De las cartas cerradas y otras incoherencias (toma III)


No title

Algo me hizo temblar y quedé ahí, con toda esa sensación de haber olvidado el roce, encallada en las partes de mí que ya no nombro.

No las nombro porque sería admitir que existen y lo que es aún peor, que son capaces de temblar al roce de algo que se parece mucho a un espejismo. Pero alargué los dedos para recuperar la veracidad.

Ella, la de espalda de árboles y las casas en ruinas, estaba interpuesta entre el espejo y yo, como un poco de luz dentro del agua.

Me vi dos veces. Una de ellas temblaba.

Reconocí al de allí, con el invierno nevándole ese aliento que contiene el sollozo y la súplica.

 Ese soy el que siente, el que está roto en todos los espejos que no tienen azogue, el que no quiero ser porque no soy cuando soy este que lo mira y que casi lo escupe como a una cicatriz a la que odia.
Le hablo a la luz que nieva en la espalda de las heridas que parecen árboles:

- No tenías que llegar cuando apenas consigo endurecer mi trazo en el espejo.
- No tenías que llegar desde la lluvia o desde el tren o desde la ansiedad de una resurrección o desde el equipaje que dejé por ahí para escapar de esto, justamente.
- No debería haberte hecho visible.

Tengo que resolver este antojo brutal por tu perfume a cáscara que vuela.
Y no sé cómo.

(De: Hojas de sombra)
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