Apendicitis crónicas (las páginas colgantes)

TEORÍA DE LA PROSA - IRRESPONSABILIDAD DEL VERSO - IMAGINACIÓN DEL ENSAYO - INCERTIDUMBRE DE LA REFLEXIÓN

Corazón y papel

 


Los días se presentan con fragilidad porque la cercanía del invierno vuelve frágil al desierto y aparece nublada esta vida de hojas de papel donde se desglosa el hábito que tienen los fracasos.

Estoy aquí, pensándote, tratando de que seas un último regreso al que abrazar la caducidad que me he propuesto como resistencia al paso de esta vida que no terminó a tiempo.

Y acá me ves, pensando casi con contrariedad en que no he vuelto a nada de lo tuyo. Ya no te bebo como un viejo vampiro desdentado que necesita alimentar su ira y no encuentra cómo.

Es que no tengo ya costumbre de tus cosas.

No la tengo.

Me habitué a estar completamente solo en tierra inhóspita y creo que he perdido hasta la manía de volver a remorder tus mapas y cargar tus cadenas.

Te olvido con dulzura, muchas veces.

Ahora, empeño toda esta violenta dulzura del amor, en olvidarte. Apuesto a la neblina de los años, a esa mano de lluvia que lavó los instantes que decidí dejar por el camino porque la tristeza es insalubre, aún más que yo.

Y te vas lixiviando, inexorablemente, hacia los territorios de la entraña en los que entierro la voz de lo sagrado.

«Podés quedarte ahí el resto de mi vida porque no voy a entrar a buscarte hasta cicatrizarme de la llaga que me ocupa las manos de doler», te escupí un día en que tus mapas me astillaban de vidrio las plantas de los pies y yo andaba sangrando y ensuciando con el dolor mis propios amuletos.

¿Pero sabés? No es cierto. Hoy toda esta ira dulce con la que había conseguido amarte mi hosco desprejuicio, tuvo que regresar y caminarte y volver a escucharte letra a letra.

Y acá estoy, escribiendo porque no podría verbalizar el llanto interminable. Para este tipo de llanto nadie ha inventado las palabras.

Y descubrí, eso es lo más difícil del asunto, que de esa lixiviación a la que condené todos tus cantos todavía me brotan flores de oscuridad en lo recóndito. Flores que se abren y me devoran la templanza en el mundo final de los olvidos.

Te saliste con la tuya. No te olvido. Y estás vigente como el primer día en que aprendí a depender de vos porque el amor consigue volverme vulnerable. Así, tan desairadamente vulnerable como me ves ahora, entre tus versos.

Algunos sé que fueron para mí.

 

Voz extranjera

 


Vouyeur

Suelo imaginar que tu piel
es una especie de ciudad nostálgica
superpuesta de barrios arrendados por hondos inmigrantes
y por okupas tristes.

Edifican sus casas al borde de tu boca
y cuelgan sus jardines de tus labios
como si debieran sus ensoñaciones
a babilonias viejas

y su tiempo
fuera apenas un ente que habita en el pasado.

En cambio, yo nunca he sido una ciudad.

He sido un extraviado a todas las ciudades
y un ciudadano de las extranjerías.

Un nómade o un trashumante del olor a hembra
que alimenta de historias muchos vicios románticos
y se permite la profunda pulcritud del silencio.

Si alguien hace preguntas
me refugio en hostales miserables
donde nadie quiere saber nada de mi presente
y donde el pasado es la moneda de pagar la vida.
No entran los de piel clara en esos sitios.

Y sin embargo,
puedo observarte desde la ventana rota de este cuarto roto
mientras crecen bajo tus labios los jardines ajenos
y cultivás palomas.

A veces, esas palomas caen de sus vuelos
como palomas muertas.

Me he preguntado si no son mis ojos los que las detienen
para que no te vayas.


Arte de magia

A veces, la ausencia es una imperiosa necesidad.

Tengo ese problema de las sobras.

Para cerrar mi equipaje debo sentarme sobre él
como si se tratara de un caballo indócil
al que debo domar los retortijones del espíritu.

