Búsquense su voz, no usen la mía

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Presentación del hombre

Me matará el ir de frente y decidido
y esta inútil fuerza de macho convencido. (De madrugada - Patxi Andión)

Parafraseando a Serrat

Parafraseando a Serrat :

"La verdad no es prepotente. Lo que no tiene es remedio".

lunes

Lo que se apaga


Recuerdo el primer día en que levanté un niño desde el miedo y lo cargué en mis brazos como si hubiera levantado en ellos un pedazo del mundo que le sobraba al mundo. Era, el niño que levanté en mis brazos, un trozo desgarrado de un mundo desgarrado en múltiples colgajos que no armaban un mundo para sí ni entre sí.

Me lo llevé de allí como todas las otras tantas veces después de esa primera, he llevado a otros niños alzados en mis brazos hacia un lugar un poco más amable que ese mundo del analfabetismo, del hambre, de la esclavitud, de la guerra y de la sed.

Nadie parece a salvo. Ni ese último niño que me traje conmigo ni todos esos niños que transporté desde el horror a un lugar más amable.

A mi pesar he descubierto que no existen lugares amables para los niños. Tampoco existen los lugares amables para los hombres. No existen los lugares amables. Uno los fabrica a mano y como puede, como le sale, como lo dejan o sencillamente, no puede fabricarlos y se quedan en las palmas, igual que un gesto abierto que no es correspondido. Ya no se entienden los gestos que no llegan como emos de whatsapp.
En verdad, hace tiempo que sé que no existen los lugares amables en los que ser feliz sin preocuparse del costo de la esperanza.

Y a decir verdad, tampoco la esperanza es lo último que se pierde cuando se llega a ciertos laberintos. Diría más bien que es lo primero que se deja en la puerta y uno entra ya en ese estado de piloto automático, en el que sabe que aunque nada sirva para nada, está a muchos pies de altura sobre el aire y debe pilotear por el bien de sus pasajeros.

Algunos se ganan los favores de las otras personas a fuerza de fingir ser de una manera en que no son porque temen ser rechazados si muestran realmente su verdadera personalidad. Por lo tanto, siempre me pregunto ¿cómo podrían jugarse por los demás si son incapaces de jugarse siquiera por sí mismos? Son los sutiles vendedores de humo que le apuestan por igual a Dios y al Diablo sin atreverse a confesarlo.

El último niño que levanté del miedo me mira desde el pozo fecundo de sus ojos.
Intento sonreír pero no puedo. Seguro hago una mueca de esas mías que se parecen a chupar limón y que son las muecas a las que siempre me lleva reconfirmar el desengaño. El hastío me produce un desgano complicado de superar porque no hay peor entrega que aquella que no está acompañada por la motivación.

Ya no encuentro esas gratificantes suculencias que me mantenían interesado en ciertas cosas que yo quise que me gustara hacer. Mi curiosidad por ellas ya no es un interés vigente y queda solamente este empalago mediocre que no me identifica. No sé convivir con lo estanco ni con lo que resulta imposible de dinamizar (y de dinamitar).

Ha comenzado el tedio. Es el punto y seguido en el cual digo adiós.

(De: Psicoámbitos)


viernes

Hijo de tierras áridas




No quiero que mi herencia sea este inquebrantable nomadismo. Este nomadismo del aquí para allí, como si tuviera que personificar el tiempo hebreo una y otra vez, la muestra para la que basta el botón y arrastrar a lo mío a los cuarenta años de todo el desarraigo, hollando las partes de la vida donde nadie estará para recibirnos y sí para expulsarnos hacia otros desiertos, más conspicuos.

Hay que empezar de nuevo una vez más. 

Quizás soy yo el que no toma buenas decisiones y siempre debe rectificar sobre la marcha. Rectificar sobre la marcha para honrar el paso caminante que me acompaña fiel y fiel me sigue sin hacer cuestiones, como si mis desaciertos tuvieran también el mismo valor que mis aciertos y no me equivocara, realmente.

