Búsquense su voz, no usen la mía

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Presentación del hombre

Me matará el ir de frente y decidido
y esta inútil fuerza de macho convencido. (De madrugada - Patxi Andión)

Parafraseando a Serrat

Parafraseando a Serrat :

"La verdad no es prepotente. Lo que no tiene es remedio".

sábado

Sonidos de Amadî.





Tiene una resonancia de fiesta con tambores
(ese nombre festivo que enarbola tu semilla de sombra)
y hay un largo silencio
y un enorme y muy largo holocausto
y una carne partida y sangre larga
igual que un grito largo
un llanto largo
un eclipse de vida que te eclipsa
y anula el pan y el sol.

Amadî:
– “la confianza en mi Dios”
– “el regocijo”…

Casi como a una paradoja por brutal, inexacta,
en tu último pájaro
mustio y desalado como un ramo sin pétalos
y un canto sin idioma
y un hombre sin palabra
y un sonido que se apaga en un cuerno
y la desaforada indiferencia de tantos salvadores
y tantos, tantos, tantos, tantos hombres
que rezan diariamente a no sé quién o a qué
y luego van de buenos ponedores de segunda mejilla
te sostengo en mi brazos.

Y en mis brazos de hombre sostengo una semilla.

Amadî:
“el regocijo”
“la confianza en mi Dios”

¿Quién curará la mano que le falta a tu brazo?
¿Quién entenderá el grito en tus sueños sombríos?
¿Quién recogerá el pálpito de tu muerte inminente?
¿Quién te sacará todos los días
de un último canasto que se quema?

¿A dónde se fue Dios
que no escuchó tu nombre el día de los muertos y los vivos?

Tu nueva madre dice hablándonos a ambos:
Hay un león que cuida un pajarito…

Y en el fondo yo pienso que vos sos el león:
Amadî: el regocijo.

Y yo
apenas soy un ave muy triste y miserable.

viernes

Miénteme más que me gusta.



Todo lo que puedan decirme, aquí, carece de importancia porque Dios me pone a prueba tantas veces en un mismo día, que ya no tengo resto. Este agotamiento renace como un relámpago desde la insensatez y la misma insensatez se hace relámpago. Un relámpago rojo que así, violentamente, me vuelve un insensato, porque las causas de los hombres son de los insensatos. Cualquier hombre sensato se aleja de las causas, porque las causas de los hombres son todas esas cosas imposibles que los sensatos no saben hacer.

Los hombres se olvidan de los hombres y yo maldigo mi infinita memoria. La maldigo en los seis idiomas que hablo bien y en los otros cuatro en los que chapuceo el entendimiento que va del alma al gesto.

El tipo me mira con esa mirada amorfa de los íconos y sé que ve mis ojos y si mis ojos fueran fuerzas naturales, a partir de ellos el mundo de él se derrumbaría sobre su cabeza inefable de entidad obsoleta que no responde a nada más que a lo que debe ser según el protocolo y lo políticamente correcto, que no siempre es lo razonable ni lo humano ni lo lógico y ni siquiera es algo que participe del sentido común que a la sazón es el menos común de los sentidos (frase hecha si la hay pero que viene al pelo).

Entonces es que no sé cómo él y yo aparecemos sobre el escritorio, cara a cara. No ya él de su lado y yo del mío sino ambos sobre el escritorio.

Miro mis manos como si no fueran mis manos las que lo cazaron por las solapas de su traje y lo atrajeron hacia mí que por el tirón quedé también atraído hacia él. Miro mis manos y pienso: “mierda y eso que en la derecha me faltan dos dedos, qué fuerza que tengo, todavía”, porque el tipo está ahí, como un puto borrego temeroso de este lobo desatado en mí que solamente suplica por guarida para crías de hombre.

Le repito como si me lo comiera que “vengo por los niños, que vengo por los niños, que vengo por los niños…”, así, como un disco de aquellos discos de pasta de cuando el tipo y yo éramos jóvenes y que cuando se rayaban repetían el mismo pedacito de la canción hasta que alguien levantaba la púa de ese abismo atrapador de música. Y creo que se lo digo en inglés, en francés, en español, en hebreo y en el maldito idioma de las lágrimas, pero ninguno es el idioma que habla él. 

Nos miramos así y aunque parezco el malo de la escena, soy sólo el que suplica.
Suplico por los niños como un niño pero el tipo no entiende de niños ni de súplicas ni creo que entienda de alguna cosa que no sea el golf que estaba coordinando por teléfono –cuando lo interrumpió mi intemperancia– jugar en el domingo.

Entran otras personas en escena. 

Seguridad me escolta a la salida. Me escolta es un decir. Vamos armando, ellos y yo, un pataleo infame por todo el edificio porque me sujetan y yo me deshago de sus manos, puñetazo va, puñetazo viene, hasta que consiguen depositarme así, a pura trompada, del lado de afuera de la puerta.

Alguien me exige o me ordena o me intima: "Usted, ahora, debe entregar su credencial". 

