Búsquense su voz, no usen la mía

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De madrugada - Patxi Andión

De madrugada - Patxi Andion
Me matará el ir de frente y decidido y esta inútil fuerza de macho convencido
De madrugada - Patxi Andion

Parafraseando a Serrat

Parafraseando a Serrat :

"La verdad no es prepotente. Lo que no tiene es remedio".

sábado

Niña bajo un puente





¿Quién podría ponernos cuatro fronteras, niña de la mirada debajo del impermeable? Cuatro fronteras como cuatro son los puntos cardinales, dice el hombre, o como si la verdad tuviera pensamiento abstracto o el día anclara encima de los pájaros rotundos que chillan en la devastación de los cadáveres.

Y estamos a la vera del tren, esperando comer, con cara de famélicos, con cara de huérfanos, o con cara, sencilla, de humanos que tienen hambre de otras cosas que no pasan aquí, donde pasan las cosas de todos los hombres.

¿Te dije que había cráteres? Puedo llevarte a ver los cráteres que te dije mientras mirabas el pan en mesa ajena y yo te sujetaba el muñón de robar. Puedo llevarte a ver los cráteres de las bombas de ayer, esas que no te dejaron dormir ni aunque tu madre te cantó una nana que hablaba de cosas triviales y distintas al ruido exterior y a las paredes que parecían un tambor de espanto.

En los cráteres caben los cadáveres o todos sus pedazos. Sus pedazos, te dije, violados por el aire del miedo, caídos en desorden como cosas que tirar a la calle después de la limpieza del depósito. Vamos a ver los muertos, y los cráteres. Podremos conseguir un reloj, una sortija o un zapato para calzar el pie desnudo que anda por la tierra donde los muertos vuelven fértil la vida.

Niña debajo del impermeable de tu padre, corre conmigo a ver la última cascada. Ha enrojecido porque la sangre viene de las alturas aquellas a las que nunca conseguimos subir y donde toda la primavera era amarilla. Había pájaros que se han evaporado y hombres jóvenes que no envejecerán.

Niña sin manos, bajo el impermeable de tu padre y que miras las bruscas hondonadas, te invito a ver los pedazos de patria que no quedan más que en este rigor que no sostiene el día de las minas y la sangre. Hemos perdido un pie, una mirada, un cordero, un eclipse y el silencio.

El ruido aquel estallará en los sueños hasta dejarnos sorda la emoción y desvelada para siempre el ansia.

Niña del puente roto, que ya no tiene manos y está oculta bajo el impermeable de su padre, acompáñame a ver a todos los que no sobrevivieron, porque necesito enterrar a mis amigos y tengo miedo de encontrarlos muertos y de yo estar solo con mi pala y todos sus pedazos.



De: Ius soli


domingo

Asesinando a mi madre

Yo no hubiera vuelto en mi puta vida a escribir poemas si no me hubieras obligado, negra. Así que va por vos el poemario, porque me devolviste la síntesis, que si no, esto me hubiera llevado un libro entero.




poema  1


Debería comenzar con una foto del rostro de mi madre.

Comenzar con aquellos parecidos
que nos diferenciaron.

Empezar por los ojos
a los que nos miramos para odiarnos por siempre
o por el gesto avaro de la boca
en eterno repudio.

Dicen que era bonita como una bruja mala
y que yo tengo la acidez de pupila
–como un ojo agresivo de águila maltrecha–
que esgrimía mi madre.

Tenía esta negrura inverosímil
de camino olvidado
y la inclemencia abrupta de los sismos
sobre una aldea mansa.

Mi madre quedaba sólo en las tormentas
que destruyen la mies
aguan el vino
y pudren las pezuñas del animal de granja.

Era un cuento de miedo bien contado
para este hijo que parió en la niebla.





 poema 2


Te dedico mis traumas

esos mismos
que me impiden querer a otras mujeres
como ellas merecen ser queridas.

O el no quererme a mí, sin ir más lejos.

Me apasionan las tetas de las minas.
También te debo eso.
Este gusto violento por masticar pezones
y marcar con los dientes la carne apetecible
sin el sabor a leche
sin el olor a madre
sin el calor ni el gozo.

Este desquerimiento de lo cálido,
esta honradez que tiene el touch and go
esta poca paciencia con la simpleza de lo femenino.
Este machismo,
esta petulancia,
esta zozobra en mí
y este silencio de vegetal maduro
que se seca de pie
sin semillar.

Al final te debo tantas cosas
como las que se deben a una madre.




 poema 3

El día de los miedos no te vi.

No te vi en la alegría ni en la luz
ni en la paz ni en la risa
ni en el llanto
porque del llanto te borró mi lágrima
para que no estuvieras.

¿Qué recuerdo?

