Búsquense su voz, no usen la mía

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Presentación del hombre

Me matará el ir de frente y decidido
y esta inútil fuerza de macho convencido. (De madrugada - Patxi Andión)

Parafraseando a Serrat

Parafraseando a Serrat :

"La verdad no es prepotente. Lo que no tiene es remedio".

domingo

Codificación de Onân



La tarde se agazapa
se encorva como un buitre mordaz
y los despojos
caben entre las manos como luces.

Atardece en la tarde, paradójicamente,
un vaho de penumbra
entre fantasmas ácidos que huyen
fláccidamente humeantes.

Se llevan el tesón y la cordura
mi Estrella de David
embadurnada de sudor y canto
como si se robaran un esputo.

Cierro los ojos, emparedado, a tientas,
arrasando saliva que se empasta
con un trago de té, amargo, frío,
tan solitariamente espeluznante
que viaja en un jinete apocalíptico
hacia el confuso fondo de mi esperma.

Me anuda esta piel bestia todo el miedo
de volver a sufrir.

Y soy un ángel
plateado amarillento, de lata y en pelotas,
flaco de paranoia y tan sin alas
que vuelo hasta tu boca con mi lengua
mientras hago silencio y me masturbo.

martes

La voz en la trama




“A veces parecemos un momento con barcos”, acaba de decir el hombre melancólico que ha llegado desde la extranjería y permanece ahora, igual que un extranjero, contemplando la piel de esa ciudad, fantástica como un animal múltiple, de múltiples perfiles y múltiples cabezas, que envuelve al que respira en múltiples olores y lo devora con impía puerilidad.

Marcos Gozen, que sigue o persigue a Aryiasz a todos lados, como una estampita de santo que se porta para no quedar desamparado en una esquina (así de bondadoso y calmo tiene el gesto el joven asistente), mira a su jefe y capta que el otro habla de esa plácida detención que por momentos presenta el ajetreo. 

En la ciudad febril y atosigada, hay un instante que parece exhausto y necesita el ejercicio de la pausa. Es tan breve que se hace imperceptible si uno no lo espera con el ansia de advertir su mínimo silencio.

Ellos están ahí, mirando ese espejo de río desde la pequeña altitud de la baranda, en la terraza de un complejo de eventos, coqueta y preparada para esa reunión de media tarde, un cóctel informal, organizado para unos pocos y selectos amigos literarios que acompañan gozosos la presentación en sociedad del nuevo libro de un destacado periodista de investigación.

Todos se conocen. Todos se saludan. Todos se abrazan con efusión risueña. 

El grupo es heterogéneo pero cada invitación tiene un porqué, así que allí se mezclan los que generan datos, los que corroboran datos, los que investigan datos, los que chocan con datos, los que escuchan los datos que otros descubren, los que recopilan y por último, aquel que va a escribir un prolijo trabajo sobre ese otro, minimalista y minucioso, que supone el armado de las verdades que están ocultas a los ojos del mundo.

Airosamente, el libro consigue ver la luz en el seno natural de aquella tribu de artífices.
Las pruebas de micrófono avisan a los participantes que va a dar comienzo la presentación e invita a que cada cual ocupe su lugar.

El maestro de ceremonias es otro reconocido periodista, también de esos que escriben sobre la verdad desnuda cuando queda al descubierto de los ojos que la persiguen y la buscan.

—Investigar al poder no es sencillo. Se requiere mucho tiempo, mucho esfuerzo y mucho coraje, quizás, hasta un poco de temeridad. Escribir lo que se ha investigado sobre ese poder es aún más riesgoso, pero si no existieran aquellos que investigan porque buscan y gustan de la verdad, viviríamos en una realidad ficticia, que todo lo tapa y todo lo oculta… —comienza la alocución el presentador, con un tono provinciano que se obstina en conservar a ultranza, pese a los años que lleva viviendo lejos de su provincia natal. Deriva luego en ponderar el oficio periodístico comprometido con la real información y las bondades del ejercicio que su presentado, el autor del libro, ha encarado como el camino a seguir.

El grupo concurrente lo escucha sin solemnidad pero con amistoso respeto. Aplauden con fervor las apostillas condimentadas por una filosofía de la ética que raya entre lo dogmático y lo picaresco, “como para no aburrirlos con tanta cháchara”, argumenta el periodista veterano, defendiendo sus oportunos chascarrillos.

Sin embargo, pese a que aquella eficiente maquinaria de veracidad pública (y publicada) trata de echar luz en una tiniebla vasta y recurrente, siempre será más lo que calle que lo que diga.

