Búsquense su voz, no usen la mía

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Presentación del hombre

Me matará el ir de frente y decidido
y esta inútil fuerza de macho convencido. (De madrugada - Patxi Andión)

Parafraseando a Serrat

Parafraseando a Serrat :

"La verdad no es prepotente. Lo que no tiene es remedio".

martes

Nightmare



No quiso explicarle a Ezra el motivo de su pregunta aunque al otro le resultara extraña y hasta irrisoria.

— ¿A qué le llamarías tú estar hechizado? —había preguntado Iorân. 

Ezra no esperaba esa clase de preguntas en Jeirch así que elaboró una sonrisa burlona, mientras meneaba la cabeza y maquinaba una respuesta.

— ¿En ti?... A estar afiebrado. —dijo por fin, riéndose— Anda, no digas tonterías. Este lugar te está afectando demasiado porque no te relajas ni cuando duermes.

Ezra, a pesar del reproche y la chanza, solía dar en el clavo sobre las conductas de Iorân y sus cambios de humor.

—Ni cuando duermo… —escuchó que afirmaba su compañero, por detrás del borde del pocillo de té.

Las imágenes aparecían con intensidad cuando la pesadilla se reiteraba y Jeirch amanecía gimiendo, empapado y exhausto. 

En realidad había terminado por considerar una pesadilla ese reiterativo sueño lúbrico que lo asaltaba con las mismas exactas figuraciones, una y otra vez y en el cual se asfixiaba y retorcía hasta que conseguía recuperarse para la vida y la conciencia. Despertaba entonces de un humor destemplado, intolerante, como si le apremiara deshacerse de una agresividad pródiga en matices descargándola sobre cualquier cosa que cruzara a su paso.

Se estabilizaba con lentitud conforme corrían las horas, hasta que alcanzaba su normal equilibrio. Luego temía dormir. Si anteriormente dormir le resultaba una dificultad, el sueño aquel, convertido en una pesadilla sin remedio, le preocupaba aún más que el insomnio consuetudinario que llevaba años padeciendo.

El viaje al pueblo con La Heredera había hecho extraños estragos en su aplomo, aunque esa era una situación que aceptaba privadamente, como se asumen los cataclismos y las destemplanzas del alma.

Frente al espejo se posesionaba de sí mismo. Frente al espejo asumía el disfrute, la aventura, el éxtasis y se conformaba admitiendo su virilidad contra todo sistema moralmente represivo y contra todo deber. Sobre todo, contra todo deber.

Todo pasa por mí y depende de mí, se decía, al momento de encarar las mañanas posteriores al sueño y posteriores, sobre todo, al viajecillo aquel.

La Heredera y él lo habían disfrutado como niños que repentinamente se ven adolescentes y no saben qué hacer con sus hormonas. 

Iorân sonreía al pensar eso. Se observaba dentro de sus ojos y descubría a ese niño que nunca había sido y que seguía demorando en ser. Un adolescente que no ha sido un niño y un niño que en realidad siempre fue un hombre. Miraba sus ojos y pensaba que su vida constituía sólo un trabalenguas donde todas las palabras significan alguna otra cosa que él seguía aguardando descubrir.

Vestido con ropa casual, tal como La Señora le había exigido, representaba muchos menos años de los que contaba en el haber. 

Pensaba que aquella ropa le había quitado el chaleco de fuerza del protocolo, igual que no afeitarse y liberar su densa mata de cabello de la adusta prisión del fijador y como siempre había sido un ente libertario, era plausible dejarse llevar por el momento de enseñar la vida a esa muchacha extraña que viajaba en el automóvil a su lado.

Aquella tarde le enseñó a manejar a una mujer que reía. Le enseñó algo que nadie había puesto empeño en enseñarle con anterioridad a esa muchacha que dependía de choferes y sirvientes. Y la dejó conducir el automóvil durante todo el regreso, sin levantar la voz, sólo guiándola. “Si nos llevas de vuelta, timonearás tu vida”, le dijo, solamente.

El pueblo al que llegaron era una postal suiza. Un lugar reclinado sobre piedra, lleno de gente que parecía muy feliz. Las personas eran amables, hogareñas. Los comerciantes eran dispuestos y hábiles. Los turistas que abundaban eran turistas condicionados a la felicidad de estar allí. 

Iorân y Analisse se divirtieron hablándoles a todos en los varios idiomas que sabían y regateando por un chocolate o un croissant con la misma energía que poseen los niños caprichosos.