Le crecen brazos monstruosos a todo ese interior
que no termino de despanzurrar apropiadamente.

Ni cortado en pedazos cabe con orden
en las histerias de llevar el alma.

Cuando llegan visitas a la habitación rota
ese puzzle infernal hace silencio. Siempre hace silencio.
Y aunque no lo esconda bajo la cama
es como si estuviera allí, oculto
con todo su demonio devorador de sueños aguardando
por los sueños promiscuos.

Hay veces en que él y yo nos masturbamos frente a la ventana.

Del otro lado están tus paisajes,
tus cartas con membretes invencibles,
tus otros pájaros que han cruzado el mar
y tus huéspedes, sentados a la mesa con vajilla
y cubiertos de plata.

He tratado de imaginar
esa felicidad que levita en tu alféizar y en la que nada sobra
como parte de mi propia vida.

A veces lo consigo

y lloro.


Tras la barrera

Para recordar, mi memoria no necesita
hacer algún esfuerzo intolerable.

Lo que no puede es olvidar, no consigue olvidar,
como si se tratara de un campo de prisioneros apiñados
que no apuestan a huir y no logran morir.

Por tanto
permanecen atrapados en sus propias heces
tras las alambradas, perviviendo.

Pelean entre ellos, se devoran y se reconstruyen
con pedazos de otros devorados, una y otra vez.

La jauría de esos prisioneros no sabe cantar
y posee demasiados ojos.

Muchos quisieran haber nacido ciegos.

De tanto hacer silencio, la lengua se les ha terminado.
Son asesinos mudos y supremacistas
que compiten por la realidad.

Hay demasiados en ese campo de prisioneros
tajeándose los brazos con la concertina
el día de abrazarse con sus sombras.

Desde tu ventana no se ven,
arracimados y menesterosos,
cuando piensan en el pan extraño de tus senos.

Apoyo la frente sobre el vidrio roto de la ventana rota
en la habitación rota
y ellos sangran sus últimas dulzuras.


Imaginario

Si te contara todo lo que siento
me dirías, imagino, que estoy apedreado
por un sentimiento de desubicación.

Dirías, imagino, que hay otras cosas
además del dolor recurrente.

Hay otras cosas. Yo también lo sé.

Mirarte es una de ellas, a través del cristal de la ventana.

Te miro como al más comprensible de todos los paisajes
porque es el que elijo para tranquilizar mi incertidumbre.

Que lleguen otros viandantes no me gusta.

Siento un enojo triste
porque ensucian los predios devastados de luz
con sus minucias y sus declamaciones.

Montan anfiteatros, cantan ópera, fabrican recitales de rock
y llenan los espacios con botellas que contienen mensajes.

Aquí no hay mar.

Desde mi ventana, solo acudo al oleaje de tus ritos
cuando te veo a solas con las rosas fugaces de tus manos.

Imagino que esas manos cocinan para mí
las palomas que mis ojos matan para que no te vayas de mis ojos.


Pedrea

He olvidado las fiestas.

A través del cristal,
mi mundo de refugiado anodino
se esconde de tus fiestas con música.

Me llegan sus sonidos de fiestas invasivas
y me privan de verte en esa soledad que compartimos
cada uno en su cosmos.

Tus invitados
me hacen el mismo efecto que me hacen tus viandantes
cuando pisan el huerto donde las amapolas se embriagan
con sangre de palomas.

Es un mal efecto que me devuelve a la trashumancia.

Quiero irme. No permanecer en esta privación.
Pagar la renta de este pequeño cuarto
que me enseña tu mundo
y alejarme hacia un paisaje en el que no haya música
capaz de distraerte de mis ojos

aunque siempre estés ajena al grito de mis aves rapaces
y mis aves rapaces sean mudas
como aves de piedra.


Trasluz

Estás en tu ventana con tu ropa ligera
y, mientras te miro, trepa sobre mi escasez la mansedumbre.

Las cosas etéreas me producen una rutilante indefensión
y en esas ropas de vapor liviano
se transparenta lo goloso de tu mundo volátil.

