Búsquense su voz, no usen la mía

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Presentación del hombre

De madrugada - Patxi Andion



Me matará el ir de frente y decidido
y esta inútil fuerza de macho convencido

Parafraseando a Serrat

Parafraseando a Serrat :

"La verdad no es prepotente. Lo que no tiene es remedio".

domingo

Yersinia pestis






“Sólo carne quemada. Ese es el destino del que pendemos como los gallardetes en hilachas penden de un mástil sin bandera. Somos carne quemada de antemano, por su destino de ser carne para quemar, carne de sacrificios a viejos dioses sucios que han perdido los dientes de su ferocidad, delegándola en sus sacerdotes que a la sazón, han terminado por sentirse dioses.

Es imposible reprochar a la vida lo que uno eligió hacer en ella y si ha juntado rivales y jueces en sus puños, trabajó para ello de una u otra forma. Del mismo modo si ha juntado verdugos.

Apartarse de la cosa frágil, del ente quebradizo y fortalecerse en la condición de perdurabilidad en la entereza para sobrellevar las gibas que servir a esos dioses impone, es nuestra obligación.

Y que los sacerdotes sean crueles es parte del folklore como lo es que también suplanten a los dioses que les han dado origen.


La ley es esa. No te quejes más”.

No sé por qué dice que me quejo si es él quién se viene quejando todo el rato sin encontrar refugio que lo libere de cuantos Dragones de Komodo quieran infectarle el calcañar a mordidas.


La vida lo va a matar por sepsis un día de estos y no precisamente de la que de tanto en tanto le encharca los pulmones y precisa de punciones de urgencia.

Son otras sepsis, más graves que las físicas, las que matan a determinados sobrevivientes de la Yersinia pestis. 


Quizás es que ha recuperado el miedo a morir y perdido la esperanza de seguir viviendo. 

“Uno recupera el miedo a morir cuando encuentra cosas por las que vivir y paradójicamente, aquellas cosas por las que vivir, son las mismas por las que moriría gustoso”. 

Lo escucho y pienso que es como si en su cabeza hubiera un uroboros. Pero no se lo digo porque le daría pie a que empezara a disertar de nuevo con la forma adecuada de remediar lo irremediable y prefiero conservarlo tranquilo. Se pone peligroso con las ideas carniceras y hoy no tengo ganas de hablar sobre ni de ver sangre, que ya puestos, son sus temas favoritos para sanear las circunstancias que no se pueden sanear por métodos incruentos. 


Muchas cosas nos están afectando a la misma vez y obligándonos a reunir nuestras discrepancias en una concordancia que haga al bien común de ambos.


Ahora el tiempo apremia y la vida se acorta como un elástico que se ha soltado luego de su extensión. Hemos descubierto que hasta la extensión es limitada y queda reducida a la tensión, tan solo. 


El chicotazo es inevitable. La libertad del cabo suelto golpea vigorosa contra el cabo sujeto por los dedos que acusan el repentino dolor del rebote. 


A la misma vez decimos ¡ay! y ahora, aquello tenso pende tácitamente fláccido, sujeto por la punta de nuestros dedos, doloridos e invulnerables a ese brusco dolor.

A él le gusta el dolor. Sonríe con malicia mientras yo agito la mano unos instantes, como si le estuviera indicando a él que obre con prisa.


Me repite que yo soy el más lento resolviendo, mientras me mira empuñar el arma que él ha disparado.

Estoy preservando tu derecho a la vida” dice, haciendo un gesto vago y seductor.

Le respondo: Lo sé.

Mientras caminamos hacia la salida le propongo unas cuantas cervezas de consuelo y murmuro: Podriamos escribir una novela convencional ¿qué te parece?¿Un cuento con princesas y valientes guardaespaldas?

Él gira los ojos y me mira con dulzura plañidera. 