El pueblo fue un descubrimiento para La Heredera, mientras volaba con su larga cabellera al viento en un avión de lata de los juegos mecánicos o montaba en un pegaso rubio que giraba en un carrusel inhabitado, mientras luchaba por obtener la sortija que las manos del encargado regateaban.

Disparó un viejo rifle de aire comprimido contra patitos de lata que viajaban en una cinta mecánica, y obtuvo la enorme muñeca de paño que pretendía sólo cuando Iorân apoyó sus manos sobre las de ella y calibró por experiencia la torcedura del cañón. Mientras lo hacía respiró el perfume que envolvía el cuerpo de Analisse como un soplo de aire transparente que bajaba vigoroso desde las cumbres.
 
La mujer que regenteaba el puesto entregó a la muchacha aquella enorme criatura de cabellos de lana, sonrisa pintada y ojos de botones azules, susurrando: “Buen cazador tu padre”.

—No es mi padre. —la corrigió Analisse, con un tono peculiar. El mismo tono peculiar con que la muchacha hablaba en la pesadilla.

Cenaron en la plaza del pueblo, debajo de la luna, mirando un espectáculo de músicos tristes que entonaban baladas melancólicas y acabaron en un karaoke cantando en mal francés.
 
Luego bailaron. Bailaron suavemente, como dos gatos viejos que conocen la voz de todas las cadencias. 

Analisse bailaba poco y mal, pero las manos de él despertaron los ritmos de la tribu y así se mantuvieron, entremezclados en la pasión de todos los turistas y en la propia, hasta que los echaron del lugar.

Vieron amanecer en las montañas contándose historias diminutas.

Regresaron despacio.

La pesadilla irrumpió dos días después, como un grupo de asalto que tomara a sangre y fuego un objetivo mal defendido.

Resultaba violentamente vívida, pulsátil, absorbente. Nacía de la luz, lo mismo que el amanecer y producía el mismo efecto inmovilizador que una farola al encandilar un animal cazado. Iorân se sentía así: cazado, atrapado de forma irremediable por las sensaciones inflexibles que lo dejaban temblando piel adentro.

En el sueño, Analisse llegaba igual que un resplandor que se acoplaba dulcemente a él, extendiéndose encima de su cuerpo como si lo abrigara. La luz, que era sonora y tibia, lamía la carne con húmeda fruición e iba traduciéndose en contornos palpables al tacto de Iorân, como si fueran sus manos las que moldeaban la forma de la joven sobre él.
 
La sensación entre ellos era de una ansiedad espesa y profunda, sofocante, al igual que los besos en que las lenguas se anudaban lo mismo que animales, mojados y rabiosos. 

En el sueño, Analisse siempre era virgen. Una virgen sacrificial y extraña, desnuda como un enorme pájaro de piel resplandeciente, que buscaba morir.

La intención última de aquella frenética danza sexual era la muerte. Iorân lo percibía como un pacto, algo ya convenido aún antes de comenzar a suceder y que acababa en un aullido seminal y sangriento.

Ella siempre era virgen y lloraba en una colérica quejumbre dolorosa, montada sobre él y pugnando por la penetración calculada y metódica que su sexo pequeño resistía, infranqueable.

Por momentos ella y él compartían el sueño y por momentos, dentro del sueño mismo, Iorân era apenas un espectador, un voyeur relegado a masturbarse con la exasperada excitación de la muchacha sobre una forma de madera fálica.

El sueño siempre terminaba igual y era a ese final al que Iorân temía. 

La poseía al fin, furiosamente y en ese instante, de Analisse brotaban dos enormes alas de ángel renacentista como de su garganta brotaba un grito de dolor interminable. La muchacha estallaba sobre él, convertida en un revoltijo de colgajos sangrientos y plumas que bañaban toda la habitación y se le metían a Jeirch entre los labios hasta que despertaba embadurnado en sudor y semen.

(De: Upon the time)

jueves

Imaginario del predador



Mientras el handy crujía sujeto por su mano, observó a la muchacha con quietud.

La observó con la quietud profunda que mantiene un gato al estudiar un pájaro que camina delante de sus ojos indescriptiblemente cazadores mientras sentía en la conciencia una humedad atónita, como la que ocupaba los espacios mohosos del castillo donde se esparcían las plantas en sus mínimas junglas imprudentes dentro de una penumbra de lúgubre piedra abandonada.

