Apendicitis crónicas (las páginas colgantes)

Teoría de la prosa -irresponsabilidad del verso -imaginación del ensayo -incertidumbre de la reflexión

La palabra a(r)mada 17ª

המורה אמר

Lo miré sorprendido, pero él no se inmutó.

—Ven aquí...Ven.– murmuró– Ven ariê, ven.

En mis ojos todo era mordiscos y en mis manos, todo era uñas.
Amos Oz

Lo odiaba sin mansedumbre en el instante de mis hojas dispersas. Lo odiaba sin subordinación, sin respeto. Lo odiaba, a secas, iracundo en mi orgullo, en mi autoestima, en una altanera,  joven, apologética idolatría de mí mismo y de mis condiciones de escritor varias veces premiadas.

—Ven ariê...Ven.– insistió.

Nos separaban mis dientes rechinando y su mansa sonrisa de maestro.

—Ven ariê.

Me llamaba en español por mi sobrenombre en hebreo, ese que él, casualmente, me había puesto, modificando mi apellido goy. Ariê en hebreo quiere decir “león”.

—Si no te quieres acercar, lo diré desde aquí... Ariê sham, Amos pô... Puedes escribirlo mejor. Tú puedes escribirlo mejor. Estoy seguro de que puedes escribirlo mejor. Y si te dijera que ese borrador está muy bien te estaría engañando, ariê sham, porque si bien está muy bien, puedes hacerlo mejor. Porque tú puedes hacerlo aún mejor, es que no dejo que te conformes con este texto, tal como ahora está.

—Ya no está, morê.

El viento arrastraba las hojas del borrador de mi libro, como trozos de pájaros.

—Ven, ariê sham...Ven.– volvió a insistir y yo volví a resistir– Un texto literario es como un manjar sabroso y alimenticio ¿ken?... Sus elementos conjuntos y sus elementos separados conforman un sabor complejo y completo, pero en la unidad. Separadamente, ningún sabor debe opacar al otro. Todos los sabores deben tener el preciso equilibro como para poder ser distinguidos entre sí por el paladar...El paladar en este caso, es la sensibilidad de quien va a leer. Si pones mucha sal, estará salado...mucho picor, arderá en la garganta, si no condimentas, estará desabrido y no lo comerán...Pero si equivocas los elementos, no será el alimento que quisiste preparar para ese paladar. No lo será. Si tú equivocas la calidad de tus alimentos y no diferencias el cerdo del cordero...no sólo no serás un buen judío. No serás un buen cocinero ni un buen escritor. Aprende a tallar, ariê sham. No importa lo que digan esos que te cubren de loas los oídos cada vez que te premian. Amos pô te dice: aprende a tallar esa belicosidad narrativa que tienen tus textos. Ni gato por liebre ni cerdo por cordero, ni azúcar por sal...y serás un gran artesano del que yo estaré aún más orgulloso. Ya eres un buen escritor...ahora debes aprender a ser un buen artesano de la palabra. Empieza por la humildad, ariê. La humildad es autocrítica, siempre. Cuando hayas obtenido el producto, recordarás a Amos y dirás: "había viento en el Neguev y mi libro volaba, deshojado, porque mi morê me dio una lección de humildad. Los grandes son humildes, ariê, porque no necesitan demostrar que son grandes, dijo mi morê." Porque sé de tu potencial y confío en él, lo digo, ariê. Ya eres un excelente minero de la palabra...quiero, además,  enorgullecerme del orfebre que hay en ti.

(De: Sangre de combatiente (Memorias del Neguev) - ed. 1986)

Aprontes de combate






Ella me instiga al caos como a un arco reflejo
que libera lo dulce del hierro de mi zarpa,
la nobleza en la uña que se clava en la escarpa
y derrapa chirriando por la piel de su espejo.

La imagen se proyecta sobre un filo que brilla
como una amoladora imponiendo fisuras
con que grabar el nombre de sus piedras maduras
y la chispa gemido de su voz de cuchilla.

Apisona mi sangre si nivela el estorbo
de esta vida repleta de cadáveras vivas.
Nadie habrá como ella. De todas mis cautivas
sólo sobre su boca eyacula mi morbo.




Por hablarte de amor invento vientres
en un espacio árido o lascivo
en que la mente huela a fuego esquivo,
a inteligente voz en que concentres

el grito pernicioso de un poema,
la insólita clemencia en la palabra,
la urdimbre en que se teje o que se labra
el destino de toda cosa extrema:
Un poema de amor en que no hiero.
 Querer, lo que más quiero
 lastimar.

Porque el amor se vuelve un agujero
busco tu voz y espero
poder dar.




