Búsquense su voz, no usen la mía

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Presentación del hombre

De madrugada - Patxi Andion
Me matará el ir de frente y decidido y esta inútil fuerza de macho convencido
Presentación del hombre que escribe en este blog

Parafraseando a Serrat

Parafraseando a Serrat :

"La verdad no es prepotente. Lo que no tiene es remedio".

domingo

De los epitafios



—Las historias de amor no saben de religiones ni de países. Son historias de amor entre personas que viven en el mismo mundo. Con eso alcanza…Si no, miren al Comandante. Es blanco y judío y tiene una mujer negra que además es musulmana… bueno, no sé ¿usted es musulmana, teniente?



Todos sabían que la pasión por los lucernarios y los relojes de arena era en él –con escasa diferencia– tan poderosa como la que le despertaban los botes y las mujeres. Una rara catarsis que desflecaba en luz la oscuridad y sus paisajes acababan siendo como los lucernarios, en un color cercano al amarillo que tienen las llamas de las velas, las mechas de las lámparas de aceite y los atardeceres. En ese punto, irrumpía su especial filosofía del color, con el azul.
Todo oscilaba entre el amarillo fuego y el azul, que simbolizaba la mayor de sus pasiones: el mar.
A veces se permitía una invasión del rojo porque lo seducía el rojo destellando sobre una gama gris. Sobre la vida, una gota de sangre.

Quitó los ojos de la pantalla alejando la laptop para observar a los que participaban de la conversación en la cual no se consideraba incluido, más allá de que se hiciera referencia a él.

Ellos continuaban conversando en una rutina amable, con esa cotidianidad ya establecida en el grupo a base de confianza y ensamble, lo mismo que una maquinaria bien engrasada, de encastre perfecto. Conversaban como si nada ocurriera alrededor y aquello fuera una excursión campestre en un mundo de boy scouts.

Quizás sus hombres la vivían así, con esa inconsciencia imprudente y altiva que proporciona la juventud. Porque todos sus hombres eran jóvenes y habían nacido con esa poca noción de los escrúpulos que le otorga a sus miembros la decadencia de la sociedad. Todos venían de mundos disociados, de dolores que se secaron encima de sus huesos, de la parte humanamente mísera del mundo. Venían con sus dones de matar y sus brazos montunos y sus ojos hechos en la acidez de la mirada cuando se ha visto de más en el hondo negro de la especie.

Él era igual o quizás era peor, porque ya no era un joven insolente abriéndose camino a machetazos por la enramada hostil. Ahora conocía la enramada y podía hablar de sus trampas, de sus bestias, de sus espinas, pero no renunciaba a habitarla. La enramada era su lugar porque le había atrapado las ganas de salir.


—No, sniper… Soy cristiana.
—Y yo ateo.



Los hombres oyeron la voz del comandante inmediatamente después de la respuesta que daba la teniente y seguidamente al sniper repitiendo: “es como yo digo, dos personas se encuentran en el mundo y todo lo demás deja de existir”.

A veces filosofaban. Todos filosofaban porque la explosión de la vida llevaba a analizar sus consecuencias y si bien no buscaban explicaciones rutilantes, las buscaban o se buscaban en ellas.

Estaban ahí, como una expresión de la lujuria que da la adrenalina y habitaban esa peligrosa felicidad del vértigo. La habitaban como se vive un gaffe dentro de una película o hacer saltar la banca en un casino. El comandante también. De otro modo, ya hubiera abandonado la enramada entregándose al mar.

Sin embargo, su condición de fiera se iba serenando con lentitud lejana, apaciguada, dativa, tal vez, como una consecuencia de los años. Se iba apaciguando y agrisando, encaneciéndole la piel con sus cenizas, mutándole los dientes y las mañas en esa especie de condescendencia andropáusica en la que caía sin esplendor.