Nada. No recuerdo.

A veces un olor a pescadería sucia
o a sábana sudada
o a animal de pelo
o a baño
llega como se va,
sin decir nada
que quede en el re-cuerdo
en que me he convertido.

Alguna vez dijiste que yo era un chico fuerte.
Es un pendejo fuerte
no hay que tenerle lástima.

Tampoco amor, parece.





 poema 4

Mi abuelo Gav no hablaba de mi madre.

Tampoco hablaba de la que tampoco fue mi abuela.

Las había olvidado como a una cosa rota
en el tacho de lo descartable.

A él me parezco mucho desde la planta al gesto
como un eco de piedra
invulnerable.

Mi abuelo Gav y yo hicimos una dupla de Gavri-eles
que enfrentaban la piel de la miseria
desde la asfixia de sus oquedades.

Hacíamos silencio
para no lastimar con nuestro vidrios rotos
la ceguera del alma
y dejábamos
–siempre para después–
la confesión de ausencia.

Mi abuelo Gav y yo:
gesto soldado,
camaradas de armas del “te olvido”.






 poema 5

La cama no era ancha y olía a piel

y a pelo oscuro y amplio
y a cuerpo de animal que espera insomne
y a sudor
y a saliva y jadeo.

La cama no era ancha. Estaba sucia
de dejadez y asco,
de una pringosa ausencia de esperanza,
de chocolates y desodorante,
de roce copular
y de vacío.

Cómo nunca supiste de mí nada,
tampoco sabés que yo iba ahí.

Me tiraba de boca como en un mar inhóspito
y refregaba en esas olas pútridas
el ansia del olfato
las mejillas de las cachetadas
el labio de lo mudo
y la necesidad

esa necesidad por importarte.

Le prestaba a todos tus olores
mi tan pequeño olor desamparado.

Pero no lo notaste.


poema 6

Lo voz de mis hermanos era el llanto.

Era un llanto sin forma, todo llanto
todo quejido
todo hecho con niños que berrean.

Era un llanto del hambre y de la sed.
Un llanto oculto
frágil
disociado.

Moco y saliva y llanto, pis y caca
en un espacio incómodo y sin nadie
para satisfacer
esa exigencia húmeda, primaria.

La voz de mis hermanos
era ese llanto roto con que las tripas crujen
y los dientes esperan un mordisco de pan
o un sorbo de matecocido.

La voz de mis hermanos era un llanto reducto
involutivo
que gemía en todos los rincones
desvelando la mugre y las arañas.

¿Por qué estabas tan sorda, me pregunto?

No llorés vos también, gritaste un día.
Y yo no lloré más, de nunca más, se entiende.




poema 7


Seguramente ahora
que soy alto y atlético y tengo
esta pinta de gangster
este lomo de Rocky
y esta actitud de Rambo patotero
te gustaría yo.

Te gustaría mi sonrisa de animal de mordisco
y mis ojos serenos al acecho
y mis manos que pegan o construyen
y mi silencio amargo de tipo que no cede.

Harías tus escenas de zoológico como la mona Chita,
frente a un macho Tarzán
de esos que usaste
para llenar de hijos –de nadie– la cocina
sin madre
y la mesa
sin madre
y la vida
 sin madre
y tus orgasmos en la oscuridad.

Te acostarías conmigo exhibiendo tus ancas fabulosas
de ampulosa mujer renacentista
y tus pechos rechonchos de áspera polaca
y tu temple de puta
enamorada siempre de tipos insufribles como yo.

Estoy seguro. Ahora me amarías
hasta perder la vida entre mis manos.



poema 8

¿Qué había en el dolor?

¿Cuál era el artilugio que te agotaba el gesto de mujer
y te volvía esa muñeca víbora?

A veces me pregunto si
–como la mía–
tu vida no era otra cosa que un reproche agresivo
al que había sellado el desamparo.

El desamor te vuelve impenitente
ya sea porque vas de eterno huérfano
haciendo de mendigo
o porque como yo te ponés ácido
como una cosa a la que ganó el moho
e intoxica a cualquiera que la acerca su lengua
con el raro placer de lo querible.

Heredé esa toxicidad de tus efluvios
y esa toxicidad de tus ausencias
y esa toxicidad de lo irredento
que mastica su mundo de enemigos.
Esa faceta de lo imperdonable
y esa dureza de lo despreciado.

La casta del veneno
que obliga a no querer
a nadie que nos quiera.




 poema 9

El por qué terminé siendo judío
sigue siendo una incógnita

porque de madre judía tenías poco
y sin embargo
conseguiste un mohel.

¿Qué te pasó esa vez por la cabeza?

