Apendicitis crónicas (las páginas colgantes)

TEORÍA DE LA PROSA - IRRESPONSABILIDAD DEL VERSO - IMAGINACIÓN DEL ENSAYO - INCERTIDUMBRE DE LA REFLEXIÓN

El lugar

 


 La calle es indisciplinada. Tan llena de escombro y estrago que bien podría no ser una calle sino apenas un trazo que se ha abierto empujando cosas para formar un borde, un corredor despejado dentro de un acúmulo variopinto que evita trepar por sobre él a hombres y vehículos pero que no permite más que un tránsito caótico en que se mezclan autos y rebaños con gente que anda a pie y que no se aparta frente a los bocinazos de los impacientes.

Todo es una ruina multiforme sobre la que flota ese polvillo que le es tan natural a los desastres y que, aunque el sol esté alto y lujurioso, oscurece la luz.

La ciudadela ha soportado angustias varias y se ha puesto fiera como se la ve porque la tensión de los que viven en esa sordidez empedernida es un animal que se respira dentro de su propia invisibilidad. Está ahí, dispuesto a todo, para sobrevivir. Está ahí, quieto, hecho de piedra translúcida, pronto a eclosionar en su esperado movimiento de defensa.

Hay una imprevisibilidad en todo lo que ocurre y que también resulta previsible, porque esa espira de miedo y de violencia ha atrapado a todas las personas en una rutina de reactivo terror.

Entonces, en esos momentos en que la calma parece el solapado presentador del cataclismo, la mejoría antes de la muerte y todos esos espacios de presagio, puede verse a la gente caminando hacia el mercado que ocurre en un área a cielo abierto donde se enfilan tenderetes estoicos; puede verse a los hombres en algún café, contándose minucias de la propia costumbre; o pueden verse niños que intentan todavía ir a alguna escuela que permanece en pie o que, simplemente, juegan a matarse en las calles, porque es lo único que han visto hacer desde su nacimiento. Hay muchos gatos que se procuran alimento y no hay perros que los espanten o que compitan por ese menester.

La ciudadela difícil tiene, además, sus barrios más difíciles, en los que resulta imposible entrar si no se conocen las consignas del caso o si no se domina de alguna manera el código que rige en sus murallas. Allí pasa de todo y mucho más de lo que pasa en las zonas donde los hombres aún beben su té o las mujeres caminan hacia el mercado. Las catástrofes están hechas de márgenes.

Haber hecho experiencia y saber cómo usarla cuando de esa experiencia se precisa es el mejor aliado para sobrevivir. Saber qué decir, cuándo callar, cómo callar. Saber enfrentar o saber bajar los ojos cuando no se debe enfrentar. Todo tiene su código específico que a su modo resuelve la vida de la gente y de todo aquel que lo conoce. Códigos extraños, en los que habita un increíble e incrédulo honor como un poco de ese polvo suspenso que todo lo cubre.

Hay lados en los mapas y sucede que un lado no consigue leer correctamente al otro, por eso se pierde en sus diversas anfractuosidades en vez de caminarlas como son. No hay terrenos más o menos difíciles si el hombre se adapta a esos terrenos sin intentar cambiarlos. Solo son terrenos. Otros terrenos.

No se puede nadar en roca sólida ni se puede escalar una marea. Pero el hombre se obstina en el dominio de lo desconocido y no en su comprensión. Comprensión y dominio no son la misma cosa.

Mientras camina, el hombre piensa en todo eso. Se van fijando en su propio mundo las imágenes, como en un álbum al que recurrir para cerciorarse de los hechos puntuales.

Su vida es su propia capacidad para la experiencia y él lo sabe y utiliza todo ese bagaje cada vez que ese bagaje es requerido. Lo utiliza de la misma manera práctica a como utiliza el arma que lleva sobre los riñones y bajo el faldón suelto de la camisa. Camina con soltura mimética entre gente que no lo mira pues no lo ve extranjero. Ese hombre se parece a todos. Es uno más que anda por la calle, camino del café donde lo esperan.

En su ruta a pie, se da tiempo para un pequeño intercambio de gambetas con un grupo de niños que están jugando al fútbol. Luego, prosigue caminando con un aire liviano, que el arma en sus riñones no entorpece porque él la siente como un órgano o un miembro más de su anodina anatomía.

Todos los que son como él andan armados por allí, aunque no lo parezcan. Los demás, son todos esos que forman parte de esa pátina de terror oscuro que habita y ensombrece.

En el café, alguien alza la mano. Los dos hombres se desean la paz, luego se besan y comienza la negociación.