Desde que Amadî vive conmigo, hemos cambiado cinco veces de casa y siempre veo en sus ojos ese asombro múltiple y extraño y esa adaptación dimensional al mundo sobre el que sus pies pisan, cuando lo bajo al suelo desde mis brazos. 

En mucho se parece a mí. Nuestra casa es siempre el suelo que nos queda en un instante cualquiera de la vida, debajo de los pies. Vivimos ese aquí hoy. Lo que pisamos en ese aquí hoy es nuestro lugar en el mundo. 

Niño y perro se apoderan del parque como un niño y un perro se apoderan de un parque. Corretean y juegan, midiendo esa nueva y verde enormidad que pueblan completa en un instante.

La casa es fresca, callada y amplia. Todavía vacía, parece una gran caja donde aún no ha llegado la música y el silencio es el único sonido que deambula por sus ambientes claros y espaciosos. La luz del exterior talla las sombras y las craquela para que liberen un aroma a maderas limpias y novedad de estreno.

Esta casa es un reino que los pasos conquistan o que se rinde, sin hacer escándalo, a esta invasión que no tiene palabras y está basada entera en las miradas que dejamos caer por los rincones.

—Is so beautiful… so, so beautiful… —se emociona Ganî.

La miro mientras camina absorta, como una niña retratada en la página brillante de un cuento de princesas.

Pienso que yo no quiero entregar a mi gente al nomadismo del que estoy poseído desde siempre. No quiero caminar cuarenta años más por el desierto de mi propia vida sin que ellos puedan conseguir un oasis en que fructificar.

Es mi destino pero no el de ellos porque ellos son seres con raíz, saben de dónde vienen porque tienen historia, inclusive Amadî. Yo soy un árbol torpe y al revés, con las ramas a tierra y la raíz al cielo. Y ellos son mis pájaros. Los pájaros de un árbol que tiene sus raíces en el aire. Sus alas me sujetan a la vida.

Ahora, Amadî es un vendaval de brisas verdes que desborda la casa mientras corre.
Los ladridos del perro forman túneles en el silencio hospitalario y claro, que el eco multiplica en ambas plantas, estoicas y vacantes.

Amadí nos llama desde el piso superior. Su voz nos urge igual que su manito, como si hubiera encontrado un duende que quiere presentarnos. 

Subimos la ancha escalera con Ganî.

Mi hijo ha encontrado un pájaro pequeño y lo sostiene, ofrecido en el nido moreno de sus palmas, a la inquietud paternal de nuestros ojos. 

Ganî ríe. Amadî ríe. El pájaro está allí, acurrucado en ese espacio cálido, como si en ese lugar que representan las manos de mi hijo, su fragilidad no sintiera temor.

—Quedémonos aquí, Ariê… Please, here… Please. —dice Ganî.

Con la mudanza mi suegra trae un gallo. 

Dice ella que si el gallo canta en esta casa nueva, será de buen augurio. 

Ojalá cante, porque ya estoy cansado de caminarme todos los desiertos buscando un lugar donde acampar y llevando a mi espalda los oasis.

Quiero plantar un olivo cada vez que esté triste, tal como me enseñó mi abuelo que se debe hacer si uno desea recuperar la felicidad.  


domingo

Codificación de Onân



La tarde se agazapa
se encorva como un buitre mordaz
y los despojos
caben entre las manos como luces.

Atardece en la tarde, paradójicamente,
un vaho de penumbra
entre fantasmas ácidos que huyen
fláccidamente humeantes.

Se llevan el tesón y la cordura
mi Estrella de David
embadurnada de sudor y canto
como si se robaran un esputo.

Cierro los ojos, emparedado, a tientas,
arrasando saliva que se empasta
con un trago de té, amargo, frío,
tan solitariamente espeluznante
que viaja en un jinete apocalíptico
hacia el confuso fondo de mi esperma.

Me anuda esta piel bestia todo el miedo
de volver a sufrir.