Iorân Jeirch conocía su interior animal y era en su interior animal donde los sentimientos sufrían una maceración peligrosa que mutaba en sensaciones grotescas y acuciantes, como si lentamente su fuerte raciocinio fuera dejando paso a un ente mórbido y transgresor que se le escapara de las manos para crear ámbitos furiosos. 

Estaba consciente de ser un predador promiscuo que había nacido predador y que se comportaba con toda fe igual que un predador. Pero esta vez, luchaba. No aceptaba el estigma de la condición y luchaba con ella, sin ceder a la dulce invitación de los sentidos, cada vez más embargados por aquella necesidad de romper todos los códigos que no deben romperse jamás de los jamases.

Se concebía a sí mismo como el hombre y su razón y así se demostraba frente a todos. Lo del hombre y su pasión lo reservaba para la privacidad de momentos como ese, a solas consigo y con sus apetencias y sus fantasías.

Esa Analisse que llenaba sus ojos de detalles era como el pájaro. 

Hermosa como el pájaro encima de la grama pulida del jardín ancho y hondo, retozaba con una lozanía de cachorro y una virtud de flor recién abierta. Era aterciopelada y aromática, esbelta como un sueño con navíos, undosa como el viento, joven como las ansias de vivir.

A través del ventanal de vidrios biselados y desde aquel austero espacio que olía a maderas y a cueros, Iorân Jeirch observaba con gloriosa inquietud los juegos de la muchacha sola, porque Analisse no era otra cosa que una muchacha sola jugando en un jardín desmesurado.

Para observarla, se había reclinado —como si a sí mismo se pesara— contra la jamba izquierda de aquella ventana acristalada con vidrios pintados y transparentes que representaban una escena épica y desde esa posición, lejana y alta, dominar el amplio espacio de la jardinería y a su vez a esa Analisse inalcanzable, allí.

¿Qué imaginaba la muchacha sola bajo el sol de la siesta?

Recordó aquello.

“Mi vida es solamente una pregunta muerta; vaga y muerta”

Él lo había escrito al pasar, en un momento de esos en los que aquellas frases le llegaban como un golpe de suerte en la extraña ruleta de su extraño cerebro. 

Estaban en las cocinas, conversando, cuando surgió la idea. 

Anastasia Kleim tuvo que proveerlo con urgencia de lápiz y papel, delegando en manos de Analisse revolver un dulce de grosellas para el que nadie tenía en el castillo una mano como el Ama de Llaves, según las expertas aseveraciones de La Señora, mientras Jeirch repetía compulsivamente con la memoria y con la boca aquella frase de inoportuna aparición, tratando de no perderla como tantas que se le perdían por llegar en los momentos más desacertados a su mente.

Cuando Anastasia Kleim pudo surtirlo de los elementos de escritura, entre Analisse y Jeirch se había establecido un debate filosófico y la muchacha, sin dejar de revolver el dulce que ebullía en un rojo sanguíneo, había rebatido el postulado de aquella frase trágica.

—Tu vida, en todo caso, es sólo una pregunta triste…Como lo es la de todos… 

Él, sin embargo, escribió aquello que su mente le dictaba a su mano y sólo después de escribirlo y guardar el trozo de papel en uno de los bolsillos de su uniforme negro, decidió contestar.

—Digamos que son formas de verlo. —respondió.

Mirando ahora a Analisse en medio del amplísimo parque castellano, como si fuera a perderse de un momento a otro entre los verdes, el Jefe de Seguridad se preguntó qué clase de interrogante sería la muchacha y qué respuesta tendría para ser resuelto.
Abstraído como estaba en la contemplación de la frescura que los juegos de Analisse le transmitían, no prestó atención al breve sonido de la puerta, hasta que sintió la presencia avanzando hacia él.

Había aprendido a reconocer a Frau Bertha por su aroma.

La mujer tenía un vaho a convento, a cosa inmóvil que se ha guardado demasiado tiempo dentro de un mueble de abedul. Había en su ropa una presencia pálida de incienso y espliego que se aposentaba con suavidad dentro del aire como si fuera la sombra de un perfume abandonado allí por un fantasma maderoso.

Jeirch no giró para mirar a Frau Bertha, obedeciendo a la percepción que producía en él aquel perfume. Permaneció en la indolente posición que había adoptado para disfrutar de las evoluciones de Analisse. Después de todo era su momento de descanso y hacía con él lo que quería, pensó, sin atender tampoco a los crujidos del handy que aferraba en su mano. 