A veces compartimos no estar enraizados a las viejas costumbres
y te imagino transformada en cosas que alzan vuelo
como los dandelions que deshace la mano de la vida.

Entonces, te pienso así, con condición de un ala efímera
que me roza los ojos
como si se tratara de una metáfora de mujer.

No sonrío.
Disfruto de esa sensación de ligereza
yo, pesado de muertos
como el cuerpo de un hipopótamo de fieltro relleno de cadáveres
que al verte se aligera
hecho un globo de gas que gana la altura de la imaginación.

Suplico que no cierres la ventana para que pueda verte
en ese espacio de tranquilizadora soledad
donde tu luz restringe la boca de mi sombra
y manda a fracasar a mi demonio.

Así,
desde este puerto de emigración constante,
desde este hostal vacío de los buenos propósitos,
el extranjero devora con diarios mordisqueos
la dulce evanescencia de la vida.

רוח

 

En ciertos lugares, los perfumes tienen su propia condición. Aroman la personalidad de los sitios con el hálito que corresponde a esa personalidad. Existe un olor para el dolor, para el hambre, para la primavera. Y existe un olor para la muerte.

Todo alrededor huele así esa mañana, pero entre los escombros que se apilan contra los muros del hospital, increíblemente han nacido unas pequeñas flores tibias. Están ahí, emergiendo, abriéndose camino, en verde y amarillo.

Aferradas a la supervivencia, están allí, como si el espacio en el que se levantan hacia el cielo perteneciera a otra dimensión. Su mundo es otro mundo.

Solo los hombres que ven el exterior pueden ver las flores contra el muro. Quizás, también crezcan otras similares, como si se tratara de un espejo, sobre el lado interior del paredón.

En el lado interior han sobrevivido un par de árboles secos. Siempre se los ve nevados de polvillo, con un aspecto de hueso ceniciento. En la noche, con el viento, crujen sin desesperación.

A veces y en la noche, ese mismo viento que arrastra entre sus pliegues los calvarios de la ciudadela, tropieza con sustancias que no le pertenecen. Las toma para sí y las acerca al olfato de los hombres de guardia. Sabe que en la soledad del desamparo, la nariz se vuelve avariciosa.

El viento, entonces, les lleva los perfumes de las médicas. Son sutiles. Las médicas, en la noche, tienen olor a limpio, a jabón, a loción para el cuerpo.

Es difícil darse un baño diario, pero entonces, cuando ellas utilizan el hammam, acompañadas por las enfermeras, el aire avanza con una impronta insospechada y asienta su huella en los olfatos.

Los hombres, en general, siempre están sucios. Huelen a sudor, a pelo, a sebo y ratonera. Incluso aquellos que hacen sus abluciones a la hora del rezo, huelen a peste igual que los demás.

No hay agua en la ciudadela, más que la que se obtiene de los viejos pozos, con un cubo y la energía eléctrica apenas dura lo que duran las estrellas fugaces.

Los generadores que llegaron para auxiliar al hospital, funcionan a gasoil y también resulta complejo conseguir combustible para ellos. Por eso, quizás, el olor impregnante del combustible, es un olor bien visto, como ese aroma a mujer limpia y perfumada.

El Tercero se inclina hacia las flores. Acerca la nariz a las corolas y acaricia las hojas vellosas e incipientes.

El Noveno, que monta la guardia junto a él, lo observa hacer. Aquella actitud frente a lo vegetal, se le antoja una reverencia.

—La vida no se da por vencida —dice.

El Tercero, que cuidadosamente ha resguardado las plantas con sus flores tras un cerco de piedras y restos de metal, sonríe.

(Fragmento de: Posición de combate)

 

Frecuencias

 


El silencio no resuelve el caos. Solamente es silencio.

El silencio es como un presagio, una mano que envuelve el corazón como a veces las telas de araña envuelven el rostro de alguien que avanza por la jungla.

También, el silencio es un lugar: el del refugio. Allí, en esa falta de sonido interior en que uno se recluye para estar a solas, ocurren las decisiones y la paz, el alboroto íntimo que provoca la acción cede su territorio a la claridad de lo reconocible.

