De las cartas cerradas y otras incoherencias




 Carta sin enviar

Seguramente es el cansancio que arrastro y que va más allá de lo físico, lo que me separa violentamente de lo literario. 

Mi pasión queda ahí, colgada como una pobre pena, desahuciada en una plaza seca. 

La dejo atrás mientras me voy, lo mismo que si me hubiese quitado un perramo porque dejó de llover. Lo olvido en el perchero de un bar ocasional, donde bebí té antes de marcharme y abandonarlo. Como no llueve afuera, ya el perramo no es parte de mi necesidad y queda atrás.

O quizás es que ya he escrito demasiadas veces la misma página del mismo libro y aunque quiera cambiar mis infinitos, son sólo infinitos que se repiten y repiten, infinitamente.

A veces necesito, con desesperación, regresar a mi casa.





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