Y yo les digo con toda mi violenta petulancia: "Si quieren mi credencial, vengan por ella".

Alguien en alguna parte ordena al fin: "Todos saben que el judío está loco. Déjenlo ir. Loco como se lo ve es un tipo que sirve".

Mientras me pregunto a quién mierda sirvo, mi hija me arrastra: "Vamos papá. Hay otras formas de solucionar esto".

Mas nada, ni siquiera ella, me convence.

(De: La pasión triste)

domingo

El futuro en el laberinto




¿Cómo suena el futuro? ¿Tiene cadencia, color, algún aroma? ¿A qué suena el futuro por aquí? ¿Quién puede imaginarle algarabía, música, murmullo, resonancia?
 
¿Cómo huele el futuro si no a pólvora y sequedad y a muerte bajo el calor ecuatorial que nos divide el sol como un pan ázimo, incapaz de alimentar a alguien?

¿Tiene el futuro otro color que no pertenezca a la gamada variedad del rojo? Rojo el atardecer, roja la sangre, y rojiza la tierra que la sangre ha regado mientras va oscureciendo, lentamente.

A mi costado la vida se estaciona pero no abre las puertas para que los que están aquí puedan subir y continuar camino. Estaciona con sus puertas cerradas lo mismo que un almacén inaccesible para el hambre de los que no tienen cómo comprar pan.

Estamos varados en este aislamiento indigente igual que un montón de residuos dentro de un vertedero. Somos parte de las cosas que los hombres descartan en sus vidas con paz en la que no se intentan misiones de suicidas, como ésta.

La médica joven hace rato que llora rodeada por los niños. Las mujeres la miran desde lejos con ojos que parecen no mirarla. Son ojos que se vuelven así, perplejos y aislados, cuando ya no tienen más para llorar.

La comadrona le ha dicho dos o tres palabras e intentado un abrazo que apenas se produjo. Acompañó el abrazo con un: hay mucho por hacer.

Resolver se trata de no colapsar frente al fracaso.

Cuando uno viene aquí ya sabe eso o por lo menos debería saberlo. Alguien que haya estado antes en estas ruinosas circunstancias debería explicar a estas personas nuevas que los voluntariados se parecen mucho a las crucifixiones y que la vida siempre está en peligro. El peligro en estas regiones es parte natural del voluntariado y el voluntariado no es ni más ni menos que un profundo acto de afirmación.

Quizás, los que estamos aquí, somos personas que no han nacido para perder la fe aunque de vez en cuando lo olvidemos.

(De: La pasión triste) 

lunes

Día 3




He terminado con un niño en brazos. Me parezco a él y por eso es como si me llevara en brazos a mí mismo para no tener miedo.

En este desamparo nos parecemos todos.

No se puede consolar a los niños desde el propio desconsuelo entonces yo ando con el niño en brazos. 

He cambiado de mano el arma por sostener un niño; el mismo niño que se prendía de mis pantalones y caminaba aferrado a mi pierna en un comienzo.

Yo traté de hablar con él y desprendérmelo para poder realizar tranquilo mi trabajo pero no me escuchó. Caminaba, entonces, arrastrando la pierna y al niño prendido de ella. Todos me miraban caminar deformemente y se reían porque no podía desprenderme del niño. 

No me sentí capaz de desprender al niño que se aferraba a mí.

No sé la edad del niño que ahora llevo alzado con mi brazo derecho. Es un niño pequeño sin edad que llevo alzado con mi brazo derecho y que abraza mi cuello con sus brazos. Nos movemos así como una misma forma extravagante de un cuerpo que ha gemado un cuerpecito. 

El niño viaja por este espacio hecho con restos abrazado a mí y con el rostro remetido entre mi hombro, mi cuello y mi sudor y sujeto por mi brazo derecho, como un paquete frágil que me han encomendado. Camino por todas partes con el niño en andas y el arma en la otra mano. El niño no me suelta y yo no suelto ni al niño ni al arma.

A veces se adormece. Se aferra con su pequeña fuerza a mí y se adormece. Su peso cambia. Se vuelve un peso niño que no tiembla y sus brazos se aflojan. Cuando eso sucede me quedo quieto. Busco un lugar para quedarme quieto y no alterar su sueño. Pienso que el niño duerme aferrado a una estatua que ha dejado –gracias a él– su condición de piedra. 

Quizás ahora soy esa escultura en madera de un hombre que cobija a un niño que duerme contra él. 

Cuando lo tengo apretado contra mí, pienso en mis nietos. Todos los niños de las zonas frágiles se parecen dentro de mí a mis nietos.

En la noche, Radio Tanzania intenta que comparta sus petacas alcohólicas y beba. Repite que necesito darle tregua al alma.

Cuando me recuesto abrazo al niño. Nos quedamos así. 

En el fondo, somos dos niños solos que se abrazan para poder dormir sin tener miedo.