De las cartas cerradas y otras incoherencias (toma VII)


Desarraigo

Se fueron cerrando las últimas puertas y encerrando tras de sí las cosas que guardaban y de las que me prestaron el aroma mientras yo deambulaba a través de esta casa chorizo.

Así es mi vida: una casa chorizo, donde los cuartos quedan siempre detrás de mi espalda, con sus cosas y sin mí.

Yo no dejo recuerdos en los cuartos. Sólo me llevo alguno, a veces. 

Lo olvido por ahí cuando se gasta.

Eso es lo que estoy haciendo precisamente ahora. Yéndome, hacia adelante siempre. Descartando todo el equipaje y partiendo, como siempre, partiendo.

A pie y sin nada. Encarando otro viaje como si fuera, constantemente, el último.

Soy solamente un hombre en despedida.

Llega un momento en que ya se ha vivido demasiado.


(De: Back to black)

La palabra a(r)mada 16ª

Rabieta literaria


Llevo días intentando entender. Días de dar vueltas, de doblar todas las esquinas del mundo y regresar despacio al mismo sitio, con los bolsillos secos.

Llevo días intentando entender. Días escapando de mi profesión para hacer un rato de hombre simple y entender desde allí.

Llevo días intentando entender y zozobrando en magia, como si viera magia por primera vez.

Llevo días intentando entender bajo la lluvia y corriendo a todos los buzones con cartas en la mano escritas en ese idioma del mundo paralelo que deslumbró a mi mundo.

Ahora entiendo, por fin. Hoy, lunes 8:30, hora de Ierushalaim.

Debí empezar por donde mi instinto me indicaba, pero no quise. Quise hacer de hombre simple que ha encontrado un momento de magia y lo disfruta a pleno, deslumbrado.

Y como cabe a todo lo mágico hecho por los hombres, con lo que me topé fue con un truco.

Me encandiló una copia. 

Le he enseñado a escribir a mucha gente a lo largo de esta vida mía y hasta mi propio hermano llegó a imitarme con tal perfección, que la gente pensó, al leerme a mí cuando volví a Argentina, que yo era el que copiaba. O que éramos el mismo, publicando con dos seudónimos.

Él tomaba lo que yo me olvidaba de terminar o no quería acabar y fabricaba historias a partir de mi historia, con mis propias ideas y con mi propia técnica. Llegó a parecérseme de tal manera, que si mi memoria no fuera lo que es, me habría agenciado varios de sus libros de poemas abandonados en el disco D de mi computadora, como si fueran míos. 

He escrito todo el tiempo, desde que tengo memoria de mí mismo y de tanto caudal, uno se olvida. No así de las novelas. Las novelas para mí son sagradas. Duros animales que apacento y vigilo diariamente, sin perderles pisada.

He dicho hasta el cansancio que un escritor sin su voz no es nadie.  Por eso, lo que me deslumbra de los escritores es su estilo literario (cuando es bueno, se entiende). Su estilo, esos toques de otro mundo que se perciben al armar la estructura visceral de las frases.

Encontrar uno de esos, es un hecho que roza en el milagro. 

Encontrar dos exactamente iguales, es una decepción con grandes letras góticas, porque lo que se pensó la magnificencia de un estilo especial, no es otra cosa que un papel de calcar sobre otro estilo o, lo que no quisiera siquiera imaginar, una mano dirigiendo otra mano y obligando (sé sutil, Akhenazi, donde dice obligando va induciendo) al alma de esa mano a escribir a imagen y semejanza de la que la guía.

Que una mujer imite a Pizarnik, vaya y pase, pero que un hombre imite a Pizarnik, que es una literatura estruendosamente femenina, me ha dejado con la boca abierta por el asombro y por la insensatez.

La imitación, no ya de Pizarnik (quitémosla del medio, pobre, que ya esta semana la nombre dos veces y es demasiado), sino de un estilo, hasta el punto de que leer a uno u otra es leer siempre al mismo, me ha quitado las ganas de volar.

He vuelto a Blas de Otero: déjenme en paz las alas de cadenas, que por lo menos son absolutamente mías y me mantienen atado a mi no vuelo, que tampoco es de nadie más que mío.

El maestro no puede no advertir que su alumno lo imita en el mejor de los casos y en el peor, ya rayando con la desfachatez, no puede no decirle a su alumno, discípulo o lo que sea, que las voces de ambos se están confundiendo y, ahora sí, obligarlo a que retome el camino de su propia voz.

No sé si lo que me duele es el corazón, el hígado o el alma.

Enseñar a escribir no es fabricar loros de tinta que nos copien hasta la respiración entre palabras.

