Búsquense su voz, no usen la mía

Protected by Copyscape Online Plagiarism Test

Presentación del hombre

De madrugada - Patxi Andion



Me matará el ir de frente y decidido
y esta inútil fuerza de macho convencido

Parafraseando a Serrat

Parafraseando a Serrat :

"La verdad no es prepotente. Lo que no tiene es remedio".

jueves

אני הבאתי


—Ya sabes…nos hemos puesto solos.

—¿Por qué me hablás de tú en vez de hablarme de vos?

—¿Te hablo de tú?

—Si, si, me estás hablando de tú…No dijiste sabés, no dijiste nos pusimos.

—Exceso de idioma inglés.

Lo escucho replicar mientras sostiene a la gata entre las manos. Veo un gato gigante que amasara un juguete con forma de gatito. Un gran felino que ha comido mucho en la cacería última y ahora, solo, quiere afelpar las garras.

Acaricia a la gata con fruición, algo que se parece mucho a la necesidad.

Ella es una cosita lasciva que cede al imperio de ese manoseo como si él –en vez de acariciarla– la fuera modelando en un amasijo peludo que hace el mismo ruido a cuando un motor regula suavemente. Mientras las manos trabajan ese bultito hecho una larga liviandad de carne y pelo, desde aquí se escucha el runrún sedoso, complacido, de hembra que se deja sobar.

Me pregunto cuál de los dos es el que está en celo. Si la gata que se estira y contorsiona transida de ternura o él, que la conduce con caricias hacia esa indefensión de hembra entregada.

Es algo que sabe hacer. Comienza su trabajo con los ojos y sólo con los ojos, que pueden parecer casuales pero nunca lo son. Su mirada nunca es casual, lleva intenciones que hablan un idioma de ira o ternura sombrías que no se extiende a los demás gestos. Permanece solamente en la mirada. Por eso llama la atención esa suerte de idioma de otro mundo hablado cuidadosamente a solas, como consigo mismo, en una conversación de alteridad que consigue apartarse del entorno para entablar su diálogo con nadie.

Se reclina por fin, entornando pasivamente la mirada, como si decidiera apagarse y morir por un instante y darme la prevalencia en cuestiones domésticas, del mismo modo que un amo le permite a un sirviente cumplir con lo ordenado sin meterse en la forma de ejecutar la orden.

A veces me parece una de esas estatuas lúgubres que habitan los cementerios cristianos. Un gris ángel de túmulo que preside mi muerte o mi resurrección sin proponérselo.

En el espejo veo a la mujer.

Reemplaza ahora a la gata y está allí, como si la gata hubiera trasmutado y crecido en un descuido de mis ojos, y luciera depilada y desnuda, sinuosa como el ronroneo del que nació una virgen.

Lame con suavidad pausada, con lentitud deleitosa y curativa, el cuerpo decadente sobre el que su plasticidad se arrastra como de cacería.

¿Por qué digo decadente? me pregunto. Quizás porque lo quiero ver así, seco, torturado y efímero, mortal sin aspiración a la sobrevivencia y sin deseos de renacimiento.

Y sin embargo, es esa fuerza tzabra de mal ángel, de entidad disoluta indominable por la artimaña húmeda del sexo, la que ahora en el espejo deshace a la mujer como a una flor que se somete al viento en un desierto.

No sé por qué debe ser tan animal para el apareamiento cuando ya ha decidido ser el dominador entre nosotros. No busca un equilibrio entre la fuerza y serenidad. Actúa, despiadado, con una sed promiscua y asesina. Sin riberas.

Escucho a la mujer que se deshace y llora tibiamente, en ese silencio en el que nos sumimos, aún sobre ella.

Él cierra los ojos. Yo los abro.

Sonrío a la mujer que me sonríe. Trato de no dormirme, para permanecer un rato más aquí mientras él duerme.


(La pasión triste)

viernes

Arseniato de amonio



Estoy frente al espejo.

