Apendicitis crónicas (las páginas colgantes)

TEORÍA DE LA PROSA - IRRESPONSABILIDAD DEL VERSO - IMAGINACIÓN DEL ENSAYO - INCERTIDUMBRE DE LA REFLEXIÓN

De las cartas cerradas y otras incoherencias



El velero de hiedra


Tus cartas siempre llegan como viejos veleros que rebrotan desde este mar de escarcha. Llegan cuando ya he renunciado a toda primavera, a posibles deshielos, al sol del mediodía.

Tus cartas llegan desde mi propia glaciación que siempre ha sido rígida y despótica. Navegan hacia mí desde mi taiga y me traen carboncillo encendido, leña que aroma el mundo, el dulce azul, a veces algún canto.

Siempre vas hacia algún lugar que nunca veo y luego, retornas inesperadamente, como un aniversario que se olvida de todas sus calendas y obedece tan solo al florecer del aire.

Tu barquilla es un cántaro y siempre ha sido un cántaro de óleos primigenios, sobrevivientes a la devastación, al incendio de los sicomoros, a la estrella lustral que cae en ellos y parece de tinta en ese espejo untuoso y perfumado. En eso se han convertido tus regresos. En el viejo perfume a corazón guardado, a hiedra virgen, a paños que resguardan instrumentos de cuerda con el que yo ilusiono mis respiraciones de silencio.

Me gusta cuando veo esa vela pequeña que habla en otro idioma y cruza como un susurro mis rutas de despojo, trayéndome su rosa de los vientos del regreso.

Siempre has sido la que mejor sabe cuán lejos me han quedado los caminos.



Tambores de la profundidad.




Tenía esos cabellos de cascada romántica sobre los que el atardecer es capaz de dibujar cobres y miel terrestres y mirándola pensó que si yo tuviera una mano de esas que poseen los dioses, sería también capaz de resolver el mundo de sus ondas de vientos como un despeñadero de acrobacias con las que demostrar la naturalidad de su incalculable poder hembra, porque así la veía él, lejos de lo totémico pero también totémica en su modo de carne hecha de niebla y sal que el ancho sol de África volvía una talla de peltre engastada en el marco luciente del espejo. 

De espaldas y desnuda era un apacible gato lácteo, con una cabellera donde pueden caber el resto de los otoños de mi vida, pensó también, porque siempre lo habían fascinado las cabelleras de mujer en que perder el tacto y el olfato como en una espesura de flores y silencio y quedarse así, recogido en el olor a pelo, en esa impregnante presencia de grasitud sutil, de sebo umbrío, de parafinada tersura como eran los senos de criar hijos de estepa y canto, dijo en voz alta y agregó que ella tenía caderas de árbol y cintura de ánfora y pechos orgullosos de heroína que a él le despertaban una jugosa dentellada caníbal y dijo que se le hacía agua la boca como a un desesperado animal de colmillo, de verdad, se me hace agua la boca, insistió y ella pensó en dos espaciosos chitas que se encuentran en época propicia y con el celo a tiempo y salió del espejo para volverse músculo que cayó sobre él, sobre la cama que hablaba ya un idioma junglar de acometidas y en el ancho nocturno de sus ojos de hombre hundió dos largas estocadas de agua. 

Le dijo que era hermoso, que era el hombre más hermoso que ella hubiera sentido golpeando sobre el tambor de su libertad, porque la libertad de la soledad había sido una decisión para ella y en él había encontrado al compañero exacto y anhelado, porque en la libertad de la soledad también se anhela alguien que nos hable de ella como hablamos nosotros, le dijo, acariciándole las mejillas enjutas y los hoyuelos parcos que le culminaban la sonrisa. 

Y luego dijo no quiero que te vayas y él le susurró  jamás, bajo su boca.


(De: Caída de las patrias) 

Baja a la tierra




Temprano en la mañana llegó el primero de los pedidos de auxilio. La radio sonó insistentemente, como un mueble que cruje, pero nadie la oyó. Todos estaban ocupados reconstruyendo la aldea y recibiendo un nuevo grupo de desplazados que arribaba desde más al norte.

Uno de aquellos relató a Rajel, durante el reportaje que ella les realizaba, que habían cruzado a dos vehículos de la Cruz Roja marchando hacia la zona tomada de la que ellos provenían. Ocultos entre la vegetación los vieron pasar pero nadie intentó detenerlos o pedir auxilio para los que marchaban heridos. Todos dudaron de si aquellos vehículos no fueran realmente el botín de una emboscada anterior y por eso marchaban velozmente en la dirección contraria al desplazamiento. Prefirieron no correr ningún riesgo y continuar a salvo por ellos mismos, protegidos por las sombras y las plantas. “Si uno debe morir por falta de asistencia, que muera. Los otros pueden salvarse”, dijo el entrevistado.

La conclusión de los desplazados era coherentemente simple. La vida para ellos era así y habían aprendido a manejarse con la enmascarada crueldad que esa vida les ofrecía. Huían de manera animal, dejando a los muertos atrás, a merced de sus cazadores. “Sólo se salvan los más fuertes y los que tienen más suerte”, repetían, como una premisa de la conservación.

El que comanda al grupo armado que protege el enclave humanitario conversa con el Mayor. Lo ha comisionado para responder al pedido de auxilio que se recibió casi sobre el mediodía y al que sí, esta vez, alguien respondió.

Un contingente de Cruz Roja está atrapado en el sitio del mapa que el comandante señala. Envía al Mayor porque, de sus hombres, es quien mejor conoce la zona. Lo comisiona con tres más. Explica que necesita a todos en el caserío, ya que éste es un objetivo primordial para las milicias y que no pretende “actos heroicos”. Remarca eso varias veces, como una orden.