Como a los gatos ahítos, la mirada se le dulcifica después de una intensa cacería que ha dado buenos frutos y se le pone gorda, lo mismo que el estómago se les pone a esos grandes gatos que terminan de saborear su presa.

“Mejor, Benedict, vayamos a un burdel a ver si se te quita la virginidad”, responde y agrega “Yo pago las copas”.


martes

Lejos de la luz





— Ya comienza a resultar incómodo sacar de nuevo todo eso a la luz. Concordarás conmigo en que empieza a parecerse a una molestia.
— La luz le queda lejos a mis interrogantes. A mí me queda lejos la luz. 
— Claro, lo tuyo es vocación por el hollín.
— El hollín es sucio, deja rastros.
— ¿Estamos hablando de alguna otra cosa?

Son los únicos en el pequeño bar esa mañana y están ahí, grisáceos, como el amanecer que los encuentra delante de un té sobrio, acaramelado dentro de una arquitectura de vidrio transparente.

Están sentados y solos ante la mesa, también pequeña dentro del bar pequeño, redonda y de metal, con las patas en tijera, igual que las sillas, también de metal y con las patas en tijera, como las viejas sillas de los circos cuando todavía eran baratijas trashumantes y no les había llegado la vocación de Bolshoi.

— ¿Qué le pasó a tu mano?
— Yo no sabía algunas respuestas…y los que las querían no me creyeron.
— ¿Te duele? Dicen que te queda un dolor duro cuando te amputan así los...
— Si. Se llama neuritis. A veces me duele más que en el momento en que me hicieron pedazos los dedos. Pero ya me hice al hábito. Es un dolor más.

La calle serpenteante y pedrosa está vacía. El domingo completo está vacío, como si un prolongado toque de queda se hubiese adueñado de las horas tempranas y del sol lastimoso que demora en trotar por los suburbios que dan de cara al mar.

Los hombres no son jóvenes. Conversan con lejanía y se entretienen en la belleza azul mediterránea desde una balaustrada también azul de cal. Ambos son parcos de voz y de figura, secos como la sal que trae el viento sobre sus cuerpos secos, de guerreros de la Magna Grecia. Disfrutan sin placer de la postrimería del verano como si disfrutaran de la visión de un pañuelo que se aleja, agitado desde la ventanilla de un tren.

El verano se va y ellos también se van con el verano, en ese diálogo hecho todo de inexplicables claves de silencio.

Uno es dueño del bar en el que están. Se ha recogido el cabello en una coleta cenicienta y la frente, violenta y despejada, supera, victoriosa, la barrera de la coronilla. Lleva un bigote al viejo estilo turco y una camisa blanca, inmaculada, desabotonada sobre un pecho que colecciona huesos y pelambre. Tiene un aspecto étnico, como de cosa regionalmente absoluta y agresiva.

Su compañero de la mano mochada tiene el cariz humoso que la nostalgia deposita en las fotos. Parece una persona que está lejos. Alguien cuya presencia debe conjugarse en el pasado de todos los idiomas. 

— Y…¿qué haces en África?

El dueño del bar se ha levantado y mientras pregunta desde dentro del salón hurga en las estanterías, buscando una bebida más apropiada para las confesiones privadas que aquel diplomático y aséptico té que compartieron al comenzar la charla.

— Lo poco que sé hacer.
— ¿Lo poco?.. Siempre pensé que eras uno de los más completos que teníamos. 

El dueño del bar regresa con dos vasos y una botella de ouzo mientras habla. 

— A pesar de eso, no hay nadie del que no se pueda prescindir si el caso lo amerita.— dice el de la mano mientras mira caer el chorro de ouzo abriéndose camino entre los hielos del interior del vaso, bajo la luz estática con que el día amanece de antiguos desfalcos e imprudencias.
— No he oído que la balanza esté en tu contra. Diría que más bien a tu favor. Las escalas cambian.

El dueño del bar vuelve a reclinar su espalda contra el respaldar metálico de la silla que ocupa y mientras habla parece que en vez de a su compañero, sus palabras hablaran con el mar. 