Reivinidico y vivifico el silencio como un modo de ser y de sentir y por qué no, como un modo de relacionarme con lo externo, esa cáscara violenta que suele envolver algunas vidas.

En el silencio me dejo estar como cuando echo el ancla del velero y lo abandono a la suavidad de su borneo, mientras estoy ahí, marítimo y coptado por la esencia de la infinitud.

Tanto el mar como el cielo ofrecen ese profundo ámbito finitamente poético en el que se puede descansar como si, por fin, uno se hubiera muerto.



תמונה שלישית

Entre los extraños méritos que tiene el castigo, está el de permitirme un momento de descanso. Empleo ese momento en lo que se me da la gana. Nadie me manda en ese momento ni agrega castigo al castigo, así que juego al fútbol con los niños en la parte de atrás del hospital.

Los niños edifican no solo a los hombres, sino a la vida misma, porque esas pequeñas resiliencias que gritan, corren y disfrutan, conforman todo el oxígeno de este mal planeta asfixiante, hecho con ruinas y con hombres en ruinas.

Juego con los niños y los que pasan nos observan jugar. Permanecen un instante mirándonos, como si sus ocupaciones dentro del hospital pudieran ser postergadas solo para permitirse ese momento de respiración limpia.

Algunos se quedan y toman partido por nuestros equipos. Luego, recuerdan sus cosas por hacer. Otros, también se unen. Intervienen como superpuestos a una secuencia en una película.

Son momentos. Mi comandante no me los prohíbe pese a estar castigado, porque sus castigos tienen esa sencilla parte de blandura que me habilita a actuar si acaso eso es preciso.

Los niños alborotan y ríen. Corren, disputan y disfrutan.

Los hombres, también lo hacemos a su par, con esa liviandad de los pájaros que aún sobrevuelan los escombros.

Los niños de la guerra no dejan de ser niños.

Los hombres, en los momentos de las treguas, darían lo que fuera por ser niños.

(Fragmentos de: Posición de combate)

 

Amores necios



 

Una mujer me escupe, me susurra,

me tapa con razones y me increpa

con su boca estigiana

que reniega de mis malos modales

para amar o sentir,

de mis incongruencias repentinas,

de mi deslealtad irrespetuosa

 

y de la ausencia de mi corazón.

 

Una mujer

abre la jaula fácil de mi nombre y descubre

que se acabó el alpiste y el agua es una oruga

de algas repodridas

y que se han petrificado las cagadas

como estalagmitas de cagadas

hasta petrificar también al pájaro

que me habitaba el nombre.

 

Una mujer

me nombra con un susurro inverosímil

como un mantra

que obedece a alguna lengua muerta

y yo escucho

aunque no tengo oídos

para apretar ningún amanecer

en esta situación de «bajo mínimos»

en que escupo, susurro y reclamo

que con su boca reme hasta mi orilla.

 

 


 

1)

 

Nuestro amor ha gozado de alguna necedad

como esta perdurable permanencia en el imaginario

de lo irreductible.

 

Ocupamos una página gótica

disfrazados con nuestras propias bestias

dentro del bestiario que han colectado los pusilánimes

 

esos,

que no se plantearon crearse tu boca a su medida.

 

Crear tu boca para devorarla sin mordiscos

ha sido un desafío para mí

desde el comienzo de los besos hasta ahora

en que le gotean las palabras preñadas

y los silencios inviolables.

 

He creado tu boca con dos filos de luna

y la he galvanizado con braquets de indolencia

para mellar mis mordidas homicidas.

 

Tu boca a mi medida es una fruta de metal turgente

que no sé devorar

por más que digan en el bestiario de los pusilánimes

que soy tu predador.

 

No tengo dientes que anteponer al llanto

de los sueños sin alas.

 


 

2)

 

Seguro que vendrán como lebreles,

como terriers que siguen el venteo sonoro de tu falda

a través de las hojas manuscritas.

 

Vendrán a rescatarte con sus cetros de oro,

sus trajes ajustados de atildado Luis XV

revoloteando con sus pelucas empolvadas

y sus abanicos de aventar demonios que respiran tu huella.

