Zamba del ángel - Ariel Petrocelli

Zamba del ángel de Ariel Petrocelli.

Parafraseando a Serrat

Parafraseando a Serrat :

"La verdad no es prepotente. Lo que no tiene es remedio".

Para la cabecera y sin dudarlo

Hubo algo de eso de quedarse petrificado, cuando vi este video que acercó Sández a Ultra. Así, petrificado como en las películas en las que el protagonista se mira al espejo y aparece otro, que también es él o un calco de él o él es ese otro al que mira y lo mira, en un espejo que no tiene vueltas. Y realmente me agarré tal trauma de verme ahí a los dieciseis años, con la cara de otro que repetía lo que yo dije tal y como yo lo dije cuarenta años antes, que me superó el ataque de sollozos de esos que uno no mide. Cómo habrá sido, que mi asistente entró corriendo asustado, preguntándome si estaba teniendo un infarto. A mi edad, haber sido ese pendejo y ser este hombre, es un descubrimiento pavoroso, porque sé, fehacientemente, que me morí en alguna parte del trayecto.

domingo

...y digo Patria

Go away 


 Ella supo domar a la sombría bestia de las tardes con costillar de otoño. 


 La espiaba en su jaula, diariamente, tratando de aprenderla sin que aquel animal intrigante y hierático notara su interés. 


 Había descubierto sus horarios del agua y del descanso, que nunca eran los mismos y los días corrían, cambiando la posición el sol y las canillas y el rechinar oscuro de la prisión del ave. 


 La bestia de las tardes era una mezcla mórbida de pájaro en cenizas y mascarón de barco. Salvaje bicho tosco de grandes garras hábiles, que había aprendido como animal domado por aquella pericia persistente que ella ponía en hacerlo, a sujetarle con fuerza la cabeza y balancearla casi como un juguete que se ama y se odia. 


 El animal había aprendido a jugar con ella y con su lengua, en un retozo feroz de mordiscos de oso y lengüetazos torunos y calientes. 


 Ella había aprendido a ahogarle la ansiedad en la boca, dejándole rozar con su verga la garganta en vaivenes frenéticos o sutilmente lentos, que dirigía siempre con su hacer adictivo y sus labios de lazo. 


 Eran un batallón y una muñeca, el animal y ella, por la casa, rompiéndose uno al otro como portarretratos sin familia. Ya exhaustos, en el suelo, en la cama, en todos los rincones y en ninguno, ella se acomodaba encima del pecho de la bestia, como el peso liviano de una nube que se le pierde a Dios sobre un desierto.


(Fragmento de la novela)

...y digo Patria


Tan aceitoso como embetunado, Domingo era petiso, muy petiso y muy flaco, aunque tripudo como un pez barrero o un chiquito de Biafra, con una calva brillosa y grasa rodeada de pirinchos erráticos, separados por la misma grasitud de la calva o por mugre atrasada que le daba aún peor aspecto.

La abuela lo llamaba “el petiso ese”.

Cuando hablaba de él, su rostro transmutaba hacia una fealdad agresiva y neurótica. Su mano de acariciar se volvía un gancho rabioso que señalaba con saña la puerta de entrada. Decía: “no quiero ese diariucho en mi casa”, como si rugiera desde un agua ronca, quebradiza, electrizada por miles de pirañas con hambre.

Luis Casterán recibía “Nuestra Palabra”, el órgano de prensa del Partido Comunista, porque Luis Casterán había decidido esa militancia más por un romanticismo idealista que porque lo sedujeran las directivas rusas.

Era obrero, hijo de otro obrero también idealista, al que el anarquismo –según decía la abuela– le había ocupado de tal manera el corazón que hasta la expulsó a ella de él y bajaba la voz para decir aquello de “a mí y a su hijo nos expulsó del corazón de Santo el anarquismo”. Un día lo mataron. El anarquismo, entonces, también la dejó viuda y extranjera.

Crió sola a su hijo, porque era una mujer de fe rotunda y de iglesia diaria.
Santo, desde la tumba, pudo más que el Rosario y la Novena y Luis se fue transformando (como su padre hubiera deseado) en un batallador aspirante a la justicia social y a la igualdad frente a la ley –convertido en una bestia de tracción a sangre–.

Los ideales lo hicieron comunista, no el Partido. La juventud, la época, las ganas de servir a los demás lo hicieron comunista, no el Partido.

Pero el Partido le mandaba ese folletín magro, con páginas de papel prensa que olían a tinta de mimeógrafo de altillo. Un clandestino bicho de papel que “el petiso ese” filtraba bajo la puerta, amparado en las sombras nocturnas, como un virus o un gas neurotóxico que llegara apremiante desde la Primera Guerra, a la trinchera en la cual la abuela resistía.

La abuela repetía: No quiero ese diariucho en mi casa.

Luis tiraba los cubiertos, la servilleta, la rabia, todo como un paquete encima de la mesa y a tientas en la oscuridad atravesaba la casa para abrirle a Domingo y recibir lo escrito con ese penetrante olor a tinta fresca, como si el diario humeara un elixir urticante, furioso, que se pegara a los ojos y las manos que entraran en contacto con él.

