Búsquense su voz, no usen la mía

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Presentación del hombre

Me matará el ir de frente y decidido
y esta inútil fuerza de macho convencido. (De madrugada - Patxi Andión)

Parafraseando a Serrat

Parafraseando a Serrat :

"La verdad no es prepotente. Lo que no tiene es remedio".

lunes

Cuerveando sapos





“Este trabajo tiene un solo y fundamental artilugio al que se acoplan luego los demás. Un eje como un tallo del que se desprenderá el resto del bagaje. El artilugio es sumamente simple y por eso los escritores somos magníficos para ejercer solvencia en este tipo de encomiendas.


Ya lo demostraron unos cuantos que hicieron esto mismo antes que yo y luego proyectaron en sus libros lo vivido. Sus biógrafos son quienes han descubierto qué hacían en realidad, qué cosa había detrás de lo que se contaba y que no pertenecía al abstracto plano de la imaginación. Esos personajes quedaban adheridos a la fenomenología de la profesión y luego, en el papel, eran, por fin, lo que siempre habían sido: personajes”.

—Aquí dale la razón a Pessoa, Aivan —acota Benedict porque mis razones no le sirven demasiado y siempre le gustan las ajenas.

“Lo que más me divierte es cuando alguien comienza a analizar al personaje que uno ha decidido ejercer y no advierte que ese sesudo estudio psicológico que intenta plasmar como si estuviera directamente conectado con el Oráculo de Delfos, es solamente una construcción a la que lo redirige “otra” construcción.


Esas aseveraciones me provocan risa porque es como si alguien escribiera dogmas de fe sobre algo que en realidad no existe mas que en la construcción del hoy y aquí para ese que tengo enfrente. 


Para permear hay que saber construir el rol que permeará. Adivinar las debilidades del contrario y ofrecerles el abono que creará la comunión entre el ente real y el ente que fabricamos como señuelo para ese ente real. 


Los escritores somos buenos porque nuestro fuerte radica en que la ficción se haga real y por lo tanto, construimos una realidad absolutamente ficcionada que echamos sobre la mesa para alimento de nuestros objetivos.


Cuando el que tenemos frente a nosotros como “objetivo” comienza con el ensayo de acople psicológico (porque tú eres así y asá; deberías pensar tal cosa; te pareces a mí en aquello y en esto; le tienes miedo a tal cuestión de tu interior; porque… los que son como nosotros, como tú y como yo) y algunas otras aseveraciones de rango y tenor similar, sucede que hemos llegado a la meta. Hemos construido esa ficción minuciosa que ahora el otro devora y expone como “la desnuda verdad de lo que somos” mientras se arroga conocernos casi más de lo que nosotros mismo podríamos hacerlo nunca. 


En esa posición, nuestro objetivo (aquí debería ya llamarle “presa”) se siente en la privilegiada posición de vidente supremo, capaz de aconsejarnos y explicarnos qué hacer con nuestra miserable y amarga vida humana; cómo lidiar con nuestros agujeros emocionales llenos de carencias y terrores que no aceptamos combatir; cómo abrir las compuertas de nuestra represiva condición de desconsuelo para dejar fluir nuestra saneada esencia que la aflicción ha enturbiado.


Tan abocado está a pensar que nos ha llevado a su huerto, que esa arbitral ceguera le impide vislumbrar en nuestros ojos al monstruo verdadero, ese que con paciencia de profesional hemos confeccionado para un juego en el que nuestro objetivo ha caído (preso)  y del que se siente el mejor jugador porque… eso es lo que nosotros, logramos que creyera”. 

Giro los ojos y Benedict apenas si sonríe. Sé que hay cosas que hubiera querido —con toda su pasión— escribir él.

—Hay mucha gente dando vueltas e inventando cuentitos sobre ti —dice, porque él sí conoce el destello detrás de los ojos del monstruo.

—No. La gente solamente repite el cuento que sobre ti, yo he inventado para ellos.—corrijo.


(De: Las relaciones insolentes y otras amabilidades) 


viernes

The reluctant optimist




Yo no soy esto. No lo soy. 

No soy este excremento hecho con lágrimas que ni siquiera caen de mis ojos y que encharcan mi féretro y mi cama.

No soy esto. Lo sé. Yo no soy esto.

Yo soy lucha y violencia. Soy lucha y soy violencia desde que me conozco. Tozudo, pertinaz, orgulloso, soberbio e imbatible. Aguantador lo mismo que una mula. Estoico como un perro. Silencioso y contumaz como es el cáncer. Combativo como una abeja que lucha por conservar a salvo su colmena. Sacrificado hasta la insensatez lo mismo que una hormiga.