 

(Fragmento de: Posición de combate)

 


 

Del trabajo de a-gente (y otras leyendas urbanas - tomo II)


 «Al final, soy un tipo al que le gusta escribir diarios para que sus demonios puedan vivir libres»

 

Bitácora del coronel

Todo el día sentí frío.

Mis compañeros dijeron que hacía calor pero yo sentía frío.

Es invierno acá.

Mis compañeros dicen que el lugar es cálido. El termómetro también lo dice.

—Mierda… hace frío —dije varias veces. Busqué un abrigo en el placard.

Hay mucha ropa ahí colgada y el espacio es estrecho.

Nunca viajo con mucha ropa. Al contrario. Viajo con lo imprescindible. Pero ahí está colgada la ropa de los tres. Parece mucha ropa, porque es la de los tres.

El departamento no es grande. Alguien ya había alquilado este departamento porque, en principio, era solo para mí. Mis compañeros se sumaron.

Estamos acostumbrados a convivir. Lo hemos hecho durante los últimos cuarenta años.

Nos arreglamos con el departamento, como si fuera una tienda de campaña. Estamos habituados a nosotros mismos.

Esta vez no les pedí que me siguieran. Ellos me siguieron, sin preguntarme si estaba de acuerdo. No tienen nada mejor que hacer. Al menos, eso es lo que dicen. No sé si es verdad.

Mateamos. Son las seis. Ni siquiera hay luz.

Me levanté primero y preparé el mate. Es como si los lugares tuvieran costumbres.

Mis compañeros se sumaron al rato. Mientras tanto, estuve solo y sentí este frío que se vino conmigo todo el día.

Ellos no entienden cómo puedo sentir frío. «Vos, que siempre estás a temperatura de combustión», dicen y se ríen.

Sonrío. No contesto. Soy poco locuaz. Además, lo que siento puede ser otra clase de frío. No les digo esto. Solamente lo pienso.



במשרד

El lugar está vacío.

Llegué temprano. Es una costumbre que tengo y con la que acostumbro acostumbrar a los demás a ser puntuales. Por lo menos, puntuales.

Choqué con la empleada de limpieza. Me miró un rato, después del saludo. Creo que la alteró que alguien llegara tan temprano, en medio de su trabajo. No hizo preguntas. Solamente me miró un rato. Después siguió con lo suyo, porque yo me encerré en mi parte de la oficina.

Cuando dejé hace un tiempo este lugar para ocuparme de otro, había orden. Ahora no.

La empleada terminó su trabajo y me avisó que se iba.

No es la que yo había contratado en mi asignación anterior. Es nueva. Su falta de curiosidad me alarmó.

Un tipo nuevo llega a un lugar como si fuera suyo, se mueve por él, revisa, husmea, no habla, solamente pulula ¿y no despierta curiosidad?

Le pregunté si no quería saber quién soy o qué hago ahí delante de ella.

—Es el Jefe de Redacción—dijo, con obviedad.

Entendió que el mío era el cargo jerárquico, porque esta oficina dentro de la que hablamos, es para el jefe. Le pregunté su nombre. Me dijo: María. Después repitió que si no precisaba nada más, ella se retiraba.

Le hice un gesto. Ella se fue.

De lo que yo dejé, no queda nada. Tampoco dejé tanto como para que alguien lo conservara. Ni siquiera el orden.

A la mujer de la limpieza se ve que los anteriores le dijeron que éramos una oficina de prensa o alguna cosa así como la corresponsalía de algún medio ignoto.

Lo de ser Jefe de Redacción me hizo gracia. Después reparé en que eso anunciaba el cartel de vinílico en la puerta de la oficina que ocupo. Un eufemismo.

No podría decir que me fastidió aunque sí me fastidió.

Estoy huyendo de ese cargo, puesto, peso, mochila, dolor. Intento regresar a mí y resulta que acá soy «Jefe de Redacción». Parece karmático.

—La puta madre que me parió —digo en voz alta. Vuelvo a notar que siento frío.

Mi nueva tropa comienza a aparecer.

Como todos los que no son míos, seguramente me conocen de oídas. La voz se corre, siempre. La gente se fabrica su propia película en base a lo que escucha. Después me ven y se desilusionan, porque se encuentran un «flaco de mierda, con cara de boludo y que parece que no mata una mosca». Por lo menos, ésta no doy el tipo tísico de la última vez, en la que el Polanit me dijo que parecía un pez disecado. Un pobre pescado. (Otro eufemismo de por aquí).

