El agua en el aljibe



Somos pozos que duelen.

Ella y yo somos pozos que duelen la vastedad del gemido en la roldana de bajar al fondo.

Pozos donde la luna es sólo un espejismo. Concéntrico espejismo hecho al absurdo de sus propias esferas luminosas, que se proyectan lejos, inacabadas y sucesivas, como oleadas de este mar que miro y que me atrae.

Todo es oscuridad alrededor.

Todo es profundo.

Todo es abisal como son las torturas que no cesan hasta que la conciencia se evapora.

Vivir es algo así. Una sufredumbre que late mientras levanta el puño y mientras grita y a veces, mientras hace el amor. No es otra cosa que una sufredumbre que perdura en los actos y en todos los sueños inconclusos y en los no concebidos. También en los malogrados y en los marchitos. Casi no quedan sueños.

Y luego llega exacta esa turbia angostura que hace al horror vacui de los instintos. Resulta muy difícil abandonarse solo a la inclemencia adusta de la vida.

Regresa entonces esa entidad de pozo. Esa búsqueda de la profundidad que exige el código al que uno se aferra con su sobrevivencia de muriente. Todo está ahí, lo mismo que la sed y lo mismo que el agua. Bucear. Buscar la perla de ese ser del fondo que somos en el fondo de las tablas de nuestra propia ley y emerger, como un grito que no escuchará nadie.

O sí.

A veces, surgen del fondo dos gritos emigrantes y se reconocen al desplegar las alas, en un aire que se ha quedado en ruinas.

Ella y yo, en realidad, somos dos hondos pozos que de repente se volvieron pájaros. Pero que no aprendieron a volar.


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