אני הבאתי


—Ya sabes…nos hemos puesto solos.

—¿Por qué me hablás de tú en vez de hablarme de vos?

—¿Te hablo de tú?

—Si, si, me estás hablando de tú…No dijiste sabés, no dijiste nos pusimos.

—Exceso de idioma inglés.

Lo escucho replicar mientras sostiene a la gata entre las manos. Veo un gato gigante que amasara un juguete con forma de gatito. Un gran felino que ha comido mucho en la cacería última y ahora, solo, quiere afelpar las garras.

Acaricia a la gata con fruición, algo que se parece mucho a la necesidad.

Ella es una cosita lasciva que cede al imperio de ese manoseo como si él –en vez de acariciarla– la fuera modelando en un amasijo peludo que hace el mismo ruido a cuando un motor regula suavemente. Mientras las manos trabajan ese bultito hecho una larga liviandad de carne y pelo, desde aquí se escucha el runrún sedoso, complacido, de hembra que se deja sobar.

Me pregunto cuál de los dos es el que está en celo. Si la gata que se estira y contorsiona transida de ternura o él, que la conduce con caricias hacia esa indefensión de hembra entregada.

Es algo que sabe hacer. Comienza su trabajo con los ojos y sólo con los ojos, que pueden parecer casuales pero nunca lo son. Su mirada nunca es casual, lleva intenciones que hablan un idioma de ira o ternura sombrías que no se extiende a los demás gestos. Permanece solamente en la mirada. Por eso llama la atención esa suerte de idioma de otro mundo hablado cuidadosamente a solas, como consigo mismo, en una conversación de alteridad que consigue apartarse del entorno para entablar su diálogo con nadie.

Se reclina por fin, entornando pasivamente la mirada, como si decidiera apagarse y morir por un instante y darme la prevalencia en cuestiones domésticas, del mismo modo que un amo le permite a un sirviente cumplir con lo ordenado sin meterse en la forma de ejecutar la orden.

A veces me parece una de esas estatuas lúgubres que habitan los cementerios cristianos. Un gris ángel de túmulo que preside mi muerte o mi resurrección sin proponérselo.

En el espejo veo a la mujer.

Reemplaza ahora a la gata y está allí, como si la gata hubiera trasmutado y crecido en un descuido de mis ojos, y luciera depilada y desnuda, sinuosa como el ronroneo del que nació una virgen.

Lame con suavidad pausada, con lentitud deleitosa y curativa, el cuerpo decadente sobre el que su plasticidad se arrastra como de cacería.

¿Por qué digo decadente? me pregunto. Quizás porque lo quiero ver así, seco, torturado y efímero, mortal sin aspiración a la sobrevivencia y sin deseos de renacimiento.

Y sin embargo, es esa fuerza tzabra de mal ángel, de entidad disoluta indominable por la artimaña húmeda del sexo, la que ahora en el espejo deshace a la mujer como a una flor que se somete al viento en un desierto.

No sé por qué debe ser tan animal para el apareamiento cuando ya ha decidido ser el dominador entre nosotros. No busca un equilibrio entre la fuerza y serenidad. Actúa, despiadado, con una sed promiscua y asesina. Sin riberas.

Escucho a la mujer que se deshace y llora tibiamente, en ese silencio en el que nos sumimos, aún sobre ella.

Él cierra los ojos. Yo los abro.

Sonrío a la mujer que me sonríe. Trato de no dormirme, para permanecer un rato más aquí mientras él duerme.


(La pasión triste)
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