El que parece el más avispado de los que van llegando, toma la voz cantante y me presenta antes de que yo me presente. Se lo debe haber encargado el  «Jefe de redacción» anterior, el removido. Seguramente le habrá dicho: «Mirá que mandan a fulano» y el tipo hizo su investigación sobre mí y ahora está ahí y me presenta.

Aunque soy coronel, no se usa decir eso. Pero el tipo lo dice igual, como si tuviera un peso natural que debe ser resaltado. Algo que marque diferencia, jerarquía, alguna cosa así. En estos países, el rango cobra un sentido extraño, que gravita.

Todos me saludan. Estrecho las manos. Les dirijo una arenga breve, de esas en que solamente me interesa especificar lo que pretendo: «Conmigo, el que no mueva el culo, allá tiene la puerta».

El avispado, que parece también a esta altura el portavoz y por ende supongo que está destinado a ser mi segundo, me replica: «Sabemos cómo trabaja, coronel Aryaisz. No va a tener queja».

—Prefiero «jefe»…Esto no es el ejército —digo yo a mi vez.

De ese modo, comienza la primera jornada laboral, todos con las mascarillas puestas porque aquí la pandemia está en pleno apogeo.



Bitácora del coronel

¿Día dos? Debe ser.

Cuando uno anda de través, no te sale bien ni el mate. Digo que la pava eléctrica no calienta bien el agua. Antes de ofrecer el mate apunto que está asqueroso, tibio, uruguayo.

Los uruguayos empiezan tibiecito, como para no quemar la yerba. Tibiecito, casi frío.

Uno de mis amigos dice: «que no te oiga Beera» y replica que la pava eléctrica anda bien. «Ayer me puteaste porque el té estaba hirviendo», agrega y el otro apunta: «sos vos, no la pava».

Mis amigos confabulan junto a los electrodomésticos.

En «la corresponsalía», como le dicen a la oficina todos los que conocí en mi primer día como Jefe de Redacción, deben estar al tanto de mis manías, por eso de: «Miren que mandan a Fulano» y si mandan a un Fulano en reemplazo de un Mengano, lo que en realidad están reclamando es diligencia en los procedimientos y contracción al oficio. Algo que el tal Mengano no logró convenientemente.

Los de la corresponsalía le dicen «la corresponsalía» para no equivocarse al decir en qué trabajan. La repetición crea el hábito. Voy a tener que acostumbrarme yo también a decirle así.

Estudié los legajos del personal en el avión. A veces, no es el personal el que falla sino que falla el que lo comanda. Me ha pasado alguna que otra vez, con alguno que supo comandarme en estas encomiendas.

Volviendo a mis manías, cuando uno anda de través no solamente le sale para el culo el mate. Yo empiezo con la música, cuanto más lúgubre, mejor.

Espero que alguien con buena voluntad les haya avisado a los tipos a mi cargo que me encierro y le doy a la música como si se tratara de uno de esos interrogatorios densos en los que uno queda con la cabeza quemada y un temblor medio raro en el pecho, hasta que después de mucho de eso, puede arrancar lo que quiere saber.

La gente piensa que solamente el interrogado la pasa mal. Yo diría que es uno el que la pasa peor, si no usa «ciertos métodos». El desgaste es parejo pero uno se come el garrón de la impotencia durante el tiempo que le toma enterarse de que tiene que cambiar de recurso. Pero ese soy yo, el cabezadura, que no empiezo por el último recurso sin haber gastado toda la batería de los que me gustan a mí que son las pulseadas mentales sin violencia. Es lo que me ayuda a dominar la mía, mantenerla a raya, ejercitar la inteligencia y no el músculo. Si preciso ejercitar el músculo, le pego una serie de puñetazos a la bolsa de arena. Uno crece. Tarde o temprano madura.

«Quiero, sí, una bolsa de arena», dije, como condición para venir. Tengo mis extravagancias.

Con tal de que viniera, algún diligente de por aquí colgó una bolsa en el garaje y anexó una cinta para correr y una bicicleta fija. Yo no pedí eso, porque soy más bien de las dominadas. Y correr, corro al aire libre porque eso te hace libre.

Por lo menos era lúcido y no metió todo ese aparataje adentro, porque no hubiéramos conseguido acomodarnos.

Tiro la yerba y repito que el mate está hecho una mierda. «Qué mierda de mate», protesto frente al tachito de la basura, lleno de yerba.

—Che, saquen esto, carajo… Se va a llenar de mosquitas de la fruta —ordeno.

