El futuro en el laberinto




¿Cómo suena el futuro? ¿Tiene cadencia, color, algún aroma? ¿A qué suena el futuro por aquí? ¿Quién puede imaginarle algarabía, música, murmullo, resonancia?
 
¿Cómo huele el futuro si no a pólvora y sequedad y a muerte bajo el calor ecuatorial que nos divide el sol como un pan ázimo, incapaz de alimentar a alguien?

¿Tiene el futuro otro color que no pertenezca a la gamada variedad del rojo? Rojo el atardecer, roja la sangre, y rojiza la tierra que la sangre ha regado mientras va oscureciendo, lentamente.

A mi costado la vida se estaciona pero no abre las puertas para que los que están aquí puedan subir y continuar camino. Estaciona con sus puertas cerradas lo mismo que un almacén inaccesible para el hambre de los que no tienen cómo comprar pan.

Estamos varados en este aislamiento indigente igual que un montón de residuos dentro de un vertedero. Somos parte de las cosas que los hombres descartan en sus vidas con paz en la que no se intentan misiones de suicidas, como ésta.

La médica joven hace rato que llora rodeada por los niños. Las mujeres la miran desde lejos con ojos que parecen no mirarla. Son ojos que se vuelven así, perplejos y aislados, cuando ya no tienen más para llorar.

La comadrona le ha dicho dos o tres palabras e intentado un abrazo que apenas se produjo. Acompañó el abrazo con un: hay mucho por hacer.

Resolver se trata de no colapsar frente al fracaso.

Cuando uno viene aquí ya sabe eso o por lo menos debería saberlo. Alguien que haya estado antes en estas ruinosas circunstancias debería explicar a estas personas nuevas que los voluntariados se parecen mucho a las crucifixiones y que la vida siempre está en peligro. El peligro en estas regiones es parte natural del voluntariado y el voluntariado no es ni más ni menos que un profundo acto de afirmación.

Quizás, los que estamos aquí, somos personas que no han nacido para perder la fe aunque de vez en cuando lo olvidemos.

(De: La pasión triste) 

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