Apendicitis crónicas (las páginas colgantes)

TEORÍA DE LA PROSA - IRRESPONSABILIDAD DEL VERSO - IMAGINACIÓN DEL ENSAYO - INCERTIDUMBRE DE LA REFLEXIÓN

¿Qué hacemos con las sobras?



Era crédulo cuando llegó el desahucio que arribó  como las cosas obligatorias llegan a las vidas de las gentes para cambiar sus rumbos.

Liberia fue el desahucio y él aún era crédulo y se obstinaba en la fe de los crédulos que quieren tener fe y se juegan la vida por tenerla. 

Su credulidad era sencilla, franca, tan impráctica como impracticable. Era una credulidad ostentosamente boba y férrea, insolente para con los demás y peligrosa para consigo mismo.

Mientras piensa en Liberia observa las cicatrices en el violento mapa de su cuerpo. En él están orográficamente descriptas las derrotas de su historia, del descenso de fe, de los cambios de rumbo en un destino siempre malherido y de este impasse actual en que resiste casi insensible al tacto de la muerte, también él como una cicatriz.

La historia que ha vivido está plagada de niños que suplican y de niños que lloran vacíos de cobijo y aterrados. Está plagada de niños refugiados que no tienen refugio bajo fuego y claman y sollozan o se quedan pequeños, silenciosos, temblorosos, minúsculos, arrinconados en la poquedad que les queda de vida hasta la bala, la granada, la mina, el bombardeo o simplemente un hombre armado, a pie, del otro bando, que arrasa con sus vidas y sus pueblos en un injustificado porque sí.

Se agolpan en sus sienes esos niños insalvables, caducados ya antes de nacer en estos “sin espacio” de la voracidad con que los hombres matan hasta el último origen que les queda. Los escucha temblar con el temblor del aire, como si agitaran alas mochas, alas quebradizas sin vuelo y ese agitar constante de todas las huídas fuera rompiendo, astillando, el soplo en el que viven momentáneamente.

Mira las cicatrices y se mira, convertido también en cicatriz. Un tajo en un espejo roto en que su cuerpo se reparte informe como un rompecabezas apilado sin gracia. 

La médica que alcanzaron a rescatar del incendiado puesto sanitario termina de curar el pecho del hombre como puede, mientras él casi no la distingue en el espejo frente al cual están.

Por detrás de sus ojos, el hombre ve a los niños. Están arracimados en el único lugar que queda en pie. Es una habitación en una ruina. Es una habitación que se derrumba sobre los niños que cobija y que llegará al punto de aplastarlos protegidos allí del fuego que devora a todo lo demás.

No se puede salir a la intemperie, al descubierto donde queda el fuego y quedan los disparos y quedaba el combate aunque, ahora, afuera haya un silencio acre y crepitante pero ninguna voz. El fuego parece ahora estar solo con su obra de no dejar la huella de la vida en ese territorio desarmado. 

El hombre recoge su fusil mientras mira a los niños que se aprietan unos contra los otros y todos contra el fondo de ese lugar estrecho en el que flota el mal olor del miedo montado sobre el humo del incendio y la sazón picante de la pólvora.

La médica ahora se ocupa de alguien más que también sangra. 

Los cuatro cooperantes que llegaron en busca de los niños con parientes que puedan recogerlos, tratan de calmar el enjambre que tiembla pero ellos también tiemblan, estrechos y encogidos como perros, apretando a los niños con su pánico.

Sólo pueden llevarse de allí a aquellos que tengan donde ir, algún pariente que pueda recogerlos en algún sitio al que no alcanzó la guerra, todavía, dice la orden que los autoriza.

-¿Y con los otros qué?- pregunta el hombre al cooperante a cargo.

Cae la noche humeante sobre todos.
Ha empezado a llover.
Se apaga el fuego.


Imagen: Disadvantaged children by Thomas Tham



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Hubo algo de eso de quedarse petrificado, cuando vi este video. Así, petrificado como en las películas en las que el protagonista se mira al espejo y aparece otro, que también es él o un calco de él o él es ese otro al que mira y lo mira, en un espejo que no tiene vueltas. Y realmente me agarré tal trauma de verme ahí a los dieciseis años, con la cara de otro que repetía lo que yo dije tal y como yo lo dije cuarenta años antes, que me superó el ataque de sollozos de esos que uno no mide. Cómo habrá sido, que mi asistente entró corriendo asustado, preguntándome si estaba teniendo un infarto. A mi edad, haber sido ese pendejo y ser este hombre, es un descubrimiento pavoroso, porque sé, fehacientemente, que morí en alguna parte del trayecto.

Poema 2



"Empapado de abejas
en el viento asediado de vacío
vivo como una rama,
y en medio de enemigos sonrientes
mis manos tejen la leyenda,
crean el mundo espléndido,
esa vela tendida."

Julio Cortázar

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1a. edición - bilingüe