Búsquense su voz, no usen la mía

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Presentación del hombre

Me matará el ir de frente y decidido
y esta inútil fuerza de macho convencido. (De madrugada - Patxi Andión)
Teoría de la prosa -irresponsabilidad del verso -imaginación del ensayo -incertidumbre de la reflexión

Parafraseando a Serrat

Parafraseando a Serrat :

"La verdad no es prepotente. Lo que no tiene es remedio".

viernes

De las cartas cerradas y otras incoherencias (tomo II)




 "Perdona siempre a tu enemigo. No hay nada que lo enfurezca más"
(Oscar Wilde)


Quería hablarte de ese acibarado desatino tuyo, de tu “porque sí” apaleador de tambores que no cesan de repicar hacia la distancia donde algunos hemos optado ya por la sordera, hastiados de tanta perorata.

Sí. Es lo que dije: “perorata”. Dije perorata porque lo tuyo son las peroratas. Largos y mefistofélicos discursos llenos de palabrejas conspicuas que no llegan jamás a definir su argumento. Sólo envuelven toda tu imprecisión como la saliva filante envuelve una lengua que se mueve y se mueve atrapada en una red de malas babas.

¡Cuánto desordenado balbuceo que no consigue apaciguar la fuerza de todo lo miserable que te roe! ¡Cuánta la oscuridad de tus despeluchadas sinrazones tragicómicas!
Yo, sin embargo, he perdido violencia. A la luz de las últimas cosas de mi vida, he perdido violencia. La he cambiado por la contemplación.

Sí. Como antes dije “perorata”, ahora digo “contemplación”. 

Mi contemplación es piadosa y atónita. Se queda allí, mirando la lujuria del odio, como se mira a un bicho insaciable que se revuelve armado con cañones que aún no ha aprendido a disparar de manera efectiva. Tu odio se va en salvas, como uno de esos desfiles norcoreanos de echarle un pulso a un mundo que no lo tiene en cuenta y que, además, sonríe cubriéndose la boca, para condescender sin humillar.

Yo no te tengo en cuenta, pero admito que la esquizofrenia de tu furia es triste. Es muy triste. Casi como ese inefable patetismo que inclina a la piedad cuando el contrario va por la vida tan disminuido. Tan disminuido, que ya no es un contrario, si es que alguna vez dio su estatura para ser alguna cosa más que un chirrido pertinaz y giboso, reclamante de atención y a punto de sollozo perpetuo.

Los fantasmas y los horrores te acompañan como una sombra que te vela esas ganas de odiar lo que está bien y que son las mismas intensas ganas de sufrir que hicieron de todos tus argumentos un eufórico caos.

Hoy leí la frase de Oscar Wilde que encabeza este post y quise compartírtela.



martes

Pan quemado




Dentro del sueño, el pan tostado se deshace en su boca y el aroma de ese mordisco llega como en la infancia, esculpido con crujidos tibios y untuosos, que impregnan la conciencia de una dulce gratitud.

Trata de encontrar una palabra que defina la consistencia de ese pan que sueña, pero no la consigue. El sueño se la niega y le aproxima, en cambio, palabras que nada tienen que ver con lo que él sueña, mutilado al fin por el cansancio. El sueño insiste con aportaciones caprichosas como: “mordisco fluo, pan volátil, miga desesperada, espuma despanada”.

El hombre busca angustiosamente la palabra que defina a ese pan de sus sueños como el pan de su infancia, hasta que pierde la palabra y el pan.

Duerme como puede en un rincón que comparte con la oscuridad y la vigilia. Todo lo sobresalta en los momentos en que no busca el pan.

Allí los hombres reposan como pueden, bajo un constante murmullo de quejumbre que levita insistente, lo mismo que un fantasma usa la noche para alimentarse. Es un tono constante, sostenido en una grave perpetuidad.

A veces, un niño se despierta gritando. Llora y llora, con voces angustiosas. Provoca un remezón del aire, un sobresalto que avasalla al fantasma y sus gemidos, como avasalla al sueño. Entonces, otros niños lloran de igual forma, como una rabiosa reacción en cadena, inconsolable.

Pero cuando sólo existe la quejumbre sobre todos y el resto está en silencio por afuera, existe, también, un mal presagio. La calma se transforma en un presentimiento que se solaza en la vigilia y nadie duerme, porque el afuera, ese afuera desconocido, oscuro y silente, es una garra pronta que está eligiendo, en soledad, el momento para cerrarse sobre los hombres desprevenidos en sus sueños. Por eso, nadie duerme, realmente. Ni los que están de guardia ni los que aguardan su turno para hacer la guardia.

El hombre se recoge en una posición aún más fetal. Se enrolla sobre sí, como un ciempiés, para aferrarse al pan con el que sueña o con el que quiere soñar todavía un rato. Evoca desesperadamente al pan. Lo edifica cien veces en su mente vigil, para soñarlo. No pide más que eso. Un sueño en que haya pan.

