Búsquense su voz, no usen la mía

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Presentación del hombre

De madrugada - Patxi Andion



Me matará el ir de frente y decidido
y esta inútil fuerza de macho convencido

Parafraseando a Serrat

Parafraseando a Serrat :

"La verdad no es prepotente. Lo que no tiene es remedio".

martes

Fugitivos



¿Llevas esa cosa a todos lados?¿No temes que se rompa con tanto vapuleo?

La curiosidad de ella interrumpe la lejanía en la que él se acurruca con sus mundos. Mientras desvía los ojos hacia la mujer que le habla, piensa, y repite para sí mismo, “acurruca, como un pájaro tímido que ha olvidado volar”.

Ella insiste con la mirada sobre la portátil en la que él teclea. 

—¿Qué escribes?– quiere saber– ¿Un informe? ¿Una crónica? ¿Un diario?

Él a veces también se pregunta qué escribe. Qué es realmente lo que escribe. 

—Historias.– dice.

—¿Te ayudan a escapar de estos infiernos?– pregunta ella con ansiedad dialoguista.

Él hace un gesto lleno de vaguedad, de “no importa”, que incluye a la vez otro de cerrazón y alejamiento. 

Con el gesto aparta a la mujer de esos mundos que ella intenta invadir y en los cuáles él yace acurrucado. Se reconoce también un poco fóbico a la requisitoria periodística. Siempre lo ha sido, además. Los periodistas que no saben guardar su lugar le producen una tirria grasosa de la que nunca consigue liberarse.

La mujer se acerca. Gatea hacia él entre el desorden del sitio donde están. Le ofrece un cigarrillo que él rechaza.

—Ah…eres un chico sano.– dice– Buen chico.

La lumbre enciende el cigarrillo y las facciones de la corresponsal. En la semipenumbra el rostro claro de ella aparece a los ojos del hombre como un altar votivo. El rostro de él, lamido por el resplandor de la pantalla, también es una emanación de luz violácea en los ojos de ella.

Se miran uno al otro, en esa brevedad iluminada, como dos dioses de cultos diferentes. Dos dioses disímiles, un poco endemoniados, revueltos, sucios de rincones con angustias que les resulta imposible remediar y por los cuales caminan entre la crueldad y la indiferencia. Deidades menores disfrutando de un instante de luz sobre un altar en ruinas que se ha prendido fuego.

Los ojos de él resbalan como una pluma que arde. Bajan con lentitud por las facciones de la mujer que, displicente, se lleva el cigarrillo hasta los labios con un sosiego casi reflexivo. Él mira el rostro y la boca, desde la cual el humo brota lo mismo que una mano que se va deshaciendo hasta volverse parte de las sombras. 

—¿Qué?– quiere saber ella y suelta una risita.

Él dice “nada” como si no hablara. 

La mujer recuerda a la otra mujer. La recuerda en el rincón en el que la encontraron amamantando al niño y recuerda la mirada de él al encontrarla. Una mirada extraña, entre la ternura, la curiosidad y la lascivia. La mirada de un hombre que mira la turgencia de un seno de mujer con la codicia de un recién nacido. 

La periodista recuerda los segundos que duró esa mirada o quizás fueron décimas de segundos larguísimos, confusos, contradictorios y quizás, hasta por un momento, bestiales. Luego el hombre salió del lugar como si jamás hubiera entrado. Se alejó hacia los demás que también revisaban otras casas.

Ahora, allí, él la mira con la misma mirada y es un animal hirsuto, agazapado, del que sólo se ven trozos dispares dependiendo de los movimientos de la luz. 

Pero ella ve los ojos o los siente, tan gravitatorios como ingrávidos, rozando con vigor las sensaciones por las que se acercó al hombre que escribía en el rincón sombrío. Conoce la curiosidad que da el peligro. El peligro es un hábito extremo. El peligro es algo que agiganta la vida en los lugares donde la vida ya no vale nada.

Él deja la portátil a un costado y atrae hacia su territorio a la mujer.

— ¿Vas a escribir en tu historia la parte en la que tenemos sexo?– quiere saber ella mientras apaga el cigarrillo y con la mano empuja sobre el teclado la tapa de la portátil.