"Al final uno es un tipo roto que aprendió a coser y se zurce tan bien que parece un modelito de alta costura, prolijísimo y perfecto, cuando camina entre los otros que están igual de rotos, pero no aprendieron a remendar las llagas pegándoles encima papelitos brillantes.

Uno no es otra cosa que sus consecuencias. No se puede andar haciendo de uno y pensar que no genera consecuencias su accionar. Sabe fehacientemente que es un generador de consecuencias contra o hacia sí mismo. También en favor de los demás, esos otros oportunamente favorecidos, pero a la hora de la cuenta, esos no cuentan. Es uno contra – o con – su propio ensombrecimiento. Toda sombra se paga y se apaga entre las sombras. Toda sombra es una sombra que indefectiblemente queda atrapada en la oscuridad de la que forma parte."

Es inexorable que si viene a mí, suelte un sermón que nos haga diferentes el uno para el otro. Él es siempre el que está al cabo de la calle y yo, el que todo lo ignora y está obligado –en momentos de extrema debilidad– a comerciar con la agnóstica parte de su fuerza que nos mantiene a los dos a salvo.

Me mira con esa purulencia socarrona que nace de sus ojos y se desparrama como un charco negro, embreado, por sobre todo lo que nos vemos obligados –o lo obligo– a compartir. Sé que no quiere explicaciones porque jamás las precisa, pero igual siento la obligación o la compulsión por el murmullo con el que torpemente me justifico.

—Te llamé porque ella me preguntó qué cómo estaba y entonces le dije la verdad.

—¿Qué no sabés cómo vivir sin mí?– investiga, ecuánime. 

—Sobrevivir…es más apropiado.– lo corrijo y él tuerce la boca acidulada, parca, férrea.

—Si te quiere…me tiene que aguantar.– susurra, plañidero, con esos gestos que casi no son gestos sino paréntesis que vibran dentro de una espacialidad mínima– Vos sos apenas un corderito triste.

Acepto que me ofenda. No sería él si no me agrediera con su poder de no combustionar en los incendios y de no deshacerse en la metralla. 

Cuando debemos separarnos me protege. Ya desdoblados, él es, de los dos, quién está capacitado para vencer al miedo y al dolor. Dice siempre que es su deporte ese de probarse en resistencias inimaginables. Si las papas queman, las retira del aceite con las manos desnudas y disfruta con una sonrisa de las llagas que eso le produce en esas manos con las que no ha aprendido a acariciar. Cuando las papas queman me aparta, me confina a un rincón, como a un fisgón o un trasto.

Sé que disfruta de tenerme lejos en esas circunstancias y de que pueda ver como él resiste. Estoy seguro que le produce orgasmos que yo vea lo que no puedo ser porque él lo es.

—Los buenos mueren.– dice, haciendo alusión al tema musical que estoy escuchando– Si no te importa, no me voy a afeitar.

(De: La pasión triste) 

 

lunes

La imagen de Von


Era un tipo muy delgado. O se había vuelto delgado ahí dentro, porque en realidad antes de estar delgado era sensible.

Era un hombre sensible. Trabajaba para el lado contrario. Quería gente sana y conocía las partículas del hambre en la vida paupérrima y el vencimiento de los medicamentos.

Cuando el capitán miró la foto, vio a ese hombre de traje muy holgado. Esos trajes que no se sabe si es que tienen mala confección o el tipo adentro de ellos ha sufrido alguna metamorfosis inclemente.

En aquella época, al capitán se le habían extraviado las veredas y los lados le eran indistintos porque estaba fascinado con el ejercicio de si mismo.

El hombre en la fotografía no tenía nombre. Todos le decían Von.

—Es mejor Von que encomienda, paquete o cosa.– dijo y sus dedos manosearon la foto que su superior acababa de abandonar sobre la mesa, sobre un ángulo del mapa.

