Apendicitis crónicas (las páginas colgantes)

Teoría de la prosa -irresponsabilidad del verso -imaginación del ensayo -incertidumbre de la reflexión

De historias para no dormir y otras vellocidades II



Dentro de este lugar el silencio es un inmensurable eco que se hace maquinalmente pulcro en los rincones y ambiguo y anchuroso mientras flota pegado sobre el aire.

La elección de hacer las cosas sucias me está permitida en el contexto de la desolación, como a la luz se le ha concedido volverse magia refractando en un prisma.

Se ausentaron las moscas y los peces son gotas de alabastro panza arriba, o redondeles de mecurio cósmico, enredado en el moho de un agua podrida por cadáveres.

Me lavo los pies en ese charco quieto, donde la bruma verde se ha adherido a la cárcel del vidrio y el olor a abandono trepa todos sus muertos a mi olfato.

Dejé morir los peces del demiurgo como murió la luz cuando trabé con maderas las ventanas que siempre dan al viento y abandoné las plantas a un desierto cerrado hecho todo de muebles y sin sol.

Profano los recuerdos como un bárbaro.
Dentro de la pecera caen lágrimas.

*

Sólo esta vacuidad.
Sólo este ambiguo soporte de destrezas.
Sólo la soledad.
Sólo lo que está solo en un paisaje solo en el que soy el solo que existe solamente.
Hacerme viento.
Hacerme Sinaí.

Sólo desierto

*

Después llega lo trémulo.
Tiembla la carne que tiembla en la palabra que se vuelve mordible.
Cárnica boca llena de una lengua tan húmeda como lamiblemente lujuriosa y apenas invisible en esa ocultidad de los recatos.

Asesino en silencio ese idioma que niega sus orígenes y se vuelve rebelde, reveladoramente irreversible ante la paradoja de sí mismo sin un consigo acorde ¿O un conmigo? O algún otro un que cruce, con alas inventadas, el puente derribado por la sola costumbre de aquel aislamiento en el que somos libres.

Es mejor estar solo que este ser vulnerable en compañía.

*

La luz se ha derrumbado.
Debajo de la luz, soy una sombra que escapa por un hueco.
La luz se ha derrumbado sobre mí, igual que la memoria.
Anaqueles de luz se han derrumbado con sus libros monótonos encima de mis libros y todos confundidos, somos papeles viejos.
Pero no llega el viento a hacer limpieza.

La luz no existe más.
Tampoco el aire.



Luego vendrá la escoba a poner orden en el sitio impedido de las manos.
Barrerá los cerebros que acumulo, el hambre de beber, la sed del daño, la impúdica y reñida mansedumbre de lo que persevera y nunca ceja.

El dolor está listo y embalado, pero se hallan de huelga los correos y bajo el brazo pesa su gratuidad, temblando.
¿En qué buzón comprado depositar la ofrenda que agoniza con su propio holocausto entre mis dientes?

La luz no vuelve más desde la aurora.
Le pertenece sólo a las estrellas.






Larga piel de agonía. Subluxación del alma que no se amolda al hueco en que le sobra espacio porque es poca y se retuerce, tratando de agrandarse hacia la vastedad de estar sin nadie.

¿Quién entiende de luz en estas sombras en la que el grito es una flecha opaca y mata ciervos de tela y de peluche?

Sólo ambulan dragones de Komodo en la parafernalia de esta boca con más dientes que aquellos de lo humano y una lengua infecciosa como un antro de prostituir ángeles de vidrio.

Igual estoy en paz desde el retorno.
Toda sombra es aquello de lo impune.

*

Que todo sea un apagón de sangre. Un sitio de metales que rodean un latido penúltimo y disparan - fiera violencia rota - destiñendo la boca de la carne hacia un cementerio de cerámicos.

Que todo sea un apagón de sangre. Una boca deshecha que se abre con hondo estremecimiento muscular y tiembla, precipitada como alguien que corre, boqueando como alguien que gotea su último estertor amurallado y acaba, dulcemente, en un sopor de charco que coagula.