 

Vendrán para tu dádiva y tu carcajada

porque son incapaces de imaginar tu llanto de valquiria

o tu peñón inhóspito en la niebla donde la vida ocurre.

 

Vendrán por la mujer que los deslumbra

con sus tumbas que huelen a cadáveres viejos

y su cordón cuneta con muertos juveniles,

seducidos por el charmé asesino de tu lengua

amarga y malquistada.

 

Vendrán como se fueron,

a buscarte el agosto de los sueños dañinos

en que el olvido aturde la caricia.

 

Quimera que te cuida, la noche anida en mí

como tu cuerpo es luz que se dispersa

en roncas mariposas

 

y que mi mano absuelve,

 

sin palabras.

 


 

3)

 

Esta vez, el silencio no traerá calamidad.

 

Por el contrario, en la frontera de los banderines

la entrada será libre y gratuita para los peregrinos

 

y para los furtivos que fraguan pasaportes,

permisos de residencia,

o llegan a robar los deslustrados tesoros de la casta.

 

Abiertas las fronteras a las rapaces aves migratorias

del canto de sirenas,

el mercado regresará a sus mercachifles coloridos,

a sus encantadores de serpientes y lagartos,

a sus músicos que no consiguen afinar en la

y a los nostálgicos de las girándulas y los apocalipsis.

 

No tener un dragón no te hará daño

al menos esta vez

en que la nueva invasión es necesaria al aire

 

como ese petricor del que te gusta hablar

cuando nos vamos de luna, cara al cielo.

 

 


4)

 

La levedad nunca ha sido una consejera propicia

ni aunque tratemos de evitar la pisada

que marca lo rotundo.

 

Lo elefantiásico de la huella nos predice

en las marcas del alma.

 

Producimos,

–para nuestra penalidad–

depresiones en el tejido etéreo

que se llenan de sangre y luego pulsan

con un ritmo alocado.

 

Hemos aprendido de los viejos volcanes

el rigor de lo que es incapaz de madurar la ausencia

y ataca

–con rebelión terrestre–

la naturaleza de todos los ocasos predecibles.

 

Mi fiera fiel,

mi hogar leal,

mi roca residente,

mi larga sucesión de para nunca

en lo irreconciliable de mis siempres,

 

atado a este retiro de indulgencias

te observo proponer lo que desata sin deshacer el nudo

mal ceñido en un rincón del sino:

 

«libérate y regresa un día de estos».

 


 

5)

 

Esto que hago

es una especie de desaprendizaje.

 

Un regreso a lo darc tan necesario a mi supervivencia.

 

Mantener en la boca las continuas deslunas del suspenso

deshabitar la calma,

acidular la miel de lo que nunca mutará en ceniza,

cargar el repertorio con antiguos hedores

y dejar que refluyan los crujidos a hueso descarnado.

 

Esa victoria pírrica sobre la antigüedad de tus cadáveres

solo ha alojado ruina en los pasillos

 

y las malas arañas

tejen sus leyendas de sal sobre los ojos

de las perfectas fantasmagorías

que insisten pegadas a los muros.

 

La gloria ha caducado en su oropel de miedo

mientras todas las ratas que han saltado del barco de la fe

están ahítas de su propia mierda

en despensas vacías.

 

Solo hay que dejar morir lo que no sirve

para prevalecer.

 

Y luego,

renacer holgadamente oscuro y torrencial

para ser destripado por tu idioma.

 

6)

 

¿Cuál será, luego de esta transición

el formato para nuestros abrazos?

 

¿Un desorden de sombras

que se buscan con fiera intensidad, desvaneciéndose?

 

¿Un líquido crepúsculo en que abrevar

la libido y la estampa?

 

¿Una sedosa tiranía

en los labios pelados por un viento de invierno?

 

¿Cambiarán los abrazos su vocación de besos?

 

Y las lenguas

¿las lenguas cambiarán su expresión monolítica

en aras de la cosa pública?

