Búsquense su voz, no usen la mía

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Presentación del hombre

Me matará el ir de frente y decidido
y esta inútil fuerza de macho convencido. (De madrugada - Patxi Andión)

Parafraseando a Serrat

Parafraseando a Serrat :

"La verdad no es prepotente. Lo que no tiene es remedio".

domingo

עכשיו לילך




En esta vacuidad del sin embargo
no sé como nombrarte.
Cuando hay luz en el fondo de las sombras no sé como nombrarte,
con qué sílaba hirsuta coronar mi saliva
alimentar mis dientes de morder la quejumbre
y levantar el mundo del suspiro con que un nombre se sueña.

No sé como nombrarte.

Me limito a hablar de los opuestos y los gritos
frente a tu nombre de acústica rocosa como un mundo imponente
como un mundo de grutas y suicidas
y caracoles parcos y mar hondo que se deshace, frágil, como un miedo
al que el sol dice basta.

No sé como nombrarte sin deshacer tu nombre en precipicios
y en pájaros de piedra
o en árboles sin olas de hojas verdes que otoñecen a solas
crepitando.

Tu nombre, el que elegiste para nombrarte entera,
tiene aristas umbrosas y caminos al borde del fragor.
Es un nombre irrompible como una cordillera de basalto
y una tormenta de boca piroplástica
llena de piedras líquidas y fértiles.

No me acostumbro a su sonoridad crepuscular
como un crespón de ausencia sobre una ruina druida.
No sé como nombrarte sin letras aspiradas ni fricciones rasposas.
En tu nombre hay collares de amatistas y jaspe
duros como una colección de gemas vírgenes sin la mano del hombre
y no hay élitros débiles.

En tu nombre se acuesta una muralla en la que cae la noche.

No sé como nombrarte con el fuego y menos sé nombrarte con el agua.

Todo tierra, en tu nombre de combate callado
y de ciudad antigua como una fortaleza donde el olvido duerme
no me veo en el árbol ni me veo en el pozo ni me veo en el cereal o el aire.

Soy esa bestia rara que trota sin su sombra y trota sin su ruido
buscandote los mapas con las puertas donde vuelan vocales emplumadas
como altas aves míticas que rezuman buen sol.

Quizás tu nombre sea mujer.
No sé.
Pero así suena.


jueves

El guión de "Congoja"



Protagónicos

—Despedazar es una palabra que me seduce. Me excita profundamente pronunciarla, sentir como se deshace sobre mi lengua y entre mis dientes. Puedo saborearla mientras se rompe y es justamente eso lo que deseo…

— ¿Saborear o despedazar?

El hombre macizo, de cabello abundante y nariz semítica, retiró cadenciosamente la silla y ocupó un lugar frente a la mirada del que le hablaba en aquella oscuridad, untuosa y perfumada con esencias pesadas y dulzonas.

Regresaba del váter y en los supuestos de las cosas, su compañero de mesa no había interrumpido el diálogo y lo proseguía exactamente desde donde el diálogo había quedado trunco cediéndole espacio a las necesidades fisiológicas.
 
Mientras el que acababa de sentarse esperaba una respuesta que no se producía, lentamente la luz difusa fue creando los ángulos del rostro de ambos que la mirada podía distinguir y se habituaron a la placidez mágica del humo, como si todos dentro de ese ambiente pequeño, fueran genios liberados de momentáneas botellas, por error.

El hombre macizo hizo rotar el vaso que sostenían sus manos y suspendido, observó en el trasluz los brillos que rajaban de chispazos el líquido.

—No me explico cómo aceptaste ésto. —dijo, acercando y alejando el vaso de sus ojos, igual que si midiera la descomposición luminiscente de los líquidos y convencido ya de que el otro no iba a responderle la pregunta que le hiciera al sentarse.

—Por congoja.

—Si…congoja. Y ahora ya te nacen las ganas de matar.

—Dije despedazar.

—Alguien despedazado queda muerto. —objetó el hombre macizo, meneando la cabeza—Y bien muerto que queda. —refrendó.

Abandonó su insistente curiosidad por los resplandores para mirar a su compañero que permanecía de perfil a él, como un recorte.

—No hablemos tonterías. Sólo explícame. —le pidió el otro y lo observó mirarlo, con una aplomada lejanía en los ojos que el hombre macizo no pudo trasponer.

— ¿Hasta dónde conoces la historia?

—No la conozco. Si tengo que escribirla quiero hacerlo a mi modo. Eso es lo que le dije al productor. Mi guión, mi filmación. Yo escribo y dirijo. Pero me tiene alguien que explicar mejor qué cosa voy a escribir y qué otra voy a dirigir. 

