De las cartas cerradas y otras incoherencias (toma de retoma)





“Los silencios se orillan en la rizada trazadura de tu boca. Hay silencios allí, quietos silencios, atónitos silencios que mi lengua degüella con la hiriente precisión de una cizalla.

En esos labios tuyos se agrupan los vientos en el trigo que se inclina frente a un salobre mar; un mar de desarmadas tempestades negras que doblegan el oro de tu cereal antiguo.

Mastico las espigas de tu lengua. Las anego con cataclismos bíblicos que arrasan la bondad de las raíces con esa amarga sal que se acumula dentro de los ojos, cuando se aprenden todas las derrotas.

Sé que, muchas veces, también te hago llorar, con la misma insolencia con que un discípulo ofende a su maestro, como un alumno hace llorar a su maestro, en esa misma, intemperante soledad. Te ofendo y te lastimo con esta misma lengua que te besa y te habla y a veces se devuelve en un silencio pródigo y esquivo, en un silencio herido de silencios que son irremediables. 

Algún alumno me hizo llorar también, alguna vez, con ríos de un dolor que se derrumba; que se derrumba y mata.

Pero tus ojos son de un metal gastado que evita las batallas como una espada azul que se ha vuelto de acero revenido. No pelean tus ojos con mis ojos de guerra y siempre en guerra. 

Tus ojos son lagos que cazan en su fondo mis tormentas más ácidas. Las capturan del cielo de las nubes y las hunden en fosos donde hay peces y anémonas que bailan suavemente, como si acariciaran los relámpagos.

Me entrego a tu hermandad de lentos caracoles, ajeno a los disturbios, con esta vejez sutil que nos va aconteciendo lo mismo que un sedoso musgo acontece sobre una pared que da al oeste. Me entrego a la dulzura de tu sombra que refresca despacio mi cuero trajinado a cicatrices y soy eso pacífico que lentamente se deslíe en el mundo feliz de la pasividad.

Puedo ser melancólico en tus manos. Puedo ser feliz. Puedo ser triste. Puedo ser yo, como una cosa simplemente lacónica. 

Puedo ser. Eso alcanza.

Desde tus manos soy un descubrimiento que pervive en el don de ser sí mismo”.


 (Del trabajo de a-gente y otras historias urbanas)


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