Búsquense su voz, no usen la mía

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Presentación del hombre

Me matará el ir de frente y decidido
y esta inútil fuerza de macho convencido. (De madrugada - Patxi Andión)
Teoría de la prosa -irresponsabilidad del verso -imaginación del ensayo -incertidumbre de la reflexión

Parafraseando a Serrat

Parafraseando a Serrat :

"La verdad no es prepotente. Lo que no tiene es remedio".

jueves

Inconsistencia




Fatal sin piel ni huesos
la vida es esa huella que un descalzo ha dejado
aporreada de sol, negra de aurora,
sangre desde la sangre
derramada y molida,
pequeña como el huevo
en que agoniza un pájaro sin alas y sin canto.

La vida se ha olvidado del reloj y la lumbre
ha sido una serpiente
un manantial podrido
tan frágil como un cuenco de porcelana roto
del que se escapa el agua.

Vago a pie por tu nombre que no quiso nombrarse.
Vago a pie por tu sueño que no quiso soñarse.
Vago a pie por mi mundo, inoportuno, estéril
pensándome en la culpa de este decir “no quiero”.

Quedamos sin mirarnos como dos cosas rotas
que se buscan los ojos que nadie les ha dado.

La vida es esa cuerda
con que se ahorca, inerme, un poco de futuro
y se ha herido de pronto
y se ha muerto de pronto
y me veo llorando con la careta ajada
en un tiempo prestado y abismalmente solo
sobre dos zapatitos de silencio.


sábado

La bestia boca abajo



Yo soy ese adefesio boca abajo que duerme como un tronco compensado de mohos, sellado en su silencio de cosa que no habla.

Ese espíritu oscuro y sanguinario que colecciona uñas de grandes gatas bobas, colmillos de libélulas y pezones de pájaras pintas aferradas al verde limón.

Un rapto silencioso como un campo de niebla, hecho de alcantarillas y ungido con meada de ratones que viajan por la tirantería de los sótanos en donde no se guardan cosas buenas.

Duermo indefenso, como si no le debiera nada a nadie y alguien me hubiera bendecido con la capacidad de olvidar el mañana, desprendido del antes, prematuramente. 

Él único espacio que existe es ese en el que estoy. Marco mi tiempo en hoy, ahora, ya y lo demás no cuenta ni siquiera para decir que olvido.

Tengo -en el momento de la languidez- esculpido un animal robusto en estos músculos cetrinos y suaves, que reacciona predadoramente frente al mundo de sus enemigos. Todos son enemigos en mi mundo de músculos que duelen y tatuajes donde marcar el paso de los muertos para enterrar su piel en algún lado que alimente la mía.

Lejos del ideal, soy lo que muerde y lo que decide sobre sus propios dientes. Me escribo mis leyes en la lengua mientras oigo llover a los idiotas.

Mi madre no me quiso y repitió cien veces: Ojalá hubieras nacido muerto. Entonces yo aprendí las formas de matar, cuando todavía era un debilucho galgo flaco y metamorfo, que alardeaba de morder manzanas con sus dientes de leche. Estrené mis colmillos en las odiosas manos de mi madre. También le arranqué la risa en cuanto pude. Pero eso no me devolvió la mía, así que en vez de sonreír, hago una mueca parecida al desprecio o a la lágrima.

Me llevo bien con los espacios amplios donde repantigar mis ansias predadoras. Esos espacios dignos de los cervatos y los alquimistas que hacen malabares inventando y desinventando las estrellas. A veces los cazo en ellos y los dejo morir, sin devorarlos. Otras, sólo los miro, como si fueran ninfas que retozan disfrazadas de mamarrachos masculinos que usan vergas prestadas.

Me he situado lejos de lo pequeño que hace sufrir a todo el mundo. Aprendí las catástrofes y los severos dramas de no poder soñar con un vaso de agua en un mundo de sed. La sed es siempre peor que el hambre.

Me río desde lejos de los hombres que lloran infaltables sus minucias como si fueran todas holocaustos y necesitan de perpetuos pañuelos consolantes.