—Sacalo vos, que sos el primero que sale a laburar. Tomátelo como una rutina. Yo limpio y él cocina. Como en las vacaciones…



במשרד

Además de leer las desgrabaciones, pedí las cintas para escucharlas. Los tipos se lo tomaron como que yo dudaba de su capacidad para la transcripción. Pusieron su mejor cara de orto, pero me alcanzaron los pen sin chistar. Después escuché que uno le decía a otro: «Este debe pensar que porque vivimos acá no entendemos lo que escuchamos». Se referían al idioma de las grabaciones que ellos desgrabaron.

En cierto modo, es como dicen. Se les escapa una palabra y la cagaron. Se les escapa la única puta palabra que sirve entre un montón de pelotudeces, y la cagaron. A veces, apenas se trata de un matiz en la pronunciación, aunque el idioma sea el mismo y aunque el transcriptor sea un experto, como es, porque si no, no sería el transcriptor.

Los pendrive son un montón de pendrives. Voy a estar todo el puto día escuchando esta mierda. Y también los que siguen, porque son horas y horas. Por lo menos me alivia que los tipos monitorean bien. No son tan inútiles como me dijeron mis superiores, cuando me manifestaron la excusa de por qué me mandaban de nuevo acá, cuando para mí, «acá», era una etapa completamente superada.

Cuando el Primer Ministro hizo su célebre primera visita protocolar a estos lares, yo estaba al frente de la bitajón. Me fue muy bien, porque de las dos partes, país receptor y país visitante, hubo una buena sincronización. Pepita la pistolera será lo que será, pero es una mina con huevos y con ella se trabaja bien. A mí me gusta la gente que pone garra y que va al frente. En el frente, todos podemos cometer errores, pero estamos en el frente. No se puede decir eso de otros, que se quedan atrás y guardaditos y después te despellejan vivo.

Cuando uno tiene las ideas claras sobre lo que hay que hacer, aparecen todos los tibios a ponerte palos en la rueda y en el escritorio de tu superior se apilan las sugerencias de «remoción del cargo», solamente porque le tocás el culo al status quo.

Llamé a mi amigo, el otro coronel, y le dije que había vuelto.

Alguna vez trabajamos juntos, él en su función y yo en la mía, pero coordinados, porque el que sabe de contraterrorismo soy yo y hacíamos una buena dupla contra los narcos y la trata, cuando los tipos con los que se encolumna me contrataron porque los míos me dejaron en banda. Todo sea dicho, la cagada me la mandé yo, por exceso, no por defecto. Y aunque era una cagada menor, la superioridad siempre es ejemplificadora con mi clase de elemento díscolo, aunque después, cuando se les pasa la calentura, me manden a destinos complicados porque en esos me desenvuelvo de puta madre.

El tipo me dijo que teníamos que vernos. «Como no te vengas hasta acá», respondí yo. Igual quedamos en vernos como una buena expresión de deseo.

No voy a complicar a mis dos camaradas para que se pongan a escuchar toda esta pila de mierda. La cagada es que no puedo escuchar música al mismo tiempo que escucho hablar a esta gente capturada en los pendrive. Necesito escuchar música. Me resulta catártico y sanador.

No tengo un buen momento y por eso dije que sí a este trabajo. No porque me gustara la comisión. Igual, la encuentro divertida. A veces me agarran esos arrebatos y largo todo y me voy por ahí, a comisiones que de otro modo no agarraría.

Me pasó lo mismo aquella vez de Tánger. Me reboté mal. Emocionalmente, me reboté mal y dije: «sí, tiro todo a la mierda y me voy de la noche a la mañana». Y eso hice. Me fui de la noche a la mañana. Después escribí un libro con el título de lo que sentía: «Congoja». Era lo que sentía, pero en el título del libro acomodé eso un poco. Ahora me lo pidieron unos italianos para traducirlo a varios idiomas. Qué ridículo.

Ya no estoy en eso del escritor al que traducían. Ni siquiera puedo decir que esté en eso de «escritor», por más que en mi país me dijeran que tengo mi lugar asegurado en el Centro Amos Oz de Estudios Literarios, dependiente de la Universidad de la cual provengo y consolidado en la ciudad en la que vivo.

Cuando me lo dijeron yo dije: «cuando vuelva». Ellos dijeron: Najón.

Decía que me dan esos arrebatos raros cuando no alcanzo a defender esa parte de mí que yo sostengo que es noble. Esa parte hace agua y antes de que se hunda, reboto y la saco a flote. Lo hice toda mi vida. Lo violento y animal, salva a lo débil. Puro instinto. He aprendido desde muy chico a sobrevivir en las peores circunstancias, así que sobrevivo.

La vida me ha dejado unas cuantas taras que me quedan bien.



