Búsquense su voz, no usen la mía

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Presentación del hombre

De madrugada - Patxi Andion



Me matará el ir de frente y decidido
y esta inútil fuerza de macho convencido

Parafraseando a Serrat

Parafraseando a Serrat :

"La verdad no es prepotente. Lo que no tiene es remedio".

sábado

La tierra de tu nombre



 Poema de Adamit

En la mínima geografía de tu magia
hay una poma con dulzor maduro
erguida y santa como una espiga para pan del Templo
en esas horas en las que Dios acude
pródigo
a los labios de todos los que hablan de la sed.

Ya eres ese pequeño terruño del cultivar del día
y bendices al sol que te bendice
con su claro andamiaje.

Se recorre tu nombre con fructificaciones y con ríos minúsculos
como una plegaria dicha a solas
y murmurada como la voz que ocupa las semillas
en las tardes donde ya no otoñecen las nostalgias del hombre.

Yo supongo que abrirás el silencio y la luz
como una clarinada llena de pájaros terrestres
y altos
altos pájaros terrestres con voces de abubillas
ocupando el azul como una ola de alas
 sobre nuestras extrañas esperanzas de árboles
que van envejeciendo sin temor.

Creo, además, que tu nombre es una bahía verde
donde confluye la historia del silencio
transformándola en sauces
de los que nacen peces mediterráneos y nadadores
para mi patria personal tan cansada de que el sol no le ocurra.

Por último, tu nombre es una habitación donde guardar
los últimos conjuros y las prioridades apetitosas
como el bastimento de los que van a quedar solos
con la misión de repoblar la vida.

Ahí estarás, hecha toda de fecundidad y resplandor
y quizás
aceptes mi rodilla en el mínimo cuenco de tus manos
de "tierra pequeñita".


lunes

Esos lugares que quedan lejos del corazón




“Cuando ellos se conocieron, los dos estaban solos. La de él era una soledad compuesta de soledad  y de violencia. La de ella era una soledad donde acampaba un hambre que despacio se quedaba sin dientes.
Yo, por entonces, tenía una novia que era sólo mía. Él nunca me la disputó ni ocupó mi lugar porque entendió que la novia que yo me había buscado necesitaba de alguien como yo y no de alguien como él. Se lo agradezco, porque no llegó a hacerle nunca daño. A su modo, la cuidó para mí.
Luego ella murió y yo también me quedé solo y ya no me fui buscando novias que no fueran para compartir. Toda la vida compartimos todo de una manera natural aunque las mujeres siempre las proveyó él, dado que con mi primera elección (y debo decir en mi favor que era muy joven) fallé de plano. Nos divorciamos –ambos y enseguida– de una francesa hermosa que se asustó de él y sufrimos los dos, no solamente yo. Sufrimos, digo, porque él se volvió mucho más él después de aquella herida que recién ahora, luego de treinta años se ha curado en nosotros.
Esta mujer de hoy es toda suya aunque a veces ella apele a mí para que imponga la cordura en ambos”.



Tengo a esta mujer madura y rubia montada sobre mí.

Su piel entre mis dientes es la ruta de un canto que se ahoga y, su boca,  su boca es una vulva y su vulva una boca, y ambas se abren con algo de flor ácida, para mi lengua que explora en la humedad. Murmullan suavemente una pasión grávida que yo he ido olvidando en este largo tiempo de no explorarla al borde del desastre.

Ella me llama “mi bestia dolorosa” cuando busca que el sexo le haga daño. Tiene algo de sadomasoquista su cintura que ya no pueblan hijos y su fuerte cadera leonina, de hembra de pradera que anda cazando a un macho por las sábanas.

Sus pechos son macizos y constantes, con un sabor ligero a grasa humana que me gusta lamer con lentitud. Lamo y lamo sus pechos como masas sudadas, manoseadas y tensas, que mis manos estiban en mi boca con juegos simples que la hacen reír.

Ella también me lame. Con su lengua y sus ojos me lame la piel y las ideas, agazapada como un devorador. Tiene ojos densos por los que asoma un clítoris mental que mis ojos provocan al orgasmo. Mucho hay de mental en nuestra química aunque parezca toda hecha de piel.

