Apendicitis crónicas (las páginas colgantes)

TEORÍA DE LA PROSA - IRRESPONSABILIDAD DEL VERSO - IMAGINACIÓN DEL ENSAYO - INCERTIDUMBRE DE LA REFLEXIÓN

De las cartas cerradas y otras incoherencias (toma de los 18/02)





Distancia corta

Yo esperaba tu muerte en el fondo profundo del sollozo, pero no creí en ella. Me preparé infinidad de días, como un sacerdote que extravió a su dios y sin embargo, al oficiar la ceremonia, debe infundir a otros una fe que no tiene, una convicción que ya ha dejado de asistirle el temblor y se resigna a lo inexorable de la derrota.


Diez años después, aún me mantengo herido y tumefacto y ese vértigo de perder el eje de la vida, aumenta conforme aparecen otros hitos en el ya incomprensible holograma de tu mapa.


A veces estoy calmado, resignado, austero, con un dolor incólume que nunca me ha dejado y que duerme todas las noches abrazado a mí, en el lado desnudo del amor.


Los demás te hicieron una misa, de esas misas a las que nunca voy y de las que siempre digo: “pero era musulmán, no le hagan misas”. Yo no voy porque soy ese sacerdote sin dios del que te hablaba. Ese que sigue madurando en su no fe y ya ni siquiera remienda los harapos de amor que le cubren el alma donde, cada tanto, se te ocurre asestar un buen uppercut desde quien sabe qué invisibilidad. Siempre te gustaron los golpes de distancia corta y vos sabés que a mí me es imposible tomar distancia de vos. 


Siempre te extraño. Ya no tiene remedio. Nunca tuvo remedio.


Pensiero






Le hablo sobre Mario. 

«Yo era joven, mucho no le entendía lo que me quería decir o no le quería entender, que esa es otra» le aclaro y admito que si alguien me quiso devolver el verso, fue Mario Benedetti. «Hizo esfuerzos muy nobles por devolverme el verso y un poco la esperanza, pero yo ya los había perdido hacía mucho a los dos. Después… de eso de los versos se encargó “la negra” y yo volví a escribir versos. Mario murió y yo no pude contarle eso, porque me la pasé posponiendo visitarlo. Estaba tan sumido en mi dolor y en mis mierdas, que siempre lo dejé para otro día que nunca ocurrió, porque Mario murió sin saber que me habían vuelto los versos. No se lo dije. No me despedí.»

El Condorito me pregunta por Ernesto. Y yo digo «Uy… Ernesto» y me quedo pensando en Cardenal y en aquellas extrañas otras épocas. Tan extrañas y tan otras, para mí ahora, en esta. Quizás, también para él, para Ernesto Cardenal. «Cuando lo escuchabas te parecía un hombre alto, pero no es alto, es un hombre de estatura más bien baja, que no se si le dieron un corazón muy grande o se multiplica en sí mismo cuando habla y se vuelve gigante» le digo al Condorito y él me habla sobre «Escritores por la Tierra» y el poema que escribí para Ernesto en ese espacio del que a veces formo parte y otras veces no . «Yo lo admiré siempre. Había algo en él, en aquellas épocas, que casi me hacía daño. Los muy “cristos” nos hacen casi daño a los que peleamos por las mismas causas sin ser tan cristos o más barrabases.» La reflexión es más para mí que para el Condorito.

Pienso en mis decisiones de entonces, en mis guerras de entonces y en las posteriores, defendiendo aquella vieja idea de Solentiname y aquella otra Nicaragua que se soñaba a piel y a cielo, encima de la tierra. Pienso en mis tiempos de batallas largas que no tuvieron puerto y que hoy se rebelan contra mí, como viejas serpientes que invaden las mazmorras donde mi joven sangre combatiente de entonces, quedó regada, seca, carcomida, como mis ideales.

Pienso en el poema del que habla el Condorito y pienso un poco en mí, en mi dolor de piel, en mi dolor de corazón y en cómo uno aprende a deshacerse muy despacio de su corazón y de cómo, cuando tiene que apelar a él, encuentra un coágulo dentro de un agujero que no siente. Y pienso en el riñón que me jodieron a palos aquella vez y en el que me quedó y que se terminó plantando, como una CPU, debido al virus y en este riñón nuevo, que mi gente consiguió acá, en este lugar que está lejos de todos los dioses. «Le compraron un riñón al diablo», pienso, «y yo lo luzco y vuelvo acá y hago acá mi trabajo de diablo, yo también.»

