Villorrios de papel



"Soy de esos que se deslumbran inmediatamente ante lo bien escrito y quedan así, en una indefensión suspendida desde el grávido peso de la letra.

Deslumbrado y absorto, dejo la vieja sordidez y me transformo en la fuerza canora de un pájaro imposible, muerto sobre el silencio por la inconmensurable vocación de la luz.

Frente a algo bien escrito soy un niño que se conmueve sin dudar y se estremece como un regocijo desatado, como una conmemoración terrestre e íntima, marrón, fecunda, atónita.

Todo lo bien escrito me duele hasta hacerme padecer felicidad y me arrastra y arrasa el sabor bebestible de sus vientos, soplados desde los alfabetos cardinales, esos que forman la expresión y su belleza.

Lo que está escrito bien me vuelve el impudor un alarido y me arrodilla, húmedo de una emoción inconfesable, en el centro del rondel del tiempo.

Los textos bien escritos hacen su sanadora magia con mis odios y regresa, entonces, un brillo de limón a mis pupilas".



Francine Moore detuvo el sorbo de café. Paladeó solamente aquello que leía, como si hubiera descubierto, en ese párrafo, su propia voz y esa voz, la suya, se detuviera para escucharse hablar. 

Se oyó en voz alta, repitiendo aquel trozo de uno de los cuatro libros escritos por quien la superioridad le había determinado como “objetivo”. Luego de una intensa campaña, Francine había podido conseguir sólo esos cuatro ejemplares viejos, traducidos al inglés.

Había peregrinado por sus propios medios y acuciado telefónicamente a sus contactos lectores para saber si en el haber de alguien había un libro más “de los primeros de J.”, aclaró. 

Como excusa para tanto apuro y exigencia, interpuso una compulsión que no inventó y que nadie de sus contactos sometió al riesgo de la duda.

Francine era, además de su trabajo part-time para la "Compañía", una arqueóloga a la que todos tenían por rigurosamente científica, casi hasta la extravagancia, aunque sumamente insistente con sus asuntos de interés y además, todos sus más cercanos conocidos, sabían que se obsesionaba fácilmente con algunos autores de novela y de poesía y hasta que no acababa comprando la colección de sus obras completas, no cejaba ni en la lectura ni en el empeño, como si la literatura fuera más una cuestión de vida o muerte que algo para dar placer a los espíritus.

Había conseguido esos cuatro libros en su traducción inglesa, todos de ediciones agotadas y pertenecientes a bibliotecas ajenas a las que prometió devolverlos y, también, uno o dos ejemplares de la misma época, pero ya en el idioma propio del autor, los que luchó por comprender como pudo, aplicando el traductor de Google.

—Ya me tomaré mi tiempo para los que están en español —se planteó a sí misma cuando encontró la colección en ese idioma, durante una zambullida dentro de Amazon.

Para ella era definitorio el material antiguo porque allí estaba el germen, el principio, los enigmas vitales con los que el autor se había edificado como tal.

Aplicaba para el descubrimiento íntimo de aquel hombre que Janis Miller le había encargado permear,  el mismo criterio científico que imponía a sus investigaciones de ruinas y de civilizaciones pasadas. Materiales, estructuras, cimientos, como quien reconstruye una ciudad oculta, una ciudad enterrada, secreta, inaccesible. 

Un hombre en los comienzo de su edificación es como una civilización que se consagra sobre la tierra con un sello distintivo y único.

Así entendía la cosa Francine Moore. 

La identidad profunda que ella descubría en aquellos libros se iba apoderando extrañamente de sus propias zonas ocultas, como una suerte de embrujo al que en vez de resistir, su avidez se plegaba, mansamente, cediendo con una docilidad erógena y serena, casi como de autosatisfación, dentro de una maravillosa oscuridad.




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