Hoy Dios se levantó contento



Cuando el camión llega, el hospital es un tumulto.

Mirándolo allí, cualquiera diría que está a punto de derrumbe y que el primer viento que le sople encima puede arrancarlo del lugar y llevárselo haciendo una pirueta dedicada al dios del humor negro. Una burla.

Es un hospital precario que si no fuera un hospital, sería un circo; la raída carpa de un circo bajo la cual se amontona un mundo dolorido y quejumbroso para el que la atención médica no alcanza.

Allí todo es lo mismo. La sala y el quirófano están separados apenas por una cortina que se mueve y permite ver ambos sectores y que ambos sectores se vean entre sí, se escuchen, se perturben.

El Jefe de Servicio está operando a un niño. Puede vérselo con claridad desde la sala a la que el pequeño contingente de hombres sudorosos y armados acaba de ingresar trayendo otros heridos que no encuentran dónde acomodar.

Desde el quirófano, el Jefe de Servicio levanta la mano ensangrentada que sostiene un mango de sutura y saluda a los recién llegados. Luego prosigue lo que estaba haciendo.
En el lugar ya no cabe nadie, pese a que la enfermera y la comadrona intentan hacer algo de espacio entre los otros cuerpos. 

Llega un segundo médico para recibir a los heridos. En la parte trasera del hospital, al aire libre, practica curaciones que no reporten tanta urgencia como las que se tratan en la sala, bajo el techo ondulante y las paredes de tela de avión que parecen respirar con los movimientos del aire, montadas sobre anoréxicas estructuras de caño.

—¿De dónde vienen éstos? —quiere saber, mientras indica un lugar en el cual depositar los suministros que el grupo de hombres armados ha custodiado hasta allí.

El que comanda al grupo le da algunos datos que el médico escucha por la mitad.

—¿Dónde está el práctico? —pregunta ahora, ya que está solo con todos los heridos.

El Mayor se aproxima. 

—Ayúdame. —ordena el médico y se desentiende de todos los demás— Estamos escasos de personal, últimamente. Nadie quiere arriesgarse por aquí. —dice, mirando al Mayor— Ponte los guantes. El 90%  porta SIDA.

El Mayor lo obedece. 

—Yo también puedo asistir. —ofrece la periodista. Se ha acercado a observar qué cosa desprende ese olor fétido que acampa sobre el aire como una nube tóxica.

—¿Quién es esta? —pregunta el médico sin dejar su trabajo— ¿Una supervisora de la ONU que debe certificar que no entren los suministros al mercado negro?

—Una corresponsal de la BBC. —responde el Mayor— La encontramos por ahí, como a todos éstos.

—¿Ahora ofrecen servicio de taxi puerta a puerta? —bromea el médico— Póngase los guantes. — le indica a la periodista— ¿Qué sabe hacer?

—Era práctica en mi unidad… durante el entrenamiento militar. —dice ella.

—¿Dos prácticos? Hoy Dios se debe haber levantado de buen humor. —bromea el médico.

—O se nos avecina una catástrofe. —murmura el Mayor, meneando la cabeza— Esa es la lógica de las cosas por aquí, miss —explica luego, mientras observa el gesto sobrecogido que contrae los labios de la periodista.

—Sé cómo son las cosas por aquí. Mi familia es de Etiopía. —aclara ella, tan inglesa y flemática.

Los demás del equipo siguen intentando encontrar un lugar en la sala para depositar los otros cuerpos que el médico de afuera no puede atender dada su gravedad y que, ahora, el médico Jefe de Servicio revisa.

Ya ha terminado su labor anterior en el quirófano y su auxiliar retira de la mesa de cirugía una bolsa negra. Dentro está el cuerpo del niño que el Jefe de Servicio operaba sólo un momento antes.

Ahora, sobre la mesa de cirugía hay otro cuerpo.

—Ari, deja a los de afuera… Ven aquí, éstos están peor. —reclama, al médico que atiende bajo el sol, el Jefe de Servicio, antes de ingresar nuevamente al ámbito quirúrgico detrás de la cortina— Que se ocupen los prácticos, ya que tienes dos.

Envía también a la comadrona al exterior. 

Zumban las moscas.

(De: Caída de las patrias)


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