Búsquense su voz, no usen la mía

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Presentación del hombre

De madrugada - Patxi Andion



Me matará el ir de frente y decidido
y esta inútil fuerza de macho convencido

Parafraseando a Serrat

Parafraseando a Serrat :

"La verdad no es prepotente. Lo que no tiene es remedio".

sábado

Cuando la vida insulta



Hace calor aquí. 

El silencio tiene pestilencia a desinfectante. Penetra, lo mismo que el olor, por los sentidos que se mantienen en un alerta triste.

Contra la pared, el banco en el que intento acomodar los huesos es duro. Todos los bancos de hospital tienen esa rigidez inhóspita, como si en realidad no estuvieran diseñados para que alguien los ocupe, sino para rechazar a los que llegan apretando dolor entre las manos.

Yo, sin embargo, tengo la sensación lívida de que mis manos van quedando vacías, hasta de dolor. Intensamente cadavéricas, huesudas como son, casi esqueléticas bajo el forro dolido de la piel, van vaciándose de voluntad y de esperanza, transformándose en un hueco cada día más socavado en su fondo interminablemente hondo.

Miro mis manos. Son dos pájaros muertos que se descomponen de silencio.

En los ojos el hueco es más profundo que aquel entre mis manos. En el fondo de mis ojos se respira el infierno. El personal y el añadido, ambos se respiran como feroces borbotones de brea que se transforma en agua al borde de los párpados.

Mandé a dormir a Kioni. No se lo sugerí. Se lo ordené.

Ella es dócil conmigo, femenina. Es una indescriptible gata negra que se mueve como si ondulara en un agua sombría. Apenas protestó frente a mi orden de hombre. Bajó sus ojos y se fue callada, siguiendo los pasos del chofer que me trajo hasta este rincón del hospital.

Kioni y yo tenemos a dos niños internados aquí, después de la última escaramuza sobre el límite.

Un bebé al que un machete le rebanó una oreja al matar a su madre. El tajo le ha llevado con el refilón parte de la mejilla y le ha cortado los músculos del hombro y desprendido prácticamente un brazo. El médico piensa que el bracito va a quedarle inútil si consigue salvarse de la infección que crece y de la pérdida de sangre que apenas conseguimos contener al recogerlo.

La niña está quemada. La mitad de su rostro es de ceniza, lo mismo que su cuerpo. 

Es difícil calcular la edad de ese cuerpo retorcido lo mismo que una carta que no se quiere leer y se arruga en un puño, pero Josecito, el médico de la Delegación,  le calcula tres años, no más.

Llevamos tanto tiempo trabajando el rescate de niños, que en Kioni ha despertado la mujer. Ha despertado esa mujer que ansía hijos que no podrá tener y como un animal hembra con un falso embarazo, adopta lo que encuentra y que nadie más quiere. De algún modo adoptó a estos dos niños. Yo firmé el protocolo de cuidado intensivo diciéndole al médico: ¿Ve usted algún otro padre por aquí? 

Los niños están graves. Yo lo sé. Kioni tiene esperanza.

El médico que los recibió llega a veces a conversar conmigo. No me alienta y me aconseja que no aliente la esperanza en Kioni. Hablamos mucho sobre lo que sucede en este límite entre dos formas distintas de barbarie y me ha escuchado más de una vez decir que soy un tonto.

Lo digo una vez más, ahora que el doctor está grave y oscuro frente a mí.

— Usted es un idealista, coronel… En esta zona idealista es un insulto mucho más grave que tonto…— ironiza y me palmea, para agregar casi en voz baja — Su "hija" ya murió.

Son más de las seis de la mañana. Ha empezado la luz.

domingo

Paso fronterizo

Las etapas transcurren con la ferocidad de los orígenes
y ya no somos esos muchachos escasos de ternura
esos muchachos simples
que se amaron despacio entre espadañas
como la luz renace de la sombra
corazón hacia adentro.

