Búsquense su voz, no usen la mía

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Presentación del hombre

Me matará el ir de frente y decidido
y esta inútil fuerza de macho convencido. (De madrugada - Patxi Andión)

Parafraseando a Serrat

Parafraseando a Serrat :

"La verdad no es prepotente. Lo que no tiene es remedio".

domingo

Prosopagnosia



“O se implementan estrategias —que a veces entrañan tender trampas— para no caer entrampado  o se cae en las trampas que las estrategias de otros tendieron para atrapar ese paso en falso que nadie está exento de dar y por el cual se termina en el suelo y de rodillas.

Tropezar al borde del abismo implica, como posibilidad inequívoca, caer en él o al menos resbalar hacia él.

Muchas veces no hay ninguna matita de la que aferrarse y se rueda, indefectiblemente, hacia el fondo final. Otras, uno alcanza a aferrarse. En vez de caer queda pendiendo ahí, sobre el vacío, como una cosa, suspendida y trágica, que patalea si no se es ducho en esa clase de riesgos atléticos y termina, con tanto escándalo, por arrancar la generosa matita proveída por la naturaleza, cumpliendo, en tiempo y forma, el destino de estrellarse. Si es ducho no patalea y, con pericia, consigue trepar, aunque el borde sea de ese pedregullo flojo que se desgrana en la mano, solidario con el cometido del destino.

La superficie entonces, es otra cosa. Uno descubre la matita salvadora y el traicionero pedregullo desgranable y por las dudas, descubre también sus propios zapatos y sus propios movimientos desventurados.

Luego evalúa su propia vocación de bordeador de abismos, de equilibrista de riberas representadas por cuerdas flojas, de experto clavadista en ollas marítimas rodeadas de escolleras. Se evalúa, digamos, porque tiene que recuperar la confianza que el abismo le acaba de morder.

Cuando se mira hacia abajo y se ve el fondo de esa boca que no tiene fondo, y se sabe que allí es donde se apilan uno sobre otros los cadáveres de otros equilibristas, el abismo se apodera de los pasos de su bordeador y los devora con pasional lentitud.

Caminar por su labio, entonces, es vivir en un vahído perpetuo donde la realidad parece hologramática y el suelo no es el suelo ni el aire es el aire y todos los movimientos son en falso.

Ese es el verdadero aprendizaje. Caminar sin temor entre lo falso como si fuera verdadero o, mejor aún, entender con la convicción más profunda y rudimentaria, que lo verdadero de ciertos caminos es exclusivamente lo falsos que son.”

—Busquemos uno que conozcamos más.— me dice Benedict tratando de reconocerme en el espejo.

—Son todos iguales. Como nosotros dos.

— ¿Por eso los vas…?

Me paro, ahora, entre Benedict y el espejo. Mi forma anula la suya ahí, en ese lugar en el que nos miramos los dos.

—Sí. Eliminando… —digo, con tranquilidad eufemística— hasta que demos con el que en realidad es, por una sencilla cuestión de supresión ¿Te parece mal?

Como no me contesta, sé que se ha ido, como toda vez que no quiere ensuciarse las manos con sangre ni con lágrimas.



(De: Animal de tormenta)


martes

De las cartas cerradas y otras incoherencias




 Carta sin enviar

Seguramente es el cansancio que arrastro y que va más allá de lo físico, lo que me separa violentamente de lo literario. 

Mi pasión queda ahí, colgada como una pobre pena, desahuciada en una plaza seca. 

La dejo atrás mientras me voy, lo mismo que si me hubiese quitado un perramo porque dejó de llover. Lo olvido en el perchero de un bar ocasional, donde bebí té antes de marcharme y abandonarlo. Como no llueve afuera, ya el perramo no es parte de mi necesidad y queda atrás.

O quizás es que ya he escrito demasiadas veces la misma página del mismo libro y aunque quiera cambiar mis infinitos, son sólo infinitos que se repiten y repiten, infinitamente.

A veces necesito, con desesperación, regresar a mi casa.





jueves

Técnicas de cacería





Un animal de tormenta o un animal del miedo son dos definiciones que me gustan de mí. Es poco probable que el apuro me acontezca, siquiera cuando estoy agazapado y estático y lo único pulsátil que se perciba de mi forma sea la aguda necesidad del salto encima de la presa.