Enseñar a escribir es enseñar a vivir las vivencias volviéndolas palabras que sean vivibles por los que nos lean, pero siempre desde nuestra voz, desde nuestra piel, desde nuestro latido especial para enfocar los prismas de este mundo. 

A la emoción del lector la hace la diferencia en el autor. Eso, que yo pensé que era algo mágico y que me tuvo por fan hasta las 8:30, ha terminado con gracilidad.

Por otro lado, yo también terminé de desembalar mis 2766 volúmenes que ahora sí, no sé dónde voy a meter como no sea de vuelta en las cajas donde transporté mi biblioteca.

Encontré Kolymâ Tales, edición de Penguin 1994. Tenía yo la idea de que ese ejemplar se lo había quedado Ruth.

Terco animal sombrío




La bestia ácida cava la penumbra.

Los carceleros hacen turnos para golpearlo. Sale uno, entra el que sigue. En el medio, un descanso.
La bestia ácida cava la penumbra.

Encerrado, desnudo, machucado, anestesiado a golpes, el animal está en la oscuridad, tendido sobre el vientre y cava la penumbra.

El sonido de las uñas que rascan se prolonga como un suave sismo por las piedras del suelo.

La bestia ácida cava la penumbra.

El calabozo es una noche helada sin ventanas.

La bestia ácida cava la penumbra.

Los carceleros entran en sus turnos. Golpean y se van.

El animal no muere, no habla, no suplica. Encerrado, desnudo, machucado, anestesiado a golpes, echado sobre el vientre, ni siquiera los espera. Cava la penumbra.

Los carceleros deliberan. Tienen los brazos pesados de golpear. Los carceleros deliberan en otra oscuridad.

El animal no habla, no suplica, no muere. Cava la penumbra.

Los carceleros lo arrastran sobre las piedras húmedas y le enseñan la luz y una paloma.
La bestia ácida cierra los ojos.

Muere.

(De: Hojas de sombra)

El resplandor herido



Una estrella percudida ha caído encima de mi jaula. Una estrella dañada, para la que elegí un nombre amoroso.

La nombro suavemente con el nombre que le di, complejo como su resplandor.

No la aproximo. No la rozo. Solamente la nombro dentro de mi boca, con los labios cerrados.

Tiene en su brevedad esa transparencia de aguanieve y un diminuto temblor tardío, invicto.

Todo sus universos de luz frágil están lejos de mí.

Los observo, inmóvil. Solamente los observo desde lo más impetuoso del silencio.

E imagino que bebo el nombre de la estrella;  no el suyo sino el que yo le di.

Me quema lentamente como un vodka de lágrimas.

De las cartas cerradas y otras incoherencias (toma VI)




Hémato - poiésico

Dentro de este lugar el silencio es un inmensurable eco que se hace maquinalmente pulcro en los rincones y ambiguo y anchuroso mientras flota pegado sobre el aire. 

La elección de hacer las cosas sucias me está permitida en el contexto de la desolación, como a la luz se le ha concedido volverse magia refractando en un prisma.

Se ausentaron las moscas y los peces son gotas de alabastro panza arriba, o redondeles de mecurio cósmico, enredado en el moho de un agua podrida por cadáveres.

Me lavo los pies en ese charco quieto, donde la bruma verde se ha adherido a la cárcel del vidrio y el olor a abandono trepa todos sus muertos a mi olfato.

Dejé morir los peces del demiurgo como murió la luz cuando trabé con maderas las ventanas que siempre dan al viento y abandoné las plantas a un desierto cerrado hecho todo de muebles y sin sol.

Profano los recuerdos como un bárbaro.
Dentro de la pecera caen lágrimas.

*

Sólo esta vacuidad.
Sólo este ambiguo soporte de destrezas.
Y el olor del poleo, el romero, la menta y tanta manzanilla que empalaga.
Sólo la soledad.
Sólo lo que está solo en un paisaje solo en el que soy el solo que existe solamente después de haber volado a 250 km por hora.
Hacerme viento.
Hacerme Sinaí.

Sólo desierto.


(De: Poiesis)

En contrasombra




Sólo si escribo, hablo. 

Sólo si escribo 
puedo aprender quien soy bajo esta piel de piedra 
y estos ojos que ven hasta cerrarse.

Ya no busco la luz. 
La luz ofende toda mi oscuridad. 
La luz me insulta. 
La luz me arde como si fuera una babosa a la que echaron sal.

Este oculto 
no es ese que ambula cumpliendo su deber. 

Éste que escribe apenas tiene boca y no conoce los caminos suaves.

