Búsquense su voz, no usen la mía

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Presentación del hombre

De madrugada - Patxi Andion
Me matará el ir de frente y decidido y esta inútil fuerza de macho convencido
Presentación del hombre que escribe en este blog

Parafraseando a Serrat

Parafraseando a Serrat :

"La verdad no es prepotente. Lo que no tiene es remedio".

domingo

Concesión de permanencia

"Abuelo, vos que sos un héroe, deciles que dejen de tirar bombas. Tengo miedo de que maten a mi hermanito".- me dijo mi nieto menor en la última video conferencia que tuvimos.
Yo lloré. No supe que decir.







Diminuto pinchazo en lo profundo de mi última madera con tu rigor de luz
cruza un hachazo la jaula de mi boca y de mi lágrima
incontenible lágrima que ha envejecido en toda sequedad.

No puedo contener en mi garganta la sucia voz del perro
de este habitante indócil con sus dientes carcomidos y mochos
de masticar pedruscos como si se tratara de mendrugos

mendrugos de pan ázimo y arena.

Tengo un perro y un cuervo en mi garganta
disputando el espacio con la risa que reclaman tus ojos
de los míos que no saben reír.

Esto es un héroe.
Un tipo tan de a pie como un gusano,
tratando de cambiar las costumbres de Dios
por otras más sensibles, menos duras, con menos impiedad y más justicia
mientras se deja las manos y se deja el orgasmo
en el borde del nunca.

Te observo reír como una ensortijada maravilla
que juega con medallas.

“Ahora son mías tus medallas, abuelo”

Lloro sangre.










Un mago y un filósofo me hablan.

Los escucho en la pausa de una vida que no posee pausa.

Ellos me hablan con los ojos que tienen los que hacen milagros.
Y yo veo milagros
con los ojos de los que no han visto nunca uno.

Un filósofo y un mago hablan del mar. Me hablan a mí del mar.
Le hablan del mar a mi yo pez
que añora todo lo que ha perdido
y es incapaz de recuperar ni por la magia ni a través de la filosofía.

Pero ellos, que hablan, no lo saben.

Sus manos vuelan mientras ellos hablan.
Son cuatro pájaros que han trepado por un rayo de luz
al mundo de los sueños que no deben perderse.

Vuelan sus manos como cuatro pajaritos milenarios
en un plantío de vid.
Vuelan como si retozaran y bebieran.

Me emborracho de lágrimas.

 






¿A quién podría ocurrírsele que llevaras mi nombre?

Este símbolo casi
–porque todos los nombres son un símbolo–
este nombre émulo de matzudâ
hecho todo de resistencia y de antigüedad inquebrantables.

Los nombres caen sobre nosotros como un dedo de Dios
que nos señala
nos escribe un camino sobre la identidad
y somos ese tañido místico que marca la vivencia
el ser quien uno es
como se identifican las campanas durante las tardes
o en las ceremonias.

Un nombre es parte de la voz del yo
de su perfil entre todos los perfiles
y nos define un camino a seguir entre los hombres.

¿A quién se le ocurrió maldecirte con mi nombre,
si la tuya no es una vocación de abecedario?
Una vocación de palomar y de abubilla
que hace del aire el reino de la música.

Este nombre de matzudâ está hecho para piedras que gritan con un grito de piedra inamovible.

Le has puesto alas a las letras de piedra de mi nombre.









Miro tu pensativa plenitud.

El tuyo es un espacio en las preguntas.
En el fondo más quieto de todas las preguntas se acumula tu voz.

Hablamos en la línea de aquello que no sé contestar.
Tus preguntas son guijarros en el zapato de mis preguntas.
Nos preguntamos las mismas cosas
y no hay explicaciones que pueda darle a tu curiosidad
sobre la muerte.

Puedo decirte cómo se siente esta pequeña furia que es la vida
pero estoy hecho casi un viejo trágico
que no encuentra alegría en sus recuerdos hermosos
y trata de robar tu vocación de aventurero de las ideas.

Me reconozco en tus preguntas.

Y trato de asumir este relevo de mi propia sangre
como una concesión de permanencia.




viernes

Puntos de fuga




“Se me ha extraviado el sur hace ya tiempo y el norte se licúa bajo esta condición ecuatorial. Lo ecuatorial es casi jubiloso y yo no nací como animal de frío. Debe ser esta ciudadanía cardinal con la que mi vida desenrolla sus diversos mapas lo que mueve mi rosa de los vientos.

Estoy hecho un romántico y batallo contra la placidez y el eufemismo de transformarme en cursi. Aunque podría permitirme la cursilería alguna vez, para explorarla y quizás también, para entenderla desde su matriz. Quizás hasta me guste o me solace. Tal vez hasta consiga alivianarme la joroba con que mi espalda se deforma y sufre.”

Mi amigo importante termina de leer y me observa dentro de este cuerpo en donde nunca termino de morir.