Y soy un ángel
plateado amarillento, de lata y en pelotas,
flaco de paranoia y tan sin alas
que vuelo hasta tu boca con mi lengua
mientras hago silencio y me masturbo.

martes

La voz en la trama




“A veces parecemos un momento con barcos”, acaba de decir el hombre melancólico que ha llegado desde la extranjería y permanece ahora, igual que un extranjero, contemplando la piel de esa ciudad, fantástica como un animal múltiple, de múltiples perfiles y múltiples cabezas, que envuelve al que respira en múltiples olores y lo devora con impía puerilidad.

Marcos Gozen, que sigue o persigue a Aryiasz a todos lados, como una estampita de santo que se porta para no quedar desamparado en una esquina (así de bondadoso y calmo tiene el gesto el joven asistente), mira a su jefe y capta que el otro habla de esa plácida detención que por momentos presenta el ajetreo. 

En la ciudad febril y atosigada, hay un instante que parece exhausto y necesita el ejercicio de la pausa. Es tan breve que se hace imperceptible si uno no lo espera con el ansia de advertir su mínimo silencio.

Ellos están ahí, mirando ese espejo de río desde la pequeña altitud de la baranda, en la terraza de un complejo de eventos, coqueta y preparada para esa reunión de media tarde, un cóctel informal, organizado para unos pocos y selectos amigos literarios que acompañan gozosos la presentación en sociedad del nuevo libro de un destacado periodista de investigación.

Todos se conocen. Todos se saludan. Todos se abrazan con efusión risueña. 

El grupo es heterogéneo pero cada invitación tiene un porqué, así que allí se mezclan los que generan datos, los que corroboran datos, los que investigan datos, los que chocan con datos, los que escuchan los datos que otros descubren, los que recopilan y por último, aquel que va a escribir un prolijo trabajo sobre ese otro, minimalista y minucioso, que supone el armado de las verdades que están ocultas a los ojos del mundo.

Airosamente, el libro consigue ver la luz en el seno natural de aquella tribu de artífices.
Las pruebas de micrófono avisan a los participantes que va a dar comienzo la presentación e invita a que cada cual ocupe su lugar.

El maestro de ceremonias es otro reconocido periodista, también de esos que escriben sobre la verdad desnuda cuando queda al descubierto de los ojos que la persiguen y la buscan.

—Investigar al poder no es sencillo. Se requiere mucho tiempo, mucho esfuerzo y mucho coraje, quizás, hasta un poco de temeridad. Escribir lo que se ha investigado sobre ese poder es aún más riesgoso, pero si no existieran aquellos que investigan porque buscan y gustan de la verdad, viviríamos en una realidad ficticia, que todo lo tapa y todo lo oculta… —comienza la alocución el presentador, con un tono provinciano que se obstina en conservar a ultranza, pese a los años que lleva viviendo lejos de su provincia natal. Deriva luego en ponderar el oficio periodístico comprometido con la real información y las bondades del ejercicio que su presentado, el autor del libro, ha encarado como el camino a seguir.

El grupo concurrente lo escucha sin solemnidad pero con amistoso respeto. Aplauden con fervor las apostillas condimentadas por una filosofía de la ética que raya entre lo dogmático y lo picaresco, “como para no aburrirlos con tanta cháchara”, argumenta el periodista veterano, defendiendo sus oportunos chascarrillos.

Sin embargo, pese a que aquella eficiente maquinaria de veracidad pública (y publicada) trata de echar luz en una tiniebla vasta y recurrente, siempre será más lo que calle que lo que diga.

—En este momento tan especial de nuestra política, permítanme la comparación o la reflexión, el periodista ha dejado su lugar de cuarto poder para transformarse en “el poder”, pero no en ese poder nefasto que nos envuelve y nos agobia y cae en la inconducta… En el poder de la mirada crítica, del ojo que no acepta la ceguera… —prosigue el veterano periodista su arenga comunitaria, con una voz grave y convencida.
León Aryiasz siente una satisfacción plácida, productiva, muy diferente a la insatisfacción que le producen las reuniones de escritores del núcleo duro intelectual de la megápolis que se autodenomina “cosmopolita”, cuando en su seno no cabe un alfiler que venga de otro acerico. A esas, aunque le cursan invitaciones especiales, nunca va.