— ¿Por lo menos trajiste tus técnicos? —preguntó el hombre macizo y de inmediato desestimó sus propias palabras con movimientos de “no importa, digo tonterías” y sonrisas que anegó dando sorbos al vaso luminoso— Cuatro actores. Dos conocidos y dos desconocidos. Es una coproducción… Imagino que eso, al menos, te lo habrán dicho.

—Pues no. Me sacaron de la historia de mi vida y aquí estoy. Es cierto que la de mi vida no iba bien últimamente, así que quizás me traje solo, tuve ganas de salvarme de mí con algo que me recordara mis buenas épocas y por eso acepté. Lo que sí tuve claro es que no había opción con los actores. Tampoco elegí una opción para mí, más que mis técnicos…pero se cuidaron de avisarme que fuera una coproducción.

—Suelen olvidar esos detalles cuando eligen un director talentoso. —murmuró el hombre macizo.

Dejaron de hablar, tácitamente, mientras el camarero llegaba con la cena.

Un joven rubio cantaba en español una canción difusa.




Flashback

Janis Miller era una mujer rota en quien las gotas de humanidad se habían secado mucho tiempo antes de ese día que encontraba, absorto frente al mar, a su ya establecido perfil agresivo.

Estaba allí, con los ojos apretados al oleaje como a una sucesión de problemas que llegaban, sobre la playa, a roerle los pies.

Miraba al hombre jugar con la fuerza del mar. Era como si un pájaro seco planeara adherido a una curva estantería de agua. 

Janis Miller lo observaba con la misma actitud de un niño frente a un escaparate, asombrado con un muñeco mágico del que no entiende el mecanismo.

Varios pasos más atrás, su asistente aguardaba, también mirando al surfista que entre los otros desafiaba con pericia las curvas espumosas o dibujaba veloces contorsiones en los vientres acuosos para emerger como un patinador fantástico.

—Nunca cambiará…De esta misma manera lo conocí. —dijo Janis Miller— De esta misma exacta manera.

El recuerdo le trajo un mal sabor de boca que negoció consigo misma tratando de aferrarse al pensamiento de que en aquel entonces ella era joven y estaba tratando de hacer las cosas bien, respondiendo con todo su potencial a lo que de ella se esperaba, tratando de no fallar, de maximizar su eficiencia en pos del objetivo exigido.

—Sé que nunca me perdonó. —volvió a murmurar, como si a su asistente de ese momento y allí, le importaran sus viejas historias sin heroínas ni éxitos— Recurrir a él es… cuanto menos… embarazoso para mí.

—Primero debería estar segura de que “él” integra el proyecto, señora.— intervino la asistente de Janis Miller, que también observaba al hombre entre las olas— Más bien, parece que estuviera vacacionando.

El hombre retozaba como un delfín feliz.

—Si…eso me han dicho. Que está de vacaciones…pero ¿justo aquí?

—Puede ser una coincidencia. Es un buen lugar. 

—En estos asuntos no hay coincidencias.

Todo había salido mal. Desde el comienzo todo había sido una sucesión de hechos conflictivos que no terminaban de resolverse de manera idónea, quizás porque en ningún momento primó para Janis Miller y su equipo, el deseo de no obstaculizar la realización del proyecto o por lo menos, de facilitarla.

Habían insistido, ya bastante tiempo atrás, en sumarse a él mediante una tediosa negociación de intereses y cuando por fin consiguieron asociarse con los actores originales entre sonrisas y apretones de mano, decidieron que serían mejores diligenciadores del mismo y todo se centró en correr de la escena a los que la habían ocupado primero.

En el medio de aquella problemática puja de poder sobre el plató, la muerte de Carven descolocó a todos y los sostuvo en un suspenso incómodo y con pocas o ninguna respuesta.

El hombre salió del mar y Janis Miller, con un gesto, ordenó a su asistente que le diera privacidad con aquel que se adentraba en la playa, sosteniendo la tabla de surf bajo el brazo, como si estuviera solo en el planeta.

Si él la reconoció y pese a reconocerla siguió caminando como si no la hubiese visto acercándose, era algo que Janis Miller esperaba.

En cualquier otra circunstancia que no fuera la actual, la mujer habría evitado el confronte personal entre ellos y enviado a alguien de su entorno cercano para intentar los buenos oficios. Pero decidió hacerlo ella misma, asegurarse de que el otro comprendiera la gravedad y las implicancias, acortando una brecha de negociación que sin duda —dadas las características de aquel que ahora, detenido, sí la observaba con una quietud monolítica— hubiera llevado mucho tiempo de tire y afloje.