Bitácora del coronel

Día tres.

Los mates siguen estando asquerosos.

Uno de mis camaradas dice que es el agua. «Dejá de romper las bolas con el mate, Cuervo. Es el agua», dice.

Yo sé que no es el agua. «Ni el mate, carajo», digo, para mí.

He estado en tantos lugares que sé cuándo los sabores dependen del agua. Son otros sabores, no sinsabores, pienso.

A través de la puerta que da al patio, veo llover.

El patio es lindo. Está lleno de plantas. Creo que hace las delicias de mi otro camarada, el botánico.

En la casa voy viendo las cosas de a poco. Las descubro de a poco. En el trabajo, cuanto antes mejor, así que en dos días me hice prácticamente con todo el panorama. Es bastante parecido al que yo dejé, como si no hubiera habido nadie después de mí. Las cosas nunca son tan estancas. En estos asuntos, menos. En cierto modo justifico la urgencia de mandarme acá. Yo había movido mucho el avispero. Con los que me siguieron, parece que ni siquiera hubiera habido avispas.

Por haber movido mucho el avispero, mis camaradas tuvieron que llevarse a mi familia entre gallos y medianoche, para ponerla a resguardo.

Este es un trabajo para hombres sin familia. Tener una familia te condiciona, te sujeta, te vuelve un blanco. Antes había códigos y nadie se metía con las familias ajenas. Pero en este momento de guerras multidimensionales, no hay ninguna clase de código que no responda al «vale todo». No se salva nada y no se salva nadie.

A mí, los códigos me jugaron en contra muchas veces, hasta que hice la gran Groucho Marx: «Si no le gustan mis principios, tengo otros».

De todo se aprende si hay que sobrevivir. Incluso a cambiar los códigos, aunque, como siempre digo, la mierda también tiene los suyos.

No sé si quedamos todavía de aquellos que los respetaban.

Antes te consideraban un tipo que tenía honor. Un tipo «íntegro» entre sus colegas, vinieran desde donde vinieran. Ahora, uno mismo empieza a pensar que es un boludo si no se sube al tren en que viajan todos los demás y los empieza a tirar a las vías, como ellos harían con uno, sin dudar, cuando les toque.

En todos los ámbitos es igual. Incluso en los más íntimos, los más personales, es igual. Los que conservan sus códigos son los únicos que se joden.

Me voy a acostumbrar a los mates de mierda, como me acostumbro a todo. Tarde o temprano, las cosas que me joden empiezan a formar parte de mi vida y ya no veo diferencia con una vida mejor. Debe ser que tengo el poder de adaptación de un lagarto o de una cucaracha o de una rata. Algo deja de importar y se sigue así, sin que importe de nuevo y sin sentir la diferencia entre una y otra situación.

Me traje trabajo a casa. Las desgrabaciones son tantas que todos los momentos son necesarios para escucharlas.

Me calzo los auriculares pero mis camaradas dicen «no te pongas autista, escuchemos todos». Eso, en nuestro código, quiere decir que el barco es comunitario y que ellos no están aquí de vacaciones, sino para colaborar.

Nos acostumbramos a llamarnos por nuestros nombres de guerra. Si me preguntaran ahora cómo se llaman realmente mis amigos, tendría que ponerme a pensar. Llevamos demasiados años llamándonos de otra manera.

El Freaky, el Japo. El Cuervo soy yo. También tendría que ponerme a pensar cómo me llamo. Después de tantos alias, cualquiera de ellos puede ser mi verdadero nombre. Incluso el que uso ahora y por el que me conocen en la corresponsalía.

¿Qué conservo de mí?

No lo sé.



במשרד

Los tipos no perciben en mí alguien formal. Tampoco predecible. Están un poco como en ascuas, esperando a ver.

Quedan pocas desgrabaciones de lo que me interesa, así que ya tengo el panorama. Sé a quién tengo que sacar del tablero para cortar una de las cadenas. Rapidito que es uno para estos menesteres.

Como lo tengo claro, quiero verlo de cerca.

Cuando uno ve las cosas de cerca y por uno mismo en vez de verlas por los ojos ajenos, nota los matices que las explicaciones no logran traducir. Y a mí me gustan las certezas que me dan mis propias asociaciones con el objetivo frente a mí.

No es que no les confíe a estos tipos en particular, como dice el Avispa. Le puse así al avispado, para no decirle avispado. Cuando lo llamé por primera vez así, los otros se rieron. Dijeron que el sobrenombre le iba justo.