Domingo olía como su folletín u olía peor, a rancio, un rancio olor dulzón y pegajoso que en comunión con la tinta picante formaba una cataplasma en el olfato.

Tenía una voz finita, de gallo ahorcado, chillona como el color rojo que usaba en los labios la puta del pasillo que lindaba con la casa de la abuela y que le hacía sonrisas asombrosas a Luis, cuando él llegaba de la fábrica.

Las sonrisas de la puta lo ponían incómodo delante de su hijo, aquellas veces en que iba a buscarlo a la escuela él y no la abuela. Entonces lo empujaba hacia el interior, con un manotazo sólido, diciéndole casi con rabia imperativa: Andate adentro, Lauchita, andá para adentro.

Domingo esperaba que Luis abriera la puerta, siempre mirando alrededor como si lo corrieran los fantasmas.

Lauchita había visto aquella escena todas las veces en que su abuela lo mandara –porque como era una “lauchita” no se veía pancita abajo arrastrándose por el corredor– para impedir la entrada del diariucho por debajo de la puerta.

Entonces, Lauchita se arrastraba en la oscuridad y ponía las manos contra el espacio entre la puerta y el piso, de modo que el folletín se trabara y Domingo no pudiera meterlo en la casa.

Domingo probaba una y otra vez, mirando como loco a todas partes, nervioso y lleno de rabia, maldiciendo con su voz finita que se afinaba y afinaba como un hilo estirado. Insultaba, gruñía, amenazaba.

—Ia va a ver...cuando le diga a su padre...Ia va a ver la que le espera cuando le diga a su padre que me hace ésto. Io sé que está ahí, Lauchita. Io sé que es usted.

Pero las manos eran un dique sólido en la oscuridad, una pared, una muralla.
Domingo se retiraba al fin, amenazando con su voz de gallo que se ha quedado ronco y que además es tuerto –Lauchita se lo imaginaba así– y se alejaba por la calle, llevándose su miedo a los fantasmas y Nuestra Palabra, en un morral oscuro que le colgaba sucio desde el hombro.

La abuela surgía de las sombras, abría los brazos y decía: muy bien, Lauchita, muy bien. Yo no quiero ese diariucho en mi casa.

Los brazos de la abuela eran como toda una casa entre las sombras.

(Fragmento de la novela)

viernes

El otro a tu costado




apareciste de pronto a mi costado
como un grito espacioso de fatiga,
vos
la que levanta pájaros en el pecho del mundo
la que surte profundos himnos de agua
en la sed de mis ojos
la que anda con mis jirones de alegría entre sus dientes
como llevando pan
como llevando nidos destejidos de aire
como llevando parte de mis costillas rotas
como llevando todo mi peso
siempre


apareciste entre mis mordiscos
hecha de mis severas maldiciones 
puteada en mis idiomas carniceros
odiada mansamente por este animal árido
que aceptaba el destino de tu fuerza


apareciste entre mis explosiones tenebrosas
toda de candelabros y de mantras
mientras yo me afanaba con mi tumba
cavando a toda orquesta
sosteniendo a mi muerte del cabello
porque te vio y huía


apareciste como un puntal de mi costado flaco
de mi torpeza embólica
de mi tartamudez desafectiva
de mis armas de guerra y mis sollozos


apareciste y te quedaste ahí
como una jalâ santa en mi mesa sin dios


entonces mis hambres te comieron
con todas sus mandíbulas
y todos 
sus vacíos de estómago
y se volvió mi mundo un juramento
a tu carne de azúcares avaros
azúcares inhóspitos y avaros


me quedé a tu costado con las armas cansadas
y los pies monolíticos


me quedaste, mujer, a tu costado con la mano tendida
y yo ahí
volviéndome decente en medio de tu palma prodigiosa


eso es lo que soy
ese oeste sombrío 
amoroso y violento 
guardián del cuadrante de tu brújula


y vos
mi este inamovible

viernes

No a pluma; con espina


“Mi novio es un puercospín que escribe poemas re copantes que nunca hablan de mí”
Débora

Le escribo un no poema a tu almejita
siempre hambrienta y mojada
y a tus tetitas ínfimas y duras
como copitos de dulce de leche.
Le escribo un no poema
a tu cabello negro con mechones azules
y pinceladas púpura
y a tus ojos
de ámbar ron dorado que diluye
un touch de azúcar negra.
Le escribo un no poema a tus risottos
di mare e di montagna
y a tus crambels de higos y pistachios
y a tu carne del bosque con hongos portobello
y a tu ensalada de endibias, nuez y rúcula.

A tus bracitos lacios de anguila transparente
que se enroscan de noche en un ídolo roto
le escribo un no poema.
Y a tu “leeme, nero” y a tu cabeza a salvo
en la incómoda cama de mi pecho
y a tu serenidad en mis ciclones
y a tu curva de luz en mi tiniebla
y a tu “¿estás abrigado?¿ya almorzaste?
¿te curaste la herida?¿tomaste los remedios?”
como si tu infiel gato viejo fuera un niño
que no supiera nada.