“¿Por qué este vicio tuyo de andar por los pantanos para reconvertirlos en campos de labranza? pregunta mi viejo compañero de la Universidad, que ha intentado por todos los medios imponerme una cátedra que no quiero aceptar. “Una cátedra en la Universidad no se desprecia así”, gruñe después, con académica contrariedad, porque una cátedra en la Universidad es como una Medalla en el Ejército: un reconocimiento a los que se distinguen (por lo menos acá funciona así). “Seguirías los pasos de Amos”, dice aún, “tu maestro”.

Alguien dijo una vez: “Tú me recuerdas a Yehuda Amijai”. Eso fue una medalla para mí, aún superior a cualquier premio descomunal que me hayan otorgado en aquellos concursos a los que renuncié lo mismo que a la fama que te arrastra a las conferencias y a las cátedras en las universidades.

No sirvo para esas sociedades escolásticas y eso que soy docente de alma, como se les dice en mi otro país a aquellos que hacen de la docencia una actitud de vida y todos los actos se le tiñen de condición docente.

Creo, más bien, que lo que hago también pertenece a la actitud docente. Alguien debe meterse en los pantanos y reclamarlos como campos de labranza y hacer todo para demostrar la teoría de que la solidaridad obra mundos y que los hombres que se dan las manos pueden hacer que deje de tambalearse la justicia.

Pero hay que meter esas mismas manos en harina y amasar el pan de estas ideas. Con esbozarlas no alcanza, porque la teoría precisa de una demostración para salir en algún magazine científico.

Mientras mi amigo importante insiste en incorporarme a las filas de la Universidad yo pienso en los kilómetros sin agua que recorren los niños que nunca tendrán pan, allí, donde la escuela es una cosa que apenas se sostiene en pie, como el amor.

Vuelvo a decir que no, que no, que no, que a mí me gusta trabajar allá, donde no hay nada, solamente miseria, pero está lleno de niños que están creciendo mal.
Interrumpe nuestra charla la sirena que anuncia la llegada de un misil a la ciudad. Mi amigo catedrático me dice: "Maldita guerra."

Soy el único que no corre. Miro el cielo. 

Hace ya muchos años que no me pregunto qué le pasa a Dios porque sé que no tiene absolutamente nada que ver en la cantidad de pantanos que ha fabricado el hombre de este mundo.


Imagen by Michael Hill

 

martes

Lejanía del puerto



       


Tú sabes bien que el tiempo ha conseguido
despoblar los rincones de hacer pájaros
y poblar sus desechos con tormentas
donde no vuele el día.

Apenas, en la lumbre del silencio
tu voz esculpe llamados invisibles
nocturnos y serenos, en azul,
como era azul tu último vestido
que casi no recuerdo.

Muchas veces escribo de tu nombre
lo mortal de los rojos que se apagan.

Te beso como entonces, mansamente,
y siempre despidiéndome del humo
que albergaba tu pelo.
Toco tu nombre llano
como la última música del día
en que todo recuerdo se colapsa.

Nos hemos vuelto una ecuación de solos
que nunca se resuelve
y que el tiempo prolonga por difícil.
Imagino que el cuarto estará igual
en su desorden
como esperando algo que no ocurre.

En un brazo del mar tu cuerpo flota
húmedo, atemporal
como mi mente.

Yo espero el huracán,
callado y solo

Quizás nos encontremos
siendo agua.



Historia de las ilusiones que desaparecen






יום שלישי

Qué problema es eso de escribirle a las imágenes de. En este caso, la mujer de tu historia se me figura como una especie de proyección de los sueños. Ella necesita que le escribas, quizás hasta te lo haya pedido, pero la distancia siempre hace que se tome conciencia de que la ilusión es sólo de uno mismo y eso es hasta más triste que hacer silencio. Porque las ilusiones duran lo que duran, hasta que se secan, se corrompen o mutan. Tratamos de mantenerlas. Nos mentimos. Un día descubrimos que ya no están más, no porque no estén ahí, sino porque hemos dejado de ilusionarnos con ellas.

Conozco en mí mismo ilusiones así. También he sido la ilusión de alguien, más de una vez. He sido de aquellas que desaparecen porque ser una ilusión requiere de constancia en la condición de ilusionar y en ciertas vidas las circunstancias corren a contramano de los sueños y de los deseos.

Yo me he ilusionado de igual modo con personas que tenían mi misma condición de volatilidad y desaparición. Personas que vivimos de las despedidas y en ellas. Personas que dicen volveré, como una necesidad de transformarse en algo físico que ocupe un lugar en la realidad, pero cuyo “volveré” es algo que sólo compete a su sí mismo. Volveré, como un pájaro migrante que recorre un mundo circular. Sólo migra. Una y otra vez, sólo migra.

