Búsquense su voz, no usen la mía

Protected by Copyscape Online Plagiarism Test

Presentación del hombre

Me matará el ir de frente y decidido
y esta inútil fuerza de macho convencido. (De madrugada - Patxi Andión)

Parafraseando a Serrat

Parafraseando a Serrat :

"La verdad no es prepotente. Lo que no tiene es remedio".

sábado

Manual del reptiliano


La cama es angosta y huele a no sé qué, un tufo pringoso y perfumado que se nos adhiere conforme el vaivén lo desprende de sus sujeciones y en esa libertad viaja, movible, hacia el olfato.
La cama, angosta y tufosa, chirría con espasmos, hipa de manera deprimente, como un bicho decrépito que a sacudidas se desarticula y mientras lo hace intenta con extrañas contorsiones acomodar sus partes más ruinosas.

Pienso en ajustar la cama estrecha que cesa de gemir en cuanto me tumbo de espaldas. Pienso en ajustar los bulones que unen las partes de madera que hacen ñec y pienso también que los orificios deben estar agrandados o flojas las tuercas y si es así tendré que ir a comprar algo para suplir esa sonora deficiencia y también un destornillador y alguna pinza. No he visto herramientas en el territorio de David.

Seguramente le haré una lista a Said y que él se encargue de traerme las cosas para ajustar definitivamente esta orquesta de cacofonías que es la cama de…

Giro los ojos y choco con los ojos de la mujer que está a mi lado, mirando mi perfil. Trato de recordar su nombre si es que me lo dijo en el trayecto que recorrimos para acabar aquí. Pero parece no estar en mi memoria y ni siquiera tengo la sensación de un nombre en mí que le pertenezca a la mujer de sonrisa tranquila y cabello amarillo arenoso.

Ella me observa con curiosidad. Está de bruces y con el torso un poco levantado porque sustenta su cuerpo en los antebrazos y los codos, hundidos en su espacio de colchón mojado. El cabello cae sobre un solo hombro. Recuerdo que ella lo llevaba sujeto y yo no lo liberé, contrariando mi gusto por el cabello suelto de mujer.

Quiere hablar, pero yo soy un silencio que anda.

Le deben haber explicado que debe hacerme hablar. Para eso está aquí. Para eso sucedió la planeada causalidad de encontrarnos casualmente, como en un mal guión de una película de enredos tan mediocre como previsible.

Pero yo solamente hablo cuando quiero y para decir solamente lo que quiero.

Entiendo, por sus gestos, que esa parte no se la explicaron porque ellos siempre creen que saben mucho más de lo que saben y que entienden cosas de las que en realidad no entienden nada. Por eso ella está aquí y ha sometido su cuerpo a tener sexo con el mío aunque es joven y tentadora y sin duda podría aspirar a alguien mucho más apetecible que mi vieja contextura de gárgola fósil.

Me los imagino, como antes a la pinza y al destornillador, explicándole a esta rubia novata lo que tiene que hacer en función del deber patriótico, porque ellos (como nosotros) lo conciben todo desde esa perspectiva de heroica inverosimilitud.

Ellos se han buscado minuciosamente todos sus enemigos. A nosotros, los enemigos, nos crecen en las macetas, así que ni siquiera tenemos que buscarlos. Ya están incorporados a nuestra forma de sobrevivir.
No le hago preguntas a la mujer joven que enciende un cigarrillo y dice [i]¿smoke?[/i] mientras me enseña la cajetilla abierta y estrujada por horas de tensa mala vida. Niego con la cabeza y en silencio.

Ella, en cambio, se interesa por todos mis tatuajes. Los estudia como se estudia un libro en otra lengua, arrastrando por ellos los ojos y los dedos y haciéndome preguntas que apenas le respondo. Yo conozco su especie, pero ella no conoce la mía. Esa es la diferencia entre nosotros de la que aún parece no haberse percatado.

Insiste en conversar con mi mudez. Pregunta tonterías que en contexto responden a las premisas de un interrogatorio, pero que aquí, en esta cama bulliciosa y escueta, pasan a ser el diálogo casual de dos desconocidos que in-tentan no sentirse tan ajenos ni solos en un país extranjero y hostil.

Quiere saber qué hago, dónde vivo, si los hombres con los que hablaba cuando ella se zambulló en la escena son mis amigos, y algún que otro detalle que debe averiguar y no averigua porque yo solamente le hago gestos que no responden nada.