Le escribo un no poema
sólido y vertical
a tu ternura plácida
que se enfrenta conmigo en la aspereza
como la algarabía del coraje
y a tu lánguido ser adolescente
lacio y adolescente,
blanco y largo y huesudo como un rayo
que estalla en la negrura de mi vida
como un trueno de aves contagiosas.


Te escribe un si poema un no poeta.



jueves

Diario del psicodrama


Psico XXVI

Eso que veo, ese filamento de luz, esa brevedad hecha de lo que no se toca más que con la mirada, eso que se permite la desnudez entre dos hojas de las celosías, ese rayo de Dios, eso, es el cielo.
Un pájaro lo rompe.

*

Bajo el ruido del agua veo un dulce mundo curvo.
Es un brillo de carne y se desplaza.
Es un péndulo húmedo, que oscila sutilmente.
Es una rosa seca adormilada en un jarrón de arcilla.
Es una larga cierva en retirada, a través del polvillo de un destiempo en el que yo no estoy.
El agua le quita del pelaje la piel del cazador.
Ya no es mi presa.

*

Tres días en la jungla.
Tres días se zarpazos en la carne.
Grandes gatos en celo.
Me miro el pecho y la espalda en el espejo.
Soy, ahora y aquí, cuando terminan los apareamientos, un viejo tigre triste que se lame – solitario – los restos de la gloria.




lunes

Diario del psicodrama


Psico VII


Cuando Rosa me despertó, yo tenía torcido hasta el aliento. 
Como es una mina super práctica, se le ocurrió la solución más lógica.
- En vez de dormir todo incómodo en este sillón de mierda, por qué no usás la casa del director...Está medio deteriorada, pero no importa porque vos sos hombre... 
No le pregunté que tendrá que ver. 


*


Subimos con Ramírez.
A él le pareció una genialidad la idea de Rosa. Si yo estaba adentro no tenía que estar él vigilando que no nos dejaran sin escuela cada dos por tres y además, como yo siempre andaba calzado – e imprudente - podía vérmelas con los vándalos. 
A todos se les había pegado el término que usaron en la tele y no se cansaban de exhibirlo cada vez que repetíamos la experiencia. O sea, cada vez que entraban – los vándalos - a hacernos mierda la escuela en que ellos mismos estudiaban.
La casa del director, en el edificio asqueroso, era una pocilga también asquerosa y húmeda como el edificio. Filtraba humedad desde los techos, de modo que las aulas de debajo de la casa eran las únicas con los techos secos.
Nadie la había ocupado desde que estábamos a cargo Rosa y yo. De tanto estar cerrada y con filtraciones, tenía un feroz olor a tumba. 
Ramírez se apuró a abrir las ventanas soldadas por tantos años de orín.
-Un bulincito para usted solo...Quién pudiera.- me susurró, cómplice, mientras el escarbadientes masticado le salía por uno y otro costado de la boca siguiendo el compás de su guiñada.
Como había subido con la escoba, se puso a perseguir varias ratas a escobazos.
Yo me sentí una cucaracha.


*


 Creo que Mirta se lo ve venir. 
También creo que es lo qué quiere. 
Ella no lo va a definir. Está en el morbo de ver hasta donde aguanto yo el histeriqueo de hoy te amo hoy te desprecio hoy no existís hoy nadie existe en mi vida más que vos hoy me las vas a pagar hoy cogeeeeeeeeeeeeeeeeme.
Yo no sé con cual de todas sus histerias quedarme. Todas las hace bien. A veces hasta pienso que me quiere de verdad la mina y es una negada para expresarlo.
En eso se parece a mí.


*


En el barrio la cosa funciona así. 
Aparece de repente y es una nube de solidaridad precaria pero probable.
Entre los que se enteraron de la idea, enseguida apareció el que sabe de albañilería, el que sabe de plomería, el que tiene una Branmetal* que hay que limpiar, Suárez, p'a que no te cantés de frío en este tugurio. 
Al rato tenía cuarenta monos arreglando la covacha con cosas pirateadas que mejor no saber de donde venían.
Hasta una cocina de esas de dos hornallas rapiñaron en alguna junta desafiando al calentador de garrafa, toda una bacanada al final para calentar el agua de los mates.
Las madres me mandaron yerba, azúcar, guiso de arroz.
Rosa me trajo papel higiénico del armario de portería y un jabón y una toalla que guardaba en su armario.
Ramírez me trajo una ginebra y una frazada.
Yo me traje un perro que encontré en la calle.
Me sentí muy raro.
Descubrí que la gente del barrio me quiere. 
Mirta me dejó ir.






Psico VIII



Parece que les bastara un hombre solo - el mismo de antes pero en otra geografía - para el ¿te cebo un mate? ¿comiste? ¿te lavo la ropa? ¿no querés hacer un asado el sábado en casa? ¿necesitabas tomates, porque te compré?
De repente parezco un sultán entre esposas y favoritas.
Lástima que la covacha se llueve justo sobre el colchón, lo ponga donde lo ponga.