Aunque él ya se viera como un león de mordida jubilada, sus hombres le temían como a lo metafísico, con una veneración extravagante propia de la que se profesa a las estatuillas de ídolos paganos. Temor y respeto se mezclaba en ellos y con él, como el humo de la fogata se mezclaba con la penumbrosa lividez del aire, allí, donde habían hecho alto para recuperar fuerza.

“El dinero ya no compra los muelles vacíos”, escribió mientras la tropa hablaba con el ánimo en alto, “ni la lluvia sobre el maderamen de esos muelles vacíos. El dinero de esta empresa de solos y alejados, no compra el resplandor del agua en los muelles vacíos. Porque al fin y al cabo somos eso: muelles vacíos a los que no se aproxima ningún barco.”


Después de poner el punto, pensó que había escrito una estupidez.


Imagen: A Rainy Perspective by Paul Jolicoeur

lunes

επιστολή





Recuerdo cuando llegaste a mí con tu corazón hecho de barcos. Eras como esos días que se fabrican a base de horizontes y yo estaba de a pie, como un viento roído, igual que hoy.

Era todo jirón y todo ráfaga.

Pero llegaste con tus proas breves que querían navegar en paz por ese lugar sórdido sin paz. Querías navegar. No había mareas, todo era tsunami y vos, ibas y venías desde la vela al muelle, atracada en el sueño de querer navegar.

El invierno nos devoraba la palabra porque todo era invierno en ese invierno, incluso la palabra.
Recuerdo aquello aun cuando lo olvido. El bienestar ocurre en mi memoria cuando hace un impasse el sufrimiento y entonces…ah, entonces, rememoro distancias que fabrico y cercanías que nunca estuvieron y me hago con los aromas de tu cabello sucio por las demoliciones, con este olfato que ha perdido el rastro de todos los perfumes.

Huele a escombro y a pólvora tu pelo en mi memoria. Huele a llaga tu pelo en mi memoria.
Ahora estoy ahíto por este mar de tierra. Hay esa cosa de lo inconmensurable aquí, como un recuerdo que no acaba nunca y que parece escrito igual que los graffitis, en todas mis paredes de aire. 

Los recuerdos son como las aves, macizos en un mundo de invisibles. Cuando ya creo que te olvido, me mandás una carta. Entonces no te olvido. Es como si jugaras con un reloj de arena a detener la vida una vez y otra vez en esa ensoñación de tu memoria que padezco por lapsos.

Aquella vez te dije que eras una virgen mojigata de cadera bravía. Tu mano se rompió en mi mejilla como si te hubiera maldecido mi boca. Te dio ira saber que me gustaba tu cadera pulposa en ese tiempo sin frutas ni madera, porque querías que mis ojos torpes vieran primero tu corazón. 

Entonces no te amaba. 

Entonces no te amaba y los dos lo sabíamos. Yo no tenía tiempo para amar y los dos lo sabíamos, como sabíamos que un solo amor no alcanza para dos.

Ahora sí te amo. Te amo mucho. Te amo desde aquí, desde el recuerdo que no se hace olvido, porque hay cierto idealismo en el amor cuando después de que ha pasado, se descubre que estuvo y no lo vimos. Te amo con nostalgia o amo tu nostalgia y ese reposo manso de tus ojos bovinos y pacíficos, que habita mi memoria. Estás guardada en ese pliegue de mi propia vida, como un pétalo seco. Estás ahí. Te encuentro cada tanto cuando hojeo mi libro de idioteces, porque, ya sabés, tengo un largo libro de idioteces que describe en mi vida todo aquello que dejé pasar.

Ahora que es tan tarde, sí te amo.

(La pasión triste) 


jueves

En defensa del agua




Somos este desastre de jugos agridulces, este charco doméstico sin luna. En él hundo los pies.

Llueve despacio y se combate cerca, nuevamente. Ya no distingo el trueno del estruendo bajo esta secuencia fabricada con tiempos que se acortan. Tampoco distingo un resplandor del otro resplandor.
Hemos tomado los fusiles y dejado las palas de cavar. Estamos tiesos en la misma soledad de las acacias y con el oído y la nariz en vela. Respiramos con dificultad dentro de esta cueva húmeda que es la noche del miedo.

