Apendicitis crónicas (las páginas colgantes)

Teoría de la prosa -irresponsabilidad del verso -imaginación del ensayo -incertidumbre de la reflexión

Paisajes


Pienso en su pubis negro, frondoso, selvático.
Un triángulo espeso, la ladera de un volcán lleno de musgos calientes sobre el que nunca cae luz.
Pienso en su maraña de hebras y anillitos, como en una hierba olorosa a compos pero reseca al tacto.
Su pubis es un animal de pelo vegetal, extrañamente tupido e hirsuto, que se curva hacia un foso y derrapa en un río.
Debajo hay una gruta que oculta una sirena.


*


La boca de Caribdis tiene los labios flojos como los perros bóxer.
Flojos y arrugados, como si pertenecieran a una mueca marrón, oculta, que se muestra en contadas ocasiones de devorar perdidos Odiseos.
Protegida, Caribdis es una arruga de carne que se abre, blanda y lubricada, como el cáliz de una planta carnívora.
Chorrea miel esa boca remota.
Una miel filante, suavemente salina, como un mar pegajoso.


*


No sé que sabor tiene tu mar, pero me gusta su tacto encima de la lengua y los ruidos de tus habitantes legendarios.
Espeso, se mezcla en mi saliva, una vez y otra vez, surgiendo de la caverna como la húmeda voz de la sirena.
Para ser ciego cierro los ojos.
Y entonces, mis dedos exploran a través de ese mar, las paredes carnosas de mi muerte.


(De: Nueve escenas de sexo - Microcuentos - ed. 2008))


6 comentarios:

  1. Tengo mala noche, Sarito, así que en vez de saludarnos, hoy te abrazo directamente.

    Todâ rabâ

    ResponderEliminar
  2. puta Akhen,aquí si precisa oreja,ta?abrazo fuerte

    ResponderEliminar
  3. Ya sé. Lo mismo vos ¿eh? Para eso están los amigos, Sarito.

    Todâ

    ResponderEliminar

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Hubo algo de eso de quedarse petrificado, cuando vi este video. Así, petrificado como en las películas en las que el protagonista se mira al espejo y aparece otro, que también es él o un calco de él o él es ese otro al que mira y lo mira, en un espejo que no tiene vueltas. Y realmente me agarré tal trauma de verme ahí a los dieciseis años, con la cara de otro que repetía lo que yo dije tal y como yo lo dije cuarenta años antes, que me superó el ataque de sollozos de esos que uno no mide. Cómo habrá sido, que mi asistente entró corriendo asustado, preguntándome si estaba teniendo un infarto. A mi edad, haber sido ese pendejo y ser este hombre, es un descubrimiento pavoroso, porque sé, fehacientemente, que morí en alguna parte del trayecto.

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Porque todos los cuervos alguna vez fuimos solamente pichones y durante cuarenta días volamos debajo del diluvio yendo y viniendo de la tormenta al Arca, los laureles siempre se los llevan las palomas.