Repito que no es que no les confíe particularmente a los tipos a mi cargo. «Yo no confío en nadie, no es personal con ustedes», le expliqué al Avispa, que me dijo que habían hecho bien su trabajo.

Hablé sin alteración, sin que fuera una orden, como un comentario más, en un monotono que no sonara a excusa sino a lo que es. Una realidad.

El Avispa es joven. Me recuerda un poco al Polanit. Dispuesto, voluntarioso, un poco arrebatado. Le digo que este no es un laburo para arrebatos sino un laburo de extrema paciencia. «Los arrebatos de último momento te arruinan las mejores operaciones», le digo.

El Polanit me decía: «Usted donde va, hace docencia». Algo de eso hay.

Los viejos que hemos sobrevivido a todas las catástrofes, también hemos metido todas las patas, así que está bueno eso de apuntalar a los jóvenes que heredarán las guerras. No hay otra cosa para heredar en algunas familias.

Para obtener mis propias percepciones es que quiero ver de cerca el asunto.

El Avispa dice que me acompaña y yo le digo que no. «Dejame a mí», le digo. Pone cara de culo pero no se opone a su jefe.

Estoy distinto de la última vez.

La última vez era algunos años más joven y no había encanecido tanto. Tenía la barba retocada y prolija, casi como una sombra. Era otro cargo así que requería una fisonomía bastante más protocolar que la mía propia. Usaba corbata, el pelo corto y andaba con los anteojos todo el puto día, porque los anteojos te dan un aire formal, de tipo serio y culto que ocupa el cargo importante que le dieron en la Embajada. Digamos que te entrenan para cubrir el fisic du rol de todos tus servicios.

Ahora tengo bastante más canoso el pelo, pero ando con los rulos al viento y una barba que va para mosaica. También estoy un poco más rellenito que en mis días de enfermedad, en los que parecía un muerto viviente. Un pescado seco y embalsamado, decía el Polanit. Por entonces, nadie daba un centavo porque viviera hasta el día siguiente.

Digamos que me miro y me gusto en este papel. Hasta parece que tuviera menos años, que ya es decir. Entrenar todos los días ayuda a conservar en su lugar la carne que a los otros se les cae.

Frente al espejo, mientras me encajo los lentes de contacto (cosa que me va a obligar a llevar los de leer en algún bolsillo), miro a este que soy.

Como el que voy a conocer sea observador, va a notar la mirada. Uno no se puede sacar su propia mirada de encima. Es tan involuntaria como un tic, por más entrenado que estés. Por eso opto por los lentes de contacto, que te ponen extraños los ojos, casi estrábicos si los usás de color. Te hacen extraña la mirada, para que no te traicione.

Tengo los ojos negros, como buen tzabra. Un poco tristes y camélidos. Mi hija mayor heredó mis ojos.

De la colección de lentes de contacto, extraigo los de color miel de modo que ahora la mirada parece la mirada de mi gato. Me hacen profundamente boludo estos ojos de gato pachorriento. Para no verlos, los tapo con los lentes de sol.

¿Qué se ve de mí? Un madurito atlético e informal que viene por… Si tengo que hablar, algo se me va a ocurrir. Algún speech ad hoc.

De mí, se me ve justo a mí. Al que es realmente diferente del tipo de saco y corbata que quizás guarden las memorias. Sacando porque me encajé los ojos de mi gato, probablemente si choco con algún conocido, este va a gritar: ¡Cuervo, vos por acá! Espero que no. Que solo recuerden al de saco y corbata, con anteojos y aspecto intelectual, al que le gustaba hablar de literatura y de filosofía y era escritor.

Todo en mí es un era.

Salgo a la calle soleada y me voy a pasear por mi nuevo territorio.

Le encuentro, ahora que pienso en que este es mi nuevo territorio de caza, funcionalidad al color de lentes que elegí. Es de gato, sí, pero de esos grandes gatos del África. Los somnolientos y tardíos ojos de un depredador.

צבר

 


—Tu deseo era participar en una guerra como tu último servicio antes de dedicarte directamente a la reserva ¿verdad?¡Voilà!¡Cumplido tu deseo! —dijo el genio que habitaba en el cóctel molotov, al ser liberado.

Luego, se fue por allí, a cumplir otros deseos parecidos al que acababa de cumplirle a él.

No alcanzó a ver al genio. Solo escuchó su voz hablando en su cabeza, como ahora escucha el breve crepitar del agua caliente cuando cae y resbala por su cuerpo, limpiando pátinas que nunca conseguirá limpiar.

Levanta el rostro y el agua golpea sus ojos y desliza entre sus labios. Puede percibir el sabor de esa infiltración sobre la lengua pero se queda así, sintiendo la invasión del agua en un país sin agua como es él.