*
Mis hijos, los que no veo desde no sé cuando, llamaron desde Australia.
Graciela decidió por todos que Yordan es mejor padre que yo. Algo de ginecocracia tuvo siempre su aristocracia, además de que Sheridan suena mejor que Suárez, acá y en Australia.
Mirta me llamó para avisarme que les había dicho que yo no vivía más ahí.
Después hablan de la sensibilidad femenina.


*


¿Por qué uno se envicia de soledad?
Para no sentirte tan vicioso, te buscás un perro. Laguna.
Rómulo me trae los ravioles.
El pendejito se me acerca. Le hace mimos a Laguna y me sonríe.
Ahora somos tres para un solo plato de ravioles.
Laguna hace que no tiene hambre.
Ella come caricias.
Rómulo igual trae más.


*


Le pegué tanto, que si no hubiera estado Emilio, pastor del templo evangélico, le hubiera hecho gratis el trabajo a la taquería.
- Dios se murió...Dios se murió...meteteló en la cabeza.- le grité a Emilio que me sostenía mientras el tipo se iba reptando por la zanja como un bicho de barro.
- No podés tomar la justicia por tu mano.- me aleccionó.
En el Hospital no nos dieron certeza sobre si el chiquito iba a sobrevivir a la paliza y a la violación.
- No tomo la justicia...tomo la ira.
Emilio igual puso la mano encima de la Bersa.  
Y fue en persona a hacer la denuncia.
El Juez dictaminó otorgarle la custodia a los padres.
El chiquito volvió a la casa.
Emilio ni siquiera me miró, aunque yo le dijera que él no tenía la culpa de que la justicia del hombre fuera mierda, cuando llevamos al chiquito de nuevo al Hospital.

Taquería: comisaría del barrio.


(De: Diario del psicodrama - Breves historias - ed.  2008 )



domingo

...y digo Patria


La cuestión Decler



El cornetín del vendedor de churros, sobre el hálito fresco del atardecer, le hizo volver los ojos.

A través del vidrio, esmerilado por la cantidad de tierra acumulada sobre el paño, se producían esos reverberos sepias, asincrónicos, de la gente al pasar por la vereda como sombras un poco más densas, más compactas, dentro de esa especie de humo.

La corneta emulaba el grito de Tarzán llamando a sus elefantes en medio de la selva. Se repetía a intervalos regulares, precisos. Íntimamente el oído se preparaba para la repetición, casi la esperaba en un estado de necesidad acústica. La corneta del churrero sonaba en sus pocas notas, manteniendo un crescendo paulatino y luego, ya superada la tangencialidad con la ventana polvorienta, un diminuendo lento, metódico, hasta que el oído la olvidaba.

Durante la infancia de Samuel Casterán, un sonido corriente en las calles de su ciudad había sido la bocina con el tema de Il sorpasso, famosa película de Vittorio Gassman.

Nadie se privaba de acoplarle a su automóvil, camión, chata, rastrojero y por qué no a su moto (neta o cicleta), aquellas notas que parecían una especie de estentóreo vagido de la época, una advertencia general sobre un cambio de rumbo, un grito desbocado que preanunciaba un suceso fatídico.

Casterán había nacido un año después de la Revolución Libertadora y bajo su régimen, donde un peronismo proscrito intentaba en las fábricas no ser reemplazado por un comunismo simbólico que pretendía ajustarse al cuerpo obrero sus banderas, prácticamente con un éxito también simbólico y degradante para su militancia.
Muchos intelectuales de la época – si no casi todos – lo practicaban como a una moda de cafetín o de conciliábulo secreto, que, diferenciándose de la doctrina, equiparaba las razones de quienes optaban por ella, a la creencia humana de justicia e igualdad social, que en el fondo son valores de la especie, apartidarios y apolíticos; son valores, solamente.

Recordaba esas palabras de su abuelo dichas alguna vez en que hablaron de su padre y casi sesgadamente también de su madre como seres mencionados al pasar y entremezclados con la cosa de la bandería, cuando Casterán ya no era siquiera un adolescente y su abuelo era un anciano más allá del bien y del mal, superviviente a una vida entregada a entrar y salir de diversos infiernos y que prefería no tener relación con los recuerdos que había dejado lejos, cosa que compatibilizaba a la perfección con la posición de ese nieto que la vejez le trajo por avión, como a un paquete que la mensajería entre países hubiera extraviado allá lejos y hace tiempo.

De su infancia, Samuel Casterán había tachado la mayor parte y solamente recobraba flashes extemporáneos, como el sonido de Il sorpasso en las calles de la ciudad rebelde y combativa.

Tachada o dejada atrás, la infancia era un hecho que Casterán había optado por derrumbar de su memoria, como a una zona en ruinas a la que nadie accederá luego del bombardeo. A veces se sentía un fantasma extraviado que entraba a aquel lugar casi por equivocación y encontraba su cuerpo inútilmente mutilado.

