Búsquense su voz, no usen la mía

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Presentación del hombre

Me matará el ir de frente y decidido
y esta inútil fuerza de macho convencido. (De madrugada - Patxi Andión)

Parafraseando a Serrat

Parafraseando a Serrat :

"La verdad no es prepotente. Lo que no tiene es remedio".

sábado

De las cartas cerradas y otras incoherencias (toma de retoma)





“Los silencios se orillan en la rizada trazadura de tu boca. Hay silencios allí, quietos silencios, atónitos silencios que mi lengua degüella con la hiriente precisión de una cizalla.

En esos labios tuyos se agrupan los vientos en el trigo que se inclina frente a un salobre mar; un mar de desarmadas tempestades negras que doblegan el oro de tu cereal antiguo.

Mastico las espigas de tu lengua. Las anego con cataclismos bíblicos que arrasan la bondad de las raíces con esa amarga sal que se acumula dentro de los ojos, cuando se aprenden todas las derrotas.

Sé que, muchas veces, también te hago llorar, con la misma insolencia con que un discípulo ofende a su maestro, como un alumno hace llorar a su maestro, en esa misma, intemperante soledad. Te ofendo y te lastimo con esta misma lengua que te besa y te habla y a veces se devuelve en un silencio pródigo y esquivo, en un silencio herido de silencios que son irremediables. 

Algún alumno me hizo llorar también, alguna vez, con ríos de un dolor que se derrumba; que se derrumba y mata.

Pero tus ojos son de un metal gastado que evita las batallas como una espada azul que se ha vuelto de acero revenido. No pelean tus ojos con mis ojos de guerra y siempre en guerra. 

Tus ojos son lagos que cazan en su fondo mis tormentas más ácidas. Las capturan del cielo de las nubes y las hunden en fosos donde hay peces y anémonas que bailan suavemente, como si acariciaran los relámpagos.

Me entrego a tu hermandad de lentos caracoles, ajeno a los disturbios, con esta vejez sutil que nos va aconteciendo lo mismo que un sedoso musgo acontece sobre una pared que da al oeste. Me entrego a la dulzura de tu sombra que refresca despacio mi cuero trajinado a cicatrices y soy eso pacífico que lentamente se deslíe en el mundo feliz de la pasividad.

Puedo ser melancólico en tus manos. Puedo ser feliz. Puedo ser triste. Puedo ser yo, como una cosa simplemente lacónica. 

Puedo ser. Eso alcanza.

Desde tus manos soy un descubrimiento que pervive en el don de ser sí mismo”.


 (Del trabajo de a-gente y otras historias urbanas)


lunes

Control de plagas





"La culpa me dejó entre los dientes la sensación del miedo", piensa ese León, cansado, casi tumefacto como un golpe en un músculo que continúa golpeándose contra objetos varios, casi con la forma de un apéndice demasiado amorfo como para aprender a caminar con él a través de los encierros que la vida propone.

"Por más controlado que sea uno, el dolor exaspera", piensa también e intenta ese control al que su pensamiento alude. Se aboca a él como se aboca un yogui a dominar esos aspectos flacos que humanizan demasiado la deprimente humanidad del hombre.
Cuando pensó en la culpa, en realidad pensaba en su hermano muerto y en su primera exclamación: ¿cómo no me di cuenta de que no tomaba los remedios?¿a dónde mierda estaba mirando yo que no vi eso?

De vez en vez lo ataca aquella sensación. Es como un dejâ vù que le cabe a tantísimas cosas. Entre esas cosas, a la vieja ceguera de una Justicia que durante tiempo no miró aquello que ahora ve, repentinamente, todo junto.

James lo mira sufrir. Mastica y mira.

—Vos no estás bien, cuervito. —murmura, compañerosamente paternal— ¿No te hubiera convenido quedarte “allá” hasta que estuvieras más entero?

Habla amistosamente solidario con el dolor del otro que si bien no verbaliza sus inconvenientes, los revela en los gestos entorpecidos y en cierto modo espásticos.

El bodegón en el que están es un lugar recóndito, olvidado de la buena fortuna, con un olor a comida que navega prendiéndose de las luces grasientas y neblinosas. La humedad es un tufo que llega desde el río lo mismo que una mano que captura certeramente a un ave empantanada.

Llueve en todas las cosas.