El autor del libro, ya presentado y aplaudido, hace mención a su largo camino recopilatorio, agradeciendo personalmente a todos y a cada uno de los que fueron fuentes alimenticias para aquellas páginas que hoy son ya una realidad.

—Y  tengo que agradecer el consejo que me dio uno de ustedes, hace muchos años, cuando estaba investigando otra “trama secreta” en uno de los tantos encubrimientos de los que parece no podemos librarnos en este país… —dice, enfocando su mirada en ese León Aryiasz que aparenta estar un poco distraído con los moños rojos del gazebo que ocupa un costado de la reunión y bajo el que se han acomodado unas cuantas mujeres muy producidas como se estila en la city y que huelen a perfumes caros y furiosos.

—Un buen periodista necesariamente debe ser un buen escritor tanto como un buen agente de inteligencia debe ser un buen novelista para poder desarrollar las tramas de la investigación en su cabeza. Las investigaciones y las novelas no son otra cosa que la unión correcta de los hilos de datos. Ni más ni menos que una trama.

El autor levanta uno de los libros que ocupan sobre la mesa, su costado derecho.

—Va por vos. —agrega, sonriendo, como si ofreciera un trofeo.

—¿De que trata el libro, jefe? —quiere saber Marcos Gozen, sumado a los aplausos y cuando ya todos abandonan sus asientos para abalanzarse sobre los appetizers del convite.

—¿La  trama?..Secretos . —murmura León Aryiasz. 


sábado

De las cartas cerradas y otras incoherencias (toma de retoma)





“Los silencios se orillan en la rizada trazadura de tu boca. Hay silencios allí, quietos silencios, atónitos silencios que mi lengua degüella con la hiriente precisión de una cizalla.

En esos labios tuyos se agrupan los vientos en el trigo que se inclina frente a un salobre mar; un mar de desarmadas tempestades negras que doblegan el oro de tu cereal antiguo.

Mastico las espigas de tu lengua. Las anego con cataclismos bíblicos que arrasan la bondad de las raíces con esa amarga sal que se acumula dentro de los ojos, cuando se aprenden todas las derrotas.

Sé que, muchas veces, también te hago llorar, con la misma insolencia con que un discípulo ofende a su maestro, como un alumno hace llorar a su maestro, en esa misma, intemperante soledad. Te ofendo y te lastimo con esta misma lengua que te besa y te habla y a veces se devuelve en un silencio pródigo y esquivo, en un silencio herido de silencios que son irremediables. 

Algún alumno me hizo llorar también, alguna vez, con ríos de un dolor que se derrumba; que se derrumba y mata.

Pero tus ojos son de un metal gastado que evita las batallas como una espada azul que se ha vuelto de acero revenido. No pelean tus ojos con mis ojos de guerra y siempre en guerra. 

Tus ojos son lagos que cazan en su fondo mis tormentas más ácidas. Las capturan del cielo de las nubes y las hunden en fosos donde hay peces y anémonas que bailan suavemente, como si acariciaran los relámpagos.

Me entrego a tu hermandad de lentos caracoles, ajeno a los disturbios, con esta vejez sutil que nos va aconteciendo lo mismo que un sedoso musgo acontece sobre una pared que da al oeste. Me entrego a la dulzura de tu sombra que refresca despacio mi cuero trajinado a cicatrices y soy eso pacífico que lentamente se deslíe en el mundo feliz de la pasividad.

Puedo ser melancólico en tus manos. Puedo ser feliz. Puedo ser triste. Puedo ser yo, como una cosa simplemente lacónica. 

Puedo ser. Eso alcanza.

Desde tus manos soy un descubrimiento que pervive en el don de ser sí mismo”.


 (Del trabajo de a-gente y otras historias urbanas)


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