Pulsa dentro de mí con una urgencia torturante, agarrotando los músculos en la estrechez y contención a las que los someto, porque no todos los tiempos son el tiempo de hacer algunas cosas, por más exigencia que tengamos en concretar el hecho de morder.

Entonces, contenido, imagino el bocado, el sabor del bocado, esa disolución carnosa y salivar, con gusto líquido. Esa sensación en las manos de temblorosa expectación que recorre a la presa cuando  —casi sin utilizar mi fuerza— la contengo.

Para ciertas cuestiones soy una bestia calma que se toma su tiempo. Lo más disfrutable es sentir la urgencia y posponerla, trabajar en el ímpetu como una condición de la satisfacción.

Tuve mis tiempos en que era puro ímpetu y nada podía detener mi voluntad de salto. Entonces disfrutaba de la presa cayendo, de sentirla caer y de las magulladuras que provoca el revolcón sobre la tierra de la cacería. La devoraba con intemperancia como al último banquete de este mundo y no guardaba siquiera un sesamoideo de recuerdo. Masticaba hasta los sesamoideos y olvidaba, olvidaba con rapidez. Siempre había otra presa por delante y en mí, siempre había otra furia.

Los años, sin embargo, van dotándome de técnicas más dulces que se ajustan mejor a mis partes peores. Técnicas que no precisan de tanto despliegue muscular y se vuelven mucho más viscerales, más intensas, más ajedrecísticas y más satisfactorias. 

Como se aprende a matar un enemigo, también se aprende a matar un corazón sin ensuciarse.


(De: Back to black) 


martes

Nightmare



No quiso explicarle a Ezra el motivo de su pregunta aunque al otro le resultara extraña y hasta irrisoria.

— ¿A qué le llamarías tú estar hechizado? —había preguntado Iorân. 

Ezra no esperaba esa clase de preguntas en Jeirch así que elaboró una sonrisa burlona, mientras meneaba la cabeza y maquinaba una respuesta.

— ¿En ti?... A estar afiebrado. —dijo por fin, riéndose— Anda, no digas tonterías. Este lugar te está afectando demasiado porque no te relajas ni cuando duermes.

Ezra, a pesar del reproche y la chanza, solía dar en el clavo sobre las conductas de Iorân y sus cambios de humor.

—Ni cuando duermo… —escuchó que afirmaba su compañero, por detrás del borde del pocillo de té.

Las imágenes aparecían con intensidad cuando la pesadilla se reiteraba y Jeirch amanecía gimiendo, empapado y exhausto. 

En realidad había terminado por considerar una pesadilla ese reiterativo sueño lúbrico que lo asaltaba con las mismas exactas figuraciones, una y otra vez y en el cual se asfixiaba y retorcía hasta que conseguía recuperarse para la vida y la conciencia. Despertaba entonces de un humor destemplado, intolerante, como si le apremiara deshacerse de una agresividad pródiga en matices descargándola sobre cualquier cosa que cruzara a su paso.

Se estabilizaba con lentitud conforme corrían las horas, hasta que alcanzaba su normal equilibrio. Luego temía dormir. Si anteriormente dormir le resultaba una dificultad, el sueño aquel, convertido en una pesadilla sin remedio, le preocupaba aún más que el insomnio consuetudinario que llevaba años padeciendo.

El viaje al pueblo con La Heredera había hecho extraños estragos en su aplomo, aunque esa era una situación que aceptaba privadamente, como se asumen los cataclismos y las destemplanzas del alma.

Frente al espejo se posesionaba de sí mismo. Frente al espejo asumía el disfrute, la aventura, el éxtasis y se conformaba admitiendo su virilidad contra todo sistema moralmente represivo y contra todo deber. Sobre todo, contra todo deber.

Todo pasa por mí y depende de mí, se decía, al momento de encarar las mañanas posteriores al sueño y posteriores, sobre todo, al viajecillo aquel.

La Heredera y él lo habían disfrutado como niños que repentinamente se ven adolescentes y no saben qué hacer con sus hormonas. 