Cuando la vi me gustaron sus piernas. Ahora descubrí que tiene lindos pies. Los senos son demasiado pequeños, como dos puñaditos erectos que apenas curvaban su blusa liviana en un inaparente rasgo femenino cuando giré los ojos y la advertí en el café, con un libro en la mano que no me explico de dónde sacó (aunque ellos se las ingenian hasta para conseguir un libro de edición agotada que sirva de señuelo a su propio escritor) y con sus ojos de un azul sajón, fijos en mí.

David me deslizó: “Hay una de los otros que te mira”. A lo que Said agregó: “Le tiene en la mira, di mejor.”
Yo lo supe en cuanto vi el libro. Esa era la excusa para hacerse conmigo e instalarse a mi lado, tal como ahora yo estoy instalado en su cama pequeña y odorífica, de melancólica hembra sola, intentando no resultar ni descortés, ya que se prestó al sexo, ni alerta, para que no alce la guardia ella también porque intuya que advertí la trampa, aunque creo que sabe que yo sé pero se hace la tonta tal como le enseñaron.

Deben haberle dicho que yo solamente reacciono si me obligan a reaccionar. Si no me obligan, prefiero mantenerme en actitud agazapada, de pacífica espera. Quizás se lo hayan dicho, quizás no. Deberían saberlo, en todo caso y haberla prevenido.

Ella quiere saber por qué no le pregunto –como todos, aclara– si le gustó lo que hicimos, si estuve bien y si está satisfecha.

La miro con abulia y con abulia sonrío, dándole a entender que no me haga preguntas idiotas al tiempo que le respondo justamente eso: No hago preguntas idiotas.

Debe ser el tono en que lo digo lo que le da la pauta de que no me importa como ella se sienta o haya procesado este momento sexual que consumamos. Eso la fastidia, la incomoda y la agrede, porque entiende que su objetivo está incumplido y no adquirió dominio sobre mí, cosa que deben haberle recalcado hasta el tedio y que además la obliga a mantener más tiempo esta relación innecesaria para la vida de ambos, con todo lo que mantenerla implicaría para su heroica y patriótica juventud.

Cuando regreso, David está sentado en mi lugar y sonríe.  Parece un muñeco rechoncho y descuidado detrás del escritorio.

Said también sonríe. Sobre su dentadura enorme cae la luz y la vuelve sobredimensionada entre los labios gruesos y caníbales. Said tiene un aspecto feroz y desaliñado, dulcemente animal.

Ninguno de ellos me pregunta nada. Regresamos metódicamente a lo que vinimos a hacer aquí, porque aquí, cada uno sabe lo que tiene que hacer.

Said, solamente, me pone una carpeta entre las manos. En la primera hoja está la fotografía “de legajo” de la mujer que acabo de dejar. Ahora, para mí, ya tiene un nombre, un trabajo y un objetivo definido.

—Es muy básica. Siempre eligen mal. —comento, refiriéndome a aquellos a los que la mujer pertenece.

—Cuídate tú de las básicas. —murmura David— No se nos repita lo de Tánger.


(De: Animal de tormenta)

jueves

Cosa gris

 
La enfermedad me deja la piel de color gris.

Vuelvo a la madriguera lo mismo que un ratón infortunado que salió por el mundo a convencerse de que sólo es feliz entre ratones que sean tan menguados como él.

El lugar está igual. Este primer piso bochornoso está exactamente igual que el día en que me fui. Nadie expulsó de aquí a mis “toques personales”, como la dotación refiere a mis manías. A lo sumo, mis dos interinos agregaron algunos de los suyos.

Tengo muchas manías de trabajo. Formas, costumbres, hábitos, rutinas. No me ha ido mal con ellas. En un mundo como este, donde todos mueren y lo más sencillo del trabajo es morir en él, yo permanezco, envejezco, me perpetúo como una especie de legendario zar de causas imposibles que se vuelven posibles. Al cabo he convertido lo imposible en mi especialidad.

En mi ausencia, David, que si bien no tiene una fuerte capacidad de liderazgo sí la tiene de organizador, ha repartido tarea entre su gente.