¿Crearme más problemas para encajar la vida?
¿Donar otro expulsado de las cosas
a las causas con diáspora?
¿Dejar alguna herencia de tu paso
por el mundo feliz del ateísmo?
¿Contrarrestarle a D.os otro demonio
que te nació deprisa y a destiempo
en tu vientre tan joven de súcubo alienado?

Tu primer hijo, un diablo hecho y derecho,
que te busca en las sombras
como a un poco de espanto
en el infierno que le construiste
para guardarlo solo
como a un perro Cerbero que iba a morder tu aliento.

Igual te lo agradezco y debe ser lo único
que realmente hiciste bien por mí.




poema 10 

Yo no sé si reía.

Dudo sinceramente de que mi madre riera alguna vez.

Siempre estaba violenta
como un juguete roto que se desarticula
y cuelga desarmado de sí mismo.

Dudo de que haya sido niña o mujer buena
o hija de su madre y de su padre
o que haya hecho también su Bat Mitzvâ
o en Janucâ encendido nueve velas
o algo
algo normal de todas esas cosas que hace la gente buena.

Dudo de que llorara aunque la vi llorar
con un lamento de laguna en sombra
desnuda como un cuerpo desarmado y desnudo
con alas de lechuza hechas completamente de cabello.

Lloraba como un mico que sisea
o como algo que se va muriendo, impertinente
y desacomodado de artificios.

Me gritó que me fuera y yo me fui
porque no le servía para nada.





sábado

De las cartas cerradas y otras incoherencias (toma XIV)

22 by F. Kaylac



Voy dejando -como a un mal hábito- la piel.

Voy dejando la piel en todo lo que hago y también en aquellas cosas que postergo y no hago y que luego me encuentran en un charco de silencio oscuro y pestilente sobre el que me arrodillo a beber de mi sombra la templanza.

Una sombra es eterna. Nada la modifica y viaja por la vida pegada al impostor que la posee.

Esta nueva oficina en que pervivo con mis malas costumbres, es amplia, con ventanales que miran al oriente. Cuando llego no hay sol todavía y un resplandor extraño se apodera de mí y de mis deberes, mientras ocurre el día encima del asfalto.

Las tareas aquí son grises como yo. Oscuras y violentas como yo. A veces son efervescentes y es cuando me gusta mi trabajo porque hay que apostar el culo al éxito y marearse con la adrenalina.

El peligro en mi vida constituye un vicio, una entidad metódica como para un diabético lo es el inyectarse la insulina. Si se ausenta, mi organismo enferma de un hastío infecundo y progresivo, que avanza hacia un estallido inevitable, con sus también inevitables consecuencias.

Ya para hablar de vos y obviar hablar de mí, porque sé que te gusta que hable de mí y necesito esta maldad tan franca, paso a contarte de mi estupidez y de que idealizo a veces tus cristales que lloran y se rompen en vísceras de vidrio que te cortan y me cortan las manos de degollar los pájaros.

Embalsamo tus aves con sangre de aserrín y sepultura. Hay algo en esas aves sin cabeza que no tiende a lo macabro sino a lo fetichista, a ese guardar la estopa de los juguetes viejos y los ojos de acrílico de las muñecas peponas que sin embargo dejaste de guardar desde el preciso instante en que naciste, porque algunas personas venimos ya por gastadas, viejas, arruinadas de sol, hechas de brújulas que señalan el polo o los desiertos.

¿Por qué te escribo ésto? Qué sé yo. Será tal vez porque la noche avanza y no oigo el mar. Porque voy perdiendo mis ganas de escribir tantas miserias y que queden ahí, como las gaviotas que criamos para degollarlas cuando sopla mal viento.

Mis hombres me tienen más miedo que a pecar y quizás necesito decirte que elijo un trabajo peor que el otro y que no estoy en paz con nada de este mundo si no estoy en el mundo donde no existe paz.

Ya sé, vas a decirme que soy contradictorio y que me gustan los líos y los barros y que no entiendo nada de hacer pan pero que se me da bien plantar un árbol y sobre todo escribir un libro.

Y yo voy a decir que no preguntes que hago en esta oficina de paredes sonoras donde el sol es una niebla que cubre de amarillo el olor de los muertos de mi vida, como si fuera un campo de genista, sobre el que yo recuesto mis palabras como si también me hubiera muerto.

Te escribo porque no aprendo a hablar de lo que pasa. Y porque necesito que lo sepas.


martes

Gravitacional




Los puestos de vigía eran ácidos contra el viento vacío de balidos. Ácidos y solitarios como la destemplanza y la espera que jamás acaba en el olvido porque la geografía era un mundo hecho para gigantes y nosotros, pequeños y alejados, figuritas ocultas en la piedra como piedritas mínimas que se movieran solas al rozarlas el cielo.