 

¿Estaremos así

de esta difícil forma con su piel animal

y su barahúnda de suicidios vocálicos

atados a la perdurabilidad de un amor que no jura

haberse puesto eterno de toda desmemoria?

 

Yo no puedo saberlo desde la realidad en que desato

toda mi leonera de certezas

 

pero obedezco a las premoniciones de la hondura

que no juega con límites

la clausura de su esplendor barroco.

 

 

 

7)

 

Pensé, mientras leía:

 

y quizás sí tenga –en el fondo–

ese romanticismo monstrueril

(de monstruo pueril)

que ha nacido con «alma de bolero».

 

Se me han pasado los días de la furia.

 

Ahora, solo me dejo estar

con la serenidad de quien se hamaca en un parque ajeno

perteneciente a una ciudad prestada,

 

solitario está allí

oscilando con dulzura de péndulo

que va de un lado al otro sobre un campo nocturno

en el que nunca llueve.

 

En esta economía irregular

ya no derrocho verbos para explicar la cima y el barranco.

 

Los ahorro como tiras de piel

con que coserle un abrigo a tus canceles

y no ser esa multitud de inconexiones

que abusan de la sonoridad y la memoria.

 

¿Qué soy?

Un laberinto en el que estás reclusa

y que no tiene casi escapatoria

porque te ha secuestrado

con su ruptura lenta entre tus ojos,

monstruoso y pueril… casi un bolero.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El lugar

 


 La calle es indisciplinada. Tan llena de escombro y estrago que bien podría no ser una calle sino apenas un trazo que se ha abierto empujando cosas para formar un borde, un corredor despejado dentro de un acúmulo variopinto que evita trepar por sobre él a hombres y vehículos pero que no permite más que un tránsito caótico en que se mezclan autos y rebaños con gente que anda a pie y que no se aparta frente a los bocinazos de los impacientes.

Todo es una ruina multiforme sobre la que flota ese polvillo que le es tan natural a los desastres y que, aunque el sol esté alto y lujurioso, oscurece la luz.

La ciudadela ha soportado angustias varias y se ha puesto fiera como se la ve porque la tensión de los que viven en esa sordidez empedernida es un animal que se respira dentro de su propia invisibilidad. Está ahí, dispuesto a todo, para sobrevivir. Está ahí, quieto, hecho de piedra translúcida, pronto a eclosionar en su esperado movimiento de defensa.

Hay una imprevisibilidad en todo lo que ocurre y que también resulta previsible, porque esa espira de miedo y de violencia ha atrapado a todas las personas en una rutina de reactivo terror.

Entonces, en esos momentos en que la calma parece el solapado presentador del cataclismo, la mejoría antes de la muerte y todos esos espacios de presagio, puede verse a la gente caminando hacia el mercado que ocurre en un área a cielo abierto donde se enfilan tenderetes estoicos; puede verse a los hombres en algún café, contándose minucias de la propia costumbre; o pueden verse niños que intentan todavía ir a alguna escuela que permanece en pie o que, simplemente, juegan a matarse en las calles, porque es lo único que han visto hacer desde su nacimiento. Hay muchos gatos que se procuran alimento y no hay perros que los espanten o que compitan por ese menester.

La ciudadela difícil tiene, además, sus barrios más difíciles, en los que resulta imposible entrar si no se conocen las consignas del caso o si no se domina de alguna manera el código que rige en sus murallas. Allí pasa de todo y mucho más de lo que pasa en las zonas donde los hombres aún beben su té o las mujeres caminan hacia el mercado. Las catástrofes están hechas de márgenes.

Haber hecho experiencia y saber cómo usarla cuando de esa experiencia se precisa es el mejor aliado para sobrevivir. Saber qué decir, cuándo callar, cómo callar. Saber enfrentar o saber bajar los ojos cuando no se debe enfrentar. Todo tiene su código específico que a su modo resuelve la vida de la gente y de todo aquel que lo conoce. Códigos extraños, en los que habita un increíble e incrédulo honor como un poco de ese polvo suspenso que todo lo cubre.

