Búsquense su voz, no usen la mía

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Presentación del hombre

De madrugada - Patxi Andion



Me matará el ir de frente y decidido
y esta inútil fuerza de macho convencido

Parafraseando a Serrat

Parafraseando a Serrat :

"La verdad no es prepotente. Lo que no tiene es remedio".

domingo

Ninguna escena es de Gaza






Dedicado a mis hermanos kurdos que luchan solos por frenar este desastre.



Ninguna escena de este video transcurre en Gaza. Transcurren en Irak-Siria.
Todos los pancartistas y llorones de pro que se la pasan vociferando contra Israel, deberían pensar en esto.

Como he visto a pocos gritando por esta masacre, imagino que todos los pancartistas y pacifistas de las redes deben estar de acuerdo con el EI y conque esto suceda.
Solamente escucho hablar de Gaza y en contra de Israel. 

El árbol tapa el bosque, para variar.

(Segundo diario del Kurdistán)

 

jueves

Amapolar



Extraño aquella reaparecida adolescencia
en la que dentro de nuestras mentes retozábamos
displicentes y dispuestos como gatos que recuperan la jornada del sol.

Extraño el estímulo de tus uñas
en mi cuero de ansiar
y ese lento ademán de tu guante de seda
liberando la bofetada igual que una metáfora rojiza.

Extraño el verde diametral con que medías el ancho de mi furia
y la fugacidad de mi sueño sin domadores.

Luego, reestrenamos la ancianidad del llanto
como se recupera una fotografía que intentamos romper.
Nos habíamos permitido una luz joven
hecha de cosas épicas y manos percudidas por la labor de amar lo que tallábamos.

Un día renacieron los espejos de envejecer de pena.

*

Nos hemos escuchado las cigarras y los truenos de mayo
como dos dioses humildes que se relatan historias lejos del paraíso conculcado.

Hablábamos a través de vidrios con sollozos
entre la dulcedumbre y la hazaña.

Las nuestras eran historias hechas de fragilidad y de pelea con lo cotidiano
y había mucha risa que reír porque las contábamos como somos:
orgullosamente

así como se crece en el aprendizaje del fracaso.

No nacimos para suicidarnos y por eso nos damos el pequeño gozo de parecer suicidas.

*

La tuya es una sensualidad áspera.
Congenia con la mía en la actitud de zarpa
y en el comején meticuloso que tiene el ronroneo
cuando se aproxima con el diente de herir
el corazón.

Una hembra húmeda que atraviesa un humedal con luna
y caza por los sueños a un animal de piedra.

Mi corazón es una gruta insatisfecha decorada con pinturas rupestres
donde tu porción arbitraria
domestica las bestias de mis sombras.

*

Mi mundo parece fundado por antropófagos.

Cuando me acuesto en esta litera prestada
tengo que empujar muchos cadáveres que ruedan
y se quedan sobre el piso como esperando no sé qué.
Sólo de esa manera cabe tu sombra junto a mí.

Los empujo de mis ojos.
Lavo mis ojos hasta producir niebla
pero los cadáveres emergen de esa polvorienta rutina de quitarlos.

No hablan. Nunca dicen nada. Permanecen.
Sencillamente permanecen
como si fueran parte de un profundo afecto inolvidable.

A veces son ellos los que te empujan fuera de mis brazos.

*

Estrujo tu figura amapolada como un líquido índigo.
Mi pecho ha florecido de viejos nubarrones picantes
que el jugo de tu saliva empapa en rojos.

En las cartas de amar se suicida de arrebol tu lengua quitándome la sed
y un goteo de luz tajea la mía con un filo degollador de besos.
Me chorrea fulgor entre los labios igual que un río
rojo y triste igual que una hemorragia
roja y triste.

Alguien venda mi nombre con el último jirón de tu bandera.

Dejo la perpetuidad.
Cierro los ojos.

Te extraño de manera inconfesable.


(Segundo diario del Kurdistán)


miércoles

Escena de hospital


Hay demasiada gente en los pasillos y en todos los espacios de caber, como un mundo de hormigas que se multiplica en la voz del clamor.

Hay demasiada gente, pocos médicos y no quedan camillas ni camas ni sillas donde meter a todos los que siguen trayendo los camiones o llegan a pie, igual que un río que avanza hecho con pecios, luego de destruir parte del mundo.