La guerra estaba en el discurso de las cosas, pero desde allí no se veía y todo nos pasaba en el silencio.

Mis hombres y yo no estábamos seguros de qué cosa hacíamos en aquel lugar y nos limitábamos a acompañar la vida como la vida era: un esperar la muerte en el combate.

Los de allí tampoco sé si estaban convencidos de lo desigual. Suplían lo desigual con apostura, con entrega, con esa fe ardorosa que tienen los movimientos dignos. La causa era la tierra. La causa de los pueblos es la tierra, el lugar, una noción de patria que se busca y que a veces no está.

Yo convencía con eso a mis hombres de que no nos habían mandado a un “muere” equivocado, porque nosotros sabíamos de diásporas y de persecuciones y ellos me miraban con un gesto dramático que no decía palabras en aquella impetuosa inmensidad.

Granos de luz en tiempo de paisajes, esperábamos en las alturas la procesión de la muerte por los valles. Ansiábamos matarla por la espalda.



Imagen: Álbum de la tropa


sábado

Final abierto


                          .

Llueve en un exterior que no respeto, que no conozco, al que no adhiero, al que desprecio, del que quisiera huir y al que, sin embargo, estoy encadenado en la derrota

Llueve. Profundamente llueve una irrisoria vastedad de charcos de agua y sangre, mezclados en un asfalto triste, innavegable.

El aire se ha hecho sórdido, con voz de campanario derruido y hay una opalescencia neblinosa que dibuja extrañas pantomimas en los focos de luz.

No se ve nada más que niebla y agua palpitando con una torpe arritmia en este momento por el que camino una calle que brilla como cualquier ataúd recién lustrado.

Llueve de manera otoñal sobre una vida que declina en silencio y se desvasta, franca y descorazonadoramente se desvasta, exenta de esperanza.

Hay niños en la calle. Hay mujeres con niños en la calle. Hay hombres y mujeres con niños en la calle, que se pierden en agujeros húmedos, como figuras que desaparecen del orden de las cosas.

La soledad se vuelve un raro agravio, mas no para mí, que soy un extranjero en una ciudad anecdótica e inventadamente cosmopolita for export, pero que en realidad expulsa todo lo que se le acerca o lo vuelve -de pronto- miserable.

Es una vida con final abierto, como una carta con final abierto, como un relato con final abierto, como tus ojos de final abierto que tratan de leer en mi boca cerrada, de qué se trata mi última amargura.


(De: Psicoámbitos)



miércoles

B negativo






"Ay, pero es que su mercé tiene la sangre de los dioses y dónde es que quiere su mercé que encuentre de esa sangre, qué habrá sido inoportuno su mercé, venir a desangrarse ahora en que ni plasma hay, pero cómo se le ocurre."

Y corría, mientras hablaba como un loro automático. Corría desesperadamente y tan Cruz Roja, que corría el doble de lo que puede correr cualquier enfermera en un hospital que no es un toldo bajo el que todo falta. 

"Pero encima, B negativo, diga ¿no podía nacerse de otra sangre? No se me desangre y quién le manda y de dónde le saco yo ahorita O negativo si ni del positivo tengo, tenga en cuenta que complicado resulta su mercé". 

Y baja la diarrea arterial mojando el torniquete, puta sangre, que lo empapa todo con ese nombre que no conoce nadie en el territorio de la sangre.

 "Aguante pué, B negativo tenía que ser, y que otra cosa podía ser, su mercé y sus ocurrencias", como si la genética fuera algo que excede a las extrañas ocurrencias de Dios, si acaso ese día había un dios disponible, más modesto que el que hizo las cosas complicadas.

*

-¿Qué-e-e-e-e-e-e-e-e?
-B negativo.
-Yo.
-Entonces andá.

Y uno llega jodido y en ayunas, con cara de preocupación para el degüello y pregunta en la entrada y te mandan a Hemoterapia, "si, para la chica esa que se cortó las venas después de hacerse un aborto con un gancho".
Algún dios modesto, no el gran dios, arruga los caminos y los vuelve como un cruce de rutas o planta un tope raro y uno dobla y desemboca...

-¿Estás todavía en la escuela? como si no le alcanzaran a Hesíodo los demonios que reemplazan las cargas.
- ...si, ¿qué pasa? 

y entonces, ahh, me gusta el viento que se come la Kawa y uno llega con cara de "he llegado" entre los B negativos de este mundo, para devolverle la sangre a alguien que se quiere morir con las venas cortadas.