(De: ...y digo Patria - Fragmento de la novela)

lunes

Diario del psicodrama

Psico IV



Farrel dice que las medidas disciplinarias en estas circunstancias les dan una excusa para tirar todo a la mierda.
Yo le dije lo mismo a Rosa cuando los juntó en el patio y empezó a gritar. Pero solamente me da bola si las papas queman. Llegado ese punto crítico se ampara en que es mujer.
Ella puso la excusa de que cuando le gritás a un perro que te torea te le imponés.
Yo le dije que no tratábamos con perros.
Que encontrara su auto todo meado y enchastrado con mierda por adentro y por afuera no hizo mucho en favor de mi posición.


*


¿Para qué sirve mamarse?
Para no darte cuenta de la realidad.
Para sentirte bien.
Para tener más huevos.
Para que cuando llegás a tu casa te la desquites con tu familia.
Para no pensar.
Para no sentir.
Para poder dormir.
Para ser un vago.
Para dejar de pensar.
Para sentir que podés hacer más cosas.
Para darle de comer a los dueños del mini.
Para compartir.
Para ponerte pila.
Para parar de pensar.
Para desaparecer un rato.
Para ser feliz.
Para tomarlo.
Le dejé las respuestas a Farrel, porque después del quilombo en la bailanta, alguien le insinuó que estaba haciendo mal su trabajo y Farrel decidió hacer como que lo hacía.
Les dije a los pendejos cuando discutimos el tema del alcohol después de la encuesta para Farrel, que todo eso que decían debió ser el objetivo de Dionisio. “Volarse de la realidad”.
Ellos me preguntaron por qué.
- Porque Dionisio sembró el primer brote de parra en un hueso de pájaro.


*


Marta volvió con Oscar.
En su teomundo es aceptable que le pegue su macho. Mamar una pija no, “porque el Señor prohíbe esas prácticas cochinas” pero “está escrito en La Palabra que tenés que obedecer a tu marido”. “Y todas son pruebas con las que el Señor se cerciora de tu fe”.
Mirta ni cocina ni garcha ni escucha ni una mierda que tenga que ver conmigo.
Ergo, es atea.


*
Todavía hay oscuridad dentro del circo.
Romulito me trae una palangana de café mientras barre el salón. 
Acuden al descanso los fantasmas que trabajan la noche y se borran de la boca el lipstick las payasas. La sombra de su rimel de feria se les vuelve desteñida y larga. Desfilan como una friolenta procesión de culos desnudos rumbo el baño. Después salen de a uno, transformados, disimulando pelucas, lentejuelas y mierda en los bolsos. 
Acá no me hacen parada, los tiene amenazados Romulito.
 Es el único que se la aguanta abierto en la zona antes del sol, así que lo respetan, porque les permite cambiarse en el baño del bar la piel que la noche manosea. Hacen la muda a cambio de que  consuman un café por cabeza. Los últimos fantasmas alborotan como pájaros delante de las migas de pan, mientras le tiran besos a Rómulo y se van. Chillan al lanzarse hacia el sol. El aire es vidrio astillado que se me despedaza en los oídos. La resaca, una náusea sórdida que me navega adentro. Alguien que soy y no consigo ver, capitanea el vómito.
Mireya se corporiza en medio de la niebla sacudiendo la melena. Le gusta hacer alarde de que es rubio natural y eligió el nombre porque tiene una voz afónica y oscura, igual que la de un gato lastimado. Romulito siempre le pide que cante cuando faltan clientes en la calle y en el bar va quedando poca gente. 
- Te dejaste la Kawa en el mueble del pedo que tenías - me dice - el Paragua te la metió en el patio de atrás. No le habías pasado ni la linga. Tampoco te diste cuenta de que me fui - agrega como un reproche al dejarme las llaves de la moto – Andá a buscarla.
Yo me ahogo los ojos de café.


(De: Diario del psicodrama - Breves historias  - ed.  2008 )

domingo

Paisajes


Pienso en su pubis negro, frondoso, selvático.
Un triángulo espeso, la ladera de un volcán lleno de musgos calientes sobre el que nunca cae luz.
Pienso en su maraña de hebras y anillitos, como en una hierba olorosa a compos pero reseca al tacto.
Su pubis es un animal de pelo vegetal, extrañamente tupido e hirsuto, que se curva hacia un foso y derrapa en un río.
Debajo hay una gruta que oculta una sirena.


*


La boca de Caribdis tiene los labios flojos como los perros bóxer.
Flojos y arrugados, como si pertenecieran a una mueca marrón, oculta, que se muestra en contadas ocasiones de devorar perdidos Odiseos.
Protegida, Caribdis es una arruga de carne que se abre, blanda y lubricada, como el cáliz de una planta carnívora.
Chorrea miel esa boca remota.
Una miel filante, suavemente salina, como un mar pegajoso.


*


No sé que sabor tiene tu mar, pero me gusta su tacto encima de la lengua y los ruidos de tus habitantes legendarios.
Espeso, se mezcla en mi saliva, una vez y otra vez, surgiendo de la caverna como la húmeda voz de la sirena.
Para ser ciego cierro los ojos.
Y entonces, mis dedos exploran a través de ese mar, las paredes carnosas de mi muerte.