Compartimos gente y luego, cada uno tiene aparte alguna otra que recolectó en algún otro lugar que no es este. Cierta parte de nuestra gente, como nosotros, es móvil e itinerante. Otra no, es local y está fija, atornillada.

El caso de Hari (no porque se llame Hari sino por lo de Mata y nuestra pasión por los eufemismos de guerra) corresponde a los del primer grupo.

En ciertos lugares las mujeres no sirven y en otros valen oro.

Con el correr de los años no he conseguido convencer a David de ese sentido de la oportunidad, porque a él le gusta trabajar con mujeres. Las considera más organizadas y prolijas para el trasteo administrativo y se abstrae de sus problemáticas. Además, su trabajo no es como mi trabajo y no consigue ver las desventajas que se crean en el mío y que las mujeres, en el suyo, sanean.

Ella está frente a mí y me observa. Yo también observo su camisa que el sudor transparenta.

Es público y notorio que yo no quiero mujeres en mi equipo. Lo sabe todo el mundo, inclusive David y ya debe haberla aleccionado sobre qué hacer o no a mi regreso, cuando me vean sus ojos trasponer la puerta de la cueva donde permanecemos refugiados.

Le habrá dicho que soy un animal difícil y con dientes laborales misóginos pero que ella ya está ahí, es de su personal y eso, seguramente, detendrá mis berrinches sexistas.

Le habrá dicho también algo que siempre dice: “Trata de no poner su mal humor a prueba” y luego le habrá sonreído con su sonrisa húmeda y sencilla.

Hari comenzó siendo Honey y su nombre se fue degradando de tanto pronunciarlo como una especie de gruñido, durante estos tres días. Hani más grrr terminó en Hari. Honey, quedó como parte de la honey moon que tiene David con las mujeres ordenadas en el desorden de nuestro apretado trabajo y nuestra inmunda agenda, aunque la bautizaran así no por la dulzura melosa con que habla sino por el almibarado rubio de sus ojos solemnes de camello.

Esos ojos camélidos, de profusas pestañas teloneras que parecen una bordura de chocolate amargo encima de una gota refulgente como un higo de Esmirna, ocupan el aire y el espacio y de vez en cuando, seguro que también las hormonas, aunque estén prohibidas en servicio.

Sé que no es parte de la cosecha de brevas de David, porque a falta de una Hari, trajo tres, todo un harén, por lo cual debimos ampliar nuestro dominio del primer piso del tugurio hacia otras habitaciones en otro lugares que no quedan aquí y evitar el hacinamiento corralero en que se transformó “la dependencia” (así llama David a este lugar, a falta de encontrarle otro nombre mejor).

Hari trajo un mensaje de David y está ahí, con la mirada fija en los movimientos que hago mientras intento dar una respuesta.

Le pregunto qué demonios mira con su parsimonia doradora de camello que rumia. Me mira como si fuera yo un objeto coleccionable que alguien se robó de una excavación arqueológica de las que tanto abundan por aquí.

Ella sonríe y me responde que me imaginaba de otra forma (cosa por la que les da a todos los que no me han visto personalmente antes y se dejan guiar por las oídas) y luego agrega que efectivamente debo tener algo de alien (rumores, rumores) porque soy de color… ¿ceniza?, me pregunta.

Y repite que tengo la piel color ceniza.

—No un alien. —la corrijo sin sonreír— Apenas una rata.


(De: Animal de tormenta)


lunes

Molido vidrio oscuro



Echo a un lado el silencio.

Lo echo a un lado como una parte rota
que no admite –de nuevo– compostura
y sé perfectamente que nunca arreglaré.

Quedará así, como un costoso aparte,
una pieza inmóvil y latente
que el mecanismo de vivir no reconoce.

Echo a un lado el silencio.

Lo rebato de mí
como una oscura ráfaga azota una ventana
que se sacude y triza en su golpe infinito.

Silencio que revienta un resplandor
de cristales anónimos
molidos por la vida,
por el empuje a muerte de la vida,
por la efímera vida y sus largos descartes
que no consiguen siquiera ser presencia,
impronta,
hueco

en el costado

del que se me ha ausentado el corazón.

Echo el silencio –igual que una semilla–
a los surcos que trazo en el desierto.



Imagen by McKinney




Los agasajos de la muerte llegan de manera espontánea.