—En este momento tan especial de nuestra política, permítanme la comparación o la reflexión, el periodista ha dejado su lugar de cuarto poder para transformarse en “el poder”, pero no en ese poder nefasto que nos envuelve y nos agobia y cae en la inconducta… En el poder de la mirada crítica, del ojo que no acepta la ceguera… —prosigue el veterano periodista su arenga comunitaria, con una voz grave y convencida.
León Aryiasz siente una satisfacción plácida, productiva, muy diferente a la insatisfacción que le producen las reuniones de escritores del núcleo duro intelectual de la megápolis que se autodenomina “cosmopolita”, cuando en su seno no cabe un alfiler que venga de otro acerico. A esas, aunque le cursan invitaciones especiales, nunca va.

El autor del libro, ya presentado y aplaudido, hace mención a su largo camino recopilatorio, agradeciendo personalmente a todos y a cada uno de los que fueron fuentes alimenticias para aquellas páginas que hoy son ya una realidad.

—Y  tengo que agradecer el consejo que me dio uno de ustedes, hace muchos años, cuando estaba investigando otra “trama secreta” en uno de los tantos encubrimientos de los que parece no podemos librarnos en este país… —dice, enfocando su mirada en ese León Aryiasz que aparenta estar un poco distraído con los moños rojos del gazebo que ocupa un costado de la reunión y bajo el que se han acomodado unas cuantas mujeres muy producidas como se estila en la city y que huelen a perfumes caros y furiosos.

—Un buen periodista necesariamente debe ser un buen escritor tanto como un buen agente de inteligencia debe ser un buen novelista para poder desarrollar las tramas de la investigación en su cabeza. Las investigaciones y las novelas no son otra cosa que la unión correcta de los hilos de datos. Ni más ni menos que una trama.

El autor levanta uno de los libros que ocupan sobre la mesa, su costado derecho.

—Va por vos. —agrega, sonriendo, como si ofreciera un trofeo.

—¿De que trata el libro, jefe? —quiere saber Marcos Gozen, sumado a los aplausos y cuando ya todos abandonan sus asientos para abalanzarse sobre los appetizers del convite.

—¿La  trama?..Secretos . —murmura León Aryiasz. 


sábado

De las cartas cerradas y otras incoherencias (toma de retoma)





“Los silencios se orillan en la rizada trazadura de tu boca. Hay silencios allí, quietos silencios, atónitos silencios que mi lengua degüella con la hiriente precisión de una cizalla.

En esos labios tuyos se agrupan los vientos en el trigo que se inclina frente a un salobre mar; un mar de desarmadas tempestades negras que doblegan el oro de tu cereal antiguo.

Mastico las espigas de tu lengua. Las anego con cataclismos bíblicos que arrasan la bondad de las raíces con esa amarga sal que se acumula dentro de los ojos, cuando se aprenden todas las derrotas.

Sé que, muchas veces, también te hago llorar, con la misma insolencia con que un discípulo ofende a su maestro, como un alumno hace llorar a su maestro, en esa misma, intemperante soledad. Te ofendo y te lastimo con esta misma lengua que te besa y te habla y a veces se devuelve en un silencio pródigo y esquivo, en un silencio herido de silencios que son irremediables. 

Algún alumno me hizo llorar también, alguna vez, con ríos de un dolor que se derrumba; que se derrumba y mata.

Pero tus ojos son de un metal gastado que evita las batallas como una espada azul que se ha vuelto de acero revenido. No pelean tus ojos con mis ojos de guerra y siempre en guerra. 

Tus ojos son lagos que cazan en su fondo mis tormentas más ácidas. Las capturan del cielo de las nubes y las hunden en fosos donde hay peces y anémonas que bailan suavemente, como si acariciaran los relámpagos.

Me entrego a tu hermandad de lentos caracoles, ajeno a los disturbios, con esta vejez sutil que nos va aconteciendo lo mismo que un sedoso musgo acontece sobre una pared que da al oeste. Me entrego a la dulzura de tu sombra que refresca despacio mi cuero trajinado a cicatrices y soy eso pacífico que lentamente se deslíe en el mundo feliz de la pasividad.

Puedo ser melancólico en tus manos. Puedo ser feliz. Puedo ser triste. Puedo ser yo, como una cosa simplemente lacónica. 

Puedo ser. Eso alcanza.

Desde tus manos soy un descubrimiento que pervive en el don de ser sí mismo”.