(De: La pasión triste)


miércoles

Movimiento de los epitafios



El mundo de los desplazados ocurre en lugares con armas. Son las armas las que los empujan hacia los lugares de morir.
Los desplazados huyen mientras mueren. Es fácil seguir sus rastros. Sus rastros son largos caminos con cadáveres.
Cuando se termina de recorrer esos caminos, uno, también, es un cadáver.

Día 1:

La sanidad es algo desconocido en el mundo de los desplazados. Los heridos se pudren hasta que  mueren. Los niños enferman de pestes elementales de las que en otros mundos se habla como si sólo quedaran en los libros de texto de antiguas escuelas médicas, cuando aún nadie había dado siquiera con el láudano y ni qué decir de la penicilina. Los niños se enferman de las pestes del comienzo del mundo y luego mueren. Las embarazadas abortan mientras escapan de la persecución arrastrando a los hijos que les quedan. Se ocultan en lugares con fieras y luego mueren por sepsis porque no hay ni agua ni alimento ni cobijo. Sólo la vastedad de un mundo a través del que huir sin un destino que quede más allá.

El camino de los desplazados ni siquiera tiene tumbas. 

Uno va atravesando aldeas quemadas donde hay gente quemada que previamente fue despedazada a filo de machete. El machete es el arma ritual de las masacres y produce grandes charcos de sangre que se estanca y queda ahí. Cuando la masacre termina sólo quedan las moscas y los bichos con hambre concurren a ese festín de restos mientras el perseguidor sigue su marcha detrás de los huyentes.

Uno aprende a entender a dónde se dirige porque va detrás del predador, siguiendo sus cadáveres, hasta encontrarlo un día de faena en una aldea igual a todas aquellas por las que ya corrió detrás de él, sin llegar nunca a tiempo. 

A veces es inútil perseguir al perseguidor de los desplazados y arrastrar a los médicos en esa ruta señalizada por fuegos y pedazos porque no queda nadie a quién curar. 

Algunos desplazados se niegan a dejar el lugar donde han nacido y se refugian en las zonas con árboles o en los altos pastizales y permanecen ahí, como si fueran árboles o pastos, inmóviles y con la boca apoyada en la tierra para ahogar el grito y el espanto y así se los encuentra, casi tan muertos en su horror como sus propios muertos en sus muertes.
Los desplazados que escapan solo un trecho aparecen despacio como si el viento de los incendios los trajera igual que a oscuros retazos de ceniza. Y uno escucha sus gritos, sus lamentos, pero, por sobre todo, oye lo sobrecogedor de sus silencios mientras juntan las partes de sus hijos, de sus padres, de sus hombres y de sus mujeres.

Los médicos, a veces, no consiguen desdoblarse en el hombre que salva y en el que presencia  el horror. 

Se quedan allí, como estatuas de médicos que alguien talló en piedra curativa y abandonó a su suerte en ese coliseo catastrófico que conforman estas zonas de guerra, porque no todas las zonas de guerra son iguales. Aquellos médicos muy jóvenes y que aún son idealistas reaccionan despacio, casi con dificultad, hasta que logran un primer movimiento de socorro. Luego recuerdan que son médicos y con su horror y vocación de médicos, intentan remediar lo poco remediable que en estas aldeas queda en pie.

Nosotros levantamos el precario hospital de hule y pisamos la sangre que sube casi hasta la capellada de las botas, como un lago fangoso en el que se deleita un grueso mosquerío.
Levantamos ese precario hospital de hule y aprontamos las palas porque siempre hay mucho que enterrar.

(De: La pasión triste)


martes

Poder de regeneración




“En los momentos de debilidad es cuando se mide la capacidad de recupero. Uno se ciñe el alma igual que un cinturón para que los pantalones no se le caigan por ahí y quedar en pelotas. Ciñe el cinturón, ajusta y se re-viste con esa nueva imposición al orden. El alma acata con la docilidad de un perro confinado a la voz de entrenamiento, porque el entrenamiento en el deber confina el alma al territorio del orden y del acatamiento.

Son territorios de la fortaleza donde el alma deja de opinar y se limita a la obediencia debida. Las objeciones quedan para lo privado de la almohada, lo mismo que las lágrimas y el odio.

Se deja de pensar y de sentir, porque el deber requiere deshumanización y uno aprende a ser un dishumano que nunca siente nada o que si siente, lo hace como un acto privado, como sería cagar. Uno siente y caga a solas con el uno mismo en que se caga por sentir lo que no debe

De cara al deber uno aprende los rictus de la estatua y también sus beneficios. Uno se ampara en el rictus de la estatua y nada se traduce ni trasluce. Aguanta ahí, lo mismo que la piedra, lo que todos los demás son incapaces de aguantar sin llanto.

Aguanta. Sólo y simplemente, aguanta.”

— ¿Me escuchaste bien, Benedict?

Obedientemente le digo que sí. 

Él tiene mucho oficio en salvarnos a ambos; casi el mismo que yo tengo en hundirnos.

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