Luego ocurren el fuego y el estruendo. Ocurren los gritos y las armas, sobre ese brusco campamento insomne en que los hombres se levantan y buscan posiciones de defensa, atrapados repentinamente por la garra que ha saltado desde la oscuridad y corre libre, incendiando las pocas chozas precarias que persisten en pie, luego de su último asalto hace seis noches, cuando aún no habían llegado los que ahora, con armas, le hacen frente.

El hombre que soñaba relega el pan, aparta el pan, olvida el pan y se transforma en uno de esos feroces animales del miedo, que dispara sobre otros animales. Los fogonazos van llevándose la noche con incendios. 

—Perdimos un camión. —susurra alguien en la oscuridad. Una voz conocida, que jadea detrás de algunos tiestos que la ocultan.

La corresponsal de la BBC, cámara en mano, intenta rescatar esas secuencias en que los hombres corren y combaten. Toma fotografías compulsivas, como puede, apresuradamente instintivas.

El camión incendiado es una luminaria majestuosa, intrépida, que se eleva en la noche como un fuego sagrado e invencible.

—Son niños… son niños… —grita alguien, pero el fuego no cesa, aunque los que atacan desde la furia de la garra, sean niños soldado.

Uno de esos niños se detiene. 

Queda frente al lente de la cámara y a la mujer que lo ha enfocado mientras avanzaba disparando contra el hospital. El niño soldado se detiene allí, mirando a la fotógrafa y de espaldas al fuego del camión. Sonríe. Se acomoda en una pose marcial frente al objetivo, como un niño que se toma una foto. Baja el fusil y simplemente sonríe para su retrato, con una sonrisa ancha y orgullosa.

Suena el disparo. El niño cae hacia adelante y su cuerpo se desarma sobre el suelo.
La fotoperiodista observa al hombre que ha disparado y se acerca hacia ella.

—¿Está usted bien? —pregunta él— ¡No haga estupideces, mujer! ¡Póngase a cubierto! 

Ella escucha la orden y mira al hombre que le obliga con gestos apremiantes a que busque reparo.

—Él sólo quería una fotografía. —musita la mujer— Sólo quería un retrato.

Sabe que el hombre ya no la escucha porque se ha alejado a cubrir otro flanco.

La periodista permanece allí, junto al cadáver del niño soldado, que aún le sonríe.

(De: Caída de las patrias - ed 1999) 

sábado

Adioses sin regresos - 18/02/2017.



Las tristes fechas patrias


Nunca supe por qué, en nosotros,
habitaba un suicidio.

Entre nosotros habitaba un suicidio compartido.

Queríamos morir a nuestro modo,
irremediablemente a nuestro modo y en nuestra propia ley.

Y sin embargo, era un absurdo personal el ser suicida.
Y un reclamo tenaz: Nunca te mueras.

El tiempo de vivir, se llevó por delante cada causa.

Sólo te diste vuelta.

El nunca más
fue solamente un acto en la costumbre.






lunes

Hoy Dios se levantó contento



Cuando el camión llega, el hospital es un tumulto.

Mirándolo allí, cualquiera diría que está a punto de derrumbe y que el primer viento que le sople encima puede arrancarlo del lugar y llevárselo haciendo una pirueta dedicada al dios del humor negro. Una burla.

Es un hospital precario que si no fuera un hospital, sería un circo; la raída carpa de un circo bajo la cual se amontona un mundo dolorido y quejumbroso para el que la atención médica no alcanza.

Allí todo es lo mismo. La sala y el quirófano están separados apenas por una cortina que se mueve y permite ver ambos sectores y que ambos sectores se vean entre sí, se escuchen, se perturben.

El Jefe de Servicio está operando a un niño. Puede vérselo con claridad desde la sala a la que el pequeño contingente de hombres sudorosos y armados acaba de ingresar trayendo otros heridos que no encuentran dónde acomodar.

Desde el quirófano, el Jefe de Servicio levanta la mano ensangrentada que sostiene un mango de sutura y saluda a los recién llegados. Luego prosigue lo que estaba haciendo.
En el lugar ya no cabe nadie, pese a que la enfermera y la comadrona intentan hacer algo de espacio entre los otros cuerpos. 

Llega un segundo médico para recibir a los heridos. En la parte trasera del hospital, al aire libre, practica curaciones que no reporten tanta urgencia como las que se tratan en la sala, bajo el techo ondulante y las paredes de tela de avión que parecen respirar con los movimientos del aire, montadas sobre anoréxicas estructuras de caño.

—¿De dónde vienen éstos? —quiere saber, mientras indica un lugar en el cual depositar los suministros que el grupo de hombres armados ha custodiado hasta allí.

El que comanda al grupo le da algunos datos que el médico escucha por la mitad.