 (Del trabajo de a-gente y otras historias urbanas)


lunes

Control de plagas





"La culpa me dejó entre los dientes la sensación del miedo", piensa ese León, cansado, casi tumefacto como un golpe en un músculo que continúa golpeándose contra objetos varios, casi con la forma de un apéndice demasiado amorfo como para aprender a caminar con él a través de los encierros que la vida propone.

"Por más controlado que sea uno, el dolor exaspera", piensa también e intenta ese control al que su pensamiento alude. Se aboca a él como se aboca un yogui a dominar esos aspectos flacos que humanizan demasiado la deprimente humanidad del hombre.
Cuando pensó en la culpa, en realidad pensaba en su hermano muerto y en su primera exclamación: ¿cómo no me di cuenta de que no tomaba los remedios?¿a dónde mierda estaba mirando yo que no vi eso?

De vez en vez lo ataca aquella sensación. Es como un dejâ vù que le cabe a tantísimas cosas. Entre esas cosas, a la vieja ceguera de una Justicia que durante tiempo no miró aquello que ahora ve, repentinamente, todo junto.

James lo mira sufrir. Mastica y mira.

—Vos no estás bien, cuervito. —murmura, compañerosamente paternal— ¿No te hubiera convenido quedarte “allá” hasta que estuvieras más entero?

Habla amistosamente solidario con el dolor del otro que si bien no verbaliza sus inconvenientes, los revela en los gestos entorpecidos y en cierto modo espásticos.

El bodegón en el que están es un lugar recóndito, olvidado de la buena fortuna, con un olor a comida que navega prendiéndose de las luces grasientas y neblinosas. La humedad es un tufo que llega desde el río lo mismo que una mano que captura certeramente a un ave empantanada.

Llueve en todas las cosas.

—Siempre fui un tipo leal. Por eso duré tanto en el laburo. —dice James, mientras se lleva el bocado a los labios— Siempre fui leal a lo que se pedía de mí, sin importar quién estuviera arriba. Y mirá que sé cosas, cuervito lindo.. ¡Mirá si sabré cosas!.. Un poquito de todos, sé. Y siempre trabajé de cayetano, haciendo lo que me pedían que hiciera porque eso es lo que uno tiene que hacer: lo que te dicen que tenés que hacer. Para eso estamos. No estamos para pensar. Estamos para hacer lo que te piden que hagas, porque ese es tu deber. Hacer. Sin pensar. Solamente hacer.

James mastica. Empuja el bocado con un trozo de pan. Bebe un sorbo de agua. Todo lo que hace parece maquinal, como invadido por esa costumbre de hacer sin pensar, de la que habla.

—Pero un día empezás a ver cosas… —agrega, luego de tragar bocado, pan y agua— Bah… siempre ves cosas ¿o no? Ves cosas, oís cosas, sabés cosas. Siempre la mierda te llega a la nariz y a los oídos. Es parte del trabajo eso de saber bucear en mierda ¿o no? Sin ahogarte, digo, cuervito lindo…Bucear sin ahogarse uno en el amasijo de mierda en que se mueve.

—¿Y qué te pasó? ¿Se te jodió el regulador de oxígeno? —pregunta Aryiasz.

—Vos aguantaste mucha menos mierda que yo cuando trabajaste para los tipos. —se escuda James— Y cuando viste cosas y quisiste hacer algo ¿qué pasó? Primero te plantaste ¿y?.. Después tuviste que agarrar tu culo y salir a los pedos porque eras boleta, que, como nunca hay dos sin tres, la tercera es la vencida y ahí sí que te la iban a dar ya que te salvaste raspando de las dos anteriores. Mirá Diz. Pensó que haciendo público que lo iban a matar se cubría y se curaba en salud. Otro idiota que no entendió que jugábamos sin reglas. Y eso que se lo dije… “Estamos sin red, Norberto” ¿Y qué hizo? Fue el pelotudo y saltó igual… Vos fuiste más precavido que él, si vamos al caso. Te la viste fulera y aplicaste el dicho. Él no. Y ahí lo tenés, muerto y sin justicia. Y yo, una mierda de tipo, el más siniestro del mundo, cuando lo único que hice toda mi puta vida es cumplir con mi deber. Un poco más y tengo la culpa de todos los males de este país de mierda.

Las últimas frases suenan amargas y quebradas. Hay una voz de no superación de lo injusto detrás de la voz de James.

—Antes era una profesión romántica. —dice, todavía, mientras se limpia los labios con la servilleta de tela blanca en la que queda un raspón rojizo de salsa de tomate—Y eso que yo no soy romántico. Vos sí.

(Del trabajo de a-gente y otras historias urbanas)

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