Apendicitis crónicas (las páginas colgantes)

Teoría de la prosa -irresponsabilidad del verso -imaginación del ensayo -incertidumbre de la reflexión

El 1





Sé que no estoy ni existo en el antojo
rupturista inconcluso del silencio,
porque no sé qué hacer con lo que he sido.

No sé qué hacer con este yo que muta,
que se deshace y hace
como un experimento desde el que escapan sombras.

Debería poder hablar conmigo,
yo que vengo desde el azul del sur
como una azul pandemia de oceanario.

Debería saber leer a Dios,
ser un grafólogo de sus jeroglíficos
asados en la piel del puño y letra.

Yo también
soy de ese tiempo oscuro,
de ese tiempo famélico de las devastaciones
que llueven en pedazos
y se aprietan el corazón con llantos y caminos
mojonados de nadie.

El arte del silencio se ha dejado
el alma boquiabierta y me pregunto cómo
romper su impunidad con un milagro.

(De: Pandemia de oceanario)

Tres flores nuevas en un jardín de invierno.







Traigo a tres niños conmigo.
Son tres puñados de polvo
flotando ante un precipicio.

Como a piedritas de escombro
traigo tres niños conmigo
que el hombre ha dejado solos.

Traigo a tres niños conmigo,
tres niños frágiles, hondos,
hechos de horror, sin cobijo.

Como a tres pájaros rotos
traigo a tres niños conmigo
desalados y brumosos.

Dios me pensó para asirlos.
Hizo a mi mano socorro
y yo sujeté tres niños.

Porque conoce mis códigos
me los puso en el camino.

Dios me confió tres retoños
y yo los traigo conmigo.

(Mi familia numerosa hoy por hoy
tiene seis hijos). 

Para Amira, Mawiya y Bashir.

De las cartas cerradas y otras incoherencias (tomo II)




רות
 

Te miro junto a mí, intacta y ancestral, serena como Ceres dormida, así de pródiga. Un perfecto prodigio inclaudicable en su esencia cereal, tu voz etíope que surge como un rito desde la profundidad de los dilemas.

Tu nombre te define y estás conmigo como un tambor de Dios, una impredecible manifestación de la fuerza. Estás conmigo como un hecho de fe.

Te miro, y veo una niña dormida, amasada de trigo en la mañana, humectada con leche y repujada en sol. Estás hermosa como hace veinte años, y en tu belleza, en esa inmunidad de tu belleza, no hay nada perfectible, porque tu serenidad no es perfectible. Es una balsa dulce que redime la furia del naufragio y surca un mar que, domesticado por tus manos, se le entrega.

Reconozco tu aroma cuando me llega a través del aire. Tu aroma me da fuerza y alegría. Me hace salvo.  Y tu risa es una explanada con magnolias, la sombra sideral de una alameda, un mundo hecho con nidos.

Tu nombre te define como un gesto de Dios entre mis ojos y una señal de paz en mi latido.

Tenía que dar la vuelta al mundo para volver a hallarte en nuestra casa, con tus manos dispuestas al atajo que crean las caricias y tu boca dispuesta a enseñarme un poco de tu sabiduría, de toda esa inquebrantable firmeza de tu paz.

Ahora te siento respirar sobre mi pecho y tu respiración se lleva mis tormentas como un viento de frutas, como un montón de alas que te prestan los Fénix de la vida y aquí estamos, en una noche verde que vaticina invierno, después de hacernos el amor como dos jóvenes que se vuelven sanamente vírgenes cada vez que se rozan.

Estás feliz. Tendremos ya tres hijos cuando llegue el invierno y esta casa será una casa ancha y perdurable, repleta de familia, ahíta de risas. 

Sin vos, no lo habría conseguido. Sin tu perseverancia, sin tu fidelidad de esposa bíblica, sin tus pausas que obligan a pausarme, sin tus largos espacios de silencio en que debo escuchar mi corazón, sin tu discreta ternura persuasiva que señala los lucernarios en mis mapas, seguro no lo habría conseguido.

Te miro, dormida junto a mí y siento una emoción que me avasalla.

Hoy me dijiste: “Hemos soñado a tiempo”.

Y es verdad.






De las cartas cerradas y otras incoherencias (tomo II)



 Platónicos


Las guerras han pasado. Todas las viejas guerras han pasado y se quedan atrás, como un descontextualizado montículo de escombro.

Eso ha sucedido en mi presente. Observo la alegría con unción y no giro los ojos porque como siempre pregonaste, todo está por venir y todo por vivirse. Pose y solamente pose tus palabras que iban de la superación al descalabro con la agilidad que da la práctica del rol du fisic que te impusiste.

Yo, que no soy de desesperaciones y que aprendí la pausa del sniper, avanzo sin premura por la senda del sol y aún en este mar de lluvias en que se ha convertido la ciudad, mi vida es un rescoldo intacto. 