Éste que escribe solamente escribe lo que sabe del otro que no escribe.

Éste que escribe no se ve mas que sobre papel. 

Éste no existe.
Es sólo el narrador del otro hombre.
Entre los dos no hay puente.



De las cartas cerradas y otras incoherencias (toma V)

Abrir camino en la nieve vírgen


Cuando me fui, cerré la puerta y no volví los ojos. Salí, como de un sueño que no recordaré.

Ahora estoy en esta casa, que no es mía pero que me va haciendo suyo, mansamente.

Tiene lo imprescindible. Hasta un diminuto jardín con plantas verde oscuro y una estatua detrás de la que mi gata se esconde para cazar reflejos que ella sola ve.

Es funcional para alguien que se ha quedado solo de repente. La casa y yo no tenemos recuerdos en común, así que no podemos hablarnos en pasado.

Mi único problema son los libros, porque la casa no tiene biblioteca.

Ya dije alguna vez que cuando me voy de un lugar, solamente me llevo la ropa y las cajas de libros que no desembalo porque siempre me voy de todas partes y nunca hay biblioteca a donde voy.

Si los desembalara, alguno olvidaría en el apuro y quedaría allí, en un sitio ajeno, como si yo fuera a su vez un recuerdo de esos que no se van del todo. 

Una parte de mí que ya no tengo.

(De: Hojas de sombra)

Imagen: Sísifo de Franz Von Stuck


De las cartas cerradas y otras incoherencias (toma IV)




Universos paralelos.



Ha empezado la noche.
Se presiente en el sonido áspero de un mar que se retira de las piedras, mientras aparecen trepando desde el fondo las iglesias con náufragos y quedan abiertas hasta el sol las bocas de las grutas que tienen fondo verde.
Ella está muy inquieta detrás de los telones.
Presiento su ansiedad, mientras la bruma araña los costados del farallón sobre el cual descansa su negrura la enorme fortaleza. Parece ese vapor un gas letal, que intenta su trepada por las piedras y resbala y resbala. Bajo su intensidad, ha desaparecido el pueblo en la calígine. Ya no se ven las luces desde aquí.

Me tocó doble turno.
Es la primera vez que veo la noche desde esta perspectiva de silencio.
El viento hace ondular los enormes telones como un mar vertical, que va y que viene por las habitaciones divididas. Se agitan mientras la luz decae suavemente, inclinada también bajo las ráfagas.

Han servido la cena, no se quién.
El telón que cruza encima de la mesa separa el silencio de la forma que oculta, de mi propio silencio, pero oigo los cubiertos. Es la primera vez que me alimentan, aunque no tengo nada de apetito. Ella en cambio, devora la sopa de cangrejos. Lo sé por los rápidos golpes de la cuchara contra el plato.
Los telones se mueven, imprudentes, pero están diseñados a propósito para que resulte imposible vernos, aún ambos sentados a la mesa.
Ella apoya la mano sobre las convulsiones de la tela y la mantiene ahí, abierta hacia mis ojos. Le cuento cinco dedos y una palma. La deja largo rato y luego la desliza, como si su gesto fuera el de acariciar.
Estoy acostumbrado a reprimir los actos espontáneos excepto la defensa y la ira, así que no respondo, a pesar de haber alargado también yo mi mano hacia la tela, a muy pocos centímetros de esa pulsante forma de la suya. La retiro del radio de calor que emanan nuestras palmas y la escondo dentro en un bolsillo.


(De: Alegoritmos- ed. 2009)

De las cartas cerradas y otras incoherencias (toma III)


No title

Algo me hizo temblar y quedé ahí, con toda esa sensación de haber olvidado el roce, encallada en las partes de mí que ya no nombro.

No las nombro porque sería admitir que existen y lo que es aún peor, que son capaces de temblar al roce de algo que se parece mucho a un espejismo. Pero alargué los dedos para recuperar la veracidad.

Ella, la de espalda de árboles y las casas en ruinas, estaba interpuesta entre el espejo y yo, como un poco de luz dentro del agua.

Me vi dos veces. Una de ellas temblaba.

Reconocí al de allí, con el invierno nevándole ese aliento que contiene el sollozo y la súplica.

 Ese soy el que siente, el que está roto en todos los espejos que no tienen azogue, el que no quiero ser porque no soy cuando soy este que lo mira y que casi lo escupe como a una cicatriz a la que odia.
Le hablo a la luz que nieva en la espalda de las heridas que parecen árboles:

- No tenías que llegar cuando apenas consigo endurecer mi trazo en el espejo.
- No tenías que llegar desde la lluvia o desde el tren o desde la ansiedad de una resurrección o desde el equipaje que dejé por ahí para escapar de esto, justamente.
- No debería haberte hecho visible.