Hay más mente que piel en nuestra química, como una fantasía que podemos realizar más de una vez y siempre a nuestro gusto porque ni ella ni yo somos monógamos, aunque quizás tengamos algo de endogámicos.

Pertenecemos al mismo grupo de desajustados y nos comportamos como tales, en la cama y la vida por igual, aunque ella es más formal que yo de cara al sol. Sin embargo, cuando estamos solos, me permite que explore los espacios que la religión ha prohibido. Entonces practicamos  el ver cuánto puede tener de rabia el sexo y hasta dónde somos capaces de llegar al provocar y recibir placer.
Siempre llegamos lejos, a veces demasiado porque lo nuestro es ver quién es el dominador y quién el dominado, ya independientemente de lo que uno y el otro representan en otros escenarios que no quedan aquí.

Yo soy el más fecundo si ella busca dolor. Y ella es la más sabia para ciertas torturas con las que el oficio que ejercemos nos tienta por igual.

Es buena torturando pero yo como torturado soy atroz porque el juego se transforma no ya en una puja con esa mujer que me tortura, sino conmigo mismo que resisto y así los roles cambian. Ella se frustra y yo me fortalezco una vez más.

Es raro que caigamos en lo convencional de dos amantes que se reencuentran, porque nuestra relación es laboral. Por eso me asombra cuando esa boca suya, entreabierta y acústica, vuelve a quebrar su voz sobre mi pecho con un: “Te extrañé tanto, tanto. Te amo tanto”, mientras sus ojos lloran.

Yo cierro los oídos y los labios y mastico el quejido como una implosión liberadora de todos los anclajes, allí, donde esta mujer rubia se derrumba conmigo en un derroche de cuerpos satisfechos.

Prefiero no pensar en sus palabras, ni siquiera ahora que ambos respiramos esta calma sobre la piel viciosa que va perdiendo agitación despacio, porque las palabras que esta mujer ha dicho no están en el libreto ni son parte del show de los orgasmos, de esos orgasmos que provocan que una hembra –a la cual no amamos– se abra y a pesar de nosotros, nos diga su verdad.

(De: Animal de tormenta - Los diarios de Aivan Jaid)

sábado

Quitina express




“Quizás debiéramos espaciar esta parte con nosotros y ahondar en la historia que nos transcurre afuera y de la que formamos una parte que duele.
Ahondar en esas viejas historias que han reaparecido y nos traen a pie nuestro eterno conflicto frente a una dualidad exasperante atrapada en un Circo Romano como un monstruo. Alrededor, todos son gladiadores tal como lo eran antes frente al monstruo que no evitamos ser. Las circunstancias son las mismas patéticas historias de las que huimos una noche que nos hizo de hendija de salida.
Optamos por salir del laberinto.
Una y otra vez optamos por salir del laberinto pero en nosotros todo es laberinto y así es que nos atrapa una vez más de todas esas veces sucesivas en las que encontramos puertas de salida. Abrimos la puerta y echamos a correr para descubrir con asombro que en realidad, acabamos de entrar de nuevo al laberinto.
Quizás, el laberinto es nuestra casa, nuestra vida, nuestra única forma de ser.”


Si deshacerse de la persecución de nuestro pasado fuera tan fácil como deshacerse de las cucarachas, Benedict, te aseguro que hace mucho que me hubiera decidido por un fumigador.— murmura mientras observa con un gesto de “hogar, dulce hogar” el interior morboso en el que nos ha traído a convivir.

Las cucarachas están por todas partes, lo mismo que el pasado. Ocupan todo el departamento como una seseante marea quitinosa que se come los libros y los tapizados y ambula libremente por ese monumental nido de bichos en que ha convertido al hogar nuestro abandono.

No tenemos hogar. Le hemos cedido a ese maremagnum antenudo y parduzco todos nuestros espacios al huir y también, a otro mundo que se parece a ese cucarachiento mundo que miramos, le hemos cedido nuestros espacios de huir.

Demoro en entender su salvedad semántica porque tanta cucaracha me produce un asqueroso escalofrío, mientras él avanza sin pudor y se escucha el prich, prich de los insectos reventando debajo de sus suelas, mientras no encuentra donde apoyar el bolso con el que hemos viajado de regreso a esta inquebrantable singularidad del laberinto.