Iorân sonreía al pensar eso. Se observaba dentro de sus ojos y descubría a ese niño que nunca había sido y que seguía demorando en ser. Un adolescente que no ha sido un niño y un niño que en realidad siempre fue un hombre. Miraba sus ojos y pensaba que su vida constituía sólo un trabalenguas donde todas las palabras significan alguna otra cosa que él seguía aguardando descubrir.

Vestido con ropa casual, tal como La Señora le había exigido, representaba muchos menos años de los que contaba en el haber. 

Pensaba que aquella ropa le había quitado el chaleco de fuerza del protocolo, igual que no afeitarse y liberar su densa mata de cabello de la adusta prisión del fijador y como siempre había sido un ente libertario, era plausible dejarse llevar por el momento de enseñar la vida a esa muchacha extraña que viajaba en el automóvil a su lado.

Aquella tarde le enseñó a manejar a una mujer que reía. Le enseñó algo que nadie había puesto empeño en enseñarle con anterioridad a esa muchacha que dependía de choferes y sirvientes. Y la dejó conducir el automóvil durante todo el regreso, sin levantar la voz, sólo guiándola. “Si nos llevas de vuelta, timonearás tu vida”, le dijo, solamente.

El pueblo al que llegaron era una postal suiza. Un lugar reclinado sobre piedra, lleno de gente que parecía muy feliz. Las personas eran amables, hogareñas. Los comerciantes eran dispuestos y hábiles. Los turistas que abundaban eran turistas condicionados a la felicidad de estar allí. 

Iorân y Analisse se divirtieron hablándoles a todos en los varios idiomas que sabían y regateando por un chocolate o un croissant con la misma energía que poseen los niños caprichosos.

El pueblo fue un descubrimiento para La Heredera, mientras volaba con su larga cabellera al viento en un avión de lata de los juegos mecánicos o montaba en un pegaso rubio que giraba en un carrusel inhabitado, mientras luchaba por obtener la sortija que las manos del encargado regateaban.

Disparó un viejo rifle de aire comprimido contra patitos de lata que viajaban en una cinta mecánica, y obtuvo la enorme muñeca de paño que pretendía sólo cuando Iorân apoyó sus manos sobre las de ella y calibró por experiencia la torcedura del cañón. Mientras lo hacía respiró el perfume que envolvía el cuerpo de Analisse como un soplo de aire transparente que bajaba vigoroso desde las cumbres.
 
La mujer que regenteaba el puesto entregó a la muchacha aquella enorme criatura de cabellos de lana, sonrisa pintada y ojos de botones azules, susurrando: “Buen cazador tu padre”.

—No es mi padre. —la corrigió Analisse, con un tono peculiar. El mismo tono peculiar con que la muchacha hablaba en la pesadilla.

Cenaron en la plaza del pueblo, debajo de la luna, mirando un espectáculo de músicos tristes que entonaban baladas melancólicas y acabaron en un karaoke cantando en mal francés.
 
Luego bailaron. Bailaron suavemente, como dos gatos viejos que conocen la voz de todas las cadencias. 

Analisse bailaba poco y mal, pero las manos de él despertaron los ritmos de la tribu y así se mantuvieron, entremezclados en la pasión de todos los turistas y en la propia, hasta que los echaron del lugar.

Vieron amanecer en las montañas contándose historias diminutas.

Regresaron despacio.

La pesadilla irrumpió dos días después, como un grupo de asalto que tomara a sangre y fuego un objetivo mal defendido.

Resultaba violentamente vívida, pulsátil, absorbente. Nacía de la luz, lo mismo que el amanecer y producía el mismo efecto inmovilizador que una farola al encandilar un animal cazado. Iorân se sentía así: cazado, atrapado de forma irremediable por las sensaciones inflexibles que lo dejaban temblando piel adentro.

En el sueño, Analisse llegaba igual que un resplandor que se acoplaba dulcemente a él, extendiéndose encima de su cuerpo como si lo abrigara. La luz, que era sonora y tibia, lamía la carne con húmeda fruición e iba traduciéndose en contornos palpables al tacto de Iorân, como si fueran sus manos las que moldeaban la forma de la joven sobre él.
 
