De las cartas cerradas y otras incoherencias (toma XVIII)






 Zona en el dolor

He dejado la precaución de lado, a un costado del día que riela sus orillas con la sensación tensa de haber muerto.

Sobre nosotros cae una luz espléndida que el calor abarrota con enceres de polvo. Somos un plano en vidrio bajo un sol que lame los vacíos fabricando espejismos hechos con transparencias que nacen de las sombras. Quizás no estemos realmente aquí. 

Escribo que me gustan las lámparas, sólo algunos poemas y mi vida es un miedo con el que he aprendido a ser feliz. Me faltan dedos en la mano de escribir y me sobran palabras en los ojos que ya no me duelen de esperar, porque sé que nunca jamás pasará por ellos nadie al que yo espere con desesperación. Ni siquiera la muerte se detiene porque se asusta al mirar lo que habita dentro de mis ojos. Si yo la miro, se empavorece y huye. También me deja aquí.

Nuestro vehículo proyecta sobre mi cuerpo una sombra metálica que hierve como pica el sudor bajo la camiseta, en el roce grosero de los correajes sobre la piel húmeda, agotada como un pelecho al que su propia vejez despedaza en colgajos abiertos. Sopla viento caliente que evapora esa mínima humedad y fisura los labios una vez y otra vez por más que la lengua se obstine en lubricarlos con la saliva blanca y pastosa de la sed.

Mis compañeros, los que me acompañan por el mundo, se han rebelado durante un momento y me han expuesto a gritos sus opiniones. Me han gritado o han gritado, porque gritar es muchas veces la pura y dura necesidad de un alarido que se lleve en el lomo de su sonido a los demonios. Ellos me han gritado que ¿por qué vinimos a parar aquí?¿por qué tengo que tener amigos aquí?¿por qué accedí a cubrir este destino?

Sé que mis compañeros no me gritan porque temen morir. Eso es algo superado ya por todos nosotros. Hemos aceptado antes de este muchos destinos donde es fácil morir. Pero, esta vez, todos estábamos relativamente acostumbrados a la blandura del último lugar que con sus altibajos y sus desastres, era un pasaporte al inestable territorio de la calma. Porque para la gente como nosotros, la calma es un territorio siempre inestable, fugaz, inconsistente con la profesión. En nuestro último destino había calma y la calma seduce y pacifica los corazones que deben mantenerse en vigilia. Nos amansamos en destinos con calma y resignamos nuestra ferocidad.

Aquí, en cambio, todo es extremoso. 

Mientras escribo miro mi reloj. El tiempo corre. Huye, como todos aquí. Huye despavorido como todos aquí, como nosotros huiremos en algunos instantes más, cuando nos encontremos completamente convencidos de que los que tenían que llegar no llegarán y nos demos por vencidos frente a un nuevo fracaso.

Estoy sentado sobre el camino al borde del cual hemos estacionado los vehículos con el riesgo fatal que eso conlleva. Mi espalda apoya contra la sombra de hierro del transporte liviano. Escribo mientras espero. Escribo en la portátil que sostengo sobre las piernas recogidas. Parezco ausente pero estoy alerta, en un desordenado sobresalto que me eriza los vellos cada vez que un sonido descompone el silencio.

—Aún escribes ¿eh?...No pierdes las costumbres. –dice mi compañero que, de pie a mi lado, revisa las distancias, señalando con los ojos la portátil– Nosotros hemos mejorado mucho desde entonces. Ahora hasta tenemos internet.

Habla con orgullo autónomo, hecho de victorias seculares. Ríe, como una redonda comadreja. Le sonrío también.

—Allí vienen.– nos avisa alguien. 

Nosotros recuperamos nuestros puestos y de repente vemos ese tumulto que se despeña monte abajo como un río de telas tornasoladas que tropiezan, se enganchan, se destrozan. 

También yo soy un refugiado que corre hacia la salvación cuando te pienso.

(Segundo diario del Kurdistán)

Imagen: Album de la tropa



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