Un buen día se dio que no había paz abierta
donde montar la vida igual que una ciudad.
Había un sol inhóspito en el ansia
de equilibrar de nuevo los trigales
fronteras hacia adentro
y se iban quemando las abejas encima del camino.

Todo se hizo sinuoso y carcelario
igual que un laberinto en una noche cálida
sin agua que beber.

Sobrevivimos según nuestra costumbre,
antiguos y tribales,
guerrilleros amargos
que guardan su bandera contra el pecho.

Nos hemos vuelto nuestra propia patria
sin aquellas ciudades del principio
edificando grutas en un mapa arraigado
por todos los destiempos.

Vivimos en la síncopa
de este último canto.

lunes

En la fuente hay un hada



— Nunca me imaginé eso de estar dentro de un cuento…Esta gente es verdad que vive así, como en los cuentos o en esas películas que uno supone que no son ciertas, que son un montaje de la imaginación hollywoodense ¿No tienes la impresión de que estamos en un escenario; de que somos actores?.. Iorân ¿me estás oyendo?

— Si, Baks, te copio.

Las apreciaciones de su compañero consiguieron devolver automáticamente la molestia que Jeirch había padecido desde la mañana, cuando por todas partes se multiplicaron los servicios preparando la gran cena de gala.

Les había resultado prácticamente imposible manejar el control entre la multitud de empleados estables y empleados temporales, a pesar de la estricta verificación que el Jefe de Seguridad impuso, “en uno de sus intensos ataques de paranoia”, según afirmó el Primer Mayordomo cuando pudo ya tener el personal completo dentro del predio.

La Señora oficiaba frecuentemente eventos de ese tipo, ya sea para cuestiones benéficas con las que alivianar su alma de la pesada opresión que producía sobre ella toda su fortuna, destinando lo recaudado a ignotas asociaciones benefactoras de perros y de niños o, la mayoría de las veces, “para tener presente el rostro de los enemigos”, según le explicó a Jeirch cuando se apersonó de “sponte sua” en la entrada (ya que ninguno de sus emisario tuvo el éxito previsto en la gestión) para exigirle al Jefe de Seguridad que dejara de controlar tantos papeles y permitiera ingresar de una vez a los chef con todos sus ayudantes de cocina, “o lo pondré a cocinar a usted si sigue retrasando a mi personal, so maniático”.

Durante el transcurso de su vida, agitada y poderosa, La Señora había sufrido una serie de atentados de los que había salido librada con mejor o peor suerte.

Había nacido y crecido en un siglo complejo y las turbulencias políticas la habían arrollado varias veces con sus distintos y cambiantes vientos, porque, según ella decía de sí misma, “no era de las que perdían su opinión frente a nadie y gustaba de darlas porque para eso son las opiniones”.

También y según ella misma, “no había nacido para desentenderse del siglo, recluida en un cuarto de manualidades, ya que le había tocado un siglo de profundas transformaciones que no estaba para ser desperdiciado tejiendo crochet, cosa que además, no me gusta hacer como labor”, agregaba.

La sociedad que integraba la consideraba una excéntrica peligrosa, ya sea por su capacidad política o por su capacidad pecuniaria, aunque según La Señora, el mote se debía a que ella se reía en la cara de toda esa sociedad. “Soy una mala pécora que ha envejecido y ahora es una dulce ovejita negra anciana”, decía, risueña, cuando alguien sacaba a colación la brillantez de sus años belicosos.

A diferencia de aquella rutilante anciana, Analisse, su nieta, era un cirio en sus últimos estertores, antes de la completa consunción.