*

- Hay otras formas.
- Yo no las encuentro, sensei.
- Yo tampoco, pero sé que hay otras. ¿Ves que estoy viejo? Sigo buscándolas.
- Yo no soy valiente como usted.
- O yo no soy tan cobarde como vos.
- Usted no es cobarde, sensei.
- Lo disimulo mejor.
- No se vaya.
- No me voy...y si la enfermera con cara culera me pone más cara ortiba...le corto la yugular y nos chupamos la sangre...que estamos los dos escasos.
- ¿ Y si no tiene nuestro grupo?
- Ya no existirían las vampiros.

Que una pendeja de dieciseis años elija morir, me hace replantearme para que mierda vivo.
Soy un guerrero clase B y encima negativo.

De última, me queda el infortunio.


(De: La memoria (in)docente)


martes

Climática nocturna




Impracticable impráctico el tan lejos
y el tan cerca, tan cerca,

que en el roce
 de la piel de tu boca está lo claro 
de una noche sin lunas 
y un silencio se ensancha
de ríos fecundados y corazón, 
tejiendo.

¿Qué late en el desborde de tus ojos
pestañas más allá de las histerias,
sino lo sereno y lo maduro
que esparce la pasión de imaginar?

Te invento, te fabrico, te prolijo,
te visto, te desnudo, te masturbo,
peino la estrella redonda de tus nalgas
y la hinchazón de viento de tu pelo.

Nace tu voluntad de desarraigo
como una aparición indecorosa

y en medio de las líneas con que escribo
planta un árbol con sombra de metralla
y ata un cordero negro
y suelta un ave que aún no tiene nombre.

Va de página en página tu pie
llevando una candela
incendiaria y tenaz 
toda de brújulas

y corro en los pasillos de tu verso
como un antiguo gladiador romano
que busca ser liberto en la mañana.

La noche
nos exime de las milagrerías
y de contarnos cuentos de profetas
o leyendas urbanas sin el agravio de la necesidad.

Somos 
una imaginación que se desborda
con el roce tardío de la letra.

Imagen: Foggy in my mind by Kyo Gotmilk

viernes

El cántaro de carne


Pasado el primer momento de estupor, Von evita mirar hacia el rincón donde la penumbra oculta el bulto blancuzco en una combinatoria de luces y sombras.

Echado en el rincón aquel, desde el ángulo opuesto en el que Von se ha refugiado aferrando su saco contra el rostro como si se protegiera de un estallido o de un gas venenoso, el bulto da la impresión de ser un cántaro tumbado en posición incómoda.

Es una vasija inclinada, tizosa, caliza, caída casi sobre sus tallados, que aparecen coloreados e imprecisos, entre rojizos y grises sobre un fondo de color harinoso y sucio.

Permanece como un frasco canópico, olvidada a los descubridores de tesoros.

Von, desde el ángulo contrario, desvía los ojos cuando éstos intentan buscar aquel rincón.

Podría haber sido un frasco canópico o el resto de un hombre enterrado hasta el cuello y de quien solamente queda fuera de la tierra la cabeza para que los insectos y animales la devoren.

Podría haber sido una pelota desinflada y rota o un ídolo antiguo, robado por los "mapepo" y oculto allí, en el mismo lugar donde habían ocultado a este Von que se cubre los ojos y la boca con el sabor a tierra impregnado en el saco de su traje.

Comparten el espacio, cántaro y profesor.

Comparten el aire oscuro y caluroso y el febril laborar de las hormigas que empiezan a invadir, como las moscas, el rincón y la choza.

Pero afuera se ha instaurado un silencio que antes no existía. Un silencio opresivo, sigiloso, despeñado desde el follaje sobre el claro de tierra de la aldea donde no quedan vivos que se escuchen sino esa especie de silencio vertical que poseen los pequeños cementerios.

Von se arrastra otra vez hacia el ventanuco para observar que pasa en el afuera y no ve a nadie. Los "mapepo" no están alrededor ni se oyen las únicas dos mujeres que sobrevivieron, como si el que quedara dentro del cementerio, fuera sólo ese abandonado profesor acompañado por el cántaro roto.

Von titubea sin cobardía. Sólo titubea mientras se acerca a la entrada donde siempre está el guardia y otea como puede desde uno y otro ángulo hasta que repentinamente la figura y el profesor chocan sobre la luz.

Von retrocede con un grito asonoro y mira al nuevo participante de la historia. Lo mira sin decidirse por la sorpresa o por el temor, mientras el cuerpo del guardia resbala de los brazos que antes lo sujetaban y ahora lo liberan.

Von ve caer al cuerpo como un fláccido atado de músculos vacíos y permanece allí, impávido ángel luctuoso, presenciando la escena de esa muerte como si fuera parte de sus diarias rutinas.

—Apúrese, profesor…No tenemos tiempo. Vengo a sacarlo de aquí.– murmura el homicida.