Sin embargo, notó justamente aquel detalle: la crispación de su mano, antes relajada, sobre el aparato crujidor. La atribuyó a esa Frau Bertha que se le acercaba como si ella fuera totalmente perfume, un perfume que no hiciera ruido mientras tomaba el aire por asalto.

—Buenas tardes, frau. —optó por murmurar, para quitar de sí la incomodidad que siempre le provocaba topar con la mujer y para que ella advirtiera que aunque caminara como un gato encima de un papel de arroz, él estaba alerta. 

A veces fantaseaba con que aquella institutriz rígida y aromática llegaba por detrás a clavarle en la espalda un enorme cuchillo de cocina. 

Porque no escuchó la respuesta, Jeirch regresó los ojos al interior espacioso de la biblioteca. 

Como cuando niño, esos espacios atiborrados de libros que emanaban el rotundo aroma del papel, eran ese refugio en que podía volver a ser él mismo. Pero eso, pocas personas llegaban a saberlo. Jeirch se sentía a salvo entre los libros, mudado de su piel, un personaje que puede regresar hasta una página y no salir de allí cuando hay tormenta. Quizás, por esa condición, es que escribía.

Le molestó no ver a la mujer. 

Él, que jamás dudaba de su instinto, dudó casi con ira y respiró profundo, intentando catar las notas perfumadas que se disimulaban como luces pequeñas en el aroma general de aquella habitación llena de libros.

Todo a su alrededor estaba igual.

—Esta gente traspasa las paredes. —gruñó, como si fuera el personaje y no ese hombre tallado en el rigor al que era inútil convencer de esas cosas.

Cuando miró el jardín por nueva vez, Analisse ya no estaba y sobre Jeirch creció una frustración ambigua, como si esa distracción sólo hubiera servido para robarle algo, para privarlo de ese solaz lúbrico que le proporcionaba desde lejos la visión de la Heredera entre las flores.


(De: Upon the time) 

Imagen by Daniel Gerhartz

martes

Sonoro


Decir ishtî es como si en español dijera estrella.

Tiene ese sabor a luz cuajada en una oscuridad irreductible, un ala vítrea que destella, desprendida, desde una mariposa que no veo.
Tiene un sonido al brillo que se busca en la sombra como si apenas se oyera un cascabel.
Es un campanilleo de llamada que trae un viento acústico hasta esta situación donde no hay aire.

Me mantengo al acecho con la zarpa dolida y la mirada vieja de mirar, que si más busca más se me envejece, añoradora.

No sé si veo o sueño o sueño lo que veo o veo lo que sueño mientras se va y vuelve un escritor terrestre y viajador que escapa y que regresa, buscando islas robadas a un tiempo con aromas de manzanas y mar, como un pirata joven con una nave vírgen que espera hallar tesoros debajo de todas las tormentas.

Ishtî también suena a conjuro, igual que abracadabra, a ¡hágase la luz! 


Tiene un sonido similar a ahora, aquí y ahora, no un sonido elusivo, postergable, lo mismo que un pretérito imperfecto.
Es una voz profunda de reclamo, imperativa voz, voz posesiva, no una voz abatible sino de aquellas territoriales y filosas voces con que se graba en piedra una consigna.

Ishtî para nombrar el resplandor y el vértigo en la noche al fondo de la espera y al fondo del que vuelve, con las manos oliendo a sal y aire, por la margen del río y el tumulto.



Imagen: Zafir by Gadia Photo


Resumen de los tigres





Qué somos, en resumen,
si no una parca herida melancólica,
un tajo en un papel
una desdicha tenue que el contacto enmascara.

No somos populares debido a la sonrisa
que aún nos permanece sin salir a la venta
ni somos populares por dispendio de manos
que fornican caricias en las que nunca creen.

Solos, como tigres antiguos ya sin madre
que aprenden de sus dientes, nos apareamos
en la última jungla que nos queda.

Feroz docilidad y hambre de vida
para el tercio final de un mal camino
trotamos mansamente compañeros de un vicio impertinente
como resulta la felicidad
cuando llega a destiempo de la brújula.


miércoles

De las cartas cerradas y otras incoherencias (toma XX)




Colorama


Cuando escribas de mí nacerán peces y vendrá la marea a untar tus ojos con ese color glauco que tienen los crepúsculos. Vendrá el mar a tus pies, como un verde animal, dócil y ansiado, que se acerca al silencio en que se ama de boca y de pecho para adentro. Vendrá el mar como un niño, como un perro, como unas viejas alas que van buscando un pájaro, moribundo de arena y azorado de sol, que duerme a la intemperie.