Desnudo y encharcado ahí, no espera nada. Solo dejarse estar un rato blanco, sin pensamientos, sin sonidos, sin él. Dejarse estar con desconocida mansedumbre, con inaparencia, convirtiéndose en barro corroído que pronto se irá por el desagüe a las cloacas a las que pertenece.

Separa los brazos y apoya las manos sobre la pared de ese cubículo de ducha ya colonizado por el vapor como por una niebla blanda que todo lo distorsiona. Se oculta ahí, en esa nube cada vez más densa, con los ojos cerrados y el agua sobre él.

Una evasión. Eso es el momento. Una evasión y luego, la realidad ahí, golpeando esa brumosa luminosidad del vapor para romperlo como se desgarra un algodón de azúcar a devorar.

—Nuestro defecto es que nos han enseñado a cuestionarlo todo. A hacernos preguntas y a hacer preguntas sobre todo y a poner en tela de juicio absolutamente todo. Somos incómodos y pertenecemos a una raza incómoda que además, no se calla… tzavar.

—¿No me decís Aivan?

—¿Tengo razón? Claro que la tengo, tzavar.

—Mejor tzabra, Benedict, como me dice el Freaky. Conmigo no necesitás hablar hebreo. Yo no tengo ganas de hablar.

Sucede otra vez el silencio. Sucede el agua, el vapor, la diminuta inexistencia que uno mismo se prodiga en la evasión a lo irreal.

Entonces, llegan las manos y los brazos, que recorren y abrazan la desnudez y establecen un dominio suave sobre el cuerpo del otro que está ahí bajo el agua.

Se gestan en el movimiento de la bruma y se materializan en el ademán conocido y reparador de la carne tangible, depresible, sedosa en su ansiedad.

Las manos acarician y los labios se beben unos a otros el agua que los moja con su viejo sabor que una vez más renace y se sostiene en ese inapelable nudo de las lenguas.

La mujer, empapada y perfecta, le sostiene a él el rostro delante de sus ojos, un instante. Luego, con exigencia mínima, casi obligatoria, le inclina la cabeza sobre su hombro y sobre su pecho hecho con pequeñas manzanas, a ese hombre indefenso de preguntas que no tienen respuesta. Y lo deja llorar.

Siempre pasa algo así cuando él regresa.

 

 

La estrella tatuada

 


Al desamparo de tu voz
le sumo esta prodigalidad de calendario
con días sucesivos que nunca acaban bien
porque la ausencia
esa ausencia tuya entre mis sombras
deja un hueco en el aire
donde no afilan sus rutas las estrellas.

Ha pasado otra luna
de aquellas que compartimos en Tin Iggi
como costas extrañas
besándose de mar sus escolleras.

Quizás te asombren mis delicadezas de aborigen
cuando te ofrezco
esas gotas pálidas de la sangre con que muerdo los verbos
atrapados
en viejas serpentinas de memoria

pero puedo permitirme los desasosiegos
si te pienso en tu noche de amapola desnuda
o de rosa de una plata invicta
que me corta las manos.

Todos encontramos algo por qué vivir
el tiempo que nos queda.

Y en eso estoy. Bebiendo de tu lengua
el limpio resplandor
que abre la noche.


Será tu estrella cruda en el tatuaje
sangriento de mi mano
que al apretar la voz contra la garra
licuó la oscuridad
y hubo un momento de vibración y luz
todo latido

(la ira también late en la garganta).

¿Un choque eléctrico? Esa voracidad de la imanencia.
Los que son de su pueblo se buscan la mirada,
los que son de su raza reconocen el giro de la boca
cuando ríe o blasfema
y dan, luego de tanta búsqueda, con el ser semejante.

Últimamente escribo para vos.

Ya lo he tenido todo y mi camino no pasa por ahí.

Ya he sido carne de la fama y de los fans
y me he regodeado en cuanta cama se me puso a tiro
porque la fama es una llave dulce
que te abre puertas dulces.

Mi camino no pasa para ahí
y últimamente escribo para vos,
porque me importan nada los caídos del guindo
como yo les importo nada a ellos.

Escribo para vos, para tus ojos, para tu voz, para tu regocijo.
Escribo por deberte algo más que mi vida.

Escribo por deberte la esperanza que me acompaña la placidez de viejo
que me ha domesticado la impaciencia.

Es verdad, escribo para vos, cada palabra.


Cierro el atardecer y su silencio
se vuelve en cierto modo reflexivo
sobre estas viejas, nuevas contingencias.

