Apendicitis crónicas (las páginas colgantes)

Teoría de la prosa -irresponsabilidad del verso -imaginación del ensayo -incertidumbre de la reflexión

Simplemente esencial



Ultimamente viajo hacia mis mundos en el espíritu de la simpleza. Ya asumo que la calma es alegría y que en este olor a puro hogar, hay tiempo para hacer verdad los sueños con solamente sacudir su polvo. 

Ir a buscar los sueños postergados en los altos anaqueles de mi memoria fiel y bajar sus preciosas cajas llenas de secretos prodigiosos constituye ahora mi aventura.

Con mi hijo menor cazamos ranas que luego liberamos. Le enseño, sobre mi mano, el mundo de las ranas que habitan el jardín y se ocultan en los lugares húmedos. Amadî se ríe mientras acaricia las ranitas a las que les va poniendo nombres. A algunas las bautizó como los personajes de un cuento de mi amiga Mirella: “La bruja Sofronia”. Cuando me trae un sapo le explico que es un sapo y él lo bautiza como al peluquero del cuento, porque dice que como el peluquero, el sapo habla con la garganta.

También, con las tormentas, a veces encontramos pájaros golpeados. Los llevamos al garaje, donde no entra mi gata, para curarlos. Hemos entablillado varias patas y alas que luego han vuelto a volar y a caminar.

Esta tarde de lluvia, tomamos por asalto el territorio de mi suegra o sea “la cocina”. Su reino rindió a nuestra invasión sus banderas de harina, sus neviscas de azúcar, sus misterios de especias. 

Para fabricar churros y tortas fritas dulces, mi hijo menor y yo nos disfrazamos de exploradores que debían llegar al mundo mágico del hada de las tortas y aprender sus recetas ocultas para así alimentar a los duendes que se están congelando en el jardín.
 
Ahora estamos todos en el jardín de invierno, mirando la llovizna que va volviendo verde la pequeña selva que nos rodea con su perfume a libre. Tomamos chocolate que preparó mi suegra y comemos lo que amasamos y freímos con Amadî, pese a los retos de mi mujer: ¡cómo se te ocurre usar aceite caliente si vas a cocinar con el nene!

Escuchamos música, conversamos, nos reímos. 

Yo apagué los teléfonos. 

Escribo.

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Hubo algo de eso de quedarse petrificado, cuando vi este video. Así, petrificado como en las películas en las que el protagonista se mira al espejo y aparece otro, que también es él o un calco de él o él es ese otro al que mira y lo mira, en un espejo que no tiene vueltas. Y realmente me agarré tal trauma de verme ahí a los dieciseis años, con la cara de otro que repetía lo que yo dije tal y como yo lo dije cuarenta años antes, que me superó el ataque de sollozos de esos que uno no mide. Cómo habrá sido, que mi asistente entró corriendo asustado, preguntándome si estaba teniendo un infarto. A mi edad, haber sido ese pendejo y ser este hombre, es un descubrimiento pavoroso, porque sé, fehacientemente, que morí en alguna parte del trayecto.

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