Tengo que resolver este antojo brutal por tu perfume a cáscara que vuela.
Y no sé cómo.

(De: Hojas de sombra)

Staff de planta


Caserón de tejas

Las dos casas tienen lo suyo, así que negar sus cualidades sería indigno.

Para desarrollar la actividad me mandaron a un caserón con tantas puertas que los nuevos empleados se pierden tratando de encontrar donde meterse y los antiguos se esconden para que no los manden a orientar a los nuevos.

Me pareció, cuando atravesé por primera vez la entrada,  que ese edificio aparentemente tan sólido, se estaba viniendo abajo por falta de mantenimiento moral más que edilicio.

Las mujeres cuando se deprimen dejan de limpiar la casa y los hombres nos dejamos de afeitar y cortar las uñas.

Esa era la sensación que daba aquella construcción de dos plantas más ático, terraza y subsuelo, con buen diseño academicista, pero lleno de gente que trabajaba dentro como dentro de un sótano, en una insalubridad nebulosa y constante, bajo lamparitas de 25 vatios que enmortecían el espacio apagado de todos los pasillos como en una pompa fúnebre.

Llevaba, todo ese personal, varios años de contrato haciendo lo necesariamente imprescindible como para evitarse el despido, pero sin un rumbo objetivamente cierto del para qué había sido incorporado a la repartición.

Ni siquiera parece que entendieran de qué iba la repartición de la que formaban parte, así que cada uno de “los históricos” ( como los nuevos que entraron detrás de mí bautizaron a los inoperantes que ya estaban) llevaba agua para su molino intentando acceder a un escalafón que lo colocara a la diestra de la superioridad.

Limpiar la rémora morosa es el primer ítem de toda antipática reestructuración y yo soy antipático por naturaleza.

La repartición, fundada para un fin preciso, como todas las cosas que se agotan en su propio fogonazo, tuvo sus años de esplendor en el comienzo útil de su nacimiento, pero lenta, inexorablemente, la burocracia de su rutina la llevó a enviciarse de inactividad y a derivar los esfuerzos de sus miembros hacia causas sencillas y mezquinas, como serrucharse el piso unos a otros o simplemente, dejarse estar a falta de algo mejor que hacer.

La repartición, tal como la encontré, empezaba a convertirse en olvido a fuerza de no querer recordarse.

A diferencia de ese edificio hiperbólico, mamútico y reumático, la casa que me ofrecieron como habitación es agradable y amaderada, todo lo que necesita un bicho solitario para sentirse cómodo en una cueva cálida, donde sanar si hay que sanar o donde pergeñar si hay que pergeñar los pasos de una cacería de animales fantasmagóricos.

Ni grande ni pequeña, acoplada a una funcionalidad minimalista, me permite no tropezar conmigo mismo cuando no tengo ganas de mirarme, que casualmente, es lo que me pasa la mayor parte del tiempo.

(De: Del trabajo de a-gente y otras leyendas urbanas)

As de pique




Viajo en el fiel de la sombra
que un filo de luz transida
rompe como un canto largo
de bocas desavenidas
y levantando esqueletos
monta aquelarres de ruinas.

Decapitando Quirones
me embarro hasta la verija
hundiendo a mano desnuda
el quebranto que me habita
en el pantano sin piel
de las noches homicidas.

Que debo muerte y me deben
es cosa del día a día
como este andar a los tumbos
por calles en que llovizna
sobre la espalda sin alas
de un diablo que se persigna.

Desarmo cuarenta veces
la calidad de mi hombría.

La baño en putas que sangran
la abandono a la deriva,
la asfixio, la despedazo,
como a una muñeca frígida
que no sirve para un polvo
de los que salvan la vida.

Y amanece como siempre.

La ciudad se despabila
con un alarido sordo
de ferocidad y tirria.

Yo enfundo en la sobaquera
el insomnio y la desidia,
pongo el seguro a la furia
de la bestia que me eclipsa
y siento el fragor desnudo
de su alarido en mis tripas.

Salgo al mundo como siempre,
como sale la injusticia,
tan vigoroso e impune
como un héroe de película.

Le pongo cara de póker
a ese dios que me acribilla.


Staff de planta





Las chicas del Face Off

Las chicas del Face Off son una, veinte o setecientas.

Nadie lo tiene claro porque lo único que se ve de ella(s) es la careta que va(n) inventando según las exigencias del mercado. Conforme las identidades se desbaratan, van creando nuevas para que nadie se quede sin vocación anónima.

