De las cartas cerradas y otras incoherencias (tomo dos)



Carta abierta

No he tenido demasiado tiempo para discutir el asunto con Benedict, aunque me ha perseguido toda la tarde con tu carta en la mano, repitiéndome, en cada oportunidad en que hice un alto: ¡Vamos, Aivan, te importaba esta niña! ¡Realmente te importaba esta niña! Por eso hablaste con ella aquella vez.

Y dice la verdad. Me importabas. A través de lo que me contaban de vos te sentía frágil, un pajarito hermoso de cristal quebradizo, una flor pequeñita asida a la aridez de una montaña que deslava y deslava y no consigue sostenerse en pie.

Yo pensé que sólo le importabas a Benedict. Siempre pensé que le importabas a él porque yo no me meto en sus asuntos bondadosos. Yo soy el que pelea, el que defiende, el que pone el pecho tras el que Benedict refugia su corazón, porque como yo no tengo, él me presta el suyo cuando esconde detrás de mi entereza su dolor.

Pero él y yo nos parecemos en algunas cosas. Una vez que cerramos una puerta, no volvemos a abrirla jamás. Y es lo que pasó. Por eso él no entiende la aparición tan desfasada de esta carta que enviaste ni entiende las cosas que decís en ella, tantos años tarde.

Me la ha dejado responder a mí, porque él no entiende de qué le estás hablando o si, en verdad, estás tan pésimamente informada de las cosas, que le pedís que deje de hacer cosas que jamás hizo, una vez cerrada la puerta que te comento antes.

En un momento me hablás de que existe una parte que me ataca y otra que me defiende ¿De qué me defiende? Primero, porque yo no necesito defensores ya que - en el tema que nos ocupa- no he hecho nada malo y segundo, porque no existo hace muchos años en el ámbito que tu carta relata.

No necesito que nadie me defienda frente a nadie, porque he obrado con rectitud y con nobleza y por sobre todo, con verdad y lealtad y que pudiendo aprovecharme de la debilidad que tenía frente a mí, lo que hice fue mantenerme en mi lugar, que es lo que debe hacer un hombre de bien que además se precie de serlo. 

Así que no sé a qué viene eso de que alguien habla mal de mí. Si alguien lo hace es por su cuenta y riesgo o porque le han contado la versión equivocada de la historia, ya que en todas las historias, hay, por lo menos, dos campanas. Y si alguien me defiende, también por su cuenta y riesgo, es porque sabe la verdad de la historia y no por lo lindo que soy.

Para tu tranquilidad quiero decirte que este asunto al que refiere tu carta terminó el día exacto en el que yo le di fin y nunca jamás volví a tocar el tema y menos aún, hablar de él, ni mal ni bien, con nadie. Es un tema cerrado, como la puerta, y quedó allá, en los años en que lo cerré y ni por asomo se me ocurriría regresar a él. 

Eso está terminado, cerrado, muerto y enterrado y puedo tener muchos defectos, pero no ando profanando tumbas y menos todavía, vilipendiando cadáveres. Tengo en muy alta estima mi hombría, como para semejante bajeza. Eso debe quedarte completamente claro, para tu tranquilidad. 

Yo no escupo sobre la tumba de nadie, jamás. No lo hice, no lo hago y no lo haré. Te doy mi palabra de honor de que eso es tal y como te lo estoy diciendo. Una vez cerrada la puerta, no regreso nunca jamás al cementerio ni vuelvo a nombrar al muerto.

Y quiero hacerte una última salvedad. Toda herida profunda, cuando cierra, produce una cicatriz. La cicatriz, por el tipo de tejido que la conforma, es una zona insensible. Eso es lo que pasa conmigo. Por eso, no necesito regresar jamás al cementerio y menos todavía, hablar mal del muerto. La tumba con su muerto desaparecen para siempre de mi vida.

Los muertos están muertos y yo, como decía mi hermano: "No veo gente muerta".

Lamento si esta carta está escrita en términos drásticos y te provoca dolor, pero como te digo, no entiendo muchos de los términos de la tuya, ya que las cosas no fueron así en su momento y menos aún son así, ahora. Digamos que la tuya llega demasiado tarde. Demasiado tarde.

Antes de ponerme a escribirte todo esto, le dije a Benedict: "La mejor carta abierta es el silencio".

Él pensó que solamente por ser vos y porque me importabas en aquel entonces, tu carta ameritaba una respuesta. No hubiera querido jamás tener que escribir esta.


Publicar un comentario

Chocolate bombón