La sangre es lo más íntimo de un hombre.
Pinto en rojo tu nombre sobre el karma y luego resucito, ya vacío.


Angel by Wojciech Paliwod


De las cartas cerradas y otras incoherencias (toma poética)






Tanta tecnología y ya lo ves,
no tengo modo alguno de apagarte
porque sigues en mí cuando me marcho
MdP








 
Otra no-carta desde otro aeropuerto.

Hecho para durar, te dije un día.

Hecho para durar como un camión
 de esos camiones de plástico muy duro,
de plástico muy grueso,
con una infancia Duravit que ya tenía vocación de camión indestructible.

Yo tampoco te apago. No te apago, al contrario.

Trato de verte arder como un sol constelar
uni-versísima
y eternamente incediadora y alta
haciendo juego con la estrella albal que nos reseña que se cumplió otra noche.

Siempre tan vos y yo, tan trascontinentales como vientos
que acollaran al mar con sus vaivenes hechos todos de antípodas.
A veces una hora, a veces dos, pero siempre el reloj en otra parte,
en otra geografía,
en otra luz que puebla encima de las manos
la boca de las cartas.

Tan planetarios el uno con el otro y tan exploradores
del tren del aire en que nuestro ser viaja
a compartir el día a día, el siempre a siempre, el estoy al estoy,
en la voz de la lágrima,
en el silencio pesado del peligro,
en la estupefacción de la belleza,
en el claroscuro de un designio cifrado a la palabra.

Siempre en un mundo vos y yo en el otro
y siempre, también, los dos con guerras que nos comen la piel de abecedario
en que buscábamos rescatar la risa
truchando el pasaporte.

Si no hubiera "majshev" la habría inventado
para cazarte a solas en la jungla de bits que nos mantiene
indivisiblemente unidos por el alma.

Caja de quinta




Claro que lo sé. Faltaría además que no lo supiera. Sé que tengo mi cuota de responsabilidad porque no atendí las señales como éstas merecían y si bien no las ignoré, les resté importancia.


Benedict me jugó una de sus malas pasadas y ahora ya tengo que ser drástico. Yo soy el que tiene que ser drástico porque él me cubrió los ojos de ver con sus manos de acariciar, con sus manos de sostener, con sus manos de abrazar. 


Él me cubrió los ojos que veían las señales y los oídos que las escuchaban como un estallido hecho con alarmas infinitas. Me persuadió con suavidad de dejarlo hacer, de darle la oportunidad de remediar, de sanar, de intentar ayudar. Su voz se impuso al frenético chillar de mis alarmas que gritaban: ábrete, ábrete de ahí, todavía estás a tiempo, ábrete porque te vas a joder, el despecho es una situación irremediable.


Pude mantener el orden durante algunos días a pesar de que todas las rogativas externas que coparon el buzón de correo comenzaron a encimarse, a formar montículos de llantos o de exigencias que se superpusieron, unos sobre otros, hasta bloquear la puerta.


Mandé a Benedict a explorar el Congo y establecí un muro de silencio frente al muro de cartas sin abrir.


Fui prudente porque soy prudente y analítico cuando Benedict no juega en mi partido y, aunque todo aquel voluminoso material seguía llegando, opté por no mirarlo siquiera de reojo y dejarlo en el porche de los lamentos sin codificar.


Cuando Benedict volvió del Congo, empezó la debacle porque rompió el silencio que tan saludables nos mantenía a salvo. 


También yo tuve que decir en esa oportunidad algunas cosas, como para cortar el maremágnum, pero él, con esa piedad tan suya y tan abstrusa y su ridícula vocación de servicio voluntario para la asistencia de las almas en pena, quiso intentar remedios de esos que no existen para curar corazones que no es que se rompieron, es que nunca fueron corazones sino estómagos de gorditas arañas venenosas que tienden sedas pegajosas y dulces para atrapar incautos escarabajos feos y piadosos como Benedict. 


