Ker-ida



Juego con el pequeño sin-sabor.

Juego a minimizar este trozo de caramelo ácido que me corta la lengua en pedacitos que van perdiendo la solemnidad y se transforman en esputos sangrientos.

Escupo pedazos de la lengua de besar, cortados en tiritas que huelen a caramelo ácido y a sangre. Vidrio del corazón y toda esta bobaliconería de ser buenito un rato, como la buena gente que anda por ahí.

No me busques la lengua, pequeña puta. No me busques el nombre en los perdidos armarios de tu concha con hambre. No me busques en la similitud de la maldad, en la paraplejia de tu estupidez gatuna, porque la curiosidad mata al gato, gatita. Por eso no soy gato.

A mí me importan poco las historias de traumas. No le hago caso a las que lloran mierda. Le corto el rostro a la seducción bochornosa de las malas películas de divas.

No soy, directamente, adicto a los amores de payasos que lloran por las bellas trapecistas. Y no me manda nadie a hacer deberes.

No me jodas la piel con tus garritas ni los ojos con tu lápiz labial de marioneta sin padre que busca desesperadamente caer en el incesto.

Hoy no tengo humor. Si me la vas a mamar, mamá y andate.

Mi tiempo no se hizo para pensar en vos.



Ah, sí. Ya me contaron. Volviste a hablar de mí con tu vecina y te inventaste que bailamos desnudos en el barro de tu pensamiento.

Estabas ahí, sagaz igual que un sapo, con ojitos redondos y una lengüita larga y lamedora, intentando cazar el norte de la brújula que se te perdió la última vez que imaginaste que peleabas conmigo y me ganabas.

Me hiciste un tajo en la palma de la mano porque dijiste que necesitabas cicuta para envenenar a tus competidoras y a falta de cicuta, qué mejor que mi sangre venenosa.
Y así, lamiste la mano un largo rato, mirándome a los ojos mientras pasabas de un orgasmo a otro chorreando tu menstruación de mantarraya por toda la oficina.

Te meás si te toco, como una perrita que me quiere y me teme y que se queda ladrando si me alejo y después escribe los deberes con letrita iracunda: No tengo que hacer enojar al amo(r)[oso], mientras rompe mi foto con los dientes.

No sé qué pasa que no atacás de frente y me vas babeando las amantes con gusanitos rojos.

Todavía no advertiste que yo no quiero a nadie pero yo advierto que vas perdiendo estilo hasta para fingir que no te gusta que te sodomice.

Eso me aburre. Cada vez gozás más y llorás menos, así que en cualquier momento te jubilo por puta que no finge y le enseño a fingir a otra que me haga más feliz con sus quejidos.

La pistola de esta ruleta rusa la tengo yo ¿pensabas otra cosa?



Seducime.

Poné más ingenio y seducime o poné más ingenio y deducime para poder seducirme a posteriori.

Siempre me invitás a una cama fría y pequeña en la que apenas caben tus huesos boca arriba.

Vos en pelotas, fresca como un muerto y yo que tengo arcadas y trato de no vomitar sobre tu ombligo, montando esa especie de jaca de madera en que te convertiste con los años. Foto para el recuerdo.

La primera vez que te apreté las tetas eras un opulento desafío y yo me restregaba como un borrego flaco que tiene hambre de pájaros.

Te volviste aburrida como una estampita manoseada. Cotidiana como un pedo matutino. Burda como una gallina cuando levanta vuelo. Pobre, como un andrajo que reclama un cuerpo vigoroso por limosna.

Seducime. Intentalo de nuevo y seducime.

Buscame en tu memoria. Recordame. Sé la de aquella primera vez en que me negué a cogerte sobre pedazos de cuerpos y de casas y a vos te parecía tan perfecto el lugar para tener un hijo que llevara mi estigma por el mundo. Dame vuelta la piel hasta que sea un grito y solamente un grito. No te des por vencida como siempre.

Pero no. Te quedaste encallada en el morbo de querer sujetarme a tus olores y ya casi no olés, así que yo ando suelto como un gallo experto en engallarse y vos ahí, haciendo malabares para ver si me duele el esqueleto o te cago a trompadas sin pedirte perdón por humillarte.

Seducime, pero no como siempre, que me aburro de tu olor a cereza y de tu odio.

Ker: deidad griega de la muerte violenta
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