Pertenezco al mundo de todo lo pequeño que sobrevive gracias a la resistencia incomprensible de su obcecación en el deber.

¿Y cuál es mi deber?

Vivir es mi deber. Hoy por hoy, vivir es mi deber. 

Porque tengo cuatro hijos; porque tengo tres nietos; porque tengo una mujer de tierra y otra mujer de aire; porque estoy enamorado hace demasiados años de mi suegra; porque mi yerno ha sufrido mucho y necesita un padre también él; porque mi nuera es uno de los seres más hermosos que he visto; porque me gusta el mar Mediterráneo para bucear y para navegar; porque he visto llorar a mis amigos; porque sé que mis declarados enemigos por su honor no me odian y los que me odian no me honran como debe honrarte el valor de tu enemigo así que quiero quedarme para seguir jodiéndoles la vida; porque también he cosechado algunos amigos a los que nunca he visto; porque tengo una gata y he enterrado a un gato y a un perro a los que amaba; porque no quiero hacer lo mismo que mi hermano e irme sin saludar; porque también me gusto cuando menos me gusto; porque tengo varias novelas sin terminar archivadas y quietas en el foro; porque no acabé de acercarle a nadie lo mucho o lo poco que yo sé para que eso lo ayude; porque me gusta el África y tengo esta pasión incorruptible de todo voluntario (aunque todas las voces en off me griten que estoy loco); porque siempre está todo por hacer y, también, porque alguien debe hacerlo; porque soy una pasión en resistencia.

Siempre está todo por hacer en este mundo.
Y a mí me gusta hacer. Eso me gusta. Y para hacer no hay que morirse en el territorio del destiempo y menos a destiempo.
¿Quién puede morirse teniendo qué hacer y qué vivir? Yo no. No quiero. No puedo. No debo.
Mi vocación jamás fue la renuncia como jamás fue la traición. La renuncia es un poco como traicionar, algunas veces. (Lo digo por vos, Puma, hacete cargo y agradeceme que no lo ponga en góticas).

"Si te aciertan cinco tiros deberías estar muerto" (me dicen todos los que desfilan junto a mi cama de baleado a punto de morir y que saben lo que es tener algunos plomos metidos en el cuerpo).
"Los peores tiradores del planeta, esta vez, me tocaron a mí", contesto. No me mataron y no me dejo morir. Una conjunción estrepitosa entre la impericia y yo. El resultado resulta en esta inefable condición de semialgo en la que sobrevivo todavía con mi afán.

Mi orgullo me impide ser eso que muere. Me impide ser eso baldado que se extingue. Soy yo, aún soy yo y pretendo ser yo un rato más o muchos ratos más, aunque a veces escriba cosas tristes.

Pero no soy un triste. Soy un tipo optimista y resiliente que sabe que el cansancio no invalida las ganas de vivir.

Todavía nos faltan las Fidjis y las redes.




miércoles

Termino-lógico




Los odios han llegado como extraños y múltiples eclipses, lo mismo que la muerte. Acontece el dolor como una patria, una única patria en que habitar desnudo y miserable. Una patria sin luz y con historias frenéticas y tristes, desgajadas de aturdidas calendas sobre el pecho que asfixian. Inexorablemente asfixian el pecho que guarda el corazón igual que una muralla resguarda una ciudad. Una muralla que separa la emoción oculta de ese exterior real donde no cabe otra emoción que el odio.

El silencio es extenuante y árido. 

Soplo sobre el silencio como sobre la llama de un pabilo invisible un hálito de sombra para así desvelar mi propia oscuridad. Pero ocurre el vacío, la insignificancia, ese raro agujero de ámbito de flecha que produce un cuerpo al hundirse en el intenso mar que añoro y sueño.

Estoy lejos del mar.

Estoy lejos de mí.

Solo, estoy lejos. 

No consigo encontrarme aunque traigo el regreso en las palabras. Ese regreso que quiero proponerme el día que me encuentre sumergido en el doliente mar en que no estoy.

Los buenos trabajos siempre son a pérdida, pero nadie va a seguir mi rastro levantando las migas de mi alma.

A veces, se rompe el infinito porque para eso está la finitud.

domingo

De historias para no dormir y otras vellocidades II



Dentro de este lugar el silencio es un inmensurable eco que se hace maquinalmente pulcro en los rincones y ambiguo y anchuroso mientras flota pegado sobre el aire.

La elección de hacer las cosas sucias me está permitida en el contexto de la desolación, como a la luz se le ha concedido volverse magia refractando en un prisma.