Estoy pero no estoy aquí en tu carta ni sé si mañana podré volver a ella; si estaré aquí para volver a ella.

Uno se acostumbra a las incógnitas y al final, la vida toda es una gran incógnita porque nadie tiene comprado el día que viene ni la hora ni el minuto que vienen. Sólo ocurren o dejan de ocurrir.

Hay muchas cosas que ya me quedan lejos hasta de la memoria. Fluctúan los contornos de esas cosas que me quedan casi en el olvido, como cosmos de agua. La vida ha interferido en el recuerdo y me obliga a mirar el hoy y aquí.

A veces evoco con este hábito de la melancolía, momentos que no están y ni siquiera sé si acaso algún día estuvieron o simplemente sólo los escribí en un libro que tampoco recuerdo. He dejado tanto libro a merced del silencio, allí, en ese lugar mío al cual no volveré, que la mitad de mí es inhabitable. Quizás más.

Llueve en tu nombre mientras me adormezco. El cansancio se vuelve inevitable cuando agarrota el alma. 

No es mi turno de guardia y mi compañero repite varias veces:“duérmete hombre, aprovecha y duérmete”, mientras me ve escribir.

Intento hacerle caso igual que un charco que lixivia la tierra, lentamente, hasta que sobre nosotros llueven balas, varias rondas de balas.

Mientras corremos, mi compañero y yo, a asegurar el hueco en el perímetro, pienso en cuánto me gusta mojado por la lluvia, un cuerpo de mujer. 

El agua se mete entre mis labios como un beso.


                                                  Imagen: Album de la tropa



domingo

Cartas pasionales (toma III)



La carta de la tierra

El hombre de las palomas está tieso como un niño de barro. Permanece en la ausencia. 
Las palomas que lo parasitan devoran los ásperos mendrugos de su pan. Él lo declina porque no tiene dientes y debe chuparlo un largo rato como si fuera un pezón de harina hasta que su saliva lo disgregue.

Las palomas que acompañan al hombre atacan los mendrugos con enérgica entrega alimenticia. Luego vuelven al hombre y se quedan con él como si fueran perros.

Nosotros, lejos ya del hombre que nos mira, parecemos grandes buitres de barro. Buitres rotos y rojos, también pulverulentos, desplumados de sol, con los músculos torvos de cansancio y un sudor pegajoso que empapa con su oscuridad las camisetas.
En realidad somos grandes buitres de barro presumido, que saben masticar los esqueletos de su propia historia. Buitres con dientes, casi pterodáctilos, que regresan a pie desde el íntimo fondo de los sismos.

La gente de la aldea nos ve curiosamente. Nos miran como se mira un circo que aparece con el atardecer.
Debemos semejar grandes juguetes a cuerda para los niños que nos rodean y no nos abandonan. 

Desde la última tragedia han nacido muchos niños aquí, porque la vida se justifica en la premura de su propia multiplicación. Esta, ya no es una tierra sin humanos, pienso, aunque suene tal vez a un eufemismo un tanto desgraciado o desagradecido.

En esta aldea sola en su paisaje, hay un maestro alegre que tiene un aula alegre en la que enseña a la infancia a ser alegre. Sus alumnos abarcan todas las edades y los alfabetos.
Afuera de su aula, también hay niños que no estudian porque sus padres se han quedado atrás, en las costumbres clánicas, donde la hija mujer sirve y ayuda en su casa hasta que un marido se la lleva y el hijo varón se encarga del ganado macilento que conduce a buscar un pasto que no existe.

Aquí la vida es un hecho melosamente lento que nos va embadurnando como el polvo y el sol. Y nos ponemos dulces, como en gracia.

Cuando las manos de cavar me duelen mucho, me voy con el maestro y conversamos de educación como de sueños. Aquí se sueña en pródigo. Es como vivir en una ensoñación, en un milagro, en una maravilla.