El hombre dejó de mirarla al tiempo que arrastraba la toalla por el cuerpo, quitándose los restos del mar. Y tampoco volvió a mirarla cuando ella se detuvo, saludándolo con incómoda afabilidad.

—Esto es tan dificultoso para mí como para ti. — fue al grano Janis Miller, percibiendo en la distancia entre ambos cuerpos, una química venenosa y espuria— No creas que es fácil. No lo es. 

— ¿Quieres alguna cosa?— accedió él al diálogo— Porque estoy corto de tiempo.

Recogió nuevamente la tabla y comenzó a caminar hacia los vehículos estacionados, sin reparar si la mujer lo seguía o quedaba allí, varada en la playa. La sintió detrás de sus pasos, un momento después.

— ¿Quieres que me disculpe? —preguntó ella, cuando consiguió alcanzarlo.

—Es muy tarde para eso y no, no acepto disculpas ¿Se te ofrece algo más?

— ¿Puedo preguntar qué te ha traído aquí?

—Congoja. Eso me ha traído hasta aquí… Ahora, permíteme… tengo cosas que hacer. —cortó él toda vía de comunicación, apartando con un movimiento casi brusco, el cuerpo de Janis Miller de la portezuela del automóvil. 

El hombre intentó acomodarse en el asiento pero la mujer se interpuso entre su ademán y la butaca.

—Necesitamos hablar tú y yo, Roguiel. No pueden evitarme si quieren que el proyecto vaya adelante. No pueden negarme participación. 

—No sé de qué me estás hablando. Y tampoco me interesa, sea lo que sea. —replicó él, con incómoda desidia y luego empujó a Janis Miller para quitarla del lugar que obstruía. 

Se deshizo de ella hacia un lado y la sintió trastabillar por el impulso agresivo de su gesto, como si todo en la mujer estuviera a punto de desmoronarse más allá de aquel empujón.

Roguiel no se detuvo a analizar la percepción. Azotó la puerta del automóvil al cerrarla y el vidrio oscuro descendió lentamente hasta que Janis Miller pudo ver los ojos del hombre, fijos en los suyos, mientras el motor se inquietaba en un suave ronroneo.

—Y dile a tu gente que deje de seguirme. Estoy de vacaciones. No cometas el mismo error conmigo, una segunda vez. —recomendó él, al tiempo que se calzaba los lentes oscuros porque el sol del mediodía rechinaba de verano sobre su mirada.

Ella le entregó una tarjeta, casi obligándolo a tomarla antes de que pudiera pisar el acelerador.

—Llámame…llámame a ese número, por favor. Es imperioso que hablemos, Roguiel. Por el bien de ambos es imperioso que hablemos. —insistió.

—No me interesa el lío en el que estés metida ni cuentes conmigo para que te saque de él. No tropiezo dos veces con la misma piedra ¿sabes? Así que no tenemos nada que conversar sobre nada tú y yo. 

—Carven murió. —disparó ella.

— ¿Y a mí qué?— replicó él y se perdió en el tránsito general sin despedirse.


(De: El guión de Congoja)



Mermelada de blackberries





Tenía ese vago aspecto de los animales muy tristes. Ese aspecto licuado, como de gemido, de estadío anterior a la desaparición material e iba con él a todas partes, sin arreglarlo, urbanizarlo, componerlo o disimularlo.


Usaba trajes de mala confección que confrontaban rigurosamente con su billetera, así que el suyo era un personaje anecdótico, visible y oscilante, que molestaba a veces y otras daba pena.


El hotel tenía un casino para huéspedes así que en ese lugar era donde Grübber se alojaba durante el día y a veces también, durante parte de la noche. Jugaba con mesura matemática, pero no salía de aquel ámbito, como si el resto de las dependencias le produjera alguna suerte de alergia.


Cuando el sueño lo sorprendía, recogía sus fichas y se iba como si se arrastrara.


Siempre había sido así. Alto, longilíneo, cargado de hombros igual que una marioneta mal sostenida por su titiritero. Un muñeco mal armado y mal vestido que ocultaba la brusca profundidad de sus ojos detrás de unas gruesas gafas con marco prominente que descansaban torcidas sobre el puente de su nariz desordenada.


La muerte de Carven le había sentado mal porque había llegado a estimar a La Cabra luego de mucho confrontar con él. Además, no confiaba en sus compañeros, porque era parte de sus sanas costumbres desconfiar de lo desconocido.