Llega con sus obsequios a media tarde
lo mismo que un cartero de frontera
camina distancias inconcebibles
sin que se le hinchen los pies ni le pese la saca.

Pide hospedaje
si la noche cae cuando extiende su mano
y su constancia de:
“firme aquí, por favor, aclare el nombre”.

La muerte llega sin tribunos ni címbalos,
vestida casualmente
dulcemente
como si entre sus hábitos estuvieran
la compra en el mercado,
el té,
salir de una chistera
y la conversación inteligente.

Todos aprendemos a vivir cinco minutos antes
–le tengo dicho–
pero ella insiste en esa pose de secretaria consular
y yo persevero en no pedir la visa.

Está enamorada de mí.
Por eso hurta
repentinamente
esas pequeñas historias felices que quedan a mi lado.







Empiezo a replantearme la agudeza de mi toxicidad
mientras la muerte pasea por el cuarto.

Hemos conversado largamente sobre su celotipia
pero ella no la admite
porque para algunas cosas
es una chiquilina que no diferencia el bien del mal.

“Porque no debo”, dice y me repite la igualdad de su ley.

Somos injustos y apátridas de Dios
para cumplir nuestro deber y nuestras mierda
y los dos lo sabemos
así que trabajamos con el código
-y sin el sentimiento-
que es bastante confuso
está sin traducir
y se presta a toda clase de interpretaciones ambiguas
muy ambiguas
que siempre suenan a justificaciones y a gravamen.

No hago reclamos. Asumo lo que hay.
Sé que a la muerte le gustaría verme armarle bardo
y que la haría feliz con cuatro lágrimas.

Yo también soy la muerte algunas veces
pero no se lo explico
Ahorro así que  me aburra disertando
sobre su simbólica femenina.


 
Imagen by Mak Demsteader


miércoles

La palabra a(r)mada - 11º



De odios necesarios y otras literaturas.

Los adultos que "se dicen a sí mismos" que "escriben" en la Red se comportan ante un comentario desfavorable, generalmente, como niños literarios.

Anteponen la validez de la emoción (como si los escritores de oficio no supiéramos que es eso y el patrimonio emocional fuera un gen ligado al bodrio) y arman berrinches más o menos pueriles frente a una observación negativa. 


Me recuerdan, en la mayoría de los casos, a aquello de cuando los padres levantamos la voz para reprender a nuestros hijos porque están haciendo algo mal y el niño empieza con pucheros y termina llorando. Es su forma de defenderse de la corrección. Si no somos enérgicos, probablemente incurrirá muchísimas veces en el mismo error hasta que un día nos preguntemos ¿pero qué hice mal yo para que haya metido los dedos en el tomacorriente?

Otros, como los adolescentes, prefieren el insulto ausente de argumento, porque al no saber claramente como escribir, menos aún pueden hacer la defensa argumentativa de lo escrito. No tienen idea de los porqués íntimos de su obra, parida a la que te criaste en medio de un charco de amnios emocional.

Un adulto que escribe (ya sea de emociones o de vampiros) es esencialmente un adulto y como un adulto debe razonar y no dejarse llevar por la conmoción que pueda producirle una palabra u otra que la crítica esgrima hacia él y aferrarse a esa odiable palabra como a la excusa válida para no reflexionar sobre sus falencias literarias.

Herirse por el modo en que las cosas nos son dichas es no ver lo que se nos está diciendo cuando se nos está diciendo algo, porque el objetivo "docente" de la cosa es llegar a poder dar la explicación de por qué se dice tal o cuál cosa sobre un texto expuesto a la lectura pública. Y eso queda automáticamente invalidado por la reacción violenta del "autor" cuestionado.


Cuando un trabajo literario no es bueno, no lo es, así el autor suponga que con su emoción desbordada alcanza para que lo sea y por consiguiente, todos comulgaremos con ella.

La literatura "también" es un arte y como tal, merece un respeto necesario que tanto "pseudo" le resta diariamente.

La Red, tan democrática como anárquica, tiende a emparejar todo hacia abajo. Los lectores no diferencian lo bueno de lo horrible y los autores son incapaces de la más mínima autocrítica, amparándose en un "todo vale" que ha transformado al hecho literario en un charco para cerdos donde todos chapotean con placer volviendose indistintos e indistinguibles.

Dar lo regular por bueno y lo malo por bueno ¿ayuda? ¿aporta algo? ¿estimula qué? 