– Si. Es una forma de fuga esto.– responde la boca de él aún mientras el lugar se oscurece–Todos huimos alguna vez. Todos huimos así, alguna vez.

(Segundo diario del Kurdistán)


 Imagen: Natural light by Dave Kelley

domingo

Ninguna escena es de Gaza






Dedicado a mis hermanos kurdos que luchan solos por frenar este desastre.



Ninguna escena de este video transcurre en Gaza. Transcurren en Irak-Siria.
Todos los pancartistas y llorones de pro que se la pasan vociferando contra Israel, deberían pensar en esto.

Como he visto a pocos gritando por esta masacre, imagino que todos los pancartistas y pacifistas de las redes deben estar de acuerdo con el EI y conque esto suceda.
Solamente escucho hablar de Gaza y en contra de Israel. 

El árbol tapa el bosque, para variar.

(Segundo diario del Kurdistán)

 

jueves

Amapolar



Extraño aquella reaparecida adolescencia
en la que dentro de nuestras mentes retozábamos
displicentes y dispuestos como gatos que recuperan la jornada del sol.

Extraño el estímulo de tus uñas
en mi cuero de ansiar
y ese lento ademán de tu guante de seda
liberando la bofetada igual que una metáfora rojiza.

Extraño el verde diametral con que medías el ancho de mi furia
y la fugacidad de mi sueño sin domadores.

Luego, reestrenamos la ancianidad del llanto
como se recupera una fotografía que intentamos romper.
Nos habíamos permitido una luz joven
hecha de cosas épicas y manos percudidas por la labor de amar lo que tallábamos.

Un día renacieron los espejos de envejecer de pena.

*

Nos hemos escuchado las cigarras y los truenos de mayo
como dos dioses humildes que se relatan historias lejos del paraíso conculcado.

Hablábamos a través de vidrios con sollozos
entre la dulcedumbre y la hazaña.

Las nuestras eran historias hechas de fragilidad y de pelea con lo cotidiano
y había mucha risa que reír porque las contábamos como somos:
orgullosamente

así como se crece en el aprendizaje del fracaso.

No nacimos para suicidarnos y por eso nos damos el pequeño gozo de parecer suicidas.

*

La tuya es una sensualidad áspera.
Congenia con la mía en la actitud de zarpa
y en el comején meticuloso que tiene el ronroneo
cuando se aproxima con el diente de herir
el corazón.

Una hembra húmeda que atraviesa un humedal con luna
y caza por los sueños a un animal de piedra.

Mi corazón es una gruta insatisfecha decorada con pinturas rupestres
donde tu porción arbitraria
domestica las bestias de mis sombras.

*

Mi mundo parece fundado por antropófagos.

Cuando me acuesto en esta litera prestada
tengo que empujar muchos cadáveres que ruedan
y se quedan sobre el piso como esperando no sé qué.
Sólo de esa manera cabe tu sombra junto a mí.

Los empujo de mis ojos.
Lavo mis ojos hasta producir niebla
pero los cadáveres emergen de esa polvorienta rutina de quitarlos.

No hablan. Nunca dicen nada. Permanecen.
Sencillamente permanecen
como si fueran parte de un profundo afecto inolvidable.

A veces son ellos los que te empujan fuera de mis brazos.

*

Estrujo tu figura amapolada como un líquido índigo.
Mi pecho ha florecido de viejos nubarrones picantes
que el jugo de tu saliva empapa en rojos.

En las cartas de amar se suicida de arrebol tu lengua quitándome la sed
y un goteo de luz tajea la mía con un filo degollador de besos.
Me chorrea fulgor entre los labios igual que un río
rojo y triste igual que una hemorragia
roja y triste.

Alguien venda mi nombre con el último jirón de tu bandera.

Dejo la perpetuidad.
Cierro los ojos.

Te extraño de manera inconfesable.


(Segundo diario del Kurdistán)


miércoles

Escena de hospital


Hay demasiada gente en los pasillos y en todos los espacios de caber, como un mundo de hormigas que se multiplica en la voz del clamor.

Hay demasiada gente, pocos médicos y no quedan camillas ni camas ni sillas donde meter a todos los que siguen trayendo los camiones o llegan a pie, igual que un río que avanza hecho con pecios, luego de destruir parte del mundo.