Por fin opta por el teléfono. Llama a la oficina y solicita que le envíen al fumigador.

— ¿Para qué necesitás al Fumigador?— quiere saber quien atiende la llamada— ¿No llegaste todavía y ya te vas a poner a trabajar? Relajate un poco, nene…No empieces a revolucionarme la oficina con tus pires. Por favor, bajá un cambio. Ya vas a tener tiempo de desestabilizar al personal con tu adicción ejecutiva.

Sonrío frente al sermón que la voz femenina desgrana en el teléfono.

— A “un” fumigador…— responde él— Mi casa está copada por las cucarachas.

— Perdón…¿es un eufemismo?— quiere saber la mujer.


 (De: Animal de tormenta - Los diarios de Aivan Jaid) 

miércoles

Se me apilan los 18 de febrero igual que se me apilan los muertos irremediables


Espero que seas consciente de que me jodiste la vida, si por ahí, como dicen los que creen, desde algún lado me estás mirando.




Febrero es nuestra cita corrosiva
nuestra gestión del mal, aquí, en mi adentro,
este sin digerir el desencuentro
con la sombra de Dios coercitiva.

Febrero se me amolda en la deriva
a esta mala tristeza. Su epicentro
acumula un dolor que reconcentro
sobre la piel del alma repulsiva.

No asumo qué pasó. No me acostumbro
a desarmar este jirón de barro
con el que en tu penumbra me apenumbro.

Se entumece mi voz y se derruye
como la arcilla rota de un cacharro
frente al riacho de un dolor que fluye.

Sin entenderte aún, sin entenderte
porque es mía, me muero de tu muerte.



sábado

Decisión de la furia




“Ciudad de mierda que sigue tan igual a su inodoro. Ciudad. Ciudad de mierda. Maldita ciudad. Maldita mierda de ciudad de mierda.
Tanto odio acongoja. Tanto odio acongoja. Tanto odio que en realidad es tanto dolor, solamente es congoja. Ciudad de mierda que produce tanta congoja y tanto odio. Tanta congoja termina por odiarse. El odio y la congoja se parecen. No se puede respirar bajo su mano. Odio la congoja y me acongoja el odio. Puta ciudad, mierda de ciudad. Maldita ciudad de odio y de congoja que acongoja y se odia en una confabulación hecha solamente para malditos. Sólo para malditos. Como yo”.

Antes, cuando estallaba de dolor, escribía con una descontrolada incontinencia. Me desangraba con incontinencia e impudicia. Lo sacaba de mí como a un reflujo que se lanza incontrolable por la boca y apacigua el estómago al salir. Era mi sanidad. Me curaba escribiendo al echar sobre el papel la herida con su fetidez y purulencia y conseguía entonces mantenerla lejos, allí donde la ponía mi desesperación. Así era que sanaba y retomaba el camino por las zonas liberadas de la vida.

Ahora todo se me queda adentro y se me pudre sin que consiga separar las aguas servidas que engordan esta sangre infecta; separarlas de cualquier otra agua curadora. Se ha roto mi sistema sanitario de potabilización o en realidad ha mutado y ahora es un sistema cloacal cada vez más sucio y más enorme, por el que rugen ríos de inmundicia.

Mis pocos puertos han colapsado bajo la evidencia de ser sólo un invento de mi remero interior. Al fin se ha dado cuenta de lo solitario e innegable que es el mar de pus en que navega. Han dejado de distraerme las gaviotas y las noches donde se levanta desde el horizonte el plenilunio. Ando analfabeto de plegarias y he vuelto a portar armas que ya consideraba abandonadas, como en un regreso a la obstinación por mi supervivencia.

— Las ratas son así. También las cucarachas. Tienen su propia bitajón.— murmura Benedict, no sé si ortodoxo o filosófico— Igual que vos.

A veces pienso que me conoce mejor que lo que yo consigo conocerlo a él siendo que se supone que Benedict es la parte transparente de este depreciado cristal roto y cubierto de caca de mosca.


(De: Animal de tormenta - los diarios de Aivan Jaid)


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