Por antigüedad y afinidad con Carven, fue quien recibió la noticia y tuvo que transmitirla a los demás tal como era él, sin ceremonias. Buscó la oportunidad y los puso al tanto con un escueto: Carven falleció. Esperamos instrucciones.


A Eite le agregó: No te emociones. El que venga puede tener olor a pies.


Por qué Carven se obstinaba en mezclar novatos con profesionales era algo que siempre había generado discusiones entre ambos. 


Carven decía que alguien debía hacer eso y Grübber sostenía que no debían ser ellos.


No planteó ni se planteó reemplazar a Carven porque no era lo suyo y además tanta responsabilidad lo ponía tenso y ojeroso y los desayunos le caían mal hasta el punto de no poder tragar bocado así que prefería que esos malestares le tocaran a alguno con el estómago menos sensible y con más carnes de las que él tenía.


Cuando Carven lo convocó, Grübber aceptó con la condición de hacer de ese su último reto y luego retirarse tranquilamente a una comunidad rural que subsistiera sembrando viñedos.


Ahora y allí, frente a ese café denso y aromático, sentía, muy dentro de sí mismo, que su cuerpo huesudo e inarmónico era una rata desproporcionada, atrapada en una trampera demasiado pequeña de la que, sin embargo, no conseguía zafar.


Leía el periódico con estolidez de turista, atisbando de vez en vez el comportamiento disfuncional de los novatos a los que su prudencia prefería no acercarse justamente por lo disfuncionales que se comportaban en aquel ámbito tan precario como hostil.


Para Grübber y con el correr de los años, todos los ámbitos eran hostiles y más hostiles eran las personas que no podían conducir su hostilidad hacia la calma. Prefería por ello que Eite se entendiera con los novatos, porque lo femenino siempre es más contenedor, suponía, aunque ella tampoco estaba muy predispuesta a ejercer de niñera remendando desinteligencias del mismo modo en que Carven lo habría hecho.


Después de la noticia, lo que más molestaba a Grübber había sido la respuesta a su requisitoria de cómo proceder o a quién esperar, porque claramente no existía un candidato próximo para tomar el papel de Carven a su cargo y que tuviera características similares a Carven para hacerlo.


La voz en el teléfono le había dicho con sencillez: “Estamos evaluando posibilidades”, cosa que claramente hablaba de que no encontraban dentro de lo visible alguien que sirviera al propósito.


Como todos los días untó el pan con una lámina de mermelada intensa, pulposa y dulce.


— ¿Mermelada de…?


La voz le sobresaltó el mordisco y lo obligó a girar el torso hacia la derecha, para descubrir en la mesa contigua a quién le preguntaba por el sabor del dulce, señalándole el pan untado, casi con inocencia.


—Higos. —respondió Grübber, sin sonreír.


—Parece de blackberries desde aquí.


—Higos. —volvió a gruñir Grübber y regresó al periódico con el estómago cerrado antes de admitir siquiera un sorbo de café.



(De: El guión de Congoja)


domingo

Persecución del ángel



No apures el paso…No se corre por estos lugares, aunque tú seas de corazón vertiginoso. Y no hagas ruido. Los fantasmas descansan cuando hay sol. Tu curiosidad no tiene derecho a despertarlos.


Con esas palabras Analisse dirigió la marcha hacia las partes deshabitadas de La Fortaleza, distantes del núcleo central de movimiento como así también de la torre del homenaje que no había perdido, pese a las remodelaciones, las funciones desempeñadas en su antigüedad medieval.


En La Fortaleza todo quedaba lejos y La Señora había acabado por clausurar parte de las torres, convirtiéndolas en dependencias para trastos y cuentos, habilitando otras, como las de mazmorras y subterráneos, para que sirvieran de museo con visita guiada a los buscadores de las viejas costumbres.


Para explorar aquellas regiones, Analisse y Jeirch eligieron uno de esos horarios de la tarde en los que el castillo se quedaba quieto, como si repentinamente terminara una puesta en escena sobre un retablo y quedara, solamente, un gran escenario de época, totalmente vacío.


El personal se recluía, siguiendo la voluntad de La Señora –que a su edad había al fin aprendido a disfrutar el beneficio de las siestas– y todo quedaba deshabitado, solo hasta de sonidos y majestuosamente inamovible.


La Fortaleza era un monstruo de piedra que apenas respiraba por sus viejas heridas de combate en aquellos lugares de los que la voluntad de sus moradores había decidido no ocuparse más. 


En sus zonas semiderruidas, postergadas a monumento para ocasionales participantes de tour, la hiedra y otras trepadoras semejaban tropas de asalto durante la ascensión a una muralla y el polvo era una mortaja hecha con la ceniza de los guerreros muertos en sus puestos sobre los adarves almenados.