Entonces quedamos retenidos por y en la imaginación. Somos –dentro de la imaginación– una imagen más que a veces pasa al olvido y a veces es perenne porque produjo dolor o idealidad. Dejamos de ser aquello que fuimos para ser lo que el otro hace de nuestra imagen. A veces nos recuerdan por cosas que nosotros ni siquiera tuvimos en cuenta. El valor de los hechos o de las palabras no es igual para todos y los que habitamos en las despedidas minimizamos en general todos los hechos, porque los hechos atan, unen, identifican y se transforman en un emocional patrimonio en común.

El que vive en las despedidas es todo de viento. Es sólo una ráfaga. Apenas deja un rastro de desorden en la vida aquella por la que pasa. Pasa. Luego regresa el aire a la calma de todos los días y el desorden se quita con la escoba o el plumero. 

El que vive en las despedidas es sólo un remolino de hojarasca en una calle gris. Es sólo un movimiento en un momento. Un gesto que se hace a una mirada. Y tiene grados de fugacidad. Sobre todo tiene grados de fugacidad.

El tiempo no destruye las cosas. Transcurre, solamente. Somos los hombres los que fracasamos en retener las cosas y en hacerlas posibles. Hablo de los que son como vos y como yo, resplandores fugaces, conscientes de su propia extinción. Apenas el espasmo vigoroso de una luz caduca, porque nuestra raíz, si acaso hubiera, pertenece a la oscuridad, lo mismo que el olvido. 


 Imagen: Album de la tropa


sábado

El don exilado


 
 שבת

La enfermera se sienta junto a mí acercando esa silla incómoda de la que todos reniegan. Ella se sienta. Toma mi mano y luego ocupa la silla incómoda.

Quiere saber qué música escucho. Lo pregunta con curiosa suavidad. Sostiene mi mano en actitud piadosa mientras habla. Le habla a mis ojos cerrados. 

Pregunta con una voz robusta, hecha completamente de sonidos. Habla con los sonidos que me gustan. Aspira con sutileza la hei. Las letras aspiradas forman un jardín en su garganta. Creo que degusta la shin. Zain seguramente se disuelve encima de su lengua como tzadi. Jet raspa como si fuera un élitro.

Las músicas que escucho son extrañas como es extraño que alguien pueda acercarse a ellas además de mí.

Orit, como se llama la enfermera, insiste. Soy ese curioso animal que tiene a su cuidado. Ese animal que parece no haber existido mas que en la impronta de él en una piedra hallada en el Neguev.

—¿Qué escuchas, Idân?

Le extiendo los auriculares y Orit oye la música.

Debajo de mis párpados que aún están cerrados, percibo la sensación volátil de su asombro.

—¿Estás planeando tus honras fúnebres oyendo esto?– pregunta. 

Orit tiene un risa larga como si su sonido fuera un chorro de luz.

—Es música iraní. La voz de la mujer está censurada en Irán. Las mujeres no pueden cantar. La que canta es una mujer kurda. Pero la voz de mujer está prohibida en Irán. Las que se obstinaron en cantar están presas en un pueblo alejado de todo, prohibido para todos, lleno de mujeres que cantan.– digo. Mientras lo digo pienso que lo que digo sería poético, como de un cuento digno de Las Mil y una Noches, si no fuera ni tan real ni tan dramático.

Orit murmura que lo que escucho es demasiado triste.

Yo también lo sé.

—No escuches estas cosas. No te harán bien.– dice por fin y luego reflexiona más consigo misma que conmigo– Aunque vaya a saber lo que te cura a ti…De seguro no es la medicina que cura a los demás. 

—Es que yo no me curo. Yo sobrevivo. Me aferro a las cosas que sobreviven. Por eso sobrevivo. Por eso escucho cantar a una mujer iraní. Una mujer que tiene prohibido cantar. Imagina, es como si a mí me prohibieran escribir. El don es imposible de matar. El don es igual que una semilla. Calla, espera. Un día eclosiona, porque ha sobrevivido. 

—No entiendo.– murmura Orit.

—El virus me tiene prohibido vivir y sin embargo, aquí estoy, vivo, además. La vida es mi don. Soy como la mujer del Kurdistán iraní que canta a pesar de que cantar esté prohibido y en ello le vaya la vida. Yo sigo vivo cuando debería estar muerto. Ella canta, a riesgo de estar muerta.

Orit termina de acomodar las tubuladuras. Ha reemplazado los sueros y le gusta hacer bromas.

—Mira que le aviso a la Shin Bet que te gusta la música iraní. 

—No es la música iraní. De hecho es kurda. Lo que me identifica es el poder de rebelión. Traspolando. En el mundo no nos quiere ni nos acepta nadie ¿verdad?¿Por qué nos aferrarmos a Israel? Porque no cabemos en ninguna parte sin que nos hagan sentir lo judíos que somos…A los kurdos, tres cuartas partes de la misma historia y encima sus mujeres no pueden cantar. Ni siquiera pueden cantar. Si tuvieran un país, cantarían, como nosotros. 

—No te pongas tan triste, tzabra ¿Sabes lo que pienso? Tu país eres tú. 

Lo que Orit no consigue entender es que yo ya soy un país inhabitable.





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