(De: Nueve escenas de sexo - Microcuentos - ed. 2008))


viernes

Diario del psicodrama




Psico II


La sarna y su perro se ovillaban delante del portón de la escuela.
Entonces salía Ramírez con la escoba, por el asunto del mal olor y el mal aspecto.
El perro se iba solamente un rato, hasta que quien se iba era Ramírez.
Rosa dejaba la oficina, cruzaba todo el patio y le ponía una bandeja de telgopor con alimento balanceado y una cazuelita de plástico de las de rotisería con agua, junto a la hoja izquierda del portón.
Al rato volvía Ramírez y veía eso.
Se iba a quejar con Rosa de que “alguien” alimentaba al perro. 
Rosa no se daba por aludida y repetía “échelo Ramírez” que era el discurso acorde con su puesto y agregaba “ es un foco de contaminación para los alumnos”. Lo hacía sentir inútil.
A mí me decía que le consiguiera un veterinario. Ella contribuía con el bolso para meter el perro adentro y transportarlo en la moto.
El camión que traía los bancos nuevos llegó temprano.
Cuando yo llegué, Ramírez estaba meta baldear la vereda.
Cuando llegó Rosa, Ramírez le avisó que ya se había deshecho del perro


*


Me crucé con el hijo de la vieja del depto 3 en el pasillo.
La vieja está internada hace varios días. Dice la del 2, que es la que la visita, que tiene un principio de neumonía.
El hijo de la del 3 se llevaba un espejo.
Había un flete en la puerta, con algunos muebles. 
Ya me había dicho Mirta que la vieja tenía un juego provenzal muy lindo, de los que no se consiguen más.
 Le pregunté por cortesía al tipo si la vieja se había muerto.
- Todavía no.


*


El kiosco de la Lucy es el único en el barrio que tiene todavía hojitas de afeitar.
Vuelvo y me encierro en el baño estrecho como una trampa.
Nunca limpio bien los restos que quedan en el lavatorio.
Así Mirta sabe que no me tiene que joder.
En la Edad Media se practicaban sangrías. En esa época pensaban que eso les sacaba el mal del cuerpo, les enseño a los guachines de la nocturna, hablando de feudo y burguesía.


(De: Diario del psicodrama - Breves historias  - ed.2008)

lunes

El mulo combatiente


En la extraña pelea ganó el mulo.


El mulo siempre gana
con sus dientes de mulo y sus coces de mulo,
sus orejas de mulo
y su capacidad de ser el único animal de carga
capaz de trepar la cordillera y no morir de angustia.


El mulo, el híbrido imperfecto, el que no es puro
pero es fuerte y tenaz,
el que se entrega al rigor 
y desafía los largos vientos blancos,
el que llevó cañones y camillas,
el que sobrevivió saltando abismos
con su tesón de burro 
y sus ágiles patas de caballo.


Abrile  a este mulo una cajita de sándalo luctuoso
donde momificar el brazo que ha quebrado.


Abrime una cajita
donde meter la sangre y la inconsciencia
y la fuerza y la fe
y la palabra que para mí es un arma
cuando me hago entender sólo escribiendo.


En el fondo
ya ves
Pandora desprestigia las cajitas humanas
donde cabe lo puro y la impudicia,
la fe fenomenal, la envidia, el deshonor
y el arte de dar vuelta un huevo frito
con una cucharita de madera.


Guardame en la cajita la victoria.
Haceme de notaria
 en mi tiempo sin próceres ni arte.


Y aquí estaré seguro.


Todos necesitamos cobijarnos
y no hay mejor lugar
que en tu costumbre mágica de verbos.





Elogio del mulo honrado - Comentario de Valentín Martín Martín - España
El mulo tiene mala prensa, al menos en mi país. Al mulo no se le reconoce lucidez alguna, aparte de su árida aportación a la creación animal. Y sin embargo la tenacidad del mulo llevando a lomos cañones o niños ha servido a la humanidad con una constancia fiel que se echa de menos muchas veces en los alazanes, tan inclinados siempre a la belleza arabesca de los alberos. La fidelidad del mulo a sus propios principios –resistir, resistir, resistir siempre- debería ser un ejemplo para la raza humana desde la que miramos al mulo con un encanto escaso.
Me gusta esta canción del mulo honrado.

jueves

La ley del gallinero



Ella dijo: Te dije que esperaras. Y después también dijo que me dijo que dijo que esperara. Pero que - como siempre - no la escucho, que hago mi voluntad, que quiebro el dogma y no sé para qué, repitió aún, para escribir esas huevadas que hacen a tus catarsis personales y que lo único que te crean son conflictos y de paso me los crean a mí. Al final, con toda esa inteligencia que tenés, no sos más que un payaso útil que juega al escritor testimonial y no sale de sus propios choques morales que le importan a él solo, porque no hacés más que recocinarte en el caldo que ya se pudrió o se secó, de tanto que lo recalentás.