Lentamente regreso al calabozo del que si no me rescata mi grupo, no hubiera vivido para contar la vida y vuelvo a Cardenal. «Creía en él. Me hacía tener fe.» le digo al Condorito. «Cuando me torturaban, yo pensaba en Ernesto Cardenal», pienso, pero no se lo digo al chico y sí le digo: «Se lo presenté a Pichón y ellos dos se entendieron en una esfera que a mí me excluía. Eran como personas de otro mundo. Mario y yo, en cambio, éramos muy terraquitos, muy de este planeta.»

El Condorito me escucha. Yo trato de no hacer la cosa personal, solamente anecdótica, como un cuento de otro.

Y al final se lo digo: «Yo estaba en ese calabozo y en esa batalla, cuando tu vieja conoció a Pichón».

Es una siesta intensa y tropical bajo la que conversamos, así que le digo también «Sé mucho de cómo se sienten los exilios y todavía más sé cómo te queda de contusa el alma.»

El chico me mira. Es muy callado todas las veces en que no es bocón.

La siesta es dura, metálica, completamente resplandeciente sobre las cabañas. 

«A primera hora de la tarde, el silencio está afuera y está adentro».*

Le explico de dónde es la cita y me voy a nadar.

*Primavera con una esquina rota. Mario Benedetti. 

(De: Todos mis monstruos, un monstruo).



Locus docendi





—Existen dos formas primarias de construir una narración. Hay más, por supuesto, muchas más, pero las dos más básicas, digamos, desde el punto de vista del escritor, son la intelectual y la emocional. Cuando un escritor encara la intelectual crea una ficción documental, que puede ser como el escritor quiera: filosófica, literaria, histórica, periodística… Ya me entendés. Es una ficción investigativa, que requiere de un conocimiento profundo sobre aquello de lo que se hablará, aunque sea novelada. Si no, es una chapucería. La ficción emocional es la narración simple, de historias comunes que no precisan años de bibliotecas y documentos sino de conocimiento humano, comportamiento humano, aplicado a historias humanas de todos los días. Por supuesto que estas segundas pueden tener un marco real, dentro de una época determinada. Pero no son históricas. Están “en contexto”… A veces se puede contar la historia sin hacer Historia. Antes se decía que una de las premisas básicas de una novela es que tuviera un marco histórico que discurriera a través de un tiempo determinado. Eso ya no es una premisa de la novela. Hubo un antes y un después de Joyce.

El muchacho escucha avariciosamente al hombre que le habla mientras comparten un trago en la penumbrosa mezcolanza de la barra.

Los sábados hay más tiempo. En la noche de esa ciudadela promiscua, salen en grupos, como a un recreo y se desparraman por la espalda sucia de un mundo donde hay trampas.
La ciudadela es un nodo infértil para el bien. Todas las líneas de la oscuridad cruzan por ella hacia todos los puntos de la tierra. Todo lo traficable se trafica; todo lo negociable se negocia; todo lo maligno se pergeña. De eso y con todo eso, vive esa ciudadela. Todo lo conseguible se consigue por treinta denarios.

—Si no existiera este lugar, estaría muerto —dice el hombre maduro que conversa con el muchacho mientras beben y miran por momentos a la bailarina que se contorsiona aferrada al caño en el que frota secuencialmente su vulva cubierta por un triángulo microscópico y fosforescente—. Acá me consiguieron mis compañeros el riñón. Acá, acá no… en la ciudad, quiero decir.

—Sí. Lo entendí.

El muchacho no lo tutea ni en la intimidad. No puede, no le sale. El hombre tampoco se lo pide ni se lo pidió antes, cuando se conocieron en un ámbito fuera del laboral. Parece que ese formato de relación protocolar los ayudara a relacionarse mejor que si desplegaran una confianza para lo que no están preparados. 

—Este trabajo es un poco como escribir.

El muchacho solamente escucha. Por un momento, sus ojos se desvían hacia la cantante de voz gravitatoria, afelpada, bruñida con cierta afonía sensual, que ahora ocupa el pequeño escenario sobre el que se desparrama una luz alilada.

Los ojos del hombre siguen la mirada del muchacho y piensa en la sensibilidad que se percibe cuando aparecen esas pequeñas manifestaciones de la emoción, involuntarias, autonómicas, puras. 