Hay lados en los mapas y sucede que un lado no consigue leer correctamente al otro, por eso se pierde en sus diversas anfractuosidades en vez de caminarlas como son. No hay terrenos más o menos difíciles si el hombre se adapta a esos terrenos sin intentar cambiarlos. Solo son terrenos. Otros terrenos.

No se puede nadar en roca sólida ni se puede escalar una marea. Pero el hombre se obstina en el dominio de lo desconocido y no en su comprensión. Comprensión y dominio no son la misma cosa.

Mientras camina, el hombre piensa en todo eso. Se van fijando en su propio mundo las imágenes, como en un álbum al que recurrir para cerciorarse de los hechos puntuales.

Su vida es su propia capacidad para la experiencia y él lo sabe y utiliza todo ese bagaje cada vez que ese bagaje es requerido. Lo utiliza de la misma manera práctica a como utiliza el arma que lleva sobre los riñones y bajo el faldón suelto de la camisa. Camina con soltura mimética entre gente que no lo mira pues no lo ve extranjero. Ese hombre se parece a todos. Es uno más que anda por la calle, camino del café donde lo esperan.

En su ruta a pie, se da tiempo para un pequeño intercambio de gambetas con un grupo de niños que están jugando al fútbol. Luego, prosigue caminando con un aire liviano, que el arma en sus riñones no entorpece porque él la siente como un órgano o un miembro más de su anodina anatomía.

Todos los que son como él andan armados por allí, aunque no lo parezcan. Los demás, son todos esos que forman parte de esa pátina de terror oscuro que habita y ensombrece.

En el café, alguien alza la mano. Los dos hombres se desean la paz, luego se besan y comienza la negociación.

 

(Fragmento de: Posición de combate)

 


 

Participan en este sitio sólo escasas mentes amplias

Uno mismo

En tu cuarto hay un pájaro (de Pájaros de Ionit)

Un video de Mirella Santoro

SER ISRAELÍ ES UN ORGULLO, JAMÁS UNA VERGÜENZA

Sencillamente saber lo que se es. Sencillamente saber lo que se hace. A pesar del mundo, saber lo que se es y saber lo que se hace, en el orgullo del silencio.

Valor de la palabra

Hombres dignos se buscan. Por favor, dar un paso adelante.

No a mi costado. En mí.

Poema de Morgana de Palacios - Videomontaje de Isabel Reyes

Historia viva - ¿Tanto van a chillar por un spot publicitario?

Las Malvinas fueron, son y serán argentinas mientras haya un argentino para nombrarlas.
El hundimiento del buque escuela Crucero Ara General Belgrano, fue un crimen de guerra que aún continúa sin condena.

Porque la buena amistad también es amor.

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Sólo el amor - Silvio Rodríguez

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Feria del Libro de Jerusalem - 2013

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Café literario - Centro de convenciones de Jerusalem

Acto de fe

Necesito perdonar a los que te odiaron y ofendieron a vos. Ya cargo demasiado odio contra los que dijeron que me amaban a mí.

Irse muriendo (lástima que el reportaje sea de Víctor Hugo Morales)

Hubo algo de eso de quedarse petrificado, cuando vi este video. Así, petrificado como en las películas en las que el protagonista se mira al espejo y aparece otro, que también es él o un calco de él o él es ese otro al que mira y lo mira, en un espejo que no tiene vueltas. Y realmente me agarré tal trauma de verme ahí a los dieciseis años, con la cara de otro que repetía lo que yo dije tal y como yo lo dije cuarenta años antes, que me superó el ataque de sollozos de esos que uno no mide. Cómo habrá sido, que mi asistente entró corriendo asustado, preguntándome si estaba teniendo un infarto. A mi edad, haber sido ese pendejo y ser este hombre, es un descubrimiento pavoroso, porque sé, fehacientemente, que morí en alguna parte del trayecto.

Poema 2



"Empapado de abejas
en el viento asediado de vacío
vivo como una rama,
y en medio de enemigos sonrientes
mis manos tejen la leyenda,
crean el mundo espléndido,
esa vela tendida."

Julio Cortázar

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.
1a. edición - bilingüe