Abunda lo mediocre por la Red como la maleza crece ahogando lo noble de un cultivar. Sin embargo, la tendencia es a abonar la maleza siendo que convendría no fomentarla ya que, al tiempo de la cosecha, veremos que está deshaciendo la literatura que a los escritores nos cuesta tanto en este momento mantener erguida y digna.

El grupo de gatos pardos que se autotitulan "escritores y poetas" en internet (excepciones hay como en todo y se destacan por sí mismas), en realidad no conciben a la escritura como una disciplina sino como "algo fácil de hacer" ya que, para ellos, alcanza con saber el alfabeto y tener emociones, como si eso fuera, lisa y llanamente, el oficio de escribir.


El descuido no sólo en los contenidos sino en la exposición de esos contenidos parece, a ojos vista, supeditado a la exigencia de que exista una emoción escrita, no importa cómo. Alcanza con que sea una emoción y que (supuestamente para su autor) esté escrita, para que todo este grupo de terroristas literarios piensen que han alcanzado el culmen de la obra impoluta y guay con que venga alguno de los demás a decirles que no es así o que el hecho literario es un poco más complejo que soplar y hacer botellas deformes.

La literatura es amplísima y todas sus vertientes son válidas. Todos los autores tenemos un lector. Por lo tanto se puede hacer todo tipo de literatura. Lo que no se puede ni se debe es hacerla mal. 

No hay nada más soberbio que la ignorancia y en las comunidades literarias de internet este es el fenómeno palpable y constante ya que no se apunta a sostener la literatura como el enorme arte que es sino a fomentar el amiguismo mediante la prostitución del arte. La literatura es el arte reflexivo por excelencia aunque tanta marea roja en sus costas impida hasta la más insignificante creación de pensamiento en pos del "todo está permitido y avalado por ser una emoción".

Nada nuevo en el mundo que nos toca, por otro lado.
¿Para qué complicarse la vida pensando y haciendo las cosas bien si es el mundo de lo más o menos y del tododalomismo?

Ódienme con enjundia aquellos a los que este artículo refiere porque nunca llegarán a sentir por mí la honda repulsa que yo siento por lo que acabo de describir que sucede con la disciplina artística que amo.


Imagen by Ferdinando Scianna


sábado

Rol du physique



Luego de un rato digo que no estoy harto de ser yo mismo, siempre yo mismo y a la vez tantos habitantes en mí y de mí, tan no hartos como yo de sernos todos, una vez y otra vez.


La vida no es más que una sucesión de desfasajes. Cuando parecen acomodarse, sucede un sismo. Luego, sólo resta volver a hacer pie o, a lo sumo, equilibrio, como muñecos ebrios, en las zonas que aún quedan enteras de ese territorio que se mueve.


Nos despatarramos cada tanto. Caemos, inútiles, sobre el tembladeral. Nos ensuciamos con su lodo que nos vuelve grotescos o patéticos, o un poco de ambas cosas. Grotescos y patéticos y también malheridos y risibles. Trágicos, por sobre todo, trágicos. Monstruosos.


Las personas parecen vivir lejos de aquí. Viven como los extraterrestres, en otros mundos, en otras dimensiones, en otras galaxias. Usan otras palabras. Hablan de otros tópicos.


Si levanto los ojos, sin embargo, no localizo sus mundos. No veo a Dios ni a las personas viviendo en sus lejanas geografías. Sólo veo esta inconmensurable soledad en la que vivimos los que estamos asociados a los lugares de morir. Los lugares de morir son los mismos que los de matar, pero las personas esas de los otros mundos piensan que cuando digo estas cosas solamente ocurre un hecho literario. O un guión de película. Da igual.


¿Por qué, los que estamos aquí como en una cárcel o como en un terrario de coleccionar bichos horribles, hemos perdido los lenguajes de los mundos fáciles?


Ya no hablamos con inocencia. Ya no hablamos con sencillez del precio de la fruta y de las plazas con hijos y con nietos. No hablamos de amor. No tenemos amor. Nosotros no. El amor está donde viven las personas que se lo quedaron para sí. Nosotros nos despojamos de esa onerosa carga. Tratamos de olvidar que la perdimos en alguno de los tantos sismos. O la arrojamos, intentando hacer pie mientras la tierra se nos rajaba debajo.