Face Off es algo imprescindible.

Nadie puede desarrollar su actividad mutante de no existir el protocolo de Face Off, que fabrica documentaciones excéntricas, sellos apócrifos, historias familiares inverosímiles (de acuerdo a la feracidad de sus integrantes) y cosas así.

También ellas ejercen su estado de “face off”. Todos hablan de ese personal como de suaves intrigas con las que hay que relacionarse a través de otro departamento: Search & Cat-ché.

A Face Off está denegado el acceso directo, a menos que algún integrante te curse una invitación específicamente personal, porque quiera saber más de vos para poder imbuirse luego de cómo diseñar algo que te vaya a medida.

Eso, en realidad no pasa, porque como es un territorio del incógnito, cuando te atienden, usan justamente “face off”, así que nunca se sabe con cuál de ellas trataste o si era realmente la que dijo ser cuando te llegó que te presentaras en Face Off para una prueba de satisfacción.

Uno, entonces, se deja seducir por esa calígine azucarada, como un pez inocente.

Ante mí, marcando la tarjeta de ingreso al mundo sórdido, había una especie de preciosura descontracturante que me robó los ojos un buen rato y me dio uno de esos motivos que no son los de siempre, para encontrar la excusa de pajearme.

La miré de reojo, pero ella, que se supo mirada y como buena mina entendió la codicia sexual que enseguida me creó tensión en la bragueta, disimuló que olía feromonas amparándose en su parte ejecutiva y siguió su camino hacia un ascensor que me hachó la mirada, cortándola de cuajo para que no siguiera prendida de la hembra, quién sabe cuántos pisos.

Le pregunté al de Mesa de Entradas quién era la de ausencia de puta y actitud de Greta Garbo triste que acababa de írseme de mira sin que yo acabara aún de imaginarla.

Nad-ina la divi-na, que estaba allí de objeto decorativo sin lugar propio, esperando también el turno de la firma y registro, con las piernas cruzadas y hecha de gesto anónimo, me observó como a un animal zonzo.

—Y a usted, eso ¿qué le importa? Acá no damos nombres. Haga cola en silencio.– dijo, pensando que yo me adelantaba cagándome en los turnos de los otros.

—Bueno ¿y?...– no le ahorré al de Mesa de Entradas mayores sufrimientos mientras la fila se movía molesta por mi insistencia de recién llegado que no entiende el sistema.

—Oiga...– volvió a llamarme la atención Nad-ina la divi-na y señaló hacia atrás por sobre el hombro– El último está allá. Espere turno.

Le enseñé de lejos la Acreditación que ella supuso falsa, vaya a saber por qué.

—¿Y este tipo quién es?– quiso saber de mí con el insulso que repetía como un loro: Firma, aclaración, sección.

—Azcuénaga. El chulo del putiferio.

Me hizo sentir redondo dar una definición tan decidida, a la que siguió un oh aspirado que fue languideciendo conforme se ensanchaba la distancia entre las jerarquías y todos repetían: Buenos días, buenos días, señor, muy buenos días, con una obsecuencia mantecosa que inmediatamente me produjo hilaridad y mutó en asco.

—No sabía que usted era usted, señor, disculpe.– contemporizó Nad-ina la divi-na– Y ella, no sé como se llama porque pertenece al área del Face off.

Por un momento pensé que yo también era parte del Face Off.

Después de todo, es eso: tener talento suficiente para sobrevivir de sombra en sombra sin perder la condición de bicho excitante.

(De: El trabajo de a-gente y otras leyendas urbanas)

Alarido de guerra




Pelo la verga y meo
sobre esta podredumbre de estandartes.

Con la orina dibujo un signo pesos,
culo de taxi boy para la ira que me encontró agachado
defecando mis códigos
como un iconoclasta en una iglesia.

Me vuelvo el mercenario y el sin causa,
un ríspido animal de rabia y sangre,
herido mortalmente y mortalmente ciego por la herida,
que despedaza a Dios a mordiscones.

Me cago en la honradez, la derechura,
el buen hacer, la calma del Templario,
y me da todo igual
cambiar de bando y ser un poco el otro
que nunca quise ser.

Perder la hombría, la palabra de honor,
volver bastardo
a esta resurrección de la violencia
que engendra más violencia y más desastre.

—De algo hay que morir– decirle al puño
cerrado sobre el arma–
pero siempre, llevándose unos cuántos,
solo por mantener el patio limpio.

Staff de planta


Ada Señal

La viuda de Lostsit es una rémora que según me contaron los que me cuentan todo, estuvo mucho tiempo con el culo apoyado en el mismo sillón que ahora soporta el mío.

