Apendicitis crónicas (las páginas colgantes)

TEORÍA DE LA PROSA - IRRESPONSABILIDAD DEL VERSO - IMAGINACIÓN DEL ENSAYO - INCERTIDUMBRE DE LA REFLEXIÓN

Caída de las patrias



El día después de ayer


—Sí, acá estamos y este tiene otro ataque de esa música de mierda que escucha él… —dice el hombre que habla por teléfono ya fuera de la habitación y en la frescura del balcón que da sobre una noche intensamente verde— Sí, una de esas. —afirma luego, corroborando lo que contesta su interlocutor a la distancia— Yo le pregunto si no le hace mal esa música… porque te pone mal, te altera los nervios, pero ya sabés como es, dice que no… Y sí, capaz que escucha esa música de mierda para bajar los decibeles de su propia alteración… Menos mal que se consiguió unos auriculares acá, porque los de él se los olvidó allá y ahí está, en su planeta de música, volviéndose loco con él mismo y con esa música de mierda.

El hombre que está en el balcón que da a la noche gira los ojos y mira a su compañero dentro de la habitación que comparten. 

—Te digo que no sé qué le pasa… —repite, fastidiado,  respondiendo a los requerimientos de su interlocutor en la distancia— Si supiera qué le pasa, ya lo habría solucionado yo, pero así… está en esas etapas de cuando decide volverse loco solo y no te deja entrar. Vos sabés bien como es cuando no te deja entrar. No se puede entrar y listo. Hagas lo que hagas, es imposible saber qué mierda piensa o qué mierda siente. 

El hombre en el balcón confía en que su compañero está absorto en la música y que esa música lo aturde, lo aisla, lo separa de cualquier intromisión que quiera penetrar en ese mundo tan exhaustivamente suyo.

—No… ni siquiera escribe. Si por lo menos escribiera, me enteraría de qué carajo le pasa ahora que no le haya pasado quinientas mil veces antes.

Lo que siente el hombre en el balcón no es fastidio. 

Gira otra vez sus ojos de expulsado del ámbito que momentos antes fue común y encuentra la mirada del hombre atrapado en ese, ahora, ámbito sonoro. Lo ve atrapado allí, casi como un sobreviviente de naufragio hace suya una isla a la que nadie del naufragio alcanza.

El hombre en el balcón mira los ojos que desde su posición, también lo observan. Ve una fogata. Ve una fogata que apenas llamea en una isla. Y porque ve una fogata cruza el espacio entre el balcón y la habitación, aún con el teléfono en su mano.

—Después te llamo, Freak —casi susurra.

Se ha dado cuenta que sobre la fogata que él observa,  llueve. Y que sin apagarla, solo llueve.



(De: Caída de las patrias - ed 1999)

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Hubo algo de eso de quedarse petrificado, cuando vi este video. Así, petrificado como en las películas en las que el protagonista se mira al espejo y aparece otro, que también es él o un calco de él o él es ese otro al que mira y lo mira, en un espejo que no tiene vueltas. Y realmente me agarré tal trauma de verme ahí a los dieciseis años, con la cara de otro que repetía lo que yo dije tal y como yo lo dije cuarenta años antes, que me superó el ataque de sollozos de esos que uno no mide. Cómo habrá sido, que mi asistente entró corriendo asustado, preguntándome si estaba teniendo un infarto. A mi edad, haber sido ese pendejo y ser este hombre, es un descubrimiento pavoroso, porque sé, fehacientemente, que morí en alguna parte del trayecto.

Poema 2



"Empapado de abejas
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