Búsquense su voz, no usen la mía

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Presentación del hombre

Me matará el ir de frente y decidido
y esta inútil fuerza de macho convencido. (De madrugada - Patxi Andión)
Teoría de la prosa -irresponsabilidad del verso -imaginación del ensayo -incertidumbre de la reflexión

Parafraseando a Serrat

Parafraseando a Serrat :

"La verdad no es prepotente. Lo que no tiene es remedio".

lunes

Desdoblaje


¿Qué voy a hacer con vos
mientras la muerte te ajusta las ideas
y el tiempo se desalma sobre mí?

Escucho fados tristes que tiritan
sobre tu última boca,
sobre la exaltación de tus silencios del todo predecibles.
Ya sé que es este espanto intermediario
que separa y hermana nuestros tientos.
Este espanto
este espanto
este último espanto que fracasa y que habla
con bocas de arrumar y de mentir.

Viejo espanto que habla por mis ojos
y convoca las penas que arden miedos.

Soy ese pedregal hecho con ríos que ocurren solo a veces
en el tiempo frugal de las desgracias.
Sangre que crece amarga como un fruto de sal
en la intemperie angosta del acaso.

Solo como los solos
te extraño torpemente.
Hecho de angustia te extraño torpemente
al no querer morir de ser yo mismo.

Yo no quiero morir de ser yo mismo
tan desalado y álgido como un hueso podrido por su médula.

Quiero sentir
-aunque sea tan breve la circunstancia del momento cálido-
que tu boca se alza y recupera
el margen de piedad que hay en mis ojos

este último espanto

fracasado.


jueves

Carenciados



A veces lo veía contorsionarse, girando los brazos en posiciones imposibles que intentaban alcanzar también un punto imposible. Entonces, como si no supiera ya a qué se debía aquella rara danza, preguntaba un ¿qué te pasa? y él dejaba de retorcerse para mirarme y sonreír.

—Rascame.

Lo decía de una manera infantil, inocente, amatoria.

“Rascame”.

Yo cedía, como si él fuera uno de esos gatos espesos y sobones o uno de esos ansiosos perros dulces que tienen ojos de mirar despacio.

Nunca tuve uñas físicas que pudieran rascar. Cuando conseguí dejar de comérmelas empecé a cortármelas de tal manera que siguen pareciendo uñas comidas. Las mías, las de verdad, son de otro tipo.

“Rascame, dale”.

Entonces, él descubría su espalda de frontón, su ancha espalda morena, rústica, como una pared de color madera mate, opípara y titánica y se quedaba así, esperando que yo dejara lo que estaba haciendo para aliviar eso que a él lo tenía incómodo.

Yo demoraba adrede. Demoraba como el amo del perro que está ahí, con ojos de perro que está ahí mirando a un amo duro mientras reclama en silencio una caricia. Demoraba, preso en el ejercicio de la contradicción.

Después cedía. Lentamente cedía. Paso a paso cedía. Abandonaba cualquier cosa que estuviera haciendo y lo miraba primero, allí expectante, gatunoy perruno a la misma vez, como molesto y tenaz en su exigencia.

—¿Dónde te pica?

Ya había apoyado mi mano sobre esa superficie calurosa y tensa que era su piel, cuando le preguntaba eso, como una convención ya establecida por pactos preexistentes.

La percepción siempre era similar. La piel ardía debajo de mis dedos con una intensidad que traspasaba las yemas y se instalaba trepando por mis manos lo mismo que un sonido hecho con algadaras y capaz de derribar con su pedrada al corazón, a través de la sangre.

—Ahí —decía él— en la cicatriz del ala.

Era un punto en su espalda maratónica. Un hito ahí, perdido entre la cordillera central de su columna y la meseta ancha de su omóplato izquierdo. Un punto que nunca se aliviaba y renacía casi diariamente, hecho un recordatorio insoslayable.

“La cicatriz del ala” le llamaba mi hermano y sostenía que no se le había amputado bien su condición. Por eso, aquella marca de su origen, clamaba como un muñón irreparable.

Yo pasaba las yemas de mis dedos por sobre aquella zona tormentosa. Él sonreía diciendo “me hacés bien”. Y agregaba: “Vos no sabés lo molesto que es. No tenés alas”.

Yo nunca tuve alas, es verdad. Nunca tuve alas físicas como también carezco de uñas físicas, pero eso jamás me ha impedido ni rascar ni volar.

(De: Hijos de tierras áridas)

domingo

La cáscara hueca





La casa es enorme y frente al frío, figura un cristal desesperado.

Avanza sobre ella una pátina verde, como una mano verde que golpea con dedos angustiados los paños de todas las ventanas, produciendo un ruido escarchado e inútil.