Te dije que esperaras, pero vos no esperaste. Nunca esperás, ni obedecés, ni se te pasa por la cabeza que hay cosas más convenientes que otras para escribir, sobre todo en un puesto como el tuyo. Hay cosas que no se pueden escribir en un puesto como el tuyo, enterate, querido, enterate. Enterate de una puta vez de que mientras seas lo que sos, no podés ser escritor. Y si todavía querés seguir siendo escritor, ya te dije que escribieras de amor, pelotudo. Escribí de amor. Escribí de las encamadas gloriosas que tenemos, de que yo te amo y no sé ya cómo defenderte de las defenestraciones que te buscás solo por tu afán de decir la verdad cuando nadie la quiere escuchar ni acá ni en China.

Ya te lo dije. Escribí de amor, infeliz. Escribí de amor. A alguna de todas las minas que tenés la debés querer ¿no? ¿A mí, un poco? ¿A alguien?

Te lo avisé, te lo advertí, te lo ordené: Escribí de amor, tarado, tonto, escribí de amor...y todos contentos y todos tranquilos y vos seguís siendo escritor y nadie se va a fijar en si escribís una boludez más o una boludez menos.

¿Pero sabés que te pasa? No sabés escribir de amor, porque ni siquiera te querés a vos mismo. Y lo que es peor es que te sos tan fiel, que por eso escribís esas cosas que solamente sirven para crucificar lo único que sabés hacer del todo bien, que es decir la verdad.

Andate a la base y no vuelvas en seis meses.

Esa es otra cosa que sabés hacer mejor que nadie: cumplir castigos.

lunes

Ibhuloho

Ella se puso vocación de África
porque lo escuchó amar
con voces sahauries
con el eco profundo del tam tam
sabana y hombre en el mismo símbolo
devastado de ébanos
crucial y carbonífero como una piedra lágrima
que se tiñe de sangre.


Ella se pintó el rostro.


Se destiñó los ojos sobre ese mapa negro
con todos los colores de las guerras humanas
tan femenina y verde como un óvulo
que sobre el viento busca la flor que no lo espera.


África es un proyecto de ternura
un pan inacabado
una roca domada que no nació diamante y nació río
un eco de legiones salvajes que retumban
su corazón de bestia larga y ágil,
un grito hacia lo hondo
un manantial de especies 
lo terrible.
Y todo se levanta como un verdor oceánico
de pintura de guerra y mapamundi.


África es como ella.
La tierra en pie de amor y en pie de sangre.


Guerrera, virginal aunque gastada,
dolorosa
naciente,
introspectiva,
insensata, inocente, y aunque a veces feroz,


insospechada.

jueves

Monzones en la lengua


Desde este sequedal huele el diluvio
la presencia asonante de la pena
y un plic-plic-plic de charco entre las manos
de las que escapa el agua con su otoño
se vuelve una herramienta de aleluya.

Vertiente de espejismos, partida roca tibia
por un sol sin retorno
de lejos en el agua, hay una catedral desesperada
donde sus mil campanas están rotas.

A pie desde el desierto como el viento
te arrebato las gotas de mis ríos
como un sonido íntegro a humedales y caos.

Así suena la pena entre mis dientes
que te recuerdan cuando más te olvidan
porque andan los Pegasos intentando
copular con Quimera en una torre.

Melancólica y previa como un yunque
que canta los metales de las vidas diversas
vas desde tu bolsillo a la utopía
como un credo sin fe que crea dioses.

Y yo, todo de noche en guardia
y de espantos de guardia
y de armas cargadas que hacen guardia
solo muevo mi mente
- no mis ojos -
mientras pasa, por ella, tu perfume
a los grandes monzones de la India.

Estampas del Kivu - Eyma



Serán sus ojos de estatua de madera, ojos enormes, despedazados ojos que incendian su cara o sus labios reacios, pulposos y reacios a expresar otra cosa que la condición de labios de una herida ¿irreparable? No lo sabe. No sabe tampoco si puede afirmar eso de lo irreparable de las cosas después de tanto ejercitar la resiliencia.

Yo debería saberlo, piensa y vuelve los ojos a los ojos que pasan por la vida abrochándose a ella como hojas de un legajo suelto, la negrita no mira, piensa, no ve, observa el universo desde el lugar del no pertenecer, entonces, todo es esa rígida, autista indiferencia teñida de un sabor tan negro como la piel en la que habita y el silencio negro que envuelve lo negro que le toca en esa tarde en que lo único gordo del Congo son los buitres, piensa, los buitres, los gallinazos, como les dice Huarky cuando se aburre y hace puntería sobre las malas aves y va muda ahí dejando sus cadáveres atrás, lejos de esa ruta de tierra por la que el camión avanza a barquinazos, entre esos hombres que la miran sin codicia, la miran como si se hubieran robado un ídolo de ébano y lo estuvieran custodiando con religiosa reverencia, todos van mudos porque todos han dejado atrás cadáveres de niños soldado que harán desaparecer los gallinazos y los bichos que huyen hambreados del estruendo con que avanza la muerte por lo verde.