Se ausentaron las moscas y los peces son gotas de alabastro panza arriba, o redondeles de mecurio cósmico, enredado en el moho de un agua podrida por cadáveres.

Me lavo los pies en ese charco quieto, donde la bruma verde se ha adherido a la cárcel del vidrio y el olor a abandono trepa todos sus muertos a mi olfato.

Dejé morir los peces del demiurgo como murió la luz cuando trabé con maderas las ventanas que siempre dan al viento y abandoné las plantas a un desierto cerrado hecho todo de muebles y sin sol.

Profano los recuerdos como un bárbaro.
Dentro de la pecera caen lágrimas.

*

Sólo esta vacuidad.
Sólo este ambiguo soporte de destrezas.
Sólo la soledad.
Sólo lo que está solo en un paisaje solo en el que soy el solo que existe solamente.
Hacerme viento.
Hacerme Sinaí.

Sólo desierto

*

Después llega lo trémulo.
Tiembla la carne que tiembla en la palabra que se vuelve mordible.
Cárnica boca llena de una lengua tan húmeda como lamiblemente lujuriosa y apenas invisible en esa ocultidad de los recatos.

Asesino en silencio ese idioma que niega sus orígenes y se vuelve rebelde, reveladoramente irreversible ante la paradoja de sí mismo sin un consigo acorde ¿O un conmigo? O algún otro un que cruce, con alas inventadas, el puente derribado por la sola costumbre de aquel aislamiento en el que somos libres.

Es mejor estar solo que este ser vulnerable en compañía.

*

La luz se ha derrumbado.
Debajo de la luz, soy una sombra que escapa por un hueco.
La luz se ha derrumbado sobre mí, igual que la memoria.
Anaqueles de luz se han derrumbado con sus libros monótonos encima de mis libros y todos confundidos, somos papeles viejos.
Pero no llega el viento a hacer limpieza.

La luz no existe más.
Tampoco el aire.



Luego vendrá la escoba a poner orden en el sitio impedido de las manos.
Barrerá los cerebros que acumulo, el hambre de beber, la sed del daño, la impúdica y reñida mansedumbre de lo que persevera y nunca ceja.

El dolor está listo y embalado, pero se hallan de huelga los correos y bajo el brazo pesa su gratuidad, temblando.
¿En qué buzón comprado depositar la ofrenda que agoniza con su propio holocausto entre mis dientes?

La luz no vuelve más desde la aurora.
Le pertenece sólo a las estrellas.






Larga piel de agonía. Subluxación del alma que no se amolda al hueco en que le sobra espacio porque es poca y se retuerce, tratando de agrandarse hacia la vastedad de estar sin nadie.

¿Quién entiende de luz en estas sombras en la que el grito es una flecha opaca y mata ciervos de tela y de peluche?

Sólo ambulan dragones de Komodo en la parafernalia de esta boca con más dientes que aquellos de lo humano y una lengua infecciosa como un antro de prostituir ángeles de vidrio.

Igual estoy en paz desde el retorno.
Toda sombra es aquello de lo impune.

*

Que todo sea un apagón de sangre. Un sitio de metales que rodean un latido penúltimo y disparan - fiera violencia rota - destiñendo la boca de la carne hacia un cementerio de cerámicos.

Que todo sea un apagón de sangre. Una boca deshecha que se abre con hondo estremecimiento muscular y tiembla, precipitada como alguien que corre, boqueando como alguien que gotea su último estertor amurallado y acaba, dulcemente, en un sopor de charco que coagula.

La sangre es lo más íntimo de un hombre.
Pinto en rojo tu nombre sobre el karma y luego resucito, ya vacío.


Angel by Wojciech Paliwod


lunes

De las cartas cerradas y otras incoherencias (toma poética)






Tanta tecnología y ya lo ves,
no tengo modo alguno de apagarte
porque sigues en mí cuando me marcho
MdP








 
Otra no-carta desde otro aeropuerto.

Hecho para durar, te dije un día.

Hecho para durar como un camión
 de esos camiones de plástico muy duro,
de plástico muy grueso,
con una infancia Duravit que ya tenía vocación de camión indestructible.

Yo tampoco te apago. No te apago, al contrario.

Trato de verte arder como un sol constelar
uni-versísima
y eternamente incediadora y alta
haciendo juego con la estrella albal que nos reseña que se cumplió otra noche.