Alguna vez traté de rearmar un niño al que hizo pedazos el fuego de mortero.



 


(De: El ardid de la sombra) 


Territorio terrible



Mi hija, a pesar de llamarse Paloma (símbolo de la paz), es de temer. Su “pájaro de seda” es de temer, porque si se le ocurre, ya te corta o ya te ahorca, con la seda que le puebla las alas.

En resumen, se plantó con esas desmesuras de agua con las que se expresan los tsunamis (y a veces los piscianos) y en tres o cuatro movidas de ajedrez, ordenó el mundo, aunque antes gritó ¿tu padre?¡pues te voy a enseñar quién es tu padre!

Paloma tiene un hermano mellizo con el que no consigo, aún, la armonía.

Paloma es paciente, voluntariosa, tiene cosas extremas aunque las vuelca en dos o tres palabras contundentes que hacen callar al resto de los hombres. Incluso a mí.

Mi hija es un “arte de magia”.

Y como es analista y su espacio de fuga es cibernético, hizo valer sus dogmas.

Hace tiempo que Paloma tiene todas mis contraseñas de sollozo. O sea, tiene todas mis contraseñas: las del blog, las del perfil. Mis claves, en resumen. Y debo decir que se las ganó a pulso por sí misma. Y que si, a pesar de ganárselas, yo no se las hubiera dado, seguro que ella ya se haría con ellas, con sus métodos de hacerse con las cosas.

En la pantalla, entonces, apareció youtube, mientras Paloma obligaba a su hermano la permanencia frente al monitor (como a aquel de La Naranja Mecánica).

Y por si fuera poco ya, tener ahí a su hermano, dominado por su frondosa emocionalidad que se vuelve letal si está mal atendida, tradujo, mientras reproducía, los videos (o los poemas de los videos, para ser más exactos) insertando el bocadillo de: “el que dice estas cosas es tu padre”.

Luego, todo fue un gran silencio.

Ella se dedicó a subir cosas al perfil (al mío, ya que tiene las claves no las desperdicia).

Yo supe que soy absolutamente incapaz de cambiar una contraseña que le haya confiado a mi hija.



miércoles

Story by Silence





Sólo intento que hables,
que no pierdas tu vocación de casa,
tu vocación de albergue con ventanas al sol.

A veces,
estás sellada lo mismo que una tumba a la que nadie atiende

(ya te veo los cabellos en llamas por el verbo que uso)

¿a la que nadie acude ni escucha
ni le llora sobre su corazón?

Sólo intento que hables
que no pierdas tu vocación de casa albergadora,
tu dimensión que canta,
tu multiplicación de horror vacui sobrepoblada de esencia y adjetivo,
tu realidad virtual que depende de los cortes de luz

- no de tu luz, aunque tu luz titila -

¿qué le pasa a tu luz?

Sólo intento que hables aunque sea, de vez en vez, a veces,
de vez en cuando
de cuando en cuando a veces

intento que no pierdas tu vocación de casa
que vuelvas a tu mundo
que no te pierdas en el largo viaje en el que todos nos perdemos siempre

porque es penoso y largo el universo
que no tiene palabras.

Sólo intento que hables desde el silencio escrito
que escribir el silencio es todo un arte,
un arte que difiere del silencio que todos conocemos por silencio.

Yo ya no quiero ser un guardián de faro
que espera por un barco que no llega.

Quiero verte encallada en las palabras como un coral despierto,
como un idioma insólito,
como un hecho de la profundidad del alma humana.

Sólo intento que hables de tu larga vocación de albergue
para que vuelvan las botellas al mar de este silencio.

Esas botellas de tiempos de vacío
donde coleccionaste las palabras.





viernes

Los gritos de la oscuridad





Cualquier fundamentalismo es una enfermedad ruin. Muy ruin. Es una enfermedad que empieza en el corazón, comiéndose las buenas cosas que te hacen aún parte de Dios. 