Von titubea, pero las mismas manos que acaban de quebrar el cuello del guardia, lo sujetan y lo atraen al claro y al calor para emprender el escape mientras los "mapepo" se ocupan de batir el verde buscando otros posibles salvadores que acompañaran a Kimbu en el frustrado rescate.

—Espéreme…un momento…

Von vuelve a la choza, busca el cántaro y lo sujeta con una mano. Sale a la luz del sol, nuevamente.

—No puedo irme sin él.– dice, mientras enseña la cabeza de Kimbu al hombre que lo espera y que apenas hace un gesto de asombro.

El profesor la envuelve entre los pliegues del saco, amorosamente, y la aprieta contra el pecho mientras corren hacia el interior junglar, verde y profuso.

(De: El ardid de la sombra)


El ardid de la sombra (fragmentos)




martes

Remuneración discorde a servicio



Nunca entendiste esta realidad sórdida.

No supiste leer entre los negros la vocación voraz por la negrura y preferiste ciertos caireles de cristal transparente que hicieran glin, glin, glin, cuando la señora que limpia les pasa el trapo.

No entendiste a esta bestia que mató los futuros cuando estaba en el vientre de su madre y nació en su pasado, como un presente sin amamantar que nunca ocurrirá.

No entendiste la lástima que siente el predador mientras despedaza gozoso los bocados que ingurgitan su hiel. 

Ubicada en tu sombra, como una muñeca que enviudó sin casarse porque nunca te compraron un muñeco que te hiciera de novio, así estamos, una muñeca viuda y un animal cansado que la mira y le lame algunas veces las mejillas llorosas, cuando aprieta la sed.

¿Qué podés pedirle a un adefesio?¿Qué sea algo más que un adefesio dotado de un enorme poder de imaginar?

A veces pienso que en vez de ese silencio peculiarmente estricto después de tantos gracias, hubiera preferido diluir suavemente la voz hasta que se apagara. Diluirla también en el silencio, evitando de esa forma imaginar que, como alguna vez te dije, “hacés cualquier cosa para conseguir tu objetivo y te servís de todos si te sirven para tal fin, incluyendo en ese todos también a un enemigo como yo".

De tanto en tanto veo que regresás a mí, como los puertos.

Allí está tu silencio inspeccionando en mis costumbres y te miro mirar, sin provocarte y sin que me provoques. Ya hice mi trabajo, pienso siempre. Ese que te sirvió y del que te serviste. Ya hice mi trabajo y vos dijiste innumerables gracias numerados por tu satisfacción de ver ¡por fin! algo bien hecho que nadie hizo por vos antes que yo.

Pero la paga es esta: un mutante en estado de usufructo.

Te serví como un muy oportuno idiota útil.

No pienses que me quejo.  

Felizmente, yo, hace ya mucho tiempo que perdí el interés por observarte.


(De: Back to black)

sábado

Pasaje hacia el silencio


—Me dejás solo. Te bajás del barco como las ratas…– le había dicho Netri cuando terminó de leer los considerandos de la renuncia, esta vez indeclinable, con la que tuvo el desagrado de desayunar, frente a frente con él, en un desayuno que no fue de trabajo.

—Me bajo del barco “de las ratas”, querrás decir.– corrigió a Netri, sin inflexiones que denotaran otra cosa más allá de lo que decía– Vos deberías hacer lo mismo si no querés pasar a la historia deshonrosamente.

La palabra hizo su efecto y sobrevino el silencio.

*

Las historias no importan sino el impacto de vivirlas. Eso es lo que moldea el dolor: la curiosa vitalidad que provoca en algunos el filoso ejercicio del sufrimiento. Saber sufrir es un arte porque el sufrimiento es la antesala de la destrucción.  

—De la moral…de la destrucción moral.– aclaro, escaso de humor y observando desde el ventanal del bar grasiento una calle sin nombre en la que se acumula la basura.

—No me jodas. Te me venís a poner en filósofo ahora…¿Sos un apólogo de la carencia humana o qué?

La consumición la pago yo y salimos a la noche barata del suburbio.

Somos dos chicos malos en un callejón sin salida y pensando en quién es el más ágil para saltar el paredón y transformarse en un pedazo de amorfa oscuridad.

Somos dos chicos malos en la misma encrucijada en la que desembocó nuestra carrera hacia adelante (como son todas las carreras) porque ambos imaginábamos que las salidas quedan delante de lo que intentamos dejar atrás.

Somos dos chicos malos que se mantienen a tiempo de disparo, exilados del bien, mirándose y midiéndose en una indefectible equiparación de carencias.

Nadie se salva cuando lo que se derrumba es la mirada que uno intenta mantener en el espejo.

—Bueno ¿y? ¿No me vas a matar?

Mientras le apunto, yo recuerdo Liberia.