Cuando escribas de mí quizás el aire arda como fuegos circenses; esos mágicos fuegos que surgen de criptas invisibles y que cobran un vuelo sin estrépito, quemando con sus rojos y con sus amarillos la mirada. 

Cuando escribas de mí yo no estaré pero estarán mis cosas como un hábito hecho con retoños que huelan a papel que se ha añejado de amarillos y el perfume de la habitación tendrá el picor calmado de la tinta madura siempre líquida y siempre azul, también. 

De mí, no habrá tecleo que haga de comején marrón de la madera en el ambiguo oscuro de la noche, como un pequeño insecto que royera de la memoria su fondo bautismal.

Cuando escribas de mí lo harás a mano, porque es como mejor se aprehenden los recuerdos y uno puede quedarse un rato allí, mirándolos bailar en la garganta como malabaristas que han olvidado la ortodoxia e improvisan trapecios en la altura de gastarse los sueños más brillantes.

Llegará el mar lo mismo que el recuerdo, hecho un mundo de pausas donde quepa la vieja luna de Tangerine dream y llegarán los fuegos como un símbolo celeste con antorchas y una danza de arena igual que un chal de viento y un caracol de palmas y una red y alguna flor sin nombre y las tapas de un libro sobre un bote de remos.

Mirando el mar, los dos sabemos que soñar en colores no nos cuesta.


viernes

De côté



Al final se lo conté. Al final. Eso, al final, siempre le termino contando todo en este mundo de tragedias grises en el que repto. No me movilizo. Repto. A esta altura del asunto, repto. Y todo es gris y no tiene importancia. Todo termina siendo un gris no estoy, un gris lejano, un gris, en resumen, tan neutro él, tan gris, tan acromático y tan poco climático. Solamente y putamente gris. Tan pero tan gris. Tan pero tan, tan, gris.

Se lo cuento. No lo revivo. Sólo se lo cuento como una especie de anécdota, de historia, de penumbra. O ni siquiera como eso. Lo cuento igual que un trámite. Suena como: es que fui a la Afip…


Mientras se lo cuento me froto un solo ojo. Me pica y me arde un ojo pero ya me dijeron que no tengo nada. No ven nada dentro de mi ojo y eso que me observaron atentamente con lupa de oftalmólogo. Si no le pongo acento sonaría en suajili. Tantas o. Puras o. Mologo…fui afuera de Mologo, off (tengo manía por prolongar las efes) tal Mologo. Me río solo. No se lo digo porque va a empezar a darse manija con que tengo una esquirla en la córnea cuando en realidad la tengo en el oblicuo abdominal.


¿Cuántos oblicuos tiene el cuerpo humano? Mientras me lo pregunto me rasco el ojo. Ahora veo todo gris, de nuevo, todo gris. El gris nunca se va, no es mi ojo, es el gris. El gris es lo que no se va. 


Todo es oblicuo. En mi mundo el mundo es todo oblicuo y hay que saber caminar por lugares que son oblicuos. Dicen que yo sé hacer eso, como los andinistas. Que yo siempre estoy en el momento oblicuo en que las cosas se vuelven derechas. Ellos lo dicen. Para mí, siempre, todo está muy pero muy torcido. Ni siquiera es oblicuo. Directamente está torcido en una suerte de amorfismo insólito, atrapante.


En esta vida todos los momentos son sesgados además de grises, me alecciono. El gris se desplaza en posición diagonal y entonces uno dice: “si, si, pero no es nada, porque la oblicuidad de todo hace que el cuerpo sea un mapa hecho con rozones de no matar”. Los rozones marcan. Hacen un trazo oblicuo. Uno sobrevive porque vive en una vida tangencial en la que nada llega de frente.


Cuando uno va de frente, como yo, descubre que su realidad es siempre de través.


Es imposible adaptarse a las pendientes pronunciadas si uno no termina reptando como un gasterópodo. 


Menos mal que soy un bicho de tragedia.”


—Sí. Como yo. —afirma Benedict.

Tiene esa compulsiva manía de igualarnos frente a una adversidad que él no soporta. Creo que necesita inventarse un héroe que yo tampoco soy.



(De: Animal de tormenta - los diarios de Aivan Jaid)



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