Vuelve de vez en vez a este cubil, porque es nostálgica.

Añora espiar por aquellas cerraduras que manos voluntariosas removieron de las puertas viejas y por eso, no tiene más remedio que tocar el timbre de cuerpo presente.

Sinceramente, me cae para el orto y no consigo disimularlo bien, siquiera para evitarme la casta reprimenda de mi superioridad.

Tampoco sé el porqué de la repulsa que me trago en cuotas cada vez que la veo con sus ramos de tulipanes verdes decir iuju, sacudiendo la garrita enguantada de aquí estoy.

Si fuera útil, sería el primero en contratarla, siguiendo las hipótesis de viabilidad a las que intentan inducirme, pero no demuestra que lo sea más allá del hecho histórico de haberlo sido (teóricamente) para algún nostálgico de aquel entonces y que, seguramente, como todo hecho histórico, está teñido de su color de "época pasada fue mejor" que el bondadoso alzheimer facilita.

Yo tampoco le gusto a Ada Señal viuda de Lostsit.  Lo tengo por demás de claro, porque ella sí lo manifiesta cuando le viene en ganas, como buena hembra que se descontrola intentando parecer un macho que no le fue dado ser y se encuentra de frente a un macho al que sí le fue dado serlo.

Me contaron también que en realidad es “separada de Lostsit” y no viuda. Las malas lenguas en este conventillo problemático están al tanto de esas minucias erráticas.

Parece ser que Ada Señal un buen día abandonó a Lostsit tomando el tren de la mano contraria, pero yo no me meto ni me importa, aunque me contaron que Lostsit se las arregló muy bien sin ella, desde ya sin perjuicio de su asombro, porque siempre fue un tipo talentoso y de muchos recursos.

Como la superioridad también tiene ese dejo nostálgico que define a los grupos de ta-reas tumultuosos y sanguíneos que se han criado juntos para un objetivo determinado aunque luego se hayan disuelto, intenta inducir en mí la idea de viabilidad, ya sea por exceso o por defecto de objetividad frente a tantos tulipanes verdes con tarjetita y moño.

Lo que me jode de la viuda de Lostsit es esa añoranza excéntrica por Lostsit y ese perpetuo esgrimir que en otro tiempo Lostsit estaba por ella o con ella o como fuera que estaba Lostsit ya que ahora no está más que debajo de su cama de añoradora que trae tulipanes verdes a una notumba en la que no hay ningún Lostsit.

Mi animadversión pasa porque no veo en qué cimentar su leyenda.

Este es un trabajo en que la desprolijidad va reñida con el éxito y para agrandarse hay que tener con qué.

Si solamente lo que se puede esperar del operador es que se infle como una gallina, cualquier zorro se lo come y yo no pienso perder mi tiempo enseñándole a una gallina mañosa como se evita ser comida para un zorro.

 Ergo, que se vaya a tomar mate a la oficina de al lado y repase los manuales que se ve que no leyó, mientras estuvo deslumbrada por el cargo en las antiguas épocas de Lostsit.

(De: Del trabajo de a-gente y otras leyendas urbanas)

Fotografía gentileza de VetCare

Staff de planta


Nadina la div-ina


La nueva adquisición de mi staff se llama Nadina.

Es una pendeja rara, con ojos desordenados y boca de barragana que sabe sacarle mucho partido a la francesa, según me contaron por ahí otros que la tuvieron en su staff antes que yo.

De lejos no se sabe si es macho o es hembra, porque tiene esos cuerpos andróginos, sosos, que no despiertan ni las ganas de saber que hay bajo la ropa. En el fondo son los más excitantes para la imaginación.

Parece un híbrido menudo y anoréxico, con la sequedad frígida de un fumador compulsivo y el talante precoz de un camionero que aprendió la jerga antes que como funciona la palanca de cambios. Claro, es mujer en un mundo de hombres y no encuentra el modo de sumarse a la jauría sin que la miren porque huele a concha.

No tengo claro si pidió el traslado del Departamento en el que estaba anclada o me la mandaron para que la docilice, porque es vox populi que yo a-cojo bien al personal que tiene talento para lo que a mí me gusta que se tenga talento.

Enseñar este oficio no me cuesta y me da igual si ella es puta o bifurcada, mientras opere bien y no me venga con pelotudeces de dismenorreica.

Por lo pronto, está ahí, muda y en sombra, como su nombre lo indica: Nad-ina, una nada pequeñita frente a un escritorio con kilos de papeles e iluminada al bies por un monitor de 17 pulgadas marca Samsung.