El hospital es una isla desbordada de náufragos que se caen de ella y esperan su turno por un sitio en la playa del consuelo, abandonados a merced del mar. Ya no quieren nadar hacia otras islas. Se desarman en cualquier lugar. Se desmantelan.

Han arribado también los primeros equipos médicos que refuerzan al personal de planta. Llegan desde lugares con desastres próximos, con sus otros idiomas y su inalterable sacrificio. Sobreviviendo al mundo de Babel, corren y se arrodillan y rescatan del maremágnum de la calle a esos náufragos nuevos que llegan arrastrándose. Todo parece un tiempo de cadáveres que no se resignaran a dejar el hábito de la supervivencia.

La vida de estas comunidades rescatistas es extraña como es extraña la solidaridad que ellas practican como un riesgo vital.

Habitan en la peor parte de los hombres y siempre las encuentras allí, entre los gemidos y el olor a muerte, plantando sus manos de curar entre la carne rota. Van del desconsuelo al desconsuelo porque ellos son así.

La noche cae fláccida. Cae como una boca inapetente sobre la multitud entre la que resulta imposible desplazarse con la rapidez que requieren algunos casos demasiado graves.

Los equipos de rescate continúan acercando personas a las manos que curan. Como no hay ya camillas, los de rescate corren con las personas en sus brazos, traduciendo a su manera lo que pasa con ellas. Las sostienen y corren hacia médicos que no dan abasto y que repiten de manera automática “aquí no caben más” para luego nombrar algún otro hospital al que llegar y para el cual la vida ya no tiene más tiempo. 

 La noche es un rastro de espuma sin estrellas que se asienta lentamente en el alma.    
                                                                                                            
Durante un rato la médico ha observado al hombre sentado en el pasillo con el niño en los brazos.

La de él es una imagen habitual: un soldado con un niño en brazos que espera por un médico y mientras tanto sostiene el cuerpo que desde lejos a la médico le parece una bolsa con líquido. Está allí, sentado entre otros muchos que esperan el turno curador.

Sobre el suelo, en el pasillo donde se atiborran refugiados, el soldado abraza al niño contra su cuerpo. Lo sostiene así, estrechamente contra él y sólo de vez en vez le habla, como dándole aliento. Pero la gente es mucha, la fila larga, las urgencias sobrepuestas unas a otras.

El hombre ha insistido un rato en que atiendan al niño, pero cualquier insistencia es imposible. Nada alcanza para acelerar la tramitación en que los desastres se desarrollan encima de los hombres. Resignado, permanece allí, abrazando el cuerpo contra su propio cuerpo, casi como una bolsa con tesoros.

—Somalí…eh, tú, somalí…Entra.

La médico le hace un gesto al soldado, pero el soldado no atiende al gesto de la médico. Sólo sostiene al niño, con los ojos extraviados en algún lugar que está lejos de allí.

—Somalí…¿vas a entrar o no con ese niño?

La médico insiste, acercándose a la entrada de la sala de traumas desde donde otro personal retira a un muerto.

El periodista de la BBC que está tomando fotos y recopilando testimonios, llama la atención del soldado sobre la médico.

El hombre alza los ojos y la mujer en la puerta de la sala de trauma le hace un gesto. Lo observa levantarse, apretando al niño contra el pecho y avanzar, sorteando a otros que esperan.

—¿No me escuchabas, somalí?– insiste en preguntar la médica.

—Kenyata.– dice él.

—Pues para mí eres el somalí…Te atendí en Nairobi cuando te trajeron desde Somalia. Moriste en mis brazos…Yo soy la médico que declaró tu muerte.– dice ella, risueña– ¿Cómo olvidarte?.. Te declaré muerto y resucitaste 30 segundos después…Yo ya me había quitado los guantes.

—En estos lugares siempre somos los mismos.– reflexiona él, aferrando al niño contra el pecho como un flaco paquete de alimentos en un tiempo de hambruna.

La médico casi debe forcejear con el hombre para colocar el cuerpo del niño en la camilla.

—¿Sus padres?– pregunta.

—Muertos.– murmura él. 

—El niño también.– dice ella. 