Tampoco tenemos pájaros ni flores ni lamentos. Ni siquiera pensamos en nosotros como algo en que pensar o algo que mostrar. Somos impensables e indemostrables, casi como la muerte hasta que ocurre.


Últimamente me estoy volviendo además de un descreído, un trágico. Un asco que camina por su propia náusea y se admite decididamente nauseabundo, aunque no le importa, porque llegó a aprobar su condición. Uno es lo que es y lo que hizo de sí. Una elección. Ni más ni menos.


Mis elecciones ya no tienen remedio.


 Imagen: Castello dell' artista by Mike Foo

(De: Animal de tormenta) 


miércoles

Aliâ - La carta





Acomodó los ojos a la luz por dentro del espacio de su sombra y se quedó observando la calleja, torcida, empedrada, tan estrecha como el camino filante de una víbora.

Siempre había estado solo.
Era un gato sombrío al que le gustaban los alféizares y ver el mundo desde ese olor a noche que le embadurnaba con estrellas las garras y los labios.
Expresaba su soledad como podía.
Por eso sus historias eran una especie de carta que entregaba a pocos elegidos, a los que permitía ese intercambio entre el ojo y el alma de lo que el ojo ve.

En Café Biblios lo habían adoptado como una sensual curiosidad. Ese don de crear o "recrear" los paisajes del otro sin siquiera hablar con él, resultaba asombroso y sobrecogedor.

León no explicaba su arte, porque no conocía la explicación a ella. Y aunque la hubiera conocido, y pudiera pulsar a su antojo los resortes que lo hacían capaz de dibujar el alma ajena, tampoco era para él importante aquella facultad.
Le permitía comer, vestirse y continuar extendiendo sombras sobre luces, como un intérprete que obligaba a verse a otros en un espejo negro en esfumino.

Había dejado todo atrás, como para olvidar.
La patria natal le resultaba devoradora y agria.
Sus amistades creyeron que había emigrado porque buscaba su raíz. Era, para todos, un habitante de los desarraigos ¿Dónde mejor que allí donde ahora estaba, la rara dualidad de León podía hallarse resguardada y contenida?

Pero no había sido así, aunque él nunca dijo sus porqués, ni a sí mismo. Solamente emigró después del sueño que le marcó el domingo.
Al lunes siguiente dejó todo. Fue después de describir el "lugar en lo alto".

Conservaba aquello de la ciudad amurallada en una carpeta de historias inconclusas.
Había aparecido, como todos los trazos de sus manos, casi por arte de encantamiento.
Durante mucho tiempo no supo qué era aquello -como tampoco había sabido, antes de ahora, que había hablado sobre Jerusalem sin conocerla-.

Sentado en la ventana, reclinado contra el marco con una pierna siguiendo el filo del balcón de hierro, la cabeza levemente volcada sobre la hoja de madera y la quietud de siempre, sus ojos adivinaban dibujos de pasos en el empedrado, pasos de toda clase, de todos los formatos y tamaños, que se alejaban y que regresaban.

Desde que la conoció le había escrito muchas cosas. Muchas cartas, pensó. O muchos mapas de sí misma y no sabía él si de su pasado o de su futuro. Nunca conseguía saber ese accidente de su don.

Ahora, él tenía una carta de ella.
No necesitaba abrirla, porque todo lo que ella podía decirle, ya él lo había escrito.
El sobre crujía en el bolsillo, con cada movimiento de la pierna, al buscar una posición más confortable en el duro reclinatorio en el que León dejaba que la noche alcanzara los complejos recursos de su interior.

Se nutría de sombra como si de la sombra pudieran salir todos los tiempos y todos los espacios, así que se dejaba estar allí, no en blanco sino en negro, como si pensara sin pensar en nada, solamente absorto en envolverse de la suave oscuridad de los misterios.

Regresó los ojos a la mesa, donde el último trago de agua había quedado atrapado en una larguísima ceniza luminosa igual que el último texto estaba atrapado en el redondel de luz anémica que desprendía la lámpara de noche.

En él, un muchacho extendía los brazos a unas manos ancianas y cansadas en una habitación casi sin luz, al alféizar de cuya ventana acababa de llegar un cuervo.

(De: Tiendas de desierto - ed. 1989)

Imagen: Album de la tropa

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...