Ya sabés que di todo lo que pude y nunca pedí nada. Ni siquiera a vos te pedí nada y nadie mejor que vos sabe de eso porque te quedaste esperando que llegara a pedirte lo que nunca tuviste capacidad de dar. Nadie, tampoco, me pidió nunca tanto como vos, con tu amor hecho de desmesura y de tragedia que enmascarabas con filosofía y algo de carnaval made in Venecia.

Quiero compartirte esta felicidad que durante tanto tiempo me pareció un mundo intransitable y que ahora es como el único mundo en el que vivo. 

Todos quisimos morir alguna vez aunque a mí se me daba siempre mejor el dolor que el suicidio. Por eso, supongo, no morí.

Vos eras reclamante, siempre a pie de suicidio, y aunque yo no te creyera las barbaries te dotaban de una interesante insensatez, debido a la cual, siempre mis brazos soportaron tu peso. Sí, fue así, soportaron tu peso, tus roturas, tus desafueros y tus estratagemas pendulares entre el amor y la ira. 

Especulaste con que soy de renuncia difícil y jugaste tus cartas de derrota. Te fuiste y me quedé en el mismo lugar sin cortarme ni el canto ni las venas, porque siempre amanece para mí.

Te extraño mucho. Quisiera hablarte de mi felicidad como esta cosa sana que me pasa y me llena el corazón de música y perplejidad. Por eso se me da por escribirte, para contarte qué inmensa es esta vida en que yo me quedé y que vos declinaste.

Siempre fui un animal de resistencia, con los pies en el barro y la tierra que piso fue mi mejor quimera.
Hoy no te tengo. Yo no te tengo más. No puedo compartir la carcajada, el brindis, el silencio. No puedo compartir nada con vos mas que esta sola carta en que recuerdo nuestras largas charlas invencibles sobre todos los bueyes perdidos del planeta.

Vos me amaste y te amaba. Todavía te amo aunque sea con esta forma que es lo mejor que tengo de mí mismo: mi forma de escribirte.

Andarás en tus mundos, esos mundos en que nunca creí pese a las pruebas que apilabas delante de mis ojos, siendo feliz, porque eso me decías: quiero volver a mi mundo para ser otra vez feliz.

Yo también soy feliz, hermano amado, amor de mis amores más sangrantes. Soy feliz acá, en esta pobre Gaia de las guerras. Puedo decirte que por fin, después de tanto caminar la tierra del desastre, llegué al punto de inflexión en que te dan la enorme recompensa. 

Creo que estoy al pie del arcoíris y encontré la vasija de la paz.


Chocolate bombón

Participan en este sitio sólo escasas mentes amplias

En tu cuarto hay un pájaro (de Pájaros de Ionit)

Un video de Mirella Santoro

SER ISRAELÍ ES UN ORGULLO, JAMÁS UNA VERGÜENZA

Sencillamente saber lo que se es. Sencillamente saber lo que se hace. A pesar del mundo, saber lo que se es y saber lo que se hace, en el orgullo del silencio.

Valor de la palabra

Hombres dignos de buscan. Por favor, dar un paso adelante.

No a mi costado. En mí.

Poema de Morgana de Palacios - Videomontaje de Isabel Reyes

Historia viva - ¿Tanto van a chillar por un spot publicitario?

Las Malvinas fueron, son y serán argentinas mientras haya un argentino para nombrarlas.
El hundimiento del buque escuela Crucero Ara General Belgrano, fue un crimen de guerra que aún continúa sin condena.

Porque la buena amistad también es amor.

Asombro de lo sombrío

Memoria AMIA

Sólo el amor - Silvio Rodríguez

Aves migrantes

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Feria del Libro de Jerusalem - 2013

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Café literario - Centro de convenciones de Jerusalem

Acto de fe

Necesito perdonar a los que te odiaron y ofendieron a vos. Ya cargo demasiado odio contra los que dijeron que me amaban a mí.

Irse muriendo (lástima que el reportaje sea de Víctor Hugo Morales)

Hubo algo de eso de quedarse petrificado, cuando vi este video. Así, petrificado como en las películas en las que el protagonista se mira al espejo y aparece otro, que también es él o un calco de él o él es ese otro al que mira y lo mira, en un espejo que no tiene vueltas. Y realmente me agarré tal trauma de verme ahí a los dieciseis años, con la cara de otro que repetía lo que yo dije tal y como yo lo dije cuarenta años antes, que me superó el ataque de sollozos de esos que uno no mide. Cómo habrá sido, que mi asistente entró corriendo asustado, preguntándome si estaba teniendo un infarto. A mi edad, haber sido ese pendejo y ser este hombre, es un descubrimiento pavoroso, porque sé, fehacientemente, que morí en alguna parte del trayecto.

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.
edición bilingüe 1a. edición

and...me

and...me
Porque todos los cuervos alguna vez fuimos solamente pichones y durante cuarenta días volamos debajo del diluvio yendo y viniendo de la tormenta al Arca, los laureles siempre se los llevan las palomas.