Caballos de vapor




A veces siento que soy una civilización poderosa que ha resignado sus murallas y ha delegado al aire su poder. He sido poderoso en lo que hacía; fuerte, notable, indiscutidamente diferente del resto. De mí se hablaba con respeto, con reconocimiento. Todavía hoy.

Yo he elegido las ruinas. He elegido otros rumbos y me he ido de mí, de ese poder que da ocupar la cima brillante cuando asoma el sol y que brillará con candilejas en las noches, inagotablemente.

Me he ido. He dejado los brillos al costado. Los he dejado entre lo que no uso y no sé usar.

Me han otorgado otra medalla. También hay medallas y brillos en el otro lado de los brillos. Se la doy a mi hijo más pequeño. Es tuya, es para vos, una medalla.
Tengo muchas medallas. Demasiadas.

También me he graduado con honores hace pocos días. Todavía se hacen capacitaciones a mi edad. Indispensables, dicen. No para nosotros, los graduados, sino para ellos, los que nos las dictan. Quieren asegurarse que ante cualquier contingencia de este mundo que nos es tan hostil, nosotros sacaremos cualquier papa del fuego, sin importar el costo.

Fui felicitado por mi alto desempeño. Regreso de morir. Estás intacto, espléndido, dicen asombrados. Seguramente esperaban cierta decrepitud mental que acompañara la física. Intacto, idóneo, espléndido. El mismo de siempre, dicen. Estoy rengo, digo yo. Las fracturas llevan su tiempo, dicen. Sonríen. Me palmean. Algunas no curan jamás, pienso. No lo digo.

Me he graduado con honores y voy a ocupar un cargo que no quiero en un trabajo que no me necesita. No a mí. Quizás a otro. No a mí.

Ellos insisten en que mi nombramiento es como un premio, como una medalla. Como una cumbre brillante sobre la que da el sol. Los buenos montañistas como yo entrenan toda la vida para llegar ahí.

Hablo con mis amigos que se ocupan de allanar contingencias domésticas en el país al que fui destinado y al cuál no quiero ir. Trabajan duro preparando mi entrada triunfal a ese otro universo en que se arrojan alfombras sobre el barro que subyace debajo, como todo lo que se barrerá después también allí.

Tú tienes un perfil muy alto para pretender que sea bajo, dicen. Eres de perfil alto. Es tu característica, dicen. Eres competitivo, fuertemente resolutivo, de alta performance, dicen. Un auto de alta gama, digo yo, que añora ser un Citröen 2CV.
Nadie escapa a su naturaleza, dicen. Sólo la educa un poco.


 (De: Del trabajo de a-gente y otras leyendas urbanas)


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