El sabor de tu olor es un planeta ausente
en el que embriagarse
sin estrategias y sin culpas,
lo mismo que en la sangre que arremolina el odio

-o el dolor-

y yo recurro siempre a esa taberna perfumada y tensa,
oscuramente mía como mío soy yo,
para beberte,
a solas, con compulsión de ebrio que ha llorado.

Tengo días en que viaja por vos mi mal amante
y entiende mal el alma de tu beso
que en mis labios
regresa los mordiscos como el hambre regresa a la inconsciencia.

Pero ahí estás, con esa superioridad demoledora
que me transforma en una bestia dócil
reencarnado en el Catulo de sus Cármenes
y el tenso amor por Clodia.

Me pregunta la piel si estás conmigo
en mis ratos estrechos de hombre bueno.

Quiero pensar que el mal
es solo un tiempo en que tu voz me llama a reciedumbre
y yo, feroz,
me aplaco entre tus dedos como una nota larga
una nota final
que cierra un ciclo.

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Desde esta patria joven que se engalana para la batalla,
se perfuma con su nueva pólvora
y se pinta la cara con el polvo de hueso de sus muertos,
te escribo a pie,
migrante de tu labio y tu pisada,
desde una cárcel de piel a otra de luz.

Presos de otoñecer, rodamos leves junto al precipicio
para mirar el fondo de la vida ahora que está cerca,
como locos y obsesos espeleólogos
que investigan sus huellas de ceniza
levantadas al aire de diversos infiernos.

Dejé de hablar de tumbas
cuando descubrí el cielo encima de ellas
y puse algunas piedras sobre mi propia lápida
enterrando la furia y el desmán.

Cuando me conociste era violento,
de mar gruesa sin velas
que rompía
entre sus manos de ola subterránea
a las barquillas suaves de esas con gaviotitas blancas

y ahora,
aquí estoy
con una diafanidad inconcebible en su impudicia
desnudo en mis tatuajes y en mis mapas

sintiéndome una tierra conquistada en favor de la siembra.

 

Participan en este sitio sólo escasas mentes amplias

Uno mismo

En tu cuarto hay un pájaro (de Pájaros de Ionit)

Un video de Mirella Santoro

SER ISRAELÍ ES UN ORGULLO, JAMÁS UNA VERGÜENZA

Sencillamente saber lo que se es. Sencillamente saber lo que se hace. A pesar del mundo, saber lo que se es y saber lo que se hace, en el orgullo del silencio.

Valor de la palabra

Hombres dignos se buscan. Por favor, dar un paso adelante.

No a mi costado. En mí.

Poema de Morgana de Palacios - Videomontaje de Isabel Reyes

Historia viva - ¿Tanto van a chillar por un spot publicitario?

Las Malvinas fueron, son y serán argentinas mientras haya un argentino para nombrarlas.
El hundimiento del buque escuela Crucero Ara General Belgrano, fue un crimen de guerra que aún continúa sin condena.

Porque la buena amistad también es amor.

Asombro de lo sombrío

Memoria AMIA

Sólo el amor - Silvio Rodríguez

Aves migrantes

Registrados... y publicados, además.

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Feria del Libro de Jerusalem - 2013

Feria del Libro de Jerusalem - 2013
Café literario - Centro de convenciones de Jerusalem

Acto de fe

Necesito perdonar a los que te odiaron y ofendieron a vos. Ya cargo demasiado odio contra los que dijeron que me amaban a mí.

Irse muriendo (lástima que el reportaje sea de Víctor Hugo Morales)

Hubo algo de eso de quedarse petrificado, cuando vi este video. Así, petrificado como en las películas en las que el protagonista se mira al espejo y aparece otro, que también es él o un calco de él o él es ese otro al que mira y lo mira, en un espejo que no tiene vueltas. Y realmente me agarré tal trauma de verme ahí a los dieciseis años, con la cara de otro que repetía lo que yo dije tal y como yo lo dije cuarenta años antes, que me superó el ataque de sollozos de esos que uno no mide. Cómo habrá sido, que mi asistente entró corriendo asustado, preguntándome si estaba teniendo un infarto. A mi edad, haber sido ese pendejo y ser este hombre, es un descubrimiento pavoroso, porque sé, fehacientemente, que morí en alguna parte del trayecto.

Poema 2



"Empapado de abejas
en el viento asediado de vacío
vivo como una rama,
y en medio de enemigos sonrientes
mis manos tejen la leyenda,
crean el mundo espléndido,
esa vela tendida."

Julio Cortázar

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.
1a. edición - bilingüe