—Haz lo que puedas —dice, como última recomendación, severamente—. Esta aldea es nuestra prioridad ¿Lo tienes claro, verdad?

El Mayor atiende en silencio. Su gesto puede parecer de obediencia mientras el comandante termina de impartir sus últimas instrucciones que acaban con: “Y ya sabes ¿verdad? No necesitamos heroísmos”.

El Mayor se retira en una mudez premonitoria.

Rajel escucha el monólogo del comandante y se figura que aquel hombre, que no parece siquiera tener más años que el Mayor, es un padre preocupado batallando con las conductas de un hijo díscolo que no cesa de desobedecerlo.

Le gustaría ir con ellos. Rajel lo manifiesta frente al comandante y mientras lo hace, observa que el Mayor, junto a los vehículos, casi arrea a sus compañeros de misión.
Rajel ofrece como argumento que quizás su presencia asegure moderación en los heroísmos del Mayor que parecen preocupar tanto al jefe del grupo. 

Antes de que el comandante tome la decisión, el sonido del motor que se aleja la toma por él.

—Parece que no va a poder ser —dice el comandante y regresa a sus ocupaciones, desentendiéndose de Rajel.

 *


“Matar a un médico está prohibido por la Convención de Ginebra”, explica el Jefe de Servicio y sonríe con una sonrisa simiesca que parece una burla a sus propias palabras.

—¿Sabe usted lo que es “la Convención de Ginebra”? —pregunta ahora, mirando a Rajel que trata de entrevistar a la médica Cruz Roja sobreviviente, mientras el Jefe de Servicio que dirige ese hospital de hule le zurce algunos golpes de machete.

—Es algo que inventaron los países “civilizados” para no parecerse a estos.

Rajel mirá al Mayor, de pie y ensangrentado de pies a cabeza. En su visión se le antoja un demonio pagano, pintarrajeado y lleno de colgandijos bélicos que definen su actitud de fiera que combate en los cuentos de miedo de los niños.

El Jefe de Servicio vuelve a sonreír. 

—Justo eso —reafirma, con un convencimiento extraordinario.

Su colega, la médica cortajeada a machetazos, sigue en shock. Parece en otro mundo, en otra dimensión, en otra muerte. Por momentos sonríe vaya a saber a qué y en otros momentos, se defiende del Jefe de Servicio que intenta terminar de suturarla mientras le habla con misericordia y a veces la acaricia como a un perro pobre.

Los niños que están en el hospital miran la escena.

Habitan en esa carpa múltiple donde muere la gente, donde zumban las moscas, donde el olor a descomposición impide respirar, donde siguen llegando los desplazados, cada vez más aterrorizados y malheridos.

Rajel mira al Mayor una vez más. 

Ese hombre que Rajel observa tiene un desvencijado porte heroico. Rescató a la médica que ahora el Jefe de Servicio sutura y consuela y trajo también al enfermero hecho pedazos, que murió más temprano, mientras todos intentaban regresarle la vida.
Lo ve, lleno de sangre, como un enorme animal carnicero que hiede bajo el sol. 

—Escriba eso en su reportaje, miss —le dice ese hombre de pie que aferra un arma—. Matar un médico está prohibido por la Convención de Ginebra. Habría que notificárselo a mucha gente ¿no le parece? Y de paso, al mundo que no mira lo que realmente pasa aquí.

—Vamos, no te pongas pesado. A nadie le importa lo que pasa aquí —replica el Jefe de Servicio—. Venimos por nuestra cuenta y riesgo, esa es la verdad indiscutible. A estos mundos, no llega la Convención de Ginebra porque no quedan en el planeta donde están los que la redactaron para quedarse a gusto con sus almas.

—Entonces escriba en su artículo que esto que usted ve es lo que le espera al resto del mundo —dice aún el Mayor—. Es un modelo a escala.

Rajel permanece callada en medio de la escena.

A través de la puerta de hule, que una brisa abre y cierra, intermitente, ve al maestro. Da clases bajo el árbol, todavía.

(De: Caída de las patrias)



Gusto popular

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Sencillamente saber lo que se es. Sencillamente saber lo que se hace. A pesar del mundo, saber lo que se es y saber lo que se hace, en el orgullo del silencio.

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Feria del Libro de Jerusalem - 2013

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Café literario - Centro de convenciones de Jerusalem

Acto de fe

Necesito perdonar a los que te odiaron y ofendieron a vos. Ya cargo demasiado odio contra los que dijeron que me amaban a mí.

Irse muriendo (lástima que el reportaje sea de Víctor Hugo Morales)

Hubo algo de eso de quedarse petrificado, cuando vi este video. Así, petrificado como en las películas en las que el protagonista se mira al espejo y aparece otro, que también es él o un calco de él o él es ese otro al que mira y lo mira, en un espejo que no tiene vueltas. Y realmente me agarré tal trauma de verme ahí a los dieciseis años, con la cara de otro que repetía lo que yo dije tal y como yo lo dije cuarenta años antes, que me superó el ataque de sollozos de esos que uno no mide. Cómo habrá sido, que mi asistente entró corriendo asustado, preguntándome si estaba teniendo un infarto. A mi edad, haber sido ese pendejo y ser este hombre, es un descubrimiento pavoroso, porque sé, fehacientemente, que morí en alguna parte del trayecto.

Poema 2



"Empapado de abejas
en el viento asediado de vacío
vivo como una rama,
y en medio de enemigos sonrientes
mis manos tejen la leyenda,
crean el mundo espléndido,
esa vela tendida."

Julio Cortázar

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.
1a. edición - bilingüe