La sensación entre ellos era de una ansiedad espesa y profunda, sofocante, al igual que los besos en que las lenguas se anudaban lo mismo que animales, mojados y rabiosos. 

En el sueño, Analisse siempre era virgen. Una virgen sacrificial y extraña, desnuda como un enorme pájaro de piel resplandeciente, que buscaba morir.

La intención última de aquella frenética danza sexual era la muerte. Iorân lo percibía como un pacto, algo ya convenido aún antes de comenzar a suceder y que acababa en un aullido seminal y sangriento.

Ella siempre era virgen y lloraba en una colérica quejumbre dolorosa, montada sobre él y pugnando por la penetración calculada y metódica que su sexo pequeño resistía, infranqueable.

Por momentos ella y él compartían el sueño y por momentos, dentro del sueño mismo, Iorân era apenas un espectador, un voyeur relegado a masturbarse con la exasperada excitación de la muchacha sobre una forma de madera fálica.

El sueño siempre terminaba igual y era a ese final al que Iorân temía. 

La poseía al fin, furiosamente y en ese instante, de Analisse brotaban dos enormes alas de ángel renacentista como de su garganta brotaba un grito de dolor interminable. La muchacha estallaba sobre él, convertida en un revoltijo de colgajos sangrientos y plumas que bañaban toda la habitación y se le metían a Jeirch entre los labios hasta que despertaba embadurnado en sudor y semen.

(De: Upon the time)

jueves

Imaginario del predador



Mientras el handy crujía sujeto por su mano, observó a la muchacha con quietud.

La observó con la quietud profunda que mantiene un gato al estudiar un pájaro que camina delante de sus ojos indescriptiblemente cazadores mientras sentía en la conciencia una humedad atónita, como la que ocupaba los espacios mohosos del castillo donde se esparcían las plantas en sus mínimas junglas imprudentes dentro de una penumbra de lúgubre piedra abandonada.

Iorân Jeirch conocía su interior animal y era en su interior animal donde los sentimientos sufrían una maceración peligrosa que mutaba en sensaciones grotescas y acuciantes, como si lentamente su fuerte raciocinio fuera dejando paso a un ente mórbido y transgresor que se le escapara de las manos para crear ámbitos furiosos. 

Estaba consciente de ser un predador promiscuo que había nacido predador y que se comportaba con toda fe igual que un predador. Pero esta vez, luchaba. No aceptaba el estigma de la condición y luchaba con ella, sin ceder a la dulce invitación de los sentidos, cada vez más embargados por aquella necesidad de romper todos los códigos que no deben romperse jamás de los jamases.

Se concebía a sí mismo como el hombre y su razón y así se demostraba frente a todos. Lo del hombre y su pasión lo reservaba para la privacidad de momentos como ese, a solas consigo y con sus apetencias y sus fantasías.

Esa Analisse que llenaba sus ojos de detalles era como el pájaro. 

Hermosa como el pájaro encima de la grama pulida del jardín ancho y hondo, retozaba con una lozanía de cachorro y una virtud de flor recién abierta. Era aterciopelada y aromática, esbelta como un sueño con navíos, undosa como el viento, joven como las ansias de vivir.

A través del ventanal de vidrios biselados y desde aquel austero espacio que olía a maderas y a cueros, Iorân Jeirch observaba con gloriosa inquietud los juegos de la muchacha sola, porque Analisse no era otra cosa que una muchacha sola jugando en un jardín desmesurado.

Para observarla, se había reclinado —como si a sí mismo se pesara— contra la jamba izquierda de aquella ventana acristalada con vidrios pintados y transparentes que representaban una escena épica y desde esa posición, lejana y alta, dominar el amplio espacio de la jardinería y a su vez a esa Analisse inalcanzable, allí.

¿Qué imaginaba la muchacha sola bajo el sol de la siesta?

Recordó aquello.

“Mi vida es solamente una pregunta muerta; vaga y muerta”

Él lo había escrito al pasar, en un momento de esos en los que aquellas frases le llegaban como un golpe de suerte en la extraña ruleta de su extraño cerebro. 

Estaban en las cocinas, conversando, cuando surgió la idea. 