Seguramente llegaremos a un entente cuando se le pase la hora de los álbumes y acierte con mi gusto de yogur. 

(De: Del trabajo de a-gente  y otras leyendas urbanas)

Mala maña


Llego a algunos lugares casi sin saber cómo.

Será cuando salto mis abismos y caigo en territorios extranjeros, como un bagayo atónito e indocumentado, que se despierta repentinamente mientras es transportado hacia el absurdo en un barquito.

A través de los vidrios veo destramarse la ciudad en largos hilos húmedos.

Llueve en otro lugar que no soy yo, afuera, en un invierno hecho de burocracias y teorías de la conspiración, al que me sumo todas las mañanas con la puntualidad insulsa del deber y del que no consigo irme jamás porque me gusta y me excita igual que una hembra con buen culo.

Una mujer azul duerme a mi lado.

Ojalá supiera de dónde la saqué o en qué momento del mapa coincidimos desastres y aquí estamos, con la piel al aire, como dos cosas húmedas que se acompañan a mirar llover.

No le veo la cara, porque me da la espalda y el cabello la cubre igual que un resplandor en tinta seca. Un resplandor de rubia platinada.

Tampoco sé su cara. Apenas reconozco la sensación a sexo en este serpiginoso sangrar de uñas filosas con que me roturó los pectorales.

Y tan estéril yo para las siembras, me miro en el espejo los rasguños rabiosos como si fueran condecoraciones para gatos.

Este sexo con náufragos de bar que buscan contendientes es un deporte de protocolo alterno, un ejercicio seductor por ruin y por tan fácilmente practicable. Algo sencillo de hacer para el errático  animal que escapa por las noches del cucharón de purga y se sumerge en una concha alcohólica, tratando de mamar de tetas más hambrientas, incluso, que su boca.

Me dejo estar, impune, como siempre, a medias satisfecho, y como siempre, escéptico, porque ya está en mi condición el desafortunado aburrimiento de haber vivido tanto sin ceguera y sin siquiera esquemas poéticos a los que aferrarme para salir ileso de mí mismo.

Solamente cuando pienso en matar no toco fondo.

(De: Del trabajo de a-gente y otras leyendas urbanas)

Chocolate bombón

Participan en este sitio sólo escasas mentes amplias

En tu cuarto hay un pájaro (de Pájaros de Ionit)

Un video de Mirella Santoro

SER ISRAELÍ ES UN ORGULLO, JAMÁS UNA VERGÜENZA

Sencillamente saber lo que se es. Sencillamente saber lo que se hace. A pesar del mundo, saber lo que se es y saber lo que se hace, en el orgullo del silencio.

Valor de la palabra

Hombres dignos de buscan. Por favor, dar un paso adelante.

No a mi costado. En mí.

Poema de Morgana de Palacios - Videomontaje de Isabel Reyes

Historia viva - ¿Tanto van a chillar por un spot publicitario?

Las Malvinas fueron, son y serán argentinas mientras haya un argentino para nombrarlas.
El hundimiento del buque escuela Crucero Ara General Belgrano, fue un crimen de guerra que aún continúa sin condena.

Porque la buena amistad también es amor.

Asombro de lo sombrío

Memoria AMIA

Sólo el amor - Silvio Rodríguez

Aves migrantes

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Feria del Libro de Jerusalem - 2013

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Café literario - Centro de convenciones de Jerusalem

Acto de fe

Necesito perdonar a los que te odiaron y ofendieron a vos. Ya cargo demasiado odio contra los que dijeron que me amaban a mí.

Irse muriendo (lástima que el reportaje sea de Víctor Hugo Morales)

Hubo algo de eso de quedarse petrificado, cuando vi este video. Así, petrificado como en las películas en las que el protagonista se mira al espejo y aparece otro, que también es él o un calco de él o él es ese otro al que mira y lo mira, en un espejo que no tiene vueltas. Y realmente me agarré tal trauma de verme ahí a los dieciseis años, con la cara de otro que repetía lo que yo dije tal y como yo lo dije cuarenta años antes, que me superó el ataque de sollozos de esos que uno no mide. Cómo habrá sido, que mi asistente entró corriendo asustado, preguntándome si estaba teniendo un infarto. A mi edad, haber sido ese pendejo y ser este hombre, es un descubrimiento pavoroso, porque sé, fehacientemente, que morí en alguna parte del trayecto.

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.
edición bilingüe 1a. edición

and...me

and...me
Porque todos los cuervos alguna vez fuimos solamente pichones y durante cuarenta días volamos debajo del diluvio yendo y viniendo de la tormenta al Arca, los laureles siempre se los llevan las palomas.