—Siempre fui un tipo leal. Por eso duré tanto en el laburo. —dice James, mientras se lleva el bocado a los labios— Siempre fui leal a lo que se pedía de mí, sin importar quién estuviera arriba. Y mirá que sé cosas, cuervito lindo.. ¡Mirá si sabré cosas!.. Un poquito de todos, sé. Y siempre trabajé de cayetano, haciendo lo que me pedían que hiciera porque eso es lo que uno tiene que hacer: lo que te dicen que tenés que hacer. Para eso estamos. No estamos para pensar. Estamos para hacer lo que te piden que hagas, porque ese es tu deber. Hacer. Sin pensar. Solamente hacer.

James mastica. Empuja el bocado con un trozo de pan. Bebe un sorbo de agua. Todo lo que hace parece maquinal, como invadido por esa costumbre de hacer sin pensar, de la que habla.

—Pero un día empezás a ver cosas… —agrega, luego de tragar bocado, pan y agua— Bah… siempre ves cosas ¿o no? Ves cosas, oís cosas, sabés cosas. Siempre la mierda te llega a la nariz y a los oídos. Es parte del trabajo eso de saber bucear en mierda ¿o no? Sin ahogarte, digo, cuervito lindo…Bucear sin ahogarse uno en el amasijo de mierda en que se mueve.

—¿Y qué te pasó? ¿Se te jodió el regulador de oxígeno? —pregunta Aryiasz.

—Vos aguantaste mucha menos mierda que yo cuando trabajaste para los tipos. —se escuda James— Y cuando viste cosas y quisiste hacer algo ¿qué pasó? Primero te plantaste ¿y?.. Después tuviste que agarrar tu culo y salir a los pedos porque eras boleta, que, como nunca hay dos sin tres, la tercera es la vencida y ahí sí que te la iban a dar ya que te salvaste raspando de las dos anteriores. Mirá Diz. Pensó que haciendo público que lo iban a matar se cubría y se curaba en salud. Otro idiota que no entendió que jugábamos sin reglas. Y eso que se lo dije… “Estamos sin red, Norberto” ¿Y qué hizo? Fue el pelotudo y saltó igual… Vos fuiste más precavido que él, si vamos al caso. Te la viste fulera y aplicaste el dicho. Él no. Y ahí lo tenés, muerto y sin justicia. Y yo, una mierda de tipo, el más siniestro del mundo, cuando lo único que hice toda mi puta vida es cumplir con mi deber. Un poco más y tengo la culpa de todos los males de este país de mierda.

Las últimas frases suenan amargas y quebradas. Hay una voz de no superación de lo injusto detrás de la voz de James.

—Antes era una profesión romántica. —dice, todavía, mientras se limpia los labios con la servilleta de tela blanca en la que queda un raspón rojizo de salsa de tomate—Y eso que yo no soy romántico. Vos sí.

(Del trabajo de a-gente y otras historias urbanas)

sábado

En la lluvia



Digamos que me gusta el verso blanco
para decir qué triste estoy a veces.

Qué triste estoy a veces, en la lluvia,
en este charco eterno en que me muevo como una nube triste
que descarga su vientre largamente
en la larga impureza de mis mundos más tristes.

Qué triste estoy a veces en esta irredención
de hombre tan triste como el más triste, triste de los hombres.

Me faltan las promesas y los créditos,
el calor, la penumbra, la mañana,
la pulcritud y el canto

me falta Dios a veces y un día y otro día, me falta Dios también
para quejarme
para entenderme
para enamorarme nuevamente del bien
para matar de bien hasta morirme.

Llueve sobre las cosas como un cántico.
Las paredes chorrean como un templo emplumado bajo el agua
en que se pega la resaca untuosa
de tanto pozo ciego.

Y vos ahí...
Siempre tu voz ahí...
Siempre esa voz tan tuya como una soga interminable y larga
ahí
jalando de los fondos del presente
la nave del olvido del futuro.

Ahí.
Como lo eterno y prometido, y más sabia que el dios que no promete.
Ahí, lo que rescata
lo que cura y redime y multiplica.

Estás ahí, tan pura en tu impureza tan purísima
como una majestad
como un conjuro
como el fondo del tiempo en que estar vivos.

Me hace daño tu amor porque te quiero
y no sé si está bien
o te hace bien
o qué.

Lo espurio no se mezcla con lo mágico.
¿ Vos vas a perdonarme que te quiera?










La mala herida





Si esta casa de mierda no fuera alquilada, rompería el espejo de un puñetazo pariente de aquellos puñetazos, encima de otros espejos, que conseguían atrapar mi imagen en una quebradiza telaraña para armarla según el disforme rompecabezas que en realidad soy. Un bicho feroz atrapado en una telaraña de cristales rotos, como suelen decirles —algunos de los otros que escriben— a las ilusiones que se despedazan;  aunque en realidad no es que se despedazan, es que nunca existieron como hechos y en el campo ilusorio, ya se sabe, todo sufre de efímero quebranto.