— Hombre curioso… ¿vienes?


Analisse había comenzado la aventura por el libro de historia diciendo esas palabras cuando llegó a buscar a Jeirch.


Sabía que la siesta y el hombre aquel no se llevaban y que él prefería hacer algún deporte que le calmara los músculos de animal recio y sanguíneo o en su defecto, harto ya de repetitivas rutinas de entrenamiento que marcaban de rusticidad su fuerza morena, acabar encerrándose en la biblioteca lo mismo que una vieja rata sabia que ha devorado libros en los tiempos de hambruna y ya le es imposible evitar el vicio de masticar las páginas a diario.


Él levantó los ojos y los fijó en lo etéreo del ser que le llamaba con un gesto confuso como un tul sobre el rostro emocionado de una novia. 

Miró a Analisse con ojos codiciosos. 

Intempestivamente se sintió un niño seducido por la fuerza incontrastable de la magia y dejó el libro sobre la mesa pequeña de junto al sillón en que leía. Fue brusco y decidido abandonando el libro por esa especie de seducción tangible que el mundo de Analisse le proveía. 


Mientras se levantaba, sintió el latir del corazón porque algo que no supo definir acampó en su cerebro cuando abandonó la lectura que lo había atrapado minutos antes para mantener los ojos fijados a Analisse, tiesos sobre Analisse, multiplicados como un manto agresivo.


Siguiéndola por los corredores de la zona amurallada, recuperó la sensación aquella de la biblioteca. Era algo con densidad que se había atorado sibilinamente entre dos ideas, de igual manera que una enfermedad consigue alojarse en un órgano. Con ese mismo exacto impulso oscuro y sucio, ahora sus ojos perseguían como los de un predador silente y taimado, el talle que trepaba las desbaratadas escaleras de piedra.


— Niña, niña…— dijo al fin, llamando a la muchacha— ¿Qué pasadizo puede comenzar a tanta altura?


Analisse se detuvo entre las gruesas flores de las enredaderas que enmarcaban su aspecto de ninfa transparente  y desde la lejanía de sus ojos miró a Jeirch, casi con dulzura. Caminó aún varios pasos y por fin sonrió desde un recodo del adarve.


— Tu no entiendes nada de castillos.— respondió.


Jeirch la observó avanzar hacia las últimas almenas por aquel corredor que comunicaba los puestos de defensa, oyéndola reír, igual que si la risa hilerara soldados que se interpusieran a sus ojos. 


Decidió seguirla lentamente por ese mundo extraño que olía a profundo aire puro, inclinándose por momentos sobre el parapeto almenado para observar el paisaje escarpas debajo de la fortificación, ya ahora con el placer guerrero de imaginar la historia de los muros y fantaseando con viejas estrategias de epopeya. Se distrajo en su imaginación, atrapado en un pliegue entre dos tiempos de la historia.


Luego caminó tras Analisse casi en cámara lenta, como si fuera derrotando uno a uno los ecos que la risa dejaba suspendidos en el agrio camino de las armas.

La persiguió sin verla. Sólo persiguió la luminosa percepción de su presencia que se apagaba en risa frente al viento.


La escalera de descenso de la torre final estaba rota cuando el Jefe de Seguridad llegó hasta allí. 


Jeirch se detuvo observando el vacío que la demolición de la escalera provocaba en su marcha y rodeó con los ojos aquel recinto inquietante, ruinoso y asaeteado de ráfagas en el que Analisse había desaparecido.


Con su brusca irrupción, todas las aves que anidaban en los interminables recovecos de la piedra huyeron dando gritos y largo rato giraron en el miedo, por sobre su cabeza. Él las observo atónito, como a una red de pájaros que tramara un complot encima de sus ojos.

Desde algún sitio que su mirada fue incapaz de encontrar, la voz de la muchacha repetía: “Búscame, Iorân. Yo estoy aquí. Abre sólo los ojos de tu corazón y me hallarás”.


— Deja de jugar, Heredera. Si estás aburrida en tu mundo de cuento, no me busques a mí para que te haga de bufón ¿sí?.. Sobran payasos en la corte de tu abuela para complacer tus niñerías.— gruñó el hombre, fastidiado ante la distracción que aquella aventura presuponía en sus deberes.


La voz del Jefe de Seguridad se multiplicó en ecos dispares y molestos que se acallaron apaciblemente, como si fueran también voces de pájaros hasta que ya no quedó otro sonido que la insistente sibilancia del viento.


Analisse, sin embargo, no reapareció.

 (De: Upon the time)
 

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