El capitán tampoco tenía nombre. En algún momento se le había extraviado frente a un avasallante alias que aceptó sin chistar porque además supo que podía disfrutar de él a conciencia y a ultranza. La vida da pocas satisfacciones y en numerología, el 9 es el representante de la extrema inteligencia.

Aceptó ser el Licaón nº 9, como si con aquello alguien hubiera decidido reconocer sus extrañas cualidades para cazar historias sin fronteras.

Hacía calor debajo de los toldos y el día sonaba como un parche reseco. 

Sentado como un Buda que no siente, los otros lo observaban aprontar las armas. Tenía eso de armar y desarmar con los ojos cerrados. Los cerraba como si ese sentido estuviera de más y pudiera hablar con los metales a través de las palmas de la mano.

A los otros los divertía aquella afición por la oscuridad, como si las armas y la ceguera, el frío y lo metálico, tuvieran una armonía concordante que ellos no podían percibir, pero que para Neruda estaba hecha toda de símbolos táctiles que sólo el descifraba.

Desarmaba y volvía a armar ese rompecabezas mortífero como en una carrera contra el tiempo. Luego lo abandonaba, prolijamente exacto y se dedicaba a otros asuntos.

Como no molestaba, nadie lo molestaba. Como no se hacía notar, no lo notaban.

No era dicharachero como el nº 3 o sentimental como el nº 5. No era ampuloso y verborrágico como el nº 8 ni atónito antes el mundo como el nº 6. Tenía un poco de todos y todo de ninguno. Como Von.

En la fotografía le pareció una especie de Mesías travestido como un espantapájaros. 

Lo rodeaban niños muertos de hambre con rostros hechos de enfermedad, miseria y karma.

Y Von estaba allí, tras unas gafas gruesas dentro de las cuales sus ojos se perdían en el color del vidrio, como el hombre pierde su vanidad en la miseria y comienza a mirar la vida desde un foso.

Pero Von sonreía abrazando a los niños que también lo abrazaban y sonreían igual que él sonreía frente a la polaroid.

La foto había pasado por todas las manos durante el vuelo que los llevó hasta allí. 

Cuando llegó al Escriba aquella imagen, le recordó a su infancia. Se vio en alguno de esos niños que abrazaban a Von y que posaban con sonrisas de niños malheridos, esqueléticos y simiescos, con sus ojos enormes de densa luna nueva oscureciendo de luz la adversidad del cielo.

Estuvo un largo rato contemplando la foto de aquel hombre y sus niños, atascados de polvo bajo toldos-refugio, abrazados, unidos, como el acto más simple entre los hombres.

—Solicito permiso para buscarlo yo.– le dijo al nº 1, extendiéndole la fotografía como la devolución de un acuse de recibo.

—Ya está...ya está El Escriba detrás de otra medalla.– bromearon los demás.

—Tantas medallas te van a doblar hacia adelante.– murmuró el nº 6 que siempre estaba atónito ante el mundo y conocía todos los nombres vegetales del latín.

—No es por la medalla.– se defendió El Escriba, pero tampoco explicó el porqué.


(El ardid de la sombra)

martes

Fugitivos



¿Llevas esa cosa a todos lados?¿No temes que se rompa con tanto vapuleo?

La curiosidad de ella interrumpe la lejanía en la que él se acurruca con sus mundos. Mientras desvía los ojos hacia la mujer que le habla, piensa, y repite para sí mismo, “acurruca, como un pájaro tímido que ha olvidado volar”.

Ella insiste con la mirada sobre la portátil en la que él teclea. 

—¿Qué escribes?– quiere saber– ¿Un informe? ¿Una crónica? ¿Un diario?

Él a veces también se pregunta qué escribe. Qué es realmente lo que escribe. 

—Historias.– dice.

—¿Te ayudan a escapar de estos infiernos?– pregunta ella con ansiedad dialoguista.