Pero esta casa es alquilada y ese espejo perfecto, biselado, casi como un escenario enorme y lúdico que recrea el ambiente de un baño de marmóreo canela, sólo cumple con su deber de espejo y me refleja. El espejo tan sólo me refleja.

Me miro en él los ojos. 

En mis ojos ya no veo asombro. Veo ira. Veo pulsar la ira como a un monstruo negro que respira allí, donde antes hubo asombro por el mundo y perplejidad frente a sus hechos. 

Es una condición de la infancia la perplejidad y yo he perdido ambas aprendiendo cómo son los hombres. La parte dishumana de los hombres.

El vuelo se atrasó como se atrasa todo en este país de payasada. Desde la justicia a los aviones, todo llega a la gente con un retraso infame, displicente, diría que burlón. Eso, por supuesto, en el caso de que las cosas tengan a bien llegar alguna vez.

Vuelvo al espejo y ya no soy ese niño dientudo y flacuchento de cabello rizado y ojos nacidos para la averiguación de lo que lo rodea. No soy esa pequeña laucha desarmada de amor que se aprendía delante de otro espejo, rasgo por rasgo, cada diferencia que lo separaba de otros niños iguales. 

Todos los niños del mundo se parecen en sus indefensiones, por más defendidos que parezcan. Solamente son niños.

El chofer llevaba más de una hora y media plantificado como un inamovible monolito, aguardando al tipo que lo habían mandado a recoger y que llegaba en ese vuelo atrasado. Por ende, el tipo también llegaba atrasado adonde el chofer debía llevarlo sin demora, cambiando el itinerario, precisamente por la cuestión de los atrasos.

—No me lleves a casa. Vamos directamente al colegio. —le dije, con árido desgano.

El chofer me observaba por el retrovisor. De tanto en vez echaba sus ojos sobre mí, aunque los protegiera con las gafas de sol. Yo casi adivinaba la decepción de su curiosidad, que debía preguntarse, cada vez que levantaba la mirada para observarme allí, en el asiento trasero, como algo que no está: ¿y éste es el tipo?¿éste es el campeón olímpico que hace que el personal hable bajito?

Cuando llegamos, quiso bajar conmigo. Le dije que no, que “yo me cuido solo, así que vos andá al acto de tus hijos. Yo no te preciso. Sé dónde queda todo.”

Quiso protestar y le volví a decir: “Andá al acto de tus hijos”. 

Yo sabía que tenía dos, porque a mí me gusta saber absolutamente todo de los que van a trabajar conmigo.

—¿Qué me mirás?¿Qué parte de “andá al acto en la escuela de tus hijos” no me estás entendiendo?

Sonrió como un niño. 

—Tomate un taxi que no llegás. Dejame el auto a mí.

Le di el dinero para pagar el taxi y el chofer me miró a los ojos, sin sacarse aún los lentes negros de chofer de incógnito. Detrás de aquel anonimato, sentí otros ojos, no aquellos que me curioseaban por el retrovisor. Sentí un padre escondido tras unos lentes negros de chofer de incógnito.

La aglomeración en un acto de inicio de clases es justo eso, una aglomeración de padres que cuchichean, se empujan, tratan de encontrar un mejor sitio para sacarles fotos a sus hijos, forman lobbies y se reconocen como pares de una misma camada de crianza.

Me veo en este espejo biselado una vez más. Alguna vez, yo dirigí una escuela de jóvenes paupérrimos, en ese margen en que la vida ya solamente parece un precipicio. Me gustaba hacer eso. Después, no sé lo que pasó. Supongo que la vida pegó su volantazo y me quitó de allí hacia otro lado en el que hiciera un poco más de falta hacer lo que yo hago. 

Me miro en este espejo. Tengo demasiado gastada la mirada.

Hasta que conseguí ubicar el acto correspondiente al Jardín de Infantes y di con Ruth y con el nene en medio de la gente, tuve que decir varias veces: “el de Jardín de cuatro años”.

Los niños ya vienen juntos desde el Jardín de tres (años, se entiende). Ese colegio funciona así. Es tribal.

Llegué hasta el acto. (Uno sabe cómo suda el aire cuando el mundo no encaja consigo mismo y su engranaje humano chirría, como descalibrado). Ruth y el nene, en un rincón anónimo, mirando aquella marea de madres cuchicheantes y de padres fotógrafos que los miraba casi con repulsa.