— Hay escalas que no.— escucha.
— Esta si.

 Lo afirma con salubridad y su mano que no sostiene el vaso da una palmada sobre la mano inválida del otro, como si intentara atrapar un ave joven que no aprende a volar.

— ¿Qué sabrás que no sé y te atemoriza?— pregunta como un padre. No sonríe. Solamente pregunta. Vuelve a palmear la mano que ahora, inmóvil bajo el dominio de la suya, se le antoja un pájaro al que su palmada ha aturdido.
— Yo diría “qué cosa no sabes y yo tampoco sé”.
— Pero viniste a mí por lo que sé…no por lo que no sé.— replica el dueño del bar. Suelta la mano trunca y bebe, densamente, como si poblara su boca con ciudades de ouzo.
— Al fin, ya ves… me he desterrado solo. Y no quiero volver. Elegí mi destino. No voy a cambiar de parecer. Hice mis elecciones y dejé todo aquello atrás. No voy a volver sobre mis pasos. Definitivamente, no pienso volver sobre mis pasos.


Sobre ambos regresa un silencio hecho de azul en el que permanecen un buen rato. Sólo beben, alejando los ojos hacia el mar y recibiendo la invitación para las velas que les propone el viento.

(De: La pasión triste) 

jueves

אני הבאתי


—Ya sabes…nos hemos puesto solos.

—¿Por qué me hablás de tú en vez de hablarme de vos?

—¿Te hablo de tú?

—Si, si, me estás hablando de tú…No dijiste sabés, no dijiste nos pusimos.

—Exceso de idioma inglés.

Lo escucho replicar mientras sostiene a la gata entre las manos. Veo un gato gigante que amasara un juguete con forma de gatito. Un gran felino que ha comido mucho en la cacería última y ahora, solo, quiere afelpar las garras.

Acaricia a la gata con fruición, algo que se parece mucho a la necesidad.

Ella es una cosita lasciva que cede al imperio de ese manoseo como si él –en vez de acariciarla– la fuera modelando en un amasijo peludo que hace el mismo ruido a cuando un motor regula suavemente. Mientras las manos trabajan ese bultito hecho una larga liviandad de carne y pelo, desde aquí se escucha el runrún sedoso, complacido, de hembra que se deja sobar.

Me pregunto cuál de los dos es el que está en celo. Si la gata que se estira y contorsiona transida de ternura o él, que la conduce con caricias hacia esa indefensión de hembra entregada.

Es algo que sabe hacer. Comienza su trabajo con los ojos y sólo con los ojos, que pueden parecer casuales pero nunca lo son. Su mirada nunca es casual, lleva intenciones que hablan un idioma de ira o ternura sombrías que no se extiende a los demás gestos. Permanece solamente en la mirada. Por eso llama la atención esa suerte de idioma de otro mundo hablado cuidadosamente a solas, como consigo mismo, en una conversación de alteridad que consigue apartarse del entorno para entablar su diálogo con nadie.

Se reclina por fin, entornando pasivamente la mirada, como si decidiera apagarse y morir por un instante y darme la prevalencia en cuestiones domésticas, del mismo modo que un amo le permite a un sirviente cumplir con lo ordenado sin meterse en la forma de ejecutar la orden.

A veces me parece una de esas estatuas lúgubres que habitan los cementerios cristianos. Un gris ángel de túmulo que preside mi muerte o mi resurrección sin proponérselo.

En el espejo veo a la mujer.

Reemplaza ahora a la gata y está allí, como si la gata hubiera trasmutado y crecido en un descuido de mis ojos, y luciera depilada y desnuda, sinuosa como el ronroneo del que nació una virgen.

Lame con suavidad pausada, con lentitud deleitosa y curativa, el cuerpo decadente sobre el que su plasticidad se arrastra como de cacería.