Él hace un gesto lleno de vaguedad, de “no importa”, que incluye a la vez otro de cerrazón y alejamiento. 

Con el gesto aparta a la mujer de esos mundos que ella intenta invadir y en los cuáles él yace acurrucado. Se reconoce también un poco fóbico a la requisitoria periodística. Siempre lo ha sido, además. Los periodistas que no saben guardar su lugar le producen una tirria grasosa de la que nunca consigue liberarse.

La mujer se acerca. Gatea hacia él entre el desorden del sitio donde están. Le ofrece un cigarrillo que él rechaza.

—Ah…eres un chico sano.– dice– Buen chico.

La lumbre enciende el cigarrillo y las facciones de la corresponsal. En la semipenumbra el rostro claro de ella aparece a los ojos del hombre como un altar votivo. El rostro de él, lamido por el resplandor de la pantalla, también es una emanación de luz violácea en los ojos de ella.

Se miran uno al otro, en esa brevedad iluminada, como dos dioses de cultos diferentes. Dos dioses disímiles, un poco endemoniados, revueltos, sucios de rincones con angustias que les resulta imposible remediar y por los cuales caminan entre la crueldad y la indiferencia. Deidades menores disfrutando de un instante de luz sobre un altar en ruinas que se ha prendido fuego.

Los ojos de él resbalan como una pluma que arde. Bajan con lentitud por las facciones de la mujer que, displicente, se lleva el cigarrillo hasta los labios con un sosiego casi reflexivo. Él mira el rostro y la boca, desde la cual el humo brota lo mismo que una mano que se va deshaciendo hasta volverse parte de las sombras. 

—¿Qué?– quiere saber ella y suelta una risita.

Él dice “nada” como si no hablara. 

La mujer recuerda a la otra mujer. La recuerda en el rincón en el que la encontraron amamantando al niño y recuerda la mirada de él al encontrarla. Una mirada extraña, entre la ternura, la curiosidad y la lascivia. La mirada de un hombre que mira la turgencia de un seno de mujer con la codicia de un recién nacido. 

La periodista recuerda los segundos que duró esa mirada o quizás fueron décimas de segundos larguísimos, confusos, contradictorios y quizás, hasta por un momento, bestiales. Luego el hombre salió del lugar como si jamás hubiera entrado. Se alejó hacia los demás que también revisaban otras casas.

Ahora, allí, él la mira con la misma mirada y es un animal hirsuto, agazapado, del que sólo se ven trozos dispares dependiendo de los movimientos de la luz. 

Pero ella ve los ojos o los siente, tan gravitatorios como ingrávidos, rozando con vigor las sensaciones por las que se acercó al hombre que escribía en el rincón sombrío. Conoce la curiosidad que da el peligro. El peligro es un hábito extremo. El peligro es algo que agiganta la vida en los lugares donde la vida ya no vale nada.

Él deja la portátil a un costado y atrae hacia su territorio a la mujer.

— ¿Vas a escribir en tu historia la parte en la que tenemos sexo?– quiere saber ella mientras apaga el cigarrillo y con la mano empuja sobre el teclado la tapa de la portátil.

– Si. Es una forma de fuga esto.– responde la boca de él aún mientras el lugar se oscurece–Todos huimos alguna vez. Todos huimos así, alguna vez.

(Segundo diario del Kurdistán)


 Imagen: Natural light by Dave Kelley

domingo

Ninguna escena es de Gaza






Dedicado a mis hermanos kurdos que luchan solos por frenar este desastre.



Ninguna escena de este video transcurre en Gaza. Transcurren en Irak-Siria.
Todos los pancartistas y llorones de pro que se la pasan vociferando contra Israel, deberían pensar en esto.

Como he visto a pocos gritando por esta masacre, imagino que todos los pancartistas y pacifistas de las redes deben estar de acuerdo con el EI y conque esto suceda.
Solamente escucho hablar de Gaza y en contra de Israel. 