Claro, yo estaba atrás, podía ver y oír y por supuesto, como hablo español, entender qué se hablaba. 

En el ámbito pulcro y privado de esa escuela importante y sectaria, había una mujer rubia acompañando en su primer día de clases a un niño negro, que lucía, para más detalles, el impecable uniforme de la escuela importante y sectaria. 

Para cumplir con este cargo, puesto o cómo le quieran decir, no transgredí las normas. Obedecí la orden.
Anoté al nene en una escuela “correspondiente”, como me “sugirieron” por una cuestión protocolar.

La gente cuchicheaba porque este es un país con pocos hombres negros y los que llegan son emigrantes y refugiados o algunos de intercambio cultural. 
 
Pero en esta sociedad, en ésta, la que rige y alimenta la escuela, no hay hombres negros. Es un imposible social un hombre negro en este mundo hecho de hombres rubios de Europa Oriental.
Cuando conseguí atravesar el cuchicheo y llegué hasta Ruth, los niños ya estaban ocupando sus mesitas de niños de jardín de cuatro años y la directora de Jardín explicaba lo que se explica siempre.

Agradecí que Ruth no sea lo suficientemente rápida con el español y que mi suegra lo hable pésimo.

—Y tenemos el agrado de recibir en nuestra comunidad, ya que nos han elegido como Centro Educativo, a —la directora pronunció el nombre de mi hijo— hijo del agregado…

Ya no quise oír. La frase terminó con “embajada”.

Mis oídos solamente escucharon lo que decían los que me rodeaban: que tengo un hijo negro y que, seguramente, es adoptado, porque mirá bien, la mujer es rubia y la vieja que está con ella habla alemán. Un negro, te das cuenta…

Luego, un largo, muy largo, hipócrita, meloso y multitudinario: Bienvenidos. 

Le pego un puñetazo a la pared.

Veo a Benedict llorar en el espejo, porque el que llora en el espejo no soy yo.

domingo

Cenáculo




Esta gata de mierda me araña los testículos. 

Arrojo hacia su gula  (porque está harta de comer y eso de lo pedigüeño no se lo quita nadie) una migaja de pescado —específicamente de un salmón rosado al vapor— que está en su punto. Ella se hace la fina o la fruncida. Lo olisquea con asco y lo desprecia. 

Hembra tenías que ser  le digo, yo también con desprecio.

Ella vuelve hacia mí sus ojos de degradado, pálido oro líquido, como diciendo ¿qué te pasa a vos? y me clava las uñas en los muslos.

—Aflojá, hija de puta. —le grito y le doy un manotazo.

La gata se desprende con dulce suavidad y cae al piso, erecta con el cuerpo y con los ojos que acuchillan con espadines de oro mis tardías espadas de carbón. 

Quiero a esta gata puta. 

Llevamos tantos años juntos que si muere voy a padecer un duelo tan abstracto y difícil como el que aún padezco por mi hermano menor.

Y fabulo para convencerme de que a ella va a pasarle lo mismo.

Amo a esta gata puta y dominante que ha hecho de mí su territorio y ha viajado conmigo por el mundo, como mis calzoncillos y mis armas.

Grissy quiso saber cuántos años tiene mi gata. 

No supe contestar, porque es mi gata. Y mi gata es un bicho inacabable. Tiene que ser atemporal, eterna, indestructible. Aún por mí indestructible.

Vuelve por el salmón. Me mira fijo. Vuelve por el salmón con su presencia de predador minúsculo y certero. Es casi una gota de veneno que se clava en mis ojos.

—¿Qué te pasa? —pregunto.

Ella, como una hembra que goza, asorda su garganta. Suelta una voz gravísima, modulada y tenaz. Una voz verosímil.

—¿Qué te pasa, la concha de tu madre? Comé lo que te dí. Ya estás muy gorda. Sos una gata gorda. —insisto yo.

Ella me mira.

 Como una esfinge que no tiene ya ningún dilema, ella me mira. Me mira, juzgadora y sutil, casi aguerrida con mis propios fantasmas. Y sus ojos, de áspera miel adulterada, demoran un momento en evaluarme.

Demoran un momento y dan el salto que ya tenía planeado en su regreso. 

Toma del plato el trozo de salmón y huye, con esa carne rosa desgranada, que se va deshaciendo en su carrera al mismo tiempo que en la estupefacción de mi mirada.

La gata se detiene con los restos que aprieta entre los dientes y me mira.

“Ahora comete vos tanta miguita” me aleccionan sus ojos.

Y se va.




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