Siempre tan vos y yo, tan trascontinentales como vientos
que acollaran al mar con sus vaivenes hechos todos de antípodas.
A veces una hora, a veces dos, pero siempre el reloj en otra parte,
en otra geografía,
en otra luz que puebla encima de las manos
la boca de las cartas.

Tan planetarios el uno con el otro y tan exploradores
del tren del aire en que nuestro ser viaja
a compartir el día a día, el siempre a siempre, el estoy al estoy,
en la voz de la lágrima,
en el silencio pesado del peligro,
en la estupefacción de la belleza,
en el claroscuro de un designio cifrado a la palabra.

Siempre en un mundo vos y yo en el otro
y siempre, también, los dos con guerras que nos comen la piel de abecedario
en que buscábamos rescatar la risa
truchando el pasaporte.

Si no hubiera "majshev" la habría inventado
para cazarte a solas en la jungla de bits que nos mantiene
indivisiblemente unidos por el alma.

Caja de quinta




Claro que lo sé. Faltaría además que no lo supiera. Sé que tengo mi cuota de responsabilidad porque no atendí las señales como éstas merecían y si bien no las ignoré, les resté importancia.


Benedict me jugó una de sus malas pasadas y ahora ya tengo que ser drástico. Yo soy el que tiene que ser drástico porque él me cubrió los ojos de ver con sus manos de acariciar, con sus manos de sostener, con sus manos de abrazar. 


Él me cubrió los ojos que veían las señales y los oídos que las escuchaban como un estallido hecho con alarmas infinitas. Me persuadió con suavidad de dejarlo hacer, de darle la oportunidad de remediar, de sanar, de intentar ayudar. Su voz se impuso al frenético chillar de mis alarmas que gritaban: ábrete, ábrete de ahí, todavía estás a tiempo, ábrete porque te vas a joder, el despecho es una situación irremediable.


Pude mantener el orden durante algunos días a pesar de que todas las rogativas externas que coparon el buzón de correo comenzaron a encimarse, a formar montículos de llantos o de exigencias que se superpusieron, unos sobre otros, hasta bloquear la puerta.


Mandé a Benedict a explorar el Congo y establecí un muro de silencio frente al muro de cartas sin abrir.


Fui prudente porque soy prudente y analítico cuando Benedict no juega en mi partido y, aunque todo aquel voluminoso material seguía llegando, opté por no mirarlo siquiera de reojo y dejarlo en el porche de los lamentos sin codificar.


Cuando Benedict volvió del Congo, empezó la debacle porque rompió el silencio que tan saludables nos mantenía a salvo. 


También yo tuve que decir en esa oportunidad algunas cosas, como para cortar el maremágnum, pero él, con esa piedad tan suya y tan abstrusa y su ridícula vocación de servicio voluntario para la asistencia de las almas en pena, quiso intentar remedios de esos que no existen para curar corazones que no es que se rompieron, es que nunca fueron corazones sino estómagos de gorditas arañas venenosas que tienden sedas pegajosas y dulces para atrapar incautos escarabajos feos y piadosos como Benedict. 


Ahora que sabe que siempre tuve razón, lo senté junto a mí a leer tanta correspondencia malhadada, donde se acumulaban, una detrás de otra, las señales de peligro que él jamás entendió más allá de la pena que le daba la mano que escribía. 


Benedict se pone muy tonto frente a los que le cuentan extensas letanías de infortunios.


Las señales siempre estuvieron y además, yo las reconocí. Eran macabras y brillan aún violentamente al repasar tanto falaz palabrerío y pienso entonces en mi responsabilidad. 


Estamos en este desgraciado punto de la historia porque, aunque pude transmitirle a Benedict que todo lo que esa correspondencia encerraba era un largo artificio conflictivo escrito desde un puño delirante que tarde o temprano giraría, no para devolverle el sostén o la caricia sino para clavarle los quelíceros - dormido y por la espalda-, no lo hice. 


Las cartas siguen allí. Ya llegará el momento de necesitar un buen fuego que ilumine con claridad y para Benedict, el rostro de la araña. Espero que me escuche cuando le diga: “no, no te necesita, es un araña” por más que Benedict vea una mujer que llora.


—Miller siempre fue peligrosa. —dice con lentitud David Rojas mientras retira de sus orejas los auriculares e intenta estirar las piernas— ¿Escribes sobre ella? Hasta que no la mates no vas a resolver ese asunto. Es algo que todos sabemos, tío…

—Tiempo al tiempo. Las venganzas están hechas para paladares exigentes. 

La voz de Jaid se apaga dentro del estrecho espacio de la van, como bajo el peso de su mano se apaga la luz de la portátil.


(De: Sensación de moebius)


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