El árbol tapa el bosque, para variar.

(Segundo diario del Kurdistán)

 

jueves

Amapolar



Extraño aquella reaparecida adolescencia
en la que dentro de nuestras mentes retozábamos
displicentes y dispuestos como gatos que recuperan la jornada del sol.

Extraño el estímulo de tus uñas
en mi cuero de ansiar
y ese lento ademán de tu guante de seda
liberando la bofetada igual que una metáfora rojiza.

Extraño el verde diametral con que medías el ancho de mi furia
y la fugacidad de mi sueño sin domadores.

Luego, reestrenamos la ancianidad del llanto
como se recupera una fotografía que intentamos romper.
Nos habíamos permitido una luz joven
hecha de cosas épicas y manos percudidas por la labor de amar lo que tallábamos.

Un día renacieron los espejos de envejecer de pena.

*

Nos hemos escuchado las cigarras y los truenos de mayo
como dos dioses humildes que se relatan historias lejos del paraíso conculcado.

Hablábamos a través de vidrios con sollozos
entre la dulcedumbre y la hazaña.

Las nuestras eran historias hechas de fragilidad y de pelea con lo cotidiano
y había mucha risa que reír porque las contábamos como somos:
orgullosamente

así como se crece en el aprendizaje del fracaso.

No nacimos para suicidarnos y por eso nos damos el pequeño gozo de parecer suicidas.

*

La tuya es una sensualidad áspera.
Congenia con la mía en la actitud de zarpa
y en el comején meticuloso que tiene el ronroneo
cuando se aproxima con el diente de herir
el corazón.

Una hembra húmeda que atraviesa un humedal con luna
y caza por los sueños a un animal de piedra.

Mi corazón es una gruta insatisfecha decorada con pinturas rupestres
donde tu porción arbitraria
domestica las bestias de mis sombras.

*

Mi mundo parece fundado por antropófagos.

Cuando me acuesto en esta litera prestada
tengo que empujar muchos cadáveres que ruedan
y se quedan sobre el piso como esperando no sé qué.
Sólo de esa manera cabe tu sombra junto a mí.

Los empujo de mis ojos.
Lavo mis ojos hasta producir niebla
pero los cadáveres emergen de esa polvorienta rutina de quitarlos.

No hablan. Nunca dicen nada. Permanecen.
Sencillamente permanecen
como si fueran parte de un profundo afecto inolvidable.

A veces son ellos los que te empujan fuera de mis brazos.

*

Estrujo tu figura amapolada como un líquido índigo.
Mi pecho ha florecido de viejos nubarrones picantes
que el jugo de tu saliva empapa en rojos.

En las cartas de amar se suicida de arrebol tu lengua quitándome la sed
y un goteo de luz tajea la mía con un filo degollador de besos.
Me chorrea fulgor entre los labios igual que un río
rojo y triste igual que una hemorragia
roja y triste.

Alguien venda mi nombre con el último jirón de tu bandera.

Dejo la perpetuidad.
Cierro los ojos.

Te extraño de manera inconfesable.


(Segundo diario del Kurdistán)


miércoles

Escena de hospital


Hay demasiada gente en los pasillos y en todos los espacios de caber, como un mundo de hormigas que se multiplica en la voz del clamor.

Hay demasiada gente, pocos médicos y no quedan camillas ni camas ni sillas donde meter a todos los que siguen trayendo los camiones o llegan a pie, igual que un río que avanza hecho con pecios, luego de destruir parte del mundo.

El hospital es una isla desbordada de náufragos que se caen de ella y esperan su turno por un sitio en la playa del consuelo, abandonados a merced del mar. Ya no quieren nadar hacia otras islas. Se desarman en cualquier lugar. Se desmantelan.

