Apendicitis crónicas (las páginas colgantes)

Teoría de la prosa -irresponsabilidad del verso -imaginación del ensayo -incertidumbre de la reflexión

Rol du physique



Luego de un rato digo que no estoy harto de ser yo mismo, siempre yo mismo y a la vez tantos habitantes en mí y de mí, tan no hartos como yo de sernos todos, una vez y otra vez.


La vida no es más que una sucesión de desfasajes. Cuando parecen acomodarse, sucede un sismo. Luego, sólo resta volver a hacer pie o, a lo sumo, equilibrio, como muñecos ebrios, en las zonas que aún quedan enteras de ese territorio que se mueve.


Nos despatarramos cada tanto. Caemos, inútiles, sobre el tembladeral. Nos ensuciamos con su lodo que nos vuelve grotescos o patéticos, o un poco de ambas cosas. Grotescos y patéticos y también malheridos y risibles. Trágicos, por sobre todo, trágicos. Monstruosos.


Las personas parecen vivir lejos de aquí. Viven como los extraterrestres, en otros mundos, en otras dimensiones, en otras galaxias. Usan otras palabras. Hablan de otros tópicos.


Si levanto los ojos, sin embargo, no localizo sus mundos. No veo a Dios ni a las personas viviendo en sus lejanas geografías. Sólo veo esta inconmensurable soledad en la que vivimos los que estamos asociados a los lugares de morir. Los lugares de morir son los mismos que los de matar, pero las personas esas de los otros mundos piensan que cuando digo estas cosas solamente ocurre un hecho literario. O un guión de película. Da igual.


¿Por qué, los que estamos aquí como en una cárcel o como en un terrario de coleccionar bichos horribles, hemos perdido los lenguajes de los mundos fáciles?


Ya no hablamos con inocencia. Ya no hablamos con sencillez del precio de la fruta y de las plazas con hijos y con nietos. No hablamos de amor. No tenemos amor. Nosotros no. El amor está donde viven las personas que se lo quedaron para sí. Nosotros nos despojamos de esa onerosa carga. Tratamos de olvidar que la perdimos en alguno de los tantos sismos. O la arrojamos, intentando hacer pie mientras la tierra se nos rajaba debajo.


Tampoco tenemos pájaros ni flores ni lamentos. Ni siquiera pensamos en nosotros como algo en que pensar o algo que mostrar. Somos impensables e indemostrables, casi como la muerte hasta que ocurre.


Últimamente me estoy volviendo además de un descreído, un trágico. Un asco que camina por su propia náusea y se admite decididamente nauseabundo, aunque no le importa, porque llegó a aprobar su condición. Uno es lo que es y lo que hizo de sí. Una elección. Ni más ni menos.


Mis elecciones ya no tienen remedio.


(De:Sensación de "moebius")


 Imagen: Castello dell' artista by Mike Foo


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Hubo algo de eso de quedarse petrificado, cuando vi este video. Así, petrificado como en las películas en las que el protagonista se mira al espejo y aparece otro, que también es él o un calco de él o él es ese otro al que mira y lo mira, en un espejo que no tiene vueltas. Y realmente me agarré tal trauma de verme ahí a los dieciseis años, con la cara de otro que repetía lo que yo dije tal y como yo lo dije cuarenta años antes, que me superó el ataque de sollozos de esos que uno no mide. Cómo habrá sido, que mi asistente entró corriendo asustado, preguntándome si estaba teniendo un infarto. A mi edad, haber sido ese pendejo y ser este hombre, es un descubrimiento pavoroso, porque sé, fehacientemente, que morí en alguna parte del trayecto.

Poema 2



"Empapado de abejas
en el viento asediado de vacío
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