Ahora que sabe que siempre tuve razón, lo senté junto a mí a leer tanta correspondencia malhadada, donde se acumulaban, una detrás de otra, las señales de peligro que él jamás entendió más allá de la pena que le daba la mano que escribía. 


Benedict se pone muy tonto frente a los que le cuentan extensas letanías de infortunios.


Las señales siempre estuvieron y además, yo las reconocí. Eran macabras y brillan aún violentamente al repasar tanto falaz palabrerío y pienso entonces en mi responsabilidad. 


Estamos en este desgraciado punto de la historia porque, aunque pude transmitirle a Benedict que todo lo que esa correspondencia encerraba era un largo artificio conflictivo escrito desde un puño delirante que tarde o temprano giraría, no para devolverle el sostén o la caricia sino para clavarle los quelíceros - dormido y por la espalda-, no lo hice. 


Las cartas siguen allí. Ya llegará el momento de necesitar un buen fuego que ilumine con claridad y para Benedict, el rostro de la araña. Espero que me escuche cuando le diga: “no, no te necesita, es un araña” por más que Benedict vea una mujer que llora.


—Miller siempre fue peligrosa. —dice con lentitud David Rojas mientras retira de sus orejas los auriculares e intenta estirar las piernas— ¿Escribes sobre ella? Hasta que no la mates no vas a resolver ese asunto. Es algo que todos sabemos, tío…

—Tiempo al tiempo. Las venganzas están hechas para paladares exigentes. 

La voz de Jaid se apaga dentro del estrecho espacio de la van, como bajo el peso de su mano se apaga la luz de la portátil.


(De: Sensación de moebius)


Chocolate bombón

Participan en este sitio sólo escasas mentes amplias

En tu cuarto hay un pájaro (de Pájaros de Ionit)

Un video de Mirella Santoro

SER ISRAELÍ ES UN ORGULLO, JAMÁS UNA VERGÜENZA

Sencillamente saber lo que se es. Sencillamente saber lo que se hace. A pesar del mundo, saber lo que se es y saber lo que se hace, en el orgullo del silencio.

Valor de la palabra

Hombres dignos de buscan. Por favor, dar un paso adelante.

No a mi costado. En mí.

Poema de Morgana de Palacios - Videomontaje de Isabel Reyes

Historia viva - ¿Tanto van a chillar por un spot publicitario?

Las Malvinas fueron, son y serán argentinas mientras haya un argentino para nombrarlas.
El hundimiento del buque escuela Crucero Ara General Belgrano, fue un crimen de guerra que aún continúa sin condena.

Porque la buena amistad también es amor.

Asombro de lo sombrío

Memoria AMIA

Sólo el amor - Silvio Rodríguez

Aves migrantes

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Feria del Libro de Jerusalem - 2013

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Café literario - Centro de convenciones de Jerusalem

Acto de fe

Necesito perdonar a los que te odiaron y ofendieron a vos. Ya cargo demasiado odio contra los que dijeron que me amaban a mí.

Irse muriendo (lástima que el reportaje sea de Víctor Hugo Morales)

Hubo algo de eso de quedarse petrificado, cuando vi este video. Así, petrificado como en las películas en las que el protagonista se mira al espejo y aparece otro, que también es él o un calco de él o él es ese otro al que mira y lo mira, en un espejo que no tiene vueltas. Y realmente me agarré tal trauma de verme ahí a los dieciseis años, con la cara de otro que repetía lo que yo dije tal y como yo lo dije cuarenta años antes, que me superó el ataque de sollozos de esos que uno no mide. Cómo habrá sido, que mi asistente entró corriendo asustado, preguntándome si estaba teniendo un infarto. A mi edad, haber sido ese pendejo y ser este hombre, es un descubrimiento pavoroso, porque sé, fehacientemente, que morí en alguna parte del trayecto.

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.
edición bilingüe 1a. edición

and...me

and...me
Porque todos los cuervos alguna vez fuimos solamente pichones y durante cuarenta días volamos debajo del diluvio yendo y viniendo de la tormenta al Arca, los laureles siempre se los llevan las palomas.