—Uno es como es y aunque desempeñes un papel, siempre será un papel que te represente en esos espacios pequeños de vos mismo que no podés manejar —dice el hombre, mientras el borde de la copa alcanza sus labios—. En este laburo, solamente ocupás papeles que puedas desempeñar sin ninguna dificultad porque es importante permanecer y no que te descubran a la segunda hora de infiltrado. Lo otro es como te decía de las novelas mal documentadas. Son una chapucería. O sea, podés agregar datos, pero no podés falsear los básicos, porque son los que constituyen el fundamento. Hablando de la Revolución de Mayo, podés decir que French tenía puesto un calzoncillo rojo que le zurció la negra Emerenciana y que Beruti se torció el pie por el apuro que llevaba, pero no podés decir que la revuelta fue el 12 de agosto ¿entendés? 

El muchacho dice que sí. La música lo distrae.

—Te digo esto porque a pesar de lo que hagamos, somos lo que somos. Podemos sentir en nuestro corazón el golpe de una buena música, la mirada de un niño, la atracción de una mujer, la necesidad de recoger un perro atropellado, de ayudar a un ciego a cruzar la calle. Dominar esa parte se hace complejo, así que mejor es siempre dejarla ser. El escritor también es un artista y el arte, cualquiera, es una forma diferente de ver y procesar la realidad. Pero en este trabajo, no podés dejar que eso te influya. Si tenés que pegar, tenés que pegar y si tenés que matar, tenés que matar. He visto a tipos de una ferocidad descomunal en ejercicio de su profesión, llorar como huérfanos cuando se murió su loro, por ejemplo.

—El sargento Roig me contó lo de su perro —murmura el muchacho, infidente a conciencia.

—Habla mucho Roig. Yo te explico esto a vos, que es menos teórico de lo que le expliqué al grupo, porque sé que vas a tener conflictos emocionales como yo… y me interesa que aprendas a escribir mejor que… tu padre. Leí que querías escribir como él. Yo pretendo que lo hagas mejor, pero como estás en la mitad del río entre su ribera y la mía… y yo conozco los dos lados del puente… lo que te quiero decir es que cuando te dan un don, porque escribir es un don, te dan algo inmanejable o mejor dicho, que te termina por manejar a vos… lo mismo que esta profesión que también te termina por manejar lo que sos y lo que no sos y todo, así que en el fondo son cosas complementarias. Todo lo que no puedas manejar lo escribís ¿Por qué te pensás que casi todos nosotros terminamos siendo escritores o periodistas cuando nos retiramos? 


(De: Todos mis monstruos, un monstruo)
 

Doloradura





Estoy como alejado de mis patrias. Voy de aquí para allá entre un terremoto y un tsunami. Juro que a veces no sé qué hacer conmigo, como hoy. Es como si entrara en un piloto automático grotesco que me mantiene en esta velocidad de crucero desquiciada.

Sobrevuelo mi vida y las nostalgias me sujetan al colapso. La edad hace que el viento de la forma de vida que se ha elegido te golpee en la boca, te atragante de ausencia, te haga sentir exhausto y diminuto; te vuelve arrasado y miserable como un viejo retrete al que han invadido las hormigas de la falta de hombre.

El ser humano se apaga en mí de manera modesta, con lentitud y minuciosidad de bordadora de encajes. No pude conservarlo por más tiempo y se apaga con languidez de estómago y abulia de esperanza.

El muchacho me observa con ojos tendenciosos. Son dos postales verdes de un tiempo que ya me dejó solo, a la deriva y que me malhumora porque me cala el corazón igual que a una sandía.

Es un cuchillo ahí, amoldado al espacio de doler, enterrado en el septum del latido.

No me interesa la historia del muchacho. No me interesa ni siquiera mi historia, de la que deviene la historia del muchacho. Estoy como un ajeno, un convidado, nadie.

A veces me pregunto dónde estaba yo que me las doy de no perderme nada, mientras todo pasaba al costado de esta ceguera en blanco que ahora descubro que padezco. Estaba ciego…

—O tanto resplandor me obnubilaba.

Ramiro y el muchacho me miran balbucear en voz alta mas no sé si me escuchan. Apenas yo me escucho buscar mis conclusiones a la multiplicidad de desfasajes que han abierto sus puertas frente a mí.