El hospital es una isla desbordada de náufragos que se caen de ella y esperan su turno por un sitio en la playa del consuelo, abandonados a merced del mar. Ya no quieren nadar hacia otras islas. Se desarman en cualquier lugar. Se desmantelan.

Han arribado también los primeros equipos médicos que refuerzan al personal de planta. Llegan desde lugares con desastres próximos, con sus otros idiomas y su inalterable sacrificio. Sobreviviendo al mundo de Babel, corren y se arrodillan y rescatan del maremágnum de la calle a esos náufragos nuevos que llegan arrastrándose. Todo parece un tiempo de cadáveres que no se resignaran a dejar el hábito de la supervivencia.

La vida de estas comunidades rescatistas es extraña como es extraña la solidaridad que ellas practican como un riesgo vital.

Habitan en la peor parte de los hombres y siempre las encuentras allí, entre los gemidos y el olor a muerte, plantando sus manos de curar entre la carne rota. Van del desconsuelo al desconsuelo porque ellos son así.

La noche cae fláccida. Cae como una boca inapetente sobre la multitud entre la que resulta imposible desplazarse con la rapidez que requieren algunos casos demasiado graves.

Los equipos de rescate continúan acercando personas a las manos que curan. Como no hay ya camillas, los de rescate corren con las personas en sus brazos, traduciendo a su manera lo que pasa con ellas. Las sostienen y corren hacia médicos que no dan abasto y que repiten de manera automática “aquí no caben más” para luego nombrar algún otro hospital al que llegar y para el cual la vida ya no tiene más tiempo. 

 La noche es un rastro de espuma sin estrellas que se asienta lentamente en el alma.    
                                                                                                            
Durante un rato la médico ha observado al hombre sentado en el pasillo con el niño en los brazos.

La de él es una imagen habitual: un soldado con un niño en brazos que espera por un médico y mientras tanto sostiene el cuerpo que desde lejos a la médico le parece una bolsa con líquido. Está allí, sentado entre otros muchos que esperan el turno curador.

Sobre el suelo, en el pasillo donde se atiborran refugiados, el soldado abraza al niño contra su cuerpo. Lo sostiene así, estrechamente contra él y sólo de vez en vez le habla, como dándole aliento. Pero la gente es mucha, la fila larga, las urgencias sobrepuestas unas a otras.

El hombre ha insistido un rato en que atiendan al niño, pero cualquier insistencia es imposible. Nada alcanza para acelerar la tramitación en que los desastres se desarrollan encima de los hombres. Resignado, permanece allí, abrazando el cuerpo contra su propio cuerpo, casi como una bolsa con tesoros.

—Somalí…eh, tú, somalí…Entra.

La médico le hace un gesto al soldado, pero el soldado no atiende al gesto de la médico. Sólo sostiene al niño, con los ojos extraviados en algún lugar que está lejos de allí.

—Somalí…¿vas a entrar o no con ese niño?

La médico insiste, acercándose a la entrada de la sala de traumas desde donde otro personal retira a un muerto.

El periodista de la BBC que está tomando fotos y recopilando testimonios, llama la atención del soldado sobre la médico.

El hombre alza los ojos y la mujer en la puerta de la sala de trauma le hace un gesto. Lo observa levantarse, apretando al niño contra el pecho y avanzar, sorteando a otros que esperan.

—¿No me escuchabas, somalí?– insiste en preguntar la médica.

—Kenyata.– dice él.

—Pues para mí eres el somalí…Te atendí en Nairobi cuando te trajeron desde Somalia. Moriste en mis brazos…Yo soy la médico que declaró tu muerte.– dice ella, risueña– ¿Cómo olvidarte?.. Te declaré muerto y resucitaste 30 segundos después…Yo ya me había quitado los guantes.

—En estos lugares siempre somos los mismos.– reflexiona él, aferrando al niño contra el pecho como un flaco paquete de alimentos en un tiempo de hambruna.

La médico casi debe forcejear con el hombre para colocar el cuerpo del niño en la camilla.

—¿Sus padres?– pregunta.

—Muertos.– murmura él. 

—El niño también.– dice ella. 

Manda retirar el cuerpo y no agrega nada más.

El corresponsal de la BBC toma dos o tres fotos de la escena.


(Segundo diario del Kurdistán)

Imagen: Album de la tropa 

De las cartas cerradas y otras incoherencias (toma XVIII)






 Zona en el dolor

He dejado la precaución de lado, a un costado del día que riela sus orillas con la sensación tensa de haber muerto.