¿Por qué digo decadente? me pregunto. Quizás porque lo quiero ver así, seco, torturado y efímero, mortal sin aspiración a la sobrevivencia y sin deseos de renacimiento.

Y sin embargo, es esa fuerza tzabra de mal ángel, de entidad disoluta indominable por la artimaña húmeda del sexo, la que ahora en el espejo deshace a la mujer como a una flor que se somete al viento en un desierto.

No sé por qué debe ser tan animal para el apareamiento cuando ya ha decidido ser el dominador entre nosotros. No busca un equilibrio entre la fuerza y serenidad. Actúa, despiadado, con una sed promiscua y asesina. Sin riberas.

Escucho a la mujer que se deshace y llora tibiamente, en ese silencio en el que nos sumimos, aún sobre ella.

Él cierra los ojos. Yo los abro.

Sonrío a la mujer que me sonríe. Trato de no dormirme, para permanecer un rato más aquí mientras él duerme.


(La pasión triste)

viernes

Arseniato de amonio



Estoy frente al espejo.

"Al final uno es un tipo roto que aprendió a coser y se zurce tan bien que parece un modelito de alta costura, prolijísimo y perfecto, cuando camina entre los otros que están igual de rotos, pero no aprendieron a remendar las llagas pegándoles encima papelitos brillantes.

Uno no es otra cosa que sus consecuencias. No se puede andar haciendo de uno y pensar que no genera consecuencias su accionar. Sabe fehacientemente que es un generador de consecuencias contra o hacia sí mismo. También en favor de los demás, esos otros oportunamente favorecidos, pero a la hora de la cuenta, esos no cuentan. Es uno contra – o con – su propio ensombrecimiento. Toda sombra se paga y se apaga entre las sombras. Toda sombra es una sombra que indefectiblemente queda atrapada en la oscuridad de la que forma parte."

Es inexorable que si viene a mí, suelte un sermón que nos haga diferentes el uno para el otro. Él es siempre el que está al cabo de la calle y yo, el que todo lo ignora y está obligado –en momentos de extrema debilidad– a comerciar con la agnóstica parte de su fuerza que nos mantiene a los dos a salvo.

Me mira con esa purulencia socarrona que nace de sus ojos y se desparrama como un charco negro, embreado, por sobre todo lo que nos vemos obligados –o lo obligo– a compartir. Sé que no quiere explicaciones porque jamás las precisa, pero igual siento la obligación o la compulsión por el murmullo con el que torpemente me justifico.

—Te llamé porque ella me preguntó qué cómo estaba y entonces le dije la verdad.

—¿Qué no sabés cómo vivir sin mí?– investiga, ecuánime. 

—Sobrevivir…es más apropiado.– lo corrijo y él tuerce la boca acidulada, parca, férrea.

—Si te quiere…me tiene que aguantar.– susurra, plañidero, con esos gestos que casi no son gestos sino paréntesis que vibran dentro de una espacialidad mínima– Vos sos apenas un corderito triste.

Acepto que me ofenda. No sería él si no me agrediera con su poder de no combustionar en los incendios y de no deshacerse en la metralla. 

Cuando debemos separarnos me protege. Ya desdoblados, él es, de los dos, quién está capacitado para vencer al miedo y al dolor. Dice siempre que es su deporte ese de probarse en resistencias inimaginables. Si las papas queman, las retira del aceite con las manos desnudas y disfruta con una sonrisa de las llagas que eso le produce en esas manos con las que no ha aprendido a acariciar. Cuando las papas queman me aparta, me confina a un rincón, como a un fisgón o un trasto.

Sé que disfruta de tenerme lejos en esas circunstancias y de que pueda ver como él resiste. Estoy seguro que le produce orgasmos que yo vea lo que no puedo ser porque él lo es.

—Los buenos mueren.– dice, haciendo alusión al tema musical que estoy escuchando– Si no te importa, no me voy a afeitar.

(De: La pasión triste) 

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