar el polvo suficiente como para descubrir qué hay debajo.

Aparecen nublados, vaporosos, como un caserío bajo una tormenta de arena muy fina, hecha de mucho tiempo.

Los domingos nublados son idénticos a los rincones de Idân que están establecidos en ámbitos por los que no camina a diario, pero que bordean, como los precipicios al faldeo, todas las regiones de su vida. Para morir, sólo es cuestión de acercarse hacia ellos y dejarse caer. 

Para Idân, el amor es como un vasto hecho sin memoria, que siempre les sucede a otros. Algo que se termina o caduca y hay que desechar sin remordimientos. La gente solo acampa en él un rato y hace picnic. Luego, cuando se van, quedan las sobras como un manifiesto que se transforma en mugre.

En Idân habita un filósofo triste, una especie de animal sencillo que rumia higiénica y obstinadamente un malezal. El sufrimiento ya no lo cohíbe. Se anima a él con mansedumbre de vaca vieja a la que no espera más que una obligada muerte frigorífica.

Está enfermo, cansado, descompuesto igual que un mecanismo. 

Sin embargo, tiene también esos momentos ácidos en los que aún trabado, funciona. Se destraba y funciona, por deber. Las piezas de su energía rota se violentan contra la inacción. Entonces crujen y la máquina arranca como un grito metálico e inconmensurable, un toque de rebato sobre la acústica oquedad del alma. 

Cuando la máquina de Idân arranca, los otros retroceden. No buscan refugio. Sólo retroceden, dan un paso hacia atrás como empujados por un vigor de metales y aceites de cuyos roces brotan chispas. Algo tiene su jefe de bulldozer cuando le sale el animal de hierro y por eso los otros retroceden y lo miran actuar y lo dejan actuar. 

En los domingos nublados, es una fiera flaca de ojos tristes. Nadie sabe que llora cuando habla con sus nietos como quizás su abuelo también lloraba al recibir sus cartas y nunca se lo dijo. 

Los metales no lloran, piensa Idân, se funden, simplemente.


 


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