Anastasia Kleim tuvo que proveerlo con urgencia de lápiz y papel, delegando en manos de Analisse revolver un dulce de grosellas para el que nadie tenía en el castillo una mano como el Ama de Llaves, según las expertas aseveraciones de La Señora, mientras Jeirch repetía compulsivamente con la memoria y con la boca aquella frase de inoportuna aparición, tratando de no perderla como tantas que se le perdían por llegar en los momentos más desacertados a su mente.

Cuando Anastasia Kleim pudo surtirlo de los elementos de escritura, entre Analisse y Jeirch se había establecido un debate filosófico y la muchacha, sin dejar de revolver el dulce que ebullía en un rojo sanguíneo, había rebatido el postulado de aquella frase trágica.

—Tu vida, en todo caso, es sólo una pregunta triste…Como lo es la de todos… 

Él, sin embargo, escribió aquello que su mente le dictaba a su mano y sólo después de escribirlo y guardar el trozo de papel en uno de los bolsillos de su uniforme negro, decidió contestar.

—Digamos que son formas de verlo. —respondió.

Mirando ahora a Analisse en medio del amplísimo parque castellano, como si fuera a perderse de un momento a otro entre los verdes, el Jefe de Seguridad se preguntó qué clase de interrogante sería la muchacha y qué respuesta tendría para ser resuelto.
Abstraído como estaba en la contemplación de la frescura que los juegos de Analisse le transmitían, no prestó atención al breve sonido de la puerta, hasta que sintió la presencia avanzando hacia él.

Había aprendido a reconocer a Frau Bertha por su aroma.

La mujer tenía un vaho a convento, a cosa inmóvil que se ha guardado demasiado tiempo dentro de un mueble de abedul. Había en su ropa una presencia pálida de incienso y espliego que se aposentaba con suavidad dentro del aire como si fuera la sombra de un perfume abandonado allí por un fantasma maderoso.

Jeirch no giró para mirar a Frau Bertha, obedeciendo a la percepción que producía en él aquel perfume. Permaneció en la indolente posición que había adoptado para disfrutar de las evoluciones de Analisse. Después de todo era su momento de descanso y hacía con él lo que quería, pensó, sin atender tampoco a los crujidos del handy que aferraba en su mano. 

Sin embargo, notó justamente aquel detalle: la crispación de su mano, antes relajada, sobre el aparato crujidor. La atribuyó a esa Frau Bertha que se le acercaba como si ella fuera totalmente perfume, un perfume que no hiciera ruido mientras tomaba el aire por asalto.

—Buenas tardes, frau. —optó por murmurar, para quitar de sí la incomodidad que siempre le provocaba topar con la mujer y para que ella advirtiera que aunque caminara como un gato encima de un papel de arroz, él estaba alerta. 

A veces fantaseaba con que aquella institutriz rígida y aromática llegaba por detrás a clavarle en la espalda un enorme cuchillo de cocina. 

Porque no escuchó la respuesta, Jeirch regresó los ojos al interior espacioso de la biblioteca. 

Como cuando niño, esos espacios atiborrados de libros que emanaban el rotundo aroma del papel, eran ese refugio en que podía volver a ser él mismo. Pero eso, pocas personas llegaban a saberlo. Jeirch se sentía a salvo entre los libros, mudado de su piel, un personaje que puede regresar hasta una página y no salir de allí cuando hay tormenta. Quizás, por esa condición, es que escribía.

Le molestó no ver a la mujer. 

Él, que jamás dudaba de su instinto, dudó casi con ira y respiró profundo, intentando catar las notas perfumadas que se disimulaban como luces pequeñas en el aroma general de aquella habitación llena de libros.

Todo a su alrededor estaba igual.

—Esta gente traspasa las paredes. —gruñó, como si fuera el personaje y no ese hombre tallado en el rigor al que era inútil convencer de esas cosas.

Cuando miró el jardín por nueva vez, Analisse ya no estaba y sobre Jeirch creció una frustración ambigua, como si esa distracción sólo hubiera servido para robarle algo, para privarlo de ese solaz lúbrico que le proporcionaba desde lejos la visión de la Heredera entre las flores.


(De: Upon the time) 

Imagen by Daniel Gerhartz

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