Ya no se oye la guerra. Se ha calmado ese tronar difuso y esa repetición inacabable se ha acabado.

Hay un silencio en libertad ahora. Se puede oír al hombre y su trajín, la risa de los niños, el poder de la broca tumultuosa que busca el agua con un temblor violento y rotativo, el manso hacer de todas las mujeres, el mugir y el balar, la cacofónica batalla de gallinas.
Quizás todo eso escucha el hombre al que parasita un mundo de palomas. 

Es una antigua estatua de la tierra, cuando en ella todavía había lugar para anidar.


(De: La pasión triste)

jueves

Cartas pasionales (toma II)





La carta bajo el agua

En el hombre habitan dos pasiones tristes:
el miedo y la esperanza.
                   Miguel Benasayag



Estamos aquí, divirtiéndonos con negligencia. 

Reímos con negligencia, haciendo bromas de colores diversos y reímos con risas que nos vuelven grotescos como si bailáramos con simios.

El agua es como el vino en ciertos lugares. Vuelve hacia su niñez al hombre que no la ha poseído y lo torna infantil, borracho de agua, agradecido y simple.

Así estamos. Simples y agradecidos como hombrecitos de barro recién hechos y que aún no se han secado para volverse estatuas que el fuego de la vida cocerá.

Estamos frescos, húmedos todavía, crudos en la inocencia de este barro primario en que los niños y los hombres no se diferencian mientras juegan a reconocer que el agua es suya y les moja los labios y los pies caminantes y las lágrimas que el agua les provoca.

A pocos kilómetros sobre este mismo mapa con demasiada sangre y con tan poca agua, hay guerra. Hay muchos hombres que matan a otros hombres, mientras estos de aquí lloran de agua, de un agua inconcebible con la que no se atrevían a soñar para no desesperar necesitándola como lo cotidiano, aquello que no requiere el esfuerzo de caminar kilómetros para encontrar sus costuras marrones llenas de enfermedades estancadas.

A pocos kilómetros de aquí no hay agua, hay mucha sangre. Por eso nosotros llegamos con fusiles hasta aquí, a revivir el agua y cuidar a estos cuatro muchachos voluntarios y su proyecto acuífero. 

Llegan estos muchachos –frágiles como es la juventud solidaria– igual que la ilusión desde otros mundos que viven otras épocas que no quedan aquí, porque aquí se vive una época en la que el agua es un albur y la guerra un presente grabado con machetes y con olor a pelo y piel quemados. 

Nosotros representamos este mundo de aquí que se defiende como puede y a veces se le dan ciertos milagros que estaban prometidos para todos los hombres, como el agua. Somos, con nuestros fusiles, este mundo de aquí en que se va del caos al suceso como una contingencia cotidiana.

Trajimos el agua hasta tu aldea refundada encima de sus muertos como te prometí. Y sé que te enojaste porque no te permití acompañarme a hacerlo y quizás te humillé con esta decisión de macho alfa que acataste como buen soldado, mordiéndote los labios de besar.
Pero a pocos kilómetros hay guerra aunque me digas que aquí siempre hay guerra, cosa que también sé porque aquí vivo.

Entonces te escribo porque siento que fui egoísta y te impedí esta mínima felicidad del agua de tu pueblo y admito que tuviste razón cuando me dijiste: “Tú temes por mí, pero yo quisiera morir después de ser feliz. Por favor, no cuides de mí esta vez.”

A pocos kilómetros se escuchan los combates, mientras en tu aldea los niños y los hombres bailamos bajo el agua. 

Quizás mañana, esta agua que los voluntarios han descubierto en el fondo de tu patria, sirva para lavar la sangre de todos estos felices que estamos aquí, a tan pocos kilómetros del miedo y de sus truenos.

No te enojes conmigo por no dejarte acompañarme. A veces me cuesta mucho decidir que cosa es la mejor para nosotros.

(De: La pasión triste) 


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