La puerta en su laberinto

Primero fue el inestable trot-trot-trot del rotor y a continuación, la metralla.

Desde el aire, como miran las aves carniceras de buena vista y garras de desgarrar, todo abajo es una presa que no puede evitar a su asesino.

Sin ensuciarse las manos, se mata con metralla desde lejos, montado en una bestia acorazada que genera viento y velocidad con un ruido fantástico. Un dragón de metal que escupe su ira irremediable sobre ese abajo que no encuentra refugio ni en el pasto crecido ni en los árboles ralos.

Por aquí, los niños se alborotan en su horror y el lugar se transforma en una derruida catedral que llora una escombrera de rezos y de dioses.

Corremos hacia el lado contrario de las balas. Nos replegamos como una desesperada estampida de aturdidos, empujando médicos, cargando niños, ayudando heridos, transportando armas y temor, tratando de ganar los dos vehículos que el enemigo no ha logrado quitarnos durante esta larga pulseada en la que ya lo repelimos varias veces.

El helicóptero va y vuelve, devastando.

Pero el acto de acribillar no es para nosotros, no nos está destinada esa lluvia de munición graneada que rematan granadas incendiarias. Desde el resguardo precario que obtenemos, vemos ese curioso regocijo que tiene matar desde lo alto.

Desde abajo contestan el fuego pero el ave metálica hace piruetas tribales en la altura, como si danzara, macabra y efectiva, mientras escupe muerte por sus costados.

Vemos al helicóptero revolotear, intrépido, hasta que únicamente se lo escucha como un violento moscardón sonoro y desde abajo, nada, solo él en el aire.

Cruje un momento la frecuencia de radio y alguien dice allí: “Mume, me escuchas, mume…vamos a descender”.

Los médicos no creen el milagro porque no ocurren milagros en estos lugares. Parecen, mientras alzan los ojos y salen del cobijo, hasta frustrados por perder esa fascinación que da morir en un paraje ajeno cumpliendo una labor humanitaria. Nos observan, alelados, temblones, descompuestos, dejar con lentitud las posiciones defensivas y avanzar al encuentro de los que han llegado por nosotros.

Yo, por supuesto, cargo un niño al que llamé Amadî y con él me aproximo al cuerpo ágil, delgado y siempre adolescente que salta del helicóptero y se inclina para evitar las ráfagas del aspa.

—Alguien dijo que precisabas de mi ayuda por aquí… mume wangu nyeupe. Pues... aquí estoy.

Ella es como una rebelión de los opósitos, entre la gacela y el guepardo. En sus ojos acampa una mujer que se ha vestido de soldado el alma en la que se refugia esa mujer que ha acampado en sus ojos.

Parece un muchachito truculento, salido de algún comic sanguinario, mientras me exhibe el arma con que ha derrotado al enemigo y sus labios, anchos labios de sonrisa espesa, se suavizan en una dulzura que la teniente desconoce de cara a los demás porque la conoce muy bien dentro de ella. Su dulzura no es exhibicionista como algunas dulzuras de mujer. Está guardada en un cofre de ébano de Gabón, a resguardo del mundo de los intérpretes de gestos, protegida como un amuleto desde el que sonriera la ternura.

Mira al niño –que yo llevo constantemente en brazos– con aquellos ojos de animal angustiado por la sed que ha llegado hasta el agua o con ojos de niña a la que le han robado, una a una, todas sus muñecas. Entonces, cruza el arma a su espalda y vuelve a sonreír.

—No puedo creer esto…—exclama, repentinamente musical— ¿Estoy viendo a un león cuidar de un pajarito?

Luego, expeditiva y ya en funciones, ordena a los demás: “En este helicóptero sólo caben doce. Suban a los que necesiten llegar al hospital. El resto, en los vehículos”.

Vuelve sus ojos hacia mí y también los brazos, para que le entregue al niño que me aferra con su espanto de niño.

Ella tironea de él con sostenida suavidad hasta que consigue desprender el brote que gema desde mi brazo contra el pecho. Se lo lleva aunque Amadî berrea desaforadamente con su pequeña voz hecha con gritos cautivos de un pánico constante.

—Te esperamos en casa, nume wangu. —se despide sin otros gestos la teniente.

Iquena me sonríe.

—Ahora está más lógica la cosa…hay una leona que te espera en casa cuidando un pajarito, Kimba— repite, mientras me empuja hacia los vehículos para, por fin, salir de allí.


(De: La pasión triste)



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