Una vez que te comió los ideales y está segura de que ya no tenés más de los tuyos genuinos, la enfermedad sube al cerebro y lo licúa. Es una enfermedad que produce una necrosis cerebral licuefactiva, una especie de encefalitis rábica. Te vuelve un queso el cerebro. Un queso de esos llenos de agujeritos, porque precisa esos agujeritos que produjo la licuefacción para meter sus gérmenes y que se vuelvan gordos. Sus gérmenes son sus ideas. En el cerebro agujereado que te producen los fundamentalismos, se introducen todas esas ideas que, durante la parte de encefalitis rábica, te hacen actuar como un delirante que, alucinado e incapaz de desarrollar pensamiento lógico, sólo responde a las consignas con las que le llenaron los agujeros de su encéfalo.

Un fundamentalista, en cualquier sentido y por cualquier idea de las muchas que hay, es un fanático, un tipo que primero fue desprogramado de su esencia para volver a ser programado con esa otra. No es ni más ni menos que un robot que obedece los caprichos de ese bicho que le agujereó el cerebro para hacer sus nidos.

Por supuesto, en la parte rábica está implícita la ceguera total. 

La enfermedad tiene la capacidad de proyectar desde ese cerebro licuado y agujereado, películas que crea con el fin de que el ya “programado” obedezca a la distorsión de la realidad.

Es como una especie de viaje de esos que te provocan algunas drogas de diseño que se usan en la guerra química. O podría ser también un “delirium tremens” en el que el afectado por el fundamentalismo, ve solamente enemigos. Hasta los que intentan razonar son bichos horrorosos a los que no hay que escuchar y hay que destruir sin más, porque sí, porque quieren razonar con un cerebro licuado y ocupado por una enfermedad cuyo único objetivo es destruir a todo aquello que no es ella. 

La ceguera es una instancia atroz.

Llega cuando el cerebro ya no tiene retorno, está completamente carcomido y solamente responde a las películas que la enfermedad proyecta dentro de sus ojos sin mirada. 

Es imposible hablar con un fanático porque su discurso es circular. Se aferra solamente a esa circularidad, desesperadamente, porque es lo único que le ha quedado en pie dentro del cráneo: lo que la enfermedad le instaló.

Cuando se pierde la capacidad de analizar. Cuando se habla sin escuchar. Cuando la única idea es la nuestra y el resto no sólo no vale la pena de ser oída, sino que además debe destruirse. Cuando la ignorancia se trepa a la razón y se erige en “la razón”. Cuando creemos que sabemos de qué hablamos y solamente repetimos las consignas que la enfermedad metió en los agujeros del cerebro ese del que se encargó de privarnos primero, estamos perdidos.

Y mientras los que piensan que sus ideas son las únicas ciertas, las únicas que deben existir y luchan unos contra los otros a mansalva por imponerse, también a mansalva y unos a otros sus creencias, hay una masa acrítica y anómica, que parasita anencefálica y acárdica, los agujeros de su propia molicie.

Cuando el fundamentalismo de cualquier signo ha coptado a grandes mayorías y cuando la molicie ha coptado al resto de las grandes mayorías, tenemos lo que hoy se conoce como “la Humanidad”.


 (De: Hijos de tierras áridas)

lunes

Como un río



Hay días en que mis hombres vienen a golpear la puerta de la habitación en que me hospedo. Llegan y golpean diciendo: “Jefe, jefe ¿jefe, está bien?”

Se preocupan frente a mi impuntualidad porque no estoy para encabezar las acciones del día antes que cualquiera de ellos. Cuando están todos y tienen que esperarme, ocurre eso. Una pequeña comisión golpea mi puerta, primero suavecito y cada vez más enérgicamente, preguntando: “Jefe, jefe ¿está ahí? ¿Está bien, jefe?”

Hace un tiempo que sucede seguido. 

Ellos lo atribuyen al desgaste físico que tengo y del que nunca termino de recuperarme. Pero no es lo que ellos creen lo que pasa. Es otra cosa, sobre la que no consigo el control.