El gatillo cede con la misma suavidad de un gato que se curva ronroneando debajo de la mano que le desliza una caricia y se escucha el click, solamente click.

—¿No me vas a matar? ¿Cuervo, no me vas a matar?

Guardo la pistola y me voy.

Mientras me voy susurro: Perdoname loco, no te veo ¿Te digo la verdad? No le acierto jamás a gente muerta.

Antes de subir al auto oigo el disparo.

Alguien que no le importa a nadie acaba de morir dentro de un callejón.


(De: Back to black)


 Imagen: El soñador sigue durmiendo by S. Fromthehead

jueves

Un rosario de valvas que hacen clac


Un patético pequeñín melodramático vocifera futilidades con el culo apoyado en su  pila de mierda. No se mueve de ahí, como dando a entender que es parte de la misma composición fétida y agusanada.

Es un cerdito triste y minúsculo, que intenta ser un cerdito menos triste y más grande, aunque  berrea como un cerdito falto de teta, fálico, mamándose a sí mismo la pija fláccida en la empresa de satisfacerse la necesidad.

Doblado sobre sí, succiona su pedazo impotente, como haciendo de puta, para conseguir un orgasmo que le alivie la desgracia de tener el esperma vacío, improductivo, edipoide.

Berrea grotescamente con los tonos monótonos en que la garganta gruñona y atiplada le permite esa voz mediocre y mal cocida (carente de punto, diría) mientras ruega por un aplauso. Paga por un aplauso que nadie le da. Entonces, se aplaude en la oscuridad, como un Anónimo turgente que no diferencia la o de la u. Un Anónimo snob y una lacunosa personalidad femenina de contornos difusos. 

Voz fofa, insustancial, burda, olvidable, anárquica como un hervidero de gusanos de mosca, impotente como un amputado que debe subir una montaña, clama desde la minusvalía de su universo, imaginando que los ojos que lo observan, grotesco en su absoluta simplicidad, admiran su condición escatológica.

Más digno de piedad que de respeto, levanta su pezuña tratando de ensuciar algo que está demasiado lejos de la esfera de su comprensión. Salpica y salpica porque no tiene éxito, porque no tiene más que lo que tiene: una voz irrisoria, piorreica, que a nadie le interesa, dada su inconsistencia irracional.

Ridículo como todo el que grita sin argumentos válidos y necesita la atención del otro, no es más que una marioneta carenciada, un pobre y carenciado pelele, arrojado en el medio de un basural y olisqueado por un perr@ que le chupa las lágrimas.

No crean. A pesar de mi consetudinaria hijaputez, los seres deplorables me dan pena.

No consigo sobornar la intensa lástima que me provoca su lectura.


Troncal



Estábamos al pie del universo como dos brevas rotas.

Dos brevas místicas para fundar otra vez la higuera ardiente
con nuestro fuego
 hecho de eclipses pálidos y de víctimas huecas
y de sillones desde donde las abuelas del mundo
cantan pasas y almendras.

Nos mecíamos, frutales y planetarios,
en una deriva sin recodos,
en un mar de saliva malgastada,
en el lomo de un beso a medio hacer entre la prisa
y la incertidumbre.

Exponíamos el corazón semilloso y rojizo
con la dulzura joven
crédulos como un apósito encima de una boca de sniper
sangrantes y prolíficos en fe.

Nos volvimos oscuros casi sin darnos cuenta,
como un lunar morado
que se transforma en un lento tumor. 

Nos quejamos ahora de la vasija de los higos secos,
un vicio de solos que odian la compañía de los vivos.


De: La temblorosa opacidad


miércoles

Simbología del dolor profundo


Imagen del genocidio hutu


Uno muere en su piel. Muere en su arte como un bichito gordo rondando una bombita de cien vatios, porque esa es su elección. Se hace ceniza desde el tiempo a la boca, hilando libros que lo cuentan de espaldas. Es feliz con lo puesto y lo inventado, porque para vestirse está el invento y para desnudarse la palabra. El dolor y el pasado conjugan en presente. Y como en el hebreo, no existe en esa conjugación el verbo estar. O ser. Ani aluf mishné...para lo que me sirve en estas circunstancias en que no consigo mandar siquiera sobre lo que me duele o lo que siento.

En el fondo de mí hay sólo un náufrago. O un buzo que se ahoga. D-os dirá.

(De: Poiesis)

domingo

Té de rosas



A veces pienso que sus uñas rasgan la oscuridad y que las letras con las que escribe sus espacios de miedo son justamente eso, rajaduras, arañazos feroces sobre una densa y feroz oscuridad.

Sale luz por ahí, una luz pálida llena de vientos de nevisca. Una luz como un soplo que cruza desde un polo al opuesto, como un cometa errático, febril y errático, brillante, nebuloso y envolvente.