Manda retirar el cuerpo y no agrega nada más.

El corresponsal de la BBC toma dos o tres fotos de la escena.


(Segundo diario del Kurdistán)

Imagen: Album de la tropa 

De las cartas cerradas y otras incoherencias (toma XVIII)






 Zona en el dolor

He dejado la precaución de lado, a un costado del día que riela sus orillas con la sensación tensa de haber muerto.

Sobre nosotros cae una luz espléndida que el calor abarrota con enceres de polvo. Somos un plano en vidrio bajo un sol que lame los vacíos fabricando espejismos hechos con transparencias que nacen de las sombras. Quizás no estemos realmente aquí. 

Escribo que me gustan las lámparas, sólo algunos poemas y mi vida es un miedo con el que he aprendido a ser feliz. Me faltan dedos en la mano de escribir y me sobran palabras en los ojos que ya no me duelen de esperar, porque sé que nunca jamás pasará por ellos nadie al que yo espere con desesperación. Ni siquiera la muerte se detiene porque se asusta al mirar lo que habita dentro de mis ojos. Si yo la miro, se empavorece y huye. También me deja aquí.

Nuestro vehículo proyecta sobre mi cuerpo una sombra metálica que hierve como pica el sudor bajo la camiseta, en el roce grosero de los correajes sobre la piel húmeda, agotada como un pelecho al que su propia vejez despedaza en colgajos abiertos. Sopla viento caliente que evapora esa mínima humedad y fisura los labios una vez y otra vez por más que la lengua se obstine en lubricarlos con la saliva blanca y pastosa de la sed.

Mis compañeros, los que me acompañan por el mundo, se han rebelado durante un momento y me han expuesto a gritos sus opiniones. Me han gritado o han gritado, porque gritar es muchas veces la pura y dura necesidad de un alarido que se lleve en el lomo de su sonido a los demonios. Ellos me han gritado que ¿por qué vinimos a parar aquí?¿por qué tengo que tener amigos aquí?¿por qué accedí a cubrir este destino?

Sé que mis compañeros no me gritan porque temen morir. Eso es algo superado ya por todos nosotros. Hemos aceptado antes de este muchos destinos donde es fácil morir. Pero, esta vez, todos estábamos relativamente acostumbrados a la blandura del último lugar que con sus altibajos y sus desastres, era un pasaporte al inestable territorio de la calma. Porque para la gente como nosotros, la calma es un territorio siempre inestable, fugaz, inconsistente con la profesión. En nuestro último destino había calma y la calma seduce y pacifica los corazones que deben mantenerse en vigilia. Nos amansamos en destinos con calma y resignamos nuestra ferocidad.

Aquí, en cambio, todo es extremoso. 

Mientras escribo miro mi reloj. El tiempo corre. Huye, como todos aquí. Huye despavorido como todos aquí, como nosotros huiremos en algunos instantes más, cuando nos encontremos completamente convencidos de que los que tenían que llegar no llegarán y nos demos por vencidos frente a un nuevo fracaso.

Estoy sentado sobre el camino al borde del cual hemos estacionado los vehículos con el riesgo fatal que eso conlleva. Mi espalda apoya contra la sombra de hierro del transporte liviano. Escribo mientras espero. Escribo en la portátil que sostengo sobre las piernas recogidas. Parezco ausente pero estoy alerta, en un desordenado sobresalto que me eriza los vellos cada vez que un sonido descompone el silencio.

—Aún escribes ¿eh?...No pierdes las costumbres. –dice mi compañero que, de pie a mi lado, revisa las distancias, señalando con los ojos la portátil– Nosotros hemos mejorado mucho desde entonces. Ahora hasta tenemos internet.

Habla con orgullo autónomo, hecho de victorias seculares. Ríe, como una redonda comadreja. Le sonrío también.

—Allí vienen.– nos avisa alguien. 

Nosotros recuperamos nuestros puestos y de repente vemos ese tumulto que se despeña monte abajo como un río de telas tornasoladas que tropiezan, se enganchan, se destrozan. 

También yo soy un refugiado que corre hacia la salvación cuando te pienso.

(Segundo diario del Kurdistán)

Imagen: Album de la tropa



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