Sobre nosotros cae una luz espléndida que el calor abarrota con enceres de polvo. Somos un plano en vidrio bajo un sol que lame los vacíos fabricando espejismos hechos con transparencias que nacen de las sombras. Quizás no estemos realmente aquí. 

Escribo que me gustan las lámparas, sólo algunos poemas y mi vida es un miedo con el que he aprendido a ser feliz. Me faltan dedos en la mano de escribir y me sobran palabras en los ojos que ya no me duelen de esperar, porque sé que nunca jamás pasará por ellos nadie al que yo espere con desesperación. Ni siquiera la muerte se detiene porque se asusta al mirar lo que habita dentro de mis ojos. Si yo la miro, se empavorece y huye. También me deja aquí.

Nuestro vehículo proyecta sobre mi cuerpo una sombra metálica que hierve como pica el sudor bajo la camiseta, en el roce grosero de los correajes sobre la piel húmeda, agotada como un pelecho al que su propia vejez despedaza en colgajos abiertos. Sopla viento caliente que evapora esa mínima humedad y fisura los labios una vez y otra vez por más que la lengua se obstine en lubricarlos con la saliva blanca y pastosa de la sed.

Mis compañeros, los que me acompañan por el mundo, se han rebelado durante un momento y me han expuesto a gritos sus opiniones. Me han gritado o han gritado, porque gritar es muchas veces la pura y dura necesidad de un alarido que se lleve en el lomo de su sonido a los demonios. Ellos me han gritado que ¿por qué vinimos a parar aquí?¿por qué tengo que tener amigos aquí?¿por qué accedí a cubrir este destino?

Sé que mis compañeros no me gritan porque temen morir. Eso es algo superado ya por todos nosotros. Hemos aceptado antes de este muchos destinos donde es fácil morir. Pero, esta vez, todos estábamos relativamente acostumbrados a la blandura del último lugar que con sus altibajos y sus desastres, era un pasaporte al inestable territorio de la calma. Porque para la gente como nosotros, la calma es un territorio siempre inestable, fugaz, inconsistente con la profesión. En nuestro último destino había calma y la calma seduce y pacifica los corazones que deben mantenerse en vigilia. Nos amansamos en destinos con calma y resignamos nuestra ferocidad.

Aquí, en cambio, todo es extremoso. 

Mientras escribo miro mi reloj. El tiempo corre. Huye, como todos aquí. Huye despavorido como todos aquí, como nosotros huiremos en algunos instantes más, cuando nos encontremos completamente convencidos de que los que tenían que llegar no llegarán y nos demos por vencidos frente a un nuevo fracaso.

Estoy sentado sobre el camino al borde del cual hemos estacionado los vehículos con el riesgo fatal que eso conlleva. Mi espalda apoya contra la sombra de hierro del transporte liviano. Escribo mientras espero. Escribo en la portátil que sostengo sobre las piernas recogidas. Parezco ausente pero estoy alerta, en un desordenado sobresalto que me eriza los vellos cada vez que un sonido descompone el silencio.

—Aún escribes ¿eh?...No pierdes las costumbres. –dice mi compañero que, de pie a mi lado, revisa las distancias, señalando con los ojos la portátil– Nosotros hemos mejorado mucho desde entonces. Ahora hasta tenemos internet.

Habla con orgullo autónomo, hecho de victorias seculares. Ríe, como una redonda comadreja. Le sonrío también.

—Allí vienen.– nos avisa alguien. 

Nosotros recuperamos nuestros puestos y de repente vemos ese tumulto que se despeña monte abajo como un río de telas tornasoladas que tropiezan, se enganchan, se destrozan. 

También yo soy un refugiado que corre hacia la salvación cuando te pienso.

(Segundo diario del Kurdistán)

Imagen: Album de la tropa



domingo

Teología de la desolación





Lo primero que llegó a mi mente cuando me llamaron a aquella oficina especial que yo conocía tan bien fue: “¿qué habré dicho?¿qué idiotez me habré mandado?¿qué estupidez cuestionadora salió esta vez de mi boca que amerite una tirada de los mismos cojones que me impiden callar mis opiniones?

Todos alrededor de mí se preocuparon. Hace mucho tiempo que no tengo “problemas con la autoridad” como reza en muchas ocasiones mi foja de servicios.