Su esplendor se desarma en muchas lágrimas y el cometa termina siendo un río en que ahogar los peces y los pájaros con un suave movimiento de hacha que corta una tormenta.

Todo es estrépito en su metamorfosis.

Oscuridad que canta. Oscuridad que llora. Replique gutural de un alarido derrocador de estrellas que sobre el papel se despatarra en esta lluvia de letras apedreadas.

A veces me imagino que deambula entre un cultivar de rosas negras y que en una hornacina de hierro guarda hirviendo un eterno sirope de pétalos morunos.

Con él se pintará los labios el día que me bese.

(De: Poiesis)

Imgen: Voces by Sebastian Tabuteaud

viernes

Sobre dioses y causas


Desde que volvió le pusieron La Terca, dice, pero se llama Clarinda del Carmen, Costa de apellido, por la Virgencita del Carmen lo del Carmen, aclara, que ella le pedía a la Virgencita que fuera y le pidiera a Dios que las sacara de ahí y fue la Virgencita nomás y Dios, sonríe y lo mira como a un santito de ermita, vino.

Y sí, dice después, acá, lo que se ve, nomás hay, lo que se ve, turista, de paso, milico del Destacamento, esos ái, los amigos suyos esos, siempre vienen a tomarse sus traguitos, no se machan, no, nunca se machan, solamente se toman sus traguitos, como pa entretenerse alguito, que no hay mucho que hacer, ya habrá visto y una con lo que hay va tirando, don, pero lo de La Terca, porque a mí déjeme como estoy que bien me basto, no, porque no me quiero casoriar ni amañar, nada de eso, mejor lejos el hombre, mejor lejos, sonríe y lo mira, tendría que ser muy bueno, muy bueno y ya tengo hija, la Carmencita, le puso el nombre en honor a la Virgen que fue a pedirle a Dios por ella y por las otras, estamos bien así, con mi tía, que ya la vio usted, don, lo buena que fue conmigo después de aquello, que me hizo lugarcito sin preguntar nada, y eso que yo ya venía gruesa y sin embargo, nada, y así nos arreglamos y vamos viviendo, don, que es mucho, ¿sabe? , es mucho y fuimos probando un puestecito, otro puestecito, y ahora a la muerte de mi tío acá nos ve a las dos, no será mucho, será humilde, pero es limpio, es decente y alcanza.

Antes le había preguntado ¿no puede dormir, don? cuando lo vio en silencio, mirando cualquier cosa que parecía estar allí pero no estaba, con todo el amanecer haciendo frente al agobio y a la polvorienta gelatina de una resaca que no terminó de declararse.

Los otros sí dormían, casi con desmesura, después de tantos por la Patria y tanta anécdota y tanta copa llena y vuelta a llenar. No hablaron de lo específico. Se tantearon jugando a compartir el mismo objetivo fronterizo, la misma verdad, la escarapela, el honor y el servicio. Quedaron para después de diana, para ultimar detalles, después de diana, la bandera en alto mientras se lanza sobre el mundo desolado y puneño el vaporoso amanecer y allá la yunga, piensa y se le van los ojos a los montes, a la selva de altura arrobada de una nebulosa azulina, la libertad es ésto que él es ahora, piensa, este ejercicio del hombre y sus conflictos.

- Matecito, don.

No le pregunta. Lo extiende con un ademán simple y mira la mano varonil que lo recoge y después los labios que ciñen la bombilla de caña. Antes se estuvo preguntando ¿dulce, amargo? pero él no hace ninguna cara, acepta, chupa el sabor oscuro, áspero, el agua es una mierda a estas alturas, les había explicado Huarky a los novatos, no se agarren cagadera y todos revisaron las pastillas, y todos no tendrían cagadera pero estaban medio apunados, está muy alto acá había dicho Relós, no Reloj, como el del chiste de Les Luthiers que le hicieron contar cuarenta veces durante el viaje, porque le salía igual.

A caballo o en bici un desfile de niños de guardapolvo blanco almidonado le parece de repente una postal de antaño, un retrato de un recorte de tiempo que se aleja, una suelta de palomas en reverencia al sol, un sol incaico, casi de bandera de guerra, devuelve el mate y Clarinda ceba mientras se hornea el pan casero en el horno de barro y hay tanto pájaro que grita, tanto pájaro peleándose por migas y por sobras y ella huele a limpio y a madera, vuelve a cebar, el día se hace claro, resplandeciente, enorme. Me gustan los patios, piensa él y ella trae pan, mantequita, dulce de calabaza, se acompañan, tácitos y silentes, el mate va y vuelve de una mano a la otra, llegan las gallinas, roban trozos de pan, chus, chus, las echa ella, agitando el delantal de cocina como una bandera llena de flores.


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