En ellos dos veo dos raros cómplices. No me extraña eso de Ramiro ya que aprendió muy temprano a tomar parte en los desaguisados y tender un puente de concordia. Es el maletero oficial que alza el equipaje en nuestro viejo y revuelto aeropuerto fraternal y lo conserva y cuida para que no se extravíe en la vorágine.

Me pregunto a cuál de todas las humoradas previsibles corresponde que el muchacho frente a mí lleve mi nombre ¿Un homenaje?¿un reconocimiento?¿una primitiva pelotudez de un irrespirable infantilismo?¿un chiste maquiavélico que no me extrañaría si no fuera tan áspero?

La vida me anonada.

—Este es tu tío León… El mayor de nosotros. El escritor. Como tu padre… escritor. La palabra es un bien de familia —nos presenta Ramiro como si diera un discurso en Diputados.

—Esto me hace acordar a cuando mi hija se apareció en Kenya —digo, por decir algo que me descongestione la garganta—. Así, un buen día, se materializó… También debe ser un bien de familia andar regando hijos por el mundo y dejar que nos los críen terceros ¿no? Después, cuando son grandecitos, nos salen a campear por el planeta.

—No te asustes, León —le dice Rami al chico frente a mí y escuchar mi nombre en otro es como un golpe en la clavadura del cuchillo—. Cuando se defiende, el humor se le pone especialmente horrible. Ya lo vas a ir conociendo. Tiene un humor de mierda, pero es un gran tipo que en este momento sufre una indigestión de puta madre.

—Vendeme bien, la puta que te parió —le contesto a Ramiro y el muchacho se ríe con un sano optimismo.

Me pregunto cómo será su voz o si la voz se hereda y, como la música, tiene la capacidad de apuñalar con el estremecimiento del recuerdo.

Antes de morirme, me levanto y me voy.  
Los dejo ahí.


(De: Todos mis monstruos, un monstruo)


Participan en este sitio sólo escasas mentes amplias

En tu cuarto hay un pájaro (de Pájaros de Ionit)

Un video de Mirella Santoro

SER ISRAELÍ ES UN ORGULLO, JAMÁS UNA VERGÜENZA

Sencillamente saber lo que se es. Sencillamente saber lo que se hace. A pesar del mundo, saber lo que se es y saber lo que se hace, en el orgullo del silencio.

Valor de la palabra

Hombres dignos se buscan. Por favor, dar un paso adelante.

No a mi costado. En mí.

Poema de Morgana de Palacios - Videomontaje de Isabel Reyes

Historia viva - ¿Tanto van a chillar por un spot publicitario?

Las Malvinas fueron, son y serán argentinas mientras haya un argentino para nombrarlas.
El hundimiento del buque escuela Crucero Ara General Belgrano, fue un crimen de guerra que aún continúa sin condena.

Porque la buena amistad también es amor.

Asombro de lo sombrío

Memoria AMIA

Sólo el amor - Silvio Rodríguez

Aves migrantes

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Feria del Libro de Jerusalem - 2013

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Café literario - Centro de convenciones de Jerusalem

Acto de fe

Necesito perdonar a los que te odiaron y ofendieron a vos. Ya cargo demasiado odio contra los que dijeron que me amaban a mí.

Irse muriendo (lástima que el reportaje sea de Víctor Hugo Morales)

Hubo algo de eso de quedarse petrificado, cuando vi este video. Así, petrificado como en las películas en las que el protagonista se mira al espejo y aparece otro, que también es él o un calco de él o él es ese otro al que mira y lo mira, en un espejo que no tiene vueltas. Y realmente me agarré tal trauma de verme ahí a los dieciseis años, con la cara de otro que repetía lo que yo dije tal y como yo lo dije cuarenta años antes, que me superó el ataque de sollozos de esos que uno no mide. Cómo habrá sido, que mi asistente entró corriendo asustado, preguntándome si estaba teniendo un infarto. A mi edad, haber sido ese pendejo y ser este hombre, es un descubrimiento pavoroso, porque sé, fehacientemente, que morí en alguna parte del trayecto.

Poema 2



"Empapado de abejas
en el viento asediado de vacío
vivo como una rama,
y en medio de enemigos sonrientes
mis manos tejen la leyenda,
crean el mundo espléndido,
esa vela tendida."

Julio Cortázar

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.
1a. edición - bilingüe