Los sueños me atrapan, me envuelven en una telaraña espesísima y llena de imágenes. 
Los sueños me secuestran como si me introdujeran en desesperantes películas de acción horrorosa en las que me fue otorgado el protagónico. Me resulta imposible deshacerme de los sueños, salir de esa vorágine, nadar hacia las costas de la vigilia. 

Los sueños me atrapan como a un pez boquiabierto en un trasmallo y cuanto más lucho por salir, más me hundo en ellos, más me enredo en ellos, más ellos me poseen.

No sé si no era preferible el ancho insomnio a esta fecundidad de pesadillas que se han vuelto mucho más pesadillas que las que siempre tuve. De las otras, si luchaba, emergía. De estas, me es imposible y aunque lo consiga durante un segundo de conciencia, estos sueños tienen manos que me sujetan y me sumergen una y otra vez.

Cuando caigo en estos estados siento que soy una choza deshabitada a través de la que corre un río. El río sólo corre, cruzando el interior desguarnecido de la choza de cañas, pero no se la lleva, no la derrumba, no la arrasa ni en sus momentos de crecida y turbulencia. No la arranca del borde del pantano. Sólo corre. El río sólo corre a través del vacío de la choza. 

El río sólo corre. La choza sigue en pie.

(De: Hijos de tierras áridas)


martes

Canon de belleza



En una noche en la cual estoy solo y en una noche en la cuál escribo, recuerdo desde el sur a una mujer. Recuerdo desde el sur a una mujer bonita que era ya bonita antes de que yo escribiera sobre ella y que será bonita aún cuando yo cese de escribir, completamente cese de escribir no ya de ella, sino de nada más.

Esta mujer que rememoro y sobre la que escribo, tenía esas bellezas espumosas, casi descontroladas, como son la de la leche cuando hierve o la de la cerveza, cuando no respeta los límites del vaso y mana a su capricho por estar congelada.

Era una mujer como podría ser un arrebato, un trueno a la deriva dentro de una tormenta que no han registrado los satélites o un torrente de los primeros de la primavera, cuando el sol vuelve agua al hielo tímido para que al madurar, se haga feroz.

Era una mujer incipiente. Quería ser una mujer y era mujer, pero no lo sabía y entonces buscaba ser mujer, extralimitando sus vientos solares para, después, transformarse en la cara oculta de la luna y desaparecer en el cósmico espacio del silencio.

Yo siempre fui de tierra porque estoy destinado a no ser otra cosa. No pretendo ninguna astralidad ni lejanas y dulces divagaciones regidas por larguísimos ciclos planetarios.
Yo siempre fui de tierra, como un metal o como una madera, todo raíz anclada en lo profundo de la fertilidad y oyendo a los acuíferos ocultos y a todos los temblores.

A veces, ella llegaba a mí como un gran mar hecho de olas que acuñaban gaviotas y dragones y cuando golpeaba contra mis viejas escolleras terrestres, mutaba ese gran mar en caracola que lo absorbía entero y lo guardaba como un único mundo de rumor.

Era como una caja de guardar. Esa mujer era como una caja de guardar. Era bonita, repujada, mística, lo mismo que una caja de guardar en la que nadie nunca guardó nada que valiera la pena considerar tesoro.

Como mi único bien es la palabra, un día le ofrecí mis palabras terrestres, sabedoras de acuíferos secretos y de seísmos hechos de asesinos y brújulas que nadie ha reclamado una vez extraviadas.
 
Ella guardó retazos de mi mundo. Los guardó sin decirlo y fuimos un camino que se aleja hacia puntos contrarios, suavemente, siguiendo cada uno su propio cardinal.

No sé si comprendió que su belleza no estaba en la belleza. Que su mayor belleza era su contradicción incorregible como son las bellezas de las niñas que no han desarrollado sus artes de mujer. Esas niñas que no se han vuelto malas ni inexplicables todavía y aún guardan el rumor del mar dentro de su corazón, como en una caracola del silencio.

Como en una bellísima caja de guardar.


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