Me dispuse a plantar bandera –porque no sé hacer las cosas de otro modo– y a sostener hasta el final cualquier opinión vertida, como siempre. Retractarme de las cosas en las que creo no está entre mis defectos.

La conversación fue amable, sobre un tema que descolocó por completo mi actitud de resistencia belicista frente al sermón para el que me había predispuesto y culminó con un ¿Dígame, coronel, conserva todavía amigos por allí?

Yo pensé que aquellos a los que llamo amigos y me han llamado amigo, lo son para toda la vida, así que lo afirmé: “Mis amigos son para toda la vida, así que sí, tengo amigos allí.”

—Excelente, entonces. 




He regresado a este lugar como los sonidos de una canción regresan a la garganta de una mujer a la que se le ha prohibido el canto. Estoy un poco obsesionado con esto y sé que me estoy repitiendo con el asunto del Pueblo Prohibido y que quizás debiera buscar otros ejemplos para explicar un despropósito inconmensurable pero en las cosas simples la verdad tiene la condición de lo absoluto.

Mi fortaleza se resquebraja y siento como mi espíritu se craquela igual que la visión en mis ojos, llenos de lágrimas, detrás de las lentes del prismático. Giro la cabeza con la lentitud de una cámara que se detiene en el registro impasible de todos los detalles y cosa rara en mí, digo: Dios mío…Dios mío…Dios mío…

Dios siempre empieza en alguna parte para los hombres como yo, que han perdido la fe. Cuando nada puede ser explicado por la razón, comienza Dios, porque ya no queda ningún otro refugio para mantenerse cuerdo y se toman medidas desesperadas, como decir Dios mío…

El humo y las lágrimas se mezclan a la transpiración que envuelve al miedo y esa combustión de adrenalina que martilla en las sienes.

Nos llega por el aire ese hedor profundo que desprenden los muertos y se pega a nosotros, igual que una plegaria que se ha quedado a medias. 





Uno se contiene, se afirma en alguna parte de sí mismo que para protegerse huye de allí. Se contiene mientras respira esa plegaria hecha de cuerpos muertos que desprenden olor y que están ahí, participantes de la película gore en que la vida se hace pedazos sin remedio sobre este escenario incomprensible. Uno se contiene por el asunto del rol du fisic.

Mira alrededor y solamente ve cadáveres en una fila interminable de cadáveres, como si en esa película sangrienta en la que participa, la producción tuviera mucho dinero y consiguiera pagar cientos de extras, al mejor estilo de las megaproducciones de Hollywood, aquellas “de romanos”. Pienso por un momento que a la orden de “corten”, los niños sin cabeza se levantarán y volverán a sus casas, a sus madres, a sus escuelas. También pienso que una película así hasta puede ganar en el Festival de Cannes o por semejante despliegue de producción veraz, hasta puede llevarse un Óscar a la mejor puesta en escena.

He visto tanto, que por fin reacciono. Reacciono como un gesto automático que me provee la experiencia de haber aprendido a mirar con terror a los hombres, porque los hombres son capaces de todo con una inconsciencia que no conoce límites. Además, incitar al odio y a matar, libera los instintos reprimidos y crea conciencia de un poder que emborracha a aquel que lo posee. Hablo porque lo sé.

Es lo que se ve aquí. Otra masacre que engrosa la larga historia de masacres iguales que jamás ni la barbarie ni la civilización han detenido: Las masacres en el nombre de Dios como justificación de todas las masacres. 


Ya no creo que Dios sea esperanza.

Mi compañero peshmerga afirma encima de mi hombro su mano trajinada y me da algunas palmaditas. En otros tiempos, yo hacía exactamente lo mismo encima de su hombro que entonces era joven, más joven que el mío, para detenerle el temblor.

No me pregunta qué me pasa. 

Mientras veníamos hacia aquí le dije que estoy envejeciendo por adentro y él me contestó que el “envejeciendo” le sonó como suena “muriendo” y agregó: “Esta vida termina por matar”.

—Vamos, Ariê…–dice mi compañero–Es peligroso quedarse más tiempo aquí.

Vuelvo a pensar que quizás los niños sin cabeza, a la orden de “corten” se levantarán y regresarán a sus casas, a sus madres, a sus juegos. 

Hace mucho calor. Estamos lejos. Ni siquiera podemos enterrarlos. Quizás sea mejor dejarlos así, como dice mi compañero mientras regresamos al vehículo.

(Segundo diario del Kurdistán)

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