Uno se acostumbra, piensa y después piensa que igual le pasa algo adentro cuando acierta en el blanco y al llegar a recoger las armas halla un niño. Irreparable o no, halla un niño y traga muchas cosas con los ojos y con la garganta y se amuralla y dice “go” o “iâla, iâla” y arrea o no arrea a los demás, y por esa independencia que tienen los sentidos entre sí, alcanza a oler perfumes, tierra, lluvia, árboles maravillosos y oleadas a podredumbre de cadáveres ya esparcidos más lejos en algún punto del por allí entre las pajas altas al que sus ojos no acceden pero su olfato sí y luego, escucha pájaros.

Hasta la vista, beibi




Me divierte en el fondo esa categorización que hace la gente sobre si uno se está poniendo neurótico o es una falla de fábrica.


Tarde piaste, pajarito, si ahora te das cuenta de que el tipo era un loco de la guerra y no precisamente de Malvinas, aunque Malvinas también contribuyera con su aporte de cuota a mi locura.


La mayor parte del tiempo de mi vida hice lo que quise. 


Al final, decirlo suena además de lujoso, pedante. Pero eso no le quita su peso de verdad. 


Soy lo que hice de mí. Ese monstruo cetrino que no es ni alto ni bajo ni gordo ni flaco ni viejo ni joven (a lo sumo maduro) y que todavía se sostiene en pie, pese a sus ruinas, con la famélica obstinación de lo arraigado por absorber de la tierra los nutrientes.


Eso soy yo. Mi propio psicoámbito al que no tienen acceso mormones ni mamones. Tampoco la CIA ni los mimosos suburbios que algunos ponen a prueba con los débiles para llevarlos hasta la telaraña de sus tetas del alma y entretenerse un rato.


Soy inmune al éxito y también al fracaso. Hago lo que tengo que hacer, tratando de evitar daños colaterales, aunque a veces confieso que me gusta despedazar imbéciles corderos con todas estas ansias de lobo gris en medio de la nieve.


Hay gente que mejor si no está viva, a pesar de ese designio superior que le otorgó la inexplicable condición de nacer donde no hace pito de falta y solo estorba los demás nacimientos necesarios.


El CCleaner y yo nos parecemos.


Arreamos con archivos defectuosos, atados a su temporalidad. Hay que tunnear la vida cada tanto, porque si no se llena de pelusa y memorias corruptas y accesos que no existen.


Trato de edificar mi dulcedumbre para entrar en el bando de los buenos.


¿Porque soy bueno?


 No.


Porque tanta dulzura lo único que crea son gusanos, cuando el enjambre de moscas desova sobre el mundo. Y es todo un placer mayor el matar moscas, hasta siete de un golpe, lo mismo que en el cuento.

lunes

Separación de bienes

No estaba en el destino de tu nombre.

El no poeta era un engendro cáustico
lejano al lagrimeo y al vitriolo
y por qué no
al ángel de amatista.

No estaba hecho de bocas religiosas
ni de estupefacientes relumbrantes
ni de Prozac
ni estaba hecho de sueños a medio diferir.

Era un orgasmo brusco sobre un púlpito
y una feroz impronta de mordiscos.

No estaba en el destino de tu nombre
ese tipo de a pie
con buitres en el hombro y cuervos genitales
que abarcaba la sombra y la guadaña,
el esputo y el vómito,
la mierda natural de este gran mundo.

No estaba en el destino
siquiera de tus cartas ni de tu bacarat
ni de tus otros nombres masculinos
mordisqueados a ciegas y en silencio.

Nació de las especies más suicidas
con que tus venas eligieron pánico.
Llegó con la navaja a flor de ausencia
y los brazos deshechos de sollozos.

No estaba en el destino de tu cumbre
y te llevó asida por los pelos
a tu viaje iniciático de abismo.

Ahora si te muerde o si te implora
o si se hace modesto o revulsivo
es apenas un pálido puñal
que vibra, irrepetible, entre tus sienes.

domingo

Feel


Antes de darlo y cuando ya lo ha dado, uno sabe que el paso es algo irremediable. Pero lo da de la misma manera en que siente el peso del cuchillo y su hoja, cuando va a defenderse sin ruido en la negrura.

Entonces corta. Abre camino y corta porque esa es su misión o su objetivo. A veces, hasta su compulsión.

Uno da el paso de decir la verdad y se libera, siente como se cae la mochila desde adentro del vicio de sujetarla hasta quedar doblado y de repente, regresa, sin ese peso hondo, a caminar erguido.

Luego, una vez que ya se ha dado el paso, ordenado el tablero y vaciado la escarcha, cuando el otro nos ve como un cristal que acaba de romper un grito fáctico, cuando el otro dirime que estamos en una intemperie que desconocemos porque nos hemos roto y renacido más allá de nuestra carne viva, queda así, estupefacto. Y prefiere alejarse de aquello en lo que se refleja extrañamente, como en un charco a medio coagular y que él mismo ha provocado.

La verdad es parecida a la voladura de un puente. 


La verdad, en este caso, es parecida a la voladura del único puente que podía acercar dos soledades destinadas a no entenderse nunca. 

(De: Hojas de sombra)