La casa no está totalmente poblada y parece, bajo la luz, desguarnecida de cosas importantes, de detalles que entibien los espaciosos cuartos y edifiquen calor en las maderas. Es un lugar vacío y anchuroso. Una intemperie paradójicamente techada donde los escasos muebles se reparten como pueden, abandonados a la austeridad. No ocupan ni siquiera el espacio que ocupan  y parecen licuarse dentro de una vastedad devoradora.

La casa es un silencio solo, anclado en un parque del que el frío ha quitado los pájaros y está allí, inmovilizado sin sus alas, lo mismo que la casa está muda sin sus habitantes.

El sol se ha puesto reticente este invierno. Es un invierno parco en sol y abundante en heladas que marchitan los geranios en los macetones que rodean el porche y queman la gramilla.

Cuando existe un sol propio, el de afuera no importa. La tibieza proviene de otro espacio y nace de los rincones donde la risa consigue florecer. 

Si la risa se va, la tibieza desancla y se va también, junto con ella.

En el ancho recibidor arde el hogar. Parece un altar chato que chispea la quemazón de momentos felices, irrepetiblemente felices. Crepitan como pequeños cuerpos aromáticos todos esos momentos, lo mismo que en los ojos se apiñan, húmedamente, los recuerdos. 

La cocina no guarda olor a pan. No perdura el olor del pan tostado como esas melodías que asaltan durante un día entero las ideas. 

Pegado en la puerta de la heladera, hay un dibujo infantil. Está adherido con cinta engomada al fondo plateado, por encima del dispenser de hielo. Es un dibujo en cartulina canson y en él se ven representados los monigotes de un niño y tres adultos, dos mujeres y un hombre. También hay un perro y una casa detrás, con techo rojo. Todos se sostienen de las manos en ese dibujo. Forman una línea que se sostiene de las manos. 

En realidad, el niño ha dibujado a una familia. Su familia. 

El dibujo y el hombre están solos en la cocina amplia. 

Él eligió esa casa porque era una casa ancha y cálida. 

Ahora piensa, mientras observa el dibujo de sus vidas que ha pintarrajeado su hijo, cómo la soledad tergiversa la sensación de paz.

Lejos, el viento, desespera las ramas de los árboles que rodean a la casa callada.
A la casa vacía.


lunes

Lo que se apaga


Recuerdo el primer día en que levanté un niño desde el miedo y lo cargué en mis brazos como si hubiera levantado en ellos un pedazo del mundo que le sobraba al mundo. Era, el niño que levanté en mis brazos, un trozo desgarrado de un mundo desgarrado en múltiples colgajos que no armaban un mundo para sí ni entre sí.

Me lo llevé de allí como todas las otras tantas veces después de esa primera, he llevado a otros niños alzados en mis brazos hacia un lugar un poco más amable que ese mundo del analfabetismo, del hambre, de la esclavitud, de la guerra y de la sed.

Nadie parece a salvo. Ni ese último niño que me traje conmigo ni todos esos niños que transporté desde el horror a un lugar más amable.

A mi pesar he descubierto que no existen lugares amables para los niños. Tampoco existen los lugares amables para los hombres. No existen los lugares amables. Uno los fabrica a mano y como puede, como le sale, como lo dejan o sencillamente, no puede fabricarlos y se quedan en las palmas, igual que un gesto abierto que no es correspondido. Ya no se entienden los gestos que no llegan como emos de whatsapp.
En verdad, hace tiempo que sé que no existen los lugares amables en los que ser feliz sin preocuparse del costo de la esperanza.

Y a decir verdad, tampoco la esperanza es lo último que se pierde cuando se llega a ciertos laberintos. Diría más bien que es lo primero que se deja en la puerta y uno entra ya en ese estado de piloto automático, en el que sabe que aunque nada sirva para nada, está a muchos pies de altura sobre el aire y debe pilotear por el bien de sus pasajeros.

Algunos se ganan los favores de las otras personas a fuerza de fingir ser de una manera en que no son porque temen ser rechazados si muestran realmente su verdadera personalidad. Por lo tanto, siempre me pregunto ¿cómo podrían jugarse por los demás si son incapaces de jugarse siquiera por sí mismos? Son los sutiles vendedores de humo que le apuestan por igual a Dios y al Diablo sin atreverse a confesarlo.

El último niño que levanté del miedo me mira desde el pozo fecundo de sus ojos.
Intento sonreír pero no puedo. Seguro hago una mueca de esas mías que se parecen a chupar limón y que son las muecas a las que siempre me lleva reconfirmar el desengaño. El hastío me produce un desgano complicado de superar porque no hay peor entrega que aquella que no está acompañada por la motivación.

Ya no encuentro esas gratificantes suculencias que me mantenían interesado en ciertas cosas que yo quise que me gustara hacer. Mi curiosidad por ellas ya no es un interés vigente y queda solamente este empalago mediocre que no me identifica. No sé convivir con lo estanco ni con lo que resulta imposible de dinamizar (y de dinamitar).

Ha comenzado el tedio. Es el punto y seguido en el cual digo adiós.