Han arribado también los primeros equipos médicos que refuerzan al personal de planta. Llegan desde lugares con desastres próximos, con sus otros idiomas y su inalterable sacrificio. Sobreviviendo al mundo de Babel, corren y se arrodillan y rescatan del maremágnum de la calle a esos náufragos nuevos que llegan arrastrándose. Todo parece un tiempo de cadáveres que no se resignaran a dejar el hábito de la supervivencia.

La vida de estas comunidades rescatistas es extraña como es extraña la solidaridad que ellas practican como un riesgo vital.

Habitan en la peor parte de los hombres y siempre las encuentras allí, entre los gemidos y el olor a muerte, plantando sus manos de curar entre la carne rota. Van del desconsuelo al desconsuelo porque ellos son así.

La noche cae fláccida. Cae como una boca inapetente sobre la multitud entre la que resulta imposible desplazarse con la rapidez que requieren algunos casos demasiado graves.

Los equipos de rescate continúan acercando personas a las manos que curan. Como no hay ya camillas, los de rescate corren con las personas en sus brazos, traduciendo a su manera lo que pasa con ellas. Las sostienen y corren hacia médicos que no dan abasto y que repiten de manera automática “aquí no caben más” para luego nombrar algún otro hospital al que llegar y para el cual la vida ya no tiene más tiempo. 

 La noche es un rastro de espuma sin estrellas que se asienta lentamente en el alma.    
                                                                                                            
Durante un rato la médico ha observado al hombre sentado en el pasillo con el niño en los brazos.

La de él es una imagen habitual: un soldado con un niño en brazos que espera por un médico y mientras tanto sostiene el cuerpo que desde lejos a la médico le parece una bolsa con líquido. Está allí, sentado entre otros muchos que esperan el turno curador.

Sobre el suelo, en el pasillo donde se atiborran refugiados, el soldado abraza al niño contra su cuerpo. Lo sostiene así, estrechamente contra él y sólo de vez en vez le habla, como dándole aliento. Pero la gente es mucha, la fila larga, las urgencias sobrepuestas unas a otras.

El hombre ha insistido un rato en que atiendan al niño, pero cualquier insistencia es imposible. Nada alcanza para acelerar la tramitación en que los desastres se desarrollan encima de los hombres. Resignado, permanece allí, abrazando el cuerpo contra su propio cuerpo, casi como una bolsa con tesoros.

—Somalí…eh, tú, somalí…Entra.

La médico le hace un gesto al soldado, pero el soldado no atiende al gesto de la médico. Sólo sostiene al niño, con los ojos extraviados en algún lugar que está lejos de allí.

—Somalí…¿vas a entrar o no con ese niño?

La médico insiste, acercándose a la entrada de la sala de traumas desde donde otro personal retira a un muerto.

El periodista de la BBC que está tomando fotos y recopilando testimonios, llama la atención del soldado sobre la médico.

El hombre alza los ojos y la mujer en la puerta de la sala de trauma le hace un gesto. Lo observa levantarse, apretando al niño contra el pecho y avanzar, sorteando a otros que esperan.

—¿No me escuchabas, somalí?– insiste en preguntar la médica.

—Kenyata.– dice él.

—Pues para mí eres el somalí…Te atendí en Nairobi cuando te trajeron desde Somalia. Moriste en mis brazos…Yo soy la médico que declaró tu muerte.– dice ella, risueña– ¿Cómo olvidarte?.. Te declaré muerto y resucitaste 30 segundos después…Yo ya me había quitado los guantes.

—En estos lugares siempre somos los mismos.– reflexiona él, aferrando al niño contra el pecho como un flaco paquete de alimentos en un tiempo de hambruna.

La médico casi debe forcejear con el hombre para colocar el cuerpo del niño en la camilla.

—¿Sus padres?– pregunta.

—Muertos.– murmura él. 

—El niño también.– dice ella. 

Manda retirar el cuerpo y no agrega nada más.

El corresponsal de la BBC toma dos o tres fotos de la escena.


(Segundo diario del Kurdistán)

Imagen: Album de la tropa 

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...