A Jeirch se le antojaba una estatuilla adquirida en otro siglo; una especie de antigüedad o de reliquia amasada con cristal y porcelana, fragilísima inclusive frente al roce intenso de la mirada y destinada a quedar bien en cualquier parte que se la colocara sin desentonar con el resto del mobiliario castellano. Una escultura fina, perfecta en su don de ubicuidad, pero desmaterializable frente al brillo trascendente de su regia abuela, de quien la muchacha parecía no haber adquirido para sí ni un solo gen que le permitiera destacarse del resto de las esculturas que integraban la colección artística de La Señora, a no ser sus ojos de ese verdigris metafórico entre la tormenta y el crepúsculo, que a veces oscilaba hacia un sepia tardío, otoñecido, como el carácter pálido de su poseedora.

Iorân Jeirch trataba de no dejarse influenciar por aquel contraste casi metafísico entre La Señora y su Heredera, aunque más de una vez su propio genio le hubiera impelido a tomar parte por la jovencita, cuando la abuela se excedía en lo que él consideraba un maltrato innecesario sobre aquella criatura quebradiza con ojos de hoja seca.

Ahora, oyendo a Baks por el handy, sus ojos estaban enfocados en el amplísimo salón de baile, don-de una parafernalia de brillos impetuosos se movía veloz al compás de la música, como si repentinamente y a través de una fulguración del tiempo, Jeirch y sus hombres hubieran aterrizado en un siglo lejano del actual, lleno de cortesanos e intrigas palaciegas, que a él no le resultaba del todo cierto.

Los arreglos florales invadían cualquier resto que quedara del aire como un olor a muchos velatorios aunados y bajo el calor de la adentrada primavera, creaban un tufo apócrifo, en el que era imposible distinguir un nocturno rastro fresco y verde, ni siquiera buscando el ámbito acuoso de las grandes fontanas con angelitos gordos o grifos acechantes, que se disponían estratégicas en rincones escogidos del amplísimo parque.

La atmósfera resultaba irreal, novelística.

Hasta ellos parecían personajes, tal como Baks había sugerido, ya que La Señora había ordenado que utilizaran “uniforme de gala”. “Imagino que alguno tendrán mejor que el de fajina” había dicho refiriéndose a aquel atuendo negro y cómodo con el que desempeñaban a diario sus funciones.

— No hará vestir a mi personal como muñequitos de torta.— había aullado Jeirch, cuando el Primer Secretario le comunicó con su displicencia habitual la orden aquella.

— Usted tiene una personalidad muy hostil e incómoda ¿Piensa mantenerla mucho tiempo aún?— había replicado el emisario, con resuelta repugnancia— Le diré que es la persona más desagradable, irrespetuosa y arrogante que ha desempeñado este servicio para La Señora. Si por mi fuera, le mandaría a azotar para enseñarle obediencia.

Iorân Jeirch se sorprendió frente a aquella aseveración, esgrimida con un tono tan atiplado como atildado y casi con curiosidad infantil se aproximó al Primer Secretario.

— ¿Se estila eso por aquí?— preguntó, como un niño al que le ha caído una amenaza disciplinaria— Porque lo único que me faltaría para pensar es que estoy en el túnel del tiempo y he desembarcado dentro de un cuento de hadas en el cual converso con el Sombrerero Loco.

— Complazca a La Señora. Algo decente tendrá para entrazar.— replicó el Primer Secretario, apresurándose a alejarse de Jeirch como de la peste.

Recordando la escena, Iorân regresó los ojos al salón de las luces, incómodo dentro del rígido uniforme protocolar y tratando de que el mal humor no terminara con él antes que los enemigos de La Señora lo hicieran.

Desde aquel lugar en la penumbra, junto a la fuente de los grifos descubrió a Analisse.

— En la fuente de los grifos hay un hada.— dijo en voz alta.

— ¿Un queeeeeé?— respondió Baks, casi con un grito.

(Upon the times)

Imagen:  Bergdorf Goodman Christmas

miércoles

Timeless


Quizás hubiera balcones en su nombre que asomaran despacio hacia la luz, pensó el hombre al pasar, mirando a la muchacha como a una estatua que cobrara repentinamente volumen en sus ojos, cuando la halló detenida en el pórtico, observándolo tal como él hacía con ella.