—¿Dónde está el práctico? —pregunta ahora, ya que está solo con todos los heridos.

El Mayor se aproxima. 

—Ayúdame. —ordena el médico y se desentiende de todos los demás— Estamos escasos de personal, últimamente. Nadie quiere arriesgarse por aquí. —dice, mirando al Mayor— Ponte los guantes. El 90%  porta SIDA.

El Mayor lo obedece. 

—Yo también puedo asistir. —ofrece la periodista. Se ha acercado a observar qué cosa desprende ese olor fétido que acampa sobre el aire como una nube tóxica.

—¿Quién es esta? —pregunta el médico sin dejar su trabajo— ¿Una supervisora de la ONU que debe certificar que no entren los suministros al mercado negro?

—Una corresponsal de la BBC. —responde el Mayor— La encontramos por ahí, como a todos éstos.

—¿Ahora ofrecen servicio de taxi puerta a puerta? —bromea el médico— Póngase los guantes. — le indica a la periodista— ¿Qué sabe hacer?

—Era práctica en mi unidad… durante el entrenamiento militar. —dice ella.

—¿Dos prácticos? Hoy Dios se debe haber levantado de buen humor. —bromea el médico.

—O se nos avecina una catástrofe. —murmura el Mayor, meneando la cabeza— Esa es la lógica de las cosas por aquí, miss —explica luego, mientras observa el gesto sobrecogido que contrae los labios de la periodista.

—Sé cómo son las cosas por aquí. Mi familia es de Etiopía. —aclara ella, tan inglesa y flemática.

Los demás del equipo siguen intentando encontrar un lugar en la sala para depositar los otros cuerpos que el médico de afuera no puede atender dada su gravedad y que, ahora, el médico Jefe de Servicio revisa.

Ya ha terminado su labor anterior en el quirófano y su auxiliar retira de la mesa de cirugía una bolsa negra. Dentro está el cuerpo del niño que el Jefe de Servicio operaba sólo un momento antes.

Ahora, sobre la mesa de cirugía hay otro cuerpo.

—Ari, deja a los de afuera… Ven aquí, éstos están peor. —reclama, al médico que atiende bajo el sol, el Jefe de Servicio, antes de ingresar nuevamente al ámbito quirúrgico detrás de la cortina— Que se ocupen los prácticos, ya que tienes dos.

Envía también a la comadrona al exterior. 

Zumban las moscas.

(De: Caída de las patrias)


jueves

Caída de las patrias



El día después de ayer


—Sí, acá estamos y este tiene otro ataque de esa música de mierda que escucha él… —dice el hombre que habla por teléfono ya fuera de la habitación y en la frescura del balcón que da sobre una noche intensamente verde— Sí, una de esas. —afirma luego, corroborando lo que contesta su interlocutor a la distancia— Yo le pregunto si no le hace mal esa música… porque te pone mal, te altera los nervios, pero ya sabés como es, dice que no… Y sí, capaz que escucha esa música de mierda para bajar los decibeles de su propia alteración… Menos mal que se consiguió unos auriculares acá, porque los de él se los olvidó allá y ahí está, en su planeta de música, volviéndose loco con él mismo y con esa música de mierda.

El hombre que está en el balcón que da a la noche gira los ojos y mira a su compañero dentro de la habitación que comparten. 

—Te digo que no sé qué le pasa… —repite, fastidiado,  respondiendo a los requerimientos de su interlocutor en la distancia— Si supiera qué le pasa, ya lo habría solucionado yo, pero así… está en esas etapas de cuando decide volverse loco solo y no te deja entrar. Vos sabés bien como es cuando no te deja entrar. No se puede entrar y listo. Hagas lo que hagas, es imposible saber qué mierda piensa o qué mierda siente. 

El hombre en el balcón confía en que su compañero está absorto en la música y que esa música lo aturde, lo aisla, lo separa de cualquier intromisión que quiera penetrar en ese mundo tan exhaustivamente suyo.

—No… ni siquiera escribe. Si por lo menos escribiera, me enteraría de qué carajo le pasa ahora que no le haya pasado quinientas mil veces antes.

Lo que siente el hombre en el balcón no es fastidio. 

Gira otra vez sus ojos de expulsado del ámbito que momentos antes fue común y encuentra la mirada del hombre atrapado en ese, ahora, ámbito sonoro. Lo ve atrapado allí, casi como un sobreviviente de naufragio hace suya una isla a la que nadie del naufragio alcanza.

El hombre en el balcón mira los ojos que desde su posición, también lo observan. Ve una fogata. Ve una fogata que apenas llamea en una isla. Y porque ve una fogata cruza el espacio entre el balcón y la habitación, aún con el teléfono en su mano.

—Después te llamo, Freak —casi susurra.

Se ha dado cuenta que sobre la fogata que él observa,  llueve. Y que sin apagarla, solo llueve.



(De: Caída de las patrias - ed 1999)
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