(De: Psicoámbitos)


viernes

Hijo de tierras áridas




No quiero que mi herencia sea este inquebrantable nomadismo. Este nomadismo del aquí para allí, como si tuviera que personificar el tiempo hebreo una y otra vez, la muestra para la que basta el botón y arrastrar a lo mío a los cuarenta años de todo el desarraigo, hollando las partes de la vida donde nadie estará para recibirnos y sí para expulsarnos hacia otros desiertos, más conspicuos.

Hay que empezar de nuevo una vez más. 

Quizás soy yo el que no toma buenas decisiones y siempre debe rectificar sobre la marcha. Rectificar sobre la marcha para honrar el paso caminante que me acompaña fiel y fiel me sigue sin hacer cuestiones, como si mis desaciertos tuvieran también el mismo valor que mis aciertos y no me equivocara, realmente.

Desde que Amadî vive conmigo, hemos cambiado cinco veces de casa y siempre veo en sus ojos ese asombro múltiple y extraño y esa adaptación dimensional al mundo sobre el que sus pies pisan, cuando lo bajo al suelo desde mis brazos. 

En mucho se parece a mí. Nuestra casa es siempre el suelo que nos queda en un instante cualquiera de la vida, debajo de los pies. Vivimos ese aquí hoy. Lo que pisamos en ese aquí hoy es nuestro lugar en el mundo. 

Niño y perro se apoderan del parque como un niño y un perro se apoderan de un parque. Corretean y juegan, midiendo esa nueva y verde enormidad que pueblan completa en un instante.

La casa es fresca, callada y amplia. Todavía vacía, parece una gran caja donde aún no ha llegado la música y el silencio es el único sonido que deambula por sus ambientes claros y espaciosos. La luz del exterior talla las sombras y las craquela para que liberen un aroma a maderas limpias y novedad de estreno.

Esta casa es un reino que los pasos conquistan o que se rinde, sin hacer escándalo, a esta invasión que no tiene palabras y está basada entera en las miradas que dejamos caer por los rincones.

—Is so beautiful… so, so beautiful… —se emociona Ganî.

La miro mientras camina absorta, como una niña retratada en la página brillante de un cuento de princesas.

Pienso que yo no quiero entregar a mi gente al nomadismo del que estoy poseído desde siempre. No quiero caminar cuarenta años más por el desierto de mi propia vida sin que ellos puedan conseguir un oasis en que fructificar.

Es mi destino pero no el de ellos porque ellos son seres con raíz, saben de dónde vienen porque tienen historia, inclusive Amadî. Yo soy un árbol torpe y al revés, con las ramas a tierra y la raíz al cielo. Y ellos son mis pájaros. Los pájaros de un árbol que tiene sus raíces en el aire. Sus alas me sujetan a la vida.

Ahora, Amadî es un vendaval de brisas verdes que desborda la casa mientras corre.
Los ladridos del perro forman túneles en el silencio hospitalario y claro, que el eco multiplica en ambas plantas, estoicas y vacantes.

Amadí nos llama desde el piso superior. Su voz nos urge igual que su manito, como si hubiera encontrado un duende que quiere presentarnos. 

Subimos la ancha escalera con Ganî.

Mi hijo ha encontrado un pájaro pequeño y lo sostiene, ofrecido en el nido moreno de sus palmas, a la inquietud paternal de nuestros ojos. 

Ganî ríe. Amadî ríe. El pájaro está allí, acurrucado en ese espacio cálido, como si en ese lugar que representan las manos de mi hijo, su fragilidad no sintiera temor.

—Quedémonos aquí, Ariê… Please, here… Please. —dice Ganî.

Con la mudanza mi suegra trae un gallo. 

Dice ella que si el gallo canta en esta casa nueva, será de buen augurio. 

Ojalá cante, porque ya estoy cansado de caminarme todos los desiertos buscando un lugar donde acampar y llevando a mi espalda los oasis.

Quiero plantar un olivo cada vez que esté triste, tal como me enseñó mi abuelo que se debe hacer si uno desea recuperar la felicidad.  


domingo

Codificación de Onân



La tarde se agazapa
se encorva como un buitre mordaz
y los despojos
caben entre las manos como luces.

Atardece en la tarde, paradójicamente,
un vaho de penumbra
entre fantasmas ácidos que huyen
fláccidamente humeantes.

Se llevan el tesón y la cordura
mi Estrella de David
embadurnada de sudor y canto
como si se robaran un esputo.

Cierro los ojos, emparedado, a tientas,
arrasando saliva que se empasta
con un trago de té, amargo, frío,
tan solitariamente espeluznante
que viaja en un jinete apocalíptico
hacia el confuso fondo de mi esperma.

Me anuda esta piel bestia todo el miedo
de volver a sufrir.

Y soy un ángel
plateado amarillento, de lata y en pelotas,
flaco de paranoia y tan sin alas
que vuelo hasta tu boca con mi lengua
mientras hago silencio y me masturbo.

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