De inmediato quitó de su mente la idea porque necesitaba el espacio para otras acordes a la función y a la responsabilidad y retiró los ojos de la figura frágil, de dócil aspecto aterciopelado, como si dejara de codiciar una rosada fruta inaccesible.



Analisse no le parecía inaccesible, pensó luego. Le parecía más bien inexistente, como un ánima que surgía con intermitencia en algunos lugares del castillo, materializándose en los momentos de contraluces tenues, idéntica a un reflejo que ha desaparecido.



La figura de la muchacha, en ese claroscuro en el que se manifestaba, resultaba para aquel hombre acostumbrado a mirar los lados filosos de la vida como una expansión poética, un perfume que llega en una mano del aire a repoblar la memoria con buenas intenciones. Por eso, él detenía la mirada en ella cuando coincidían en algún espacio de La Fortaleza y permanecía prolongando el segundo antecesor a la desaparición. Ella hacía lo mismo.



Se miraban, ambos, como una cuestión de identidad, definiéndose a través del otro en esa antípoda plácida que representa el medio entre la gran serenidad y la violencia.



No se hablaban ahora y no se habían hablado desde que él llegara como un amante trágico que no abandona el luto por una vieja muerte indefinida.



Analisse pensaba al hombre en esos términos porque era eso lo que había extraído de sus ojos y así había comentado con Frau Bertha cuando la mujer pálida y ácida la reprendiera por mirar de manera indecorosa al nuevo miembro de aquel personal sórdido que pululaba con armas y handies por todos los pasillos igual que un invasor.



Frau Bertha había señalado que los uniformes no debían impresionar a Analisse. Ni los uniformes ni su contenido, recalcó, con el aire doctoral que empleaba ejerciendo su función de institutriz todo terreno.



Pero sus aseveraciones se aproximaban más al mal concepto que le merecía aquel nuevo personaje de la fauna castellana que a proteger a Analisse de algo.



Aquel hombre manifestaba una vulgaridad contestataria que mantenía en alerta al resto del personal.



Desafiaba a La Señora sin que se le moviera un cabello ni se le alterara un gesto. Contestaba con arrogancia y desparpajo, como forzando situaciones incómodas que el resto deploraba y en las que no conseguía situarse, de modo que todo acababa en un duelo de ideas y respuestas afiladas entre La Señora y su Jefe de Seguridad, excluyendo de la participación a los que hasta el momento de la llegada del éste eran responsables de las charlas en circunstancia de la reunión alimenticia.



Analisse siguió la sombra del hombre con los ojos como a un animal largo que se fuera arrastrando hacia una guarida bajo tierra.



Así lo había plasmado la muchacha en alguno de los muchos dibujos con los que cultivaba su espíritu sonoro. Lo había bosquejado como ella recibía la imagen de aquella ruda tenacidad opaca con la que el hombre parecía imbuido. Y había bautizado a los retratos que ocultaba como algo propio y suyo con el nombre de “la fiera sin hogar”.



Desde el fin del camino por el que la mirada de Analisse lo había perseguido, Ioran Jeirch volvió los ojos y apenas sonrió.

 (Upon the times)

lunes

Lugares para coger de parado




A veces pienso que te violaría
y me pregunto ¿dónde?

Fantasioso de mí
voy buscando pagodas en tu cuerpo
templos en tu gemido
como un Hubble que mira
la impune maravilla de tu raja
y hunde su lente
entre tus sentimientos.

¿Dónde te violaría?

En un campo que oliera a muerto y hambre
por la vasta cuestión del alimento
y por ésta
mi voracidad exacerbada
que se transforma en sed para lamerte.

¿Dónde te violaría sin romper tu memoria de ajenos y de dioses?

En mi cama que llueve
tragedias desde abril hasta diciembre
y naufraga en febrero.
Disoluto
me cagaría en todo por tenerte
un día
entre las piernas del instinto
y sudarte en la boca tanto llanto.

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