Diario de Samuel


Tan aceitoso como embetunado, Domingo era petiso, muy petiso y muy flaco, aunque tripudo como un pez barrero o un chiquito de Biafra, con una calva brillosa y grasa rodeada de pirinchos erráticos, separados por la misma grasitud de la calva o por mugre atrasada que le daba aún peor aspecto.

La abuela lo llamaba “el petiso ese”.

Cuando hablaba de él, su rostro transmutaba hacia una fealdad agresiva y neurótica. Su mano de acariciar se volvía un gancho rabioso que señalaba con saña la puerta de entrada. Decía: “no quiero ese diariucho en mi casa”, como si rugiera desde un agua ronca, quebradiza, electrizada por miles de pirañas con hambre.

Luis Casterán recibía “Nuestra Palabra”, el órgano de prensa del Partido Comunista, porque Luis Casterán había decidido esa militancia más por un romanticismo idealista que porque lo sedujeran las directivas rusas.

Era obrero, hijo de otro obrero también idealista, al que el anarquismo –según decía la abuela– le había ocupado de tal manera el corazón que hasta la expulsó a ella de él y bajaba la voz para decir aquello de “a mí y a su hijo nos expulsó del corazón de Santo el anarquismo”. Un día lo mataron. El anarquismo, entonces, también la dejó viuda y extranjera.

Crió sola a su hijo, porque era una mujer de fe rotunda y de iglesia diaria.
Santo, desde la tumba, pudo más que el Rosario y la Novena y Luis se fue transformando (como su padre hubiera deseado) en un batallador aspirante a la justicia social y a la igualdad frente a la ley –convertido en una bestia de tracción a sangre–.

Los ideales lo hicieron comunista, no el Partido. La juventud, la época, las ganas de servir a los demás lo hicieron comunista, no el Partido.

Pero el Partido le mandaba ese folletín magro, con páginas de papel prensa que olían a tinta de mimeógrafo de altillo. Un clandestino bicho de papel que “el petiso ese” filtraba bajo la puerta, amparado en las sombras nocturnas, como un virus o un gas neurotóxico que llegara apremiante desde la Primera Guerra, a la trinchera en la cual la abuela resistía.

La abuela repetía: No quiero ese diariucho en mi casa.

Luis tiraba los cubiertos, la servilleta, la rabia, todo como un paquete encima de la mesa y a tientas en la oscuridad atravesaba la casa para abrirle a Domingo y recibir lo escrito con ese penetrante olor a tinta fresca, como si el diario humeara un elixir urticante, furioso, que se pegara a los ojos y las manos que entraran en contacto con él.

Domingo olía como su folletín u olía peor, a rancio, un rancio olor dulzón y pegajoso que en comunión con la tinta picante formaba una cataplasma en el olfato.

Tenía una voz finita, de gallo ahorcado, chillona como el color rojo que usaba en los labios la puta del pasillo que lindaba con la casa de la abuela y que le hacía sonrisas asombrosas a Luis, cuando él llegaba de la fábrica.

Las sonrisas de la puta lo ponían incómodo delante de su hijo, aquellas veces en que iba a buscarlo a la escuela él y no la abuela. Entonces lo empujaba hacia el interior, con un manotazo sólido, diciéndole casi con rabia imperativa: Andate adentro, Lauchita, andá para adentro.

Domingo esperaba que Luis abriera la puerta, siempre mirando alrededor como si lo corrieran los fantasmas.

Lauchita había visto aquella escena todas las veces en que su abuela lo mandara –porque como era una “lauchita” no se veía pancita abajo arrastrándose por el corredor– para impedir la entrada del diariucho por debajo de la puerta.

Entonces, Lauchita se arrastraba en la oscuridad y ponía las manos contra el espacio entre la puerta y el piso, de modo que el folletín se trabara y Domingo no pudiera meterlo en la casa.

Domingo probaba una y otra vez, mirando como loco a todas partes, nervioso y lleno de rabia, maldiciendo con su voz finita que se afinaba y afinaba como un hilo estirado. Insultaba, gruñía, amenazaba.

—Ia va a ver...cuando le diga a su padre...Ia va a ver la que le espera cuando le diga a su padre que me hace ésto. Io sé que está ahí, Lauchita. Io sé que es usted.

Pero las manos eran un dique sólido en la oscuridad, una pared, una muralla.
Domingo se retiraba al fin, amenazando con su voz de gallo que se ha quedado ronco y que además es tuerto –Lauchita se lo imaginaba así– y se alejaba por la calle, llevándose su miedo a los fantasmas y Nuestra Palabra, en un morral oscuro que le colgaba sucio desde el hombro.

La abuela surgía de las sombras, abría los brazos y decía: muy bien, Lauchita, muy bien. Yo no quiero ese diariucho en mi casa.

Los brazos de la abuela eran como toda una casa entre las sombras.

